domingo, 1 de noviembre de 2015

Capítulo final


Capítulo final



Retomo mi escritura después de pensar que ya había llegado a su final, que no ocurriría nada importante en un largo periodo de tiempo. Me equivocaba. Algo emocionante ha comenzado a ocurrir desde hace una semana. Antes de contároslo con detalles, debo aclarar que Micke todavía se está preparando para convertirse en un ser como nosotros. No quiero cometer ningún error con él, al igual que cometieron conmigo. Así que le he enseñado en qué va a convertirse y el precio a pagar a cambio de la eternidad; Entre Adirand y yo le hemos explicado muchas historias horribles y le hemos hecho leer todas las novelas de Sixto, junto con una un poco más reciente: la mía.

Pese a todo, me alegra comunicar que parece que nada puede hacer cambiar de opinión a Micke y que en cuanto consiga descifrar como convertirlo, sin tener que acercarnos a la gruta a la que parece que todos nosotros hemos acudido en alguna ocasión, excepto Sentus (al que por cierto sigo teniendo la tentación de matar) lo haré, convertiré a Micke en un ser inmortal.

Hace poco, caí en la cuenta de que cuando Sentus me relató en una ocasión como fue transformado. No nombró en ningún momento que Sixto le acercara a aquel lugar. Así que me obligo a preguntarme ¿tendré que buscar a Sentus de nuevo? Bueno, pero esta no es la novedad por la cual he retomado mi escritura. Una vez explicada la situación en la que nos encontramos yo, Adirand y Micke, os explicaré por que vuelvo a mis escritos de nuevo.

Hace una semana, paseaba junto a Micke por las calles del centro de Barcelona, cerca de la librería donde encontré el libro que Sixto utilizó, para hacerme entender ciertas cosas que me sucederían en mi proceso de transformación. Paseábamos lentamente. Aquel día iba a enseñarle a Micke cómo me alimentaba, Adirand se había separado de nosotros para cazar en soledad, como solía hacer siempre. El frío de la ciudad condal era bastante soportable comparado con el de Venecia. Pero de todos modos, Micke parecía estar sufriendo por no haber traído un abrigo más grueso.

Apenas eran las nueve de la noche pero, en esta época del año, oscurece a las cinco de la tarde y por lo tanto nosotros teníamos más horas para pasearnos por el mundo. Las calles se habían llenado de luces navideñas y la gente parecía más feliz que en ninguna otra época del año. Pensaba pasear durante horas por el centro hasta que las calles se hubieran quedado prácticamente vacías. Incluso tenía pensado ir de tiendas para complacer a Micke. Cuando fuimos a entrar a la primera tienda me quedé indignado ante la idea de no poder entrar en el establecimiento, no podía permitir presentarme ante un montón de mortales con aquellas luces, tan potentes y superficiales, les daría la oportunidad de verme con demasiado detalle. Imaginé un seguido de situaciones que podían surgir si aquello ocurría y definitivamente decidí quedarme esperando a fuera mientras Micke buscaba algún objeto en el que gastarse sus riquezas.

Entró en todas las tiendas que le vino en ganas, yo permanecía a su entrada apoyado sobre la pared. Bajo la penumbra de las sombras de los húmedos edificios, mientras esperaba con los ojos cerrados, me dedicaba a escuchar lo que pensaban los que pasaban por allí.

“Aún queda medio mes, y ya me he gastado todo el suelo. Y no me he comprado todo lo que quería…”, pensaba una joven rubia, de estatura media.

“1, 2, 3, 4. Buf.”, pensaba un chico de unos treinta años con rastas, contando agobiado las bolsas llenas de regalos que llevaba en las manos.

Abrí los ojos, una chica de entre un grupo de jóvenes, miró de inmediato mis relucientes ojos. No pensó nada, únicamente podía mirarme; si hubiera querido habría sido mía, pero bajé de nuevo los párpados y le pedí insonoramente que se marchara.

“Yo quiero uno de esos para navidad”, pensó otra joven del mismo grupo que la chica que me había visto, dirigiéndose a mí. Sonreí. El grupo se alejó pausadamente mientras hablaban y reían.

Una mujer mayor, de unos cincuenta años se lamentaba, porque hacía poco había perdido a su padre, y el no poder tenerle cerca en Navidad le deprimía mucho. Sentí lástima por aquel ser, que por momentos se sentía más y más deprimida. La atraje hacia mí. La deseé, me adentré en un callejón que se encontraba a mi lado dando hábiles pasos hacia atrás. La mujer fijó su mirada en mí y comenzó a acercarse. La situación me hizo sentir hambriento, sin embargo no lo estaba. La mujer seguía acercándose, ahora siguiendo mis pasos, adentrándose cada vez más en la oscuridad que ahora me rodeaba. Dejó de ser ella, dejó de sentir dolor por la situación en la que se encontraba, era mía. La deseé con intensidad, aspiré el aroma de su cuerpo humano, de su vida, y ahora nos encontrábamos solos ella y yo. Pareció cansada y abatida, dispuesta a entregarse a mí por completo, pero también libre de sus preocupaciones parecía más fresca y joven, sus arrugas parecía menguar a cada paso que daba, y cuando leí en su menté justo al mismo tiempo que se dejaba caer entre mis brazos, vi una vida prometedora, repleta de futura felicidad.

Tomé una decisión que me impresionó incluso a mí.

—No sufras más, acéptalo y contagia tu felicidad a los que te quieren y rodean —dije. Y la dejé libré.

Eché a caminar a su lado saliendo del callejón. La mujer al despertar de su ensueño se sintió confusa y se preguntó cómo había llegado hasta la oscuro calle. Negó con la cabeza y siguió mis pasos hasta regresar a la luminosa calle de El Portal del Ángel. Yo la observaba apoyado de nuevo sobre la pared donde la había divisado hacia un rato, la vi marchar. Entonces vi cómo la mujer al observar a una madre con su hija comprendía que vivir en el pasado no le llevaba a ninguna parte, sonrió y entró en la tienda que se encontraba a mi lado, donde se encontraba Mike, dispuesta a comprar el mejor regalo que encontraba para sus hijos.

Me sentí extraño, no sabría describir la sensación que me inundó. ¿Era felicidad acaso lo que sentía? Sin duda acababa de hacer una buena obra. Y era algo a lo que no estaba acostumbrado. Desde que me había convertido en el ser que soy, nunca había vuelto a hacer nada que no fuera por mí mismo, mi existencia se había convertido en un seguido de acciones egoístas y sin sentido.

Me distrajeron un grupo de mujeres jóvenes que pasaban por allí que se fijaban en mí y me lanzaban mensajes de amor y obscenos sin darse cuenta de que realmente podría recibirlos. Algunas de aquellas jóvenes me hicieron sonreír y darme cuenta de cómo había cambiado la juventud en veinte años. Micke salió, de la que había sido mi tienda de ropa favorita cuando era un mortal, cargando una gran bolsa negra que parecía que iba a explotar de lo llena que estaba. Una vez a mi lado, me miró, me sonrió con aquella alegría que solo Micke poseía y sacó de la bolsa un plumón, un abrigo más grueso que el que llevaba, y se lo cambió. Después de hacer el cambio y guardar la otra chaqueta en la bolsa volvió a sonreírme mientras se alisaba la nueva prenda. Paseamos mientras me contaba lo ocurrido durante todo el tiempo transcurrido desde que no nos veíamos, aunque yo ya lo había leído todo en su mente, era agradable poder oír su voz de nuevo.

—Fue muy extraño, al principio seguí mi vida sabiendo que faltaba algo, pero sin comprender de que se trataba —narraba Micke con los hombros gachos—. Desde que te fuiste hasta que acabé la carrera, cada vez que entraba en el laboratorio y veía tu pupitre sabía que faltaba algo, pero entonces me bloqueaba. Todo fue más fácil cuando no tuve que volver a la universidad. Aunque pensándolo bien, no entendía por qué, pero seguía volviendo cada día a tu casa para alimentar a Mina.

Negó con la cabeza.

—Te he echado tanto de menos... —admitió al fin como conclusión de un seguido de pensamientos sinceros y profundos.

Pasé mi brazo sobre sus hombros y lo estreche suavemente contra mí.

Seguí sus pasos calle tras calle sin detenerle, haciendo toda su voluntad. Pasamos ante una gran librería a la que deseé entrar. No obstante, de nuevo aquellas potentes luces tan delatadoras para mí. Soplé mientras Micke entraba y me dejaba esperando a su entrada. Regresó a mi, alzando la bolsa que tenía entre sus manos y con una sonrisa en su rostro.

—Ya me olvidaba —dijo.

Alargué la mano y cogí el paquete blando envuelto con papel. Desenvolví el regalo sin hacer ni un rasguño al envoltorio. Era una gabardina larga hasta las rodillas y con una enorme capucha, con ella podría entrar junto a él a donde se me antojara sin levantar sospechas, ya que había mucha gente que lo hacía debido al frio que se estaba levantando aquella noche. Se lo agradecí y me la puse enseguida, para poder acompañarle dentro de la tienda. Fue como si Micke me hubiera leído el pensamiento y a su vez hubiera podido sellar su mente para que no viera lo que iba a hacer. Me había sorprendido. ¿Acaso los mortales podían hacer aquello?

Seguí sus pasos de nuevo, pero esta vez me perdí entre los libros, como solía hacer en tiempos pasados. Me distraje mirando todos los libros sobre vampiros que había en la zona de libros de ciencia ficción. Desperté de mi ensueño cuando cerraron las luces de la tienda para que los mortales que por allí quedaban salieran. Capté de inmediato la indirecta y salí de la tiendo buscando a Micke. Lo encontré esperándome a la salida, apoyado sobre la fachada del edificio. Cuando me vio salir apresuradamente, comenzó a reír.

—En realidad, no has cambiado tanto como crees —dijo entre risas.

Le sonreí y aparté la enorme capucha que cubría mi cabeza. Micke dejó de reír y se quedó mirando fijamente mis colmillos, que asomaban entre mis labios cuando le sonreí. Paré de inmediato sellando mi boca.

—Quizá haya cambiado más de lo que puedas esperar —respondí, sonriendo más suavemente que la vez anterior—. Vamos a cenar —le dije a continuación, golpeándole suavemente en el brazo. Esta vez me siguió él a mí.

Entramos en un restaurante italiano que se encuentra cerca de la Barceloneta. No recuerdo que hiciera veinte años aquel restaurante se encontrara allí. Me gusto la cálida y suave luz del ambiente, le agradecí a mi buen amigo que hubiera tenido en cuenta aquel detalle. Esperamos a la entrada a que un camarero nos diera la bienvenida y nos dirigiera a nuestra mesa. Nos quitamos las chaquetas y nos sentamos en una mesa a un rincón, cerca de ninguna otra. Micke pidió una pizza rodeo, la cual llevaba tomate, queso, peperoni y huevo. Yo pedí una copita de Frangelico. Micke me miró extrañado, arqueando las cejas, esperando a que le explicara por qué había hecho aquello. Le mandé un mensaje insonoro que sabía que no le llegaría del mismo modo que puede llegarnos a nosotros, pero que aquello haría que entendiera lo que iba a hacer. Asintió con la cabeza.

Cuando una joven vino a servirnos la comida dejó el refresco que Micke había pedido y la copa sobre la mesa. Abrió la botella de Coca Cola, de la cual el gas parecía querer salir violentamente, pero enseguida cedió y el líquido fresco, oscuro y burbujeante llenó el vaso de tubo haciendo que los dos hielos y el limón que se encontraban dentro se elevaran hasta tocar el extremo superior del vaso. Después de servir la bebida de Micke, la joven se giró hacia mí, apoyó su mano sobre mi copa un momento para sujetarla antes de llenarla de aquel alcohol con sabor a avellana, yo le tomé la mano como si de mi amada se tratara. Mi simple tacto fue suficiente para que fijara su mirada en mí y se quedara inmóvil seducida por completo. Micke se encontraba ante nosotros mirando cómo aquella joven se había quedado prendida por mi. Le tomé la mano, la acerqué a mis labios y le besé en la parte interior de su muñeca. Abrí la boca y le clavé los colmillos suavemente en las venas. Sorbí durante un breve momento. Me llené la boca de sangre y seguidamente le curé la herida con mi saliva. Ésta gimió suavemente de placer ante el tacto de mis labios. Después la dejé libre. La chica cogió la bandeja como si nada hubiera pasado y se fue. Vacié la sangre que quedaba dentro de mi boca en la copa que ella había dejado. Después me relajé y me dejé caer sobre la silla.

Micke comió lentamente saboreando cada bocado de su plato. Yo lo pasé muy bien observando cómo disfrutaba. Cuando terminó el plato, la misma camarera de antes volvió a acercarse a nuestra mesa y nos ofreció la carta de postres. Micke pidió un helado y yo llené mi copa del mismo modo que había hecho hacia una hora. Cuando mi amigo terminó su postre pidió que le trajeran una copa de lo mismo que yo había pedido, claro que el la llenó de licor y no de sangre. Fue entonces, mientras charlábamos, cuando Micke se levantó y sacó algo de una de las bolsas de las compras que había hecho. Supe que se trataba de un libro, por su olor, y por el modo en que estaba envuelto. Lo abrí rompiendo el papel esta vez. Me quede parado, inmóvil, incapaz de articular palabra. La portada del libro era negra y aparecía un dibujo, un retrato mío en blanco y negro.

— ¿Qué es esto? —le pregunté en un susurro a Micke.

El titulo era “Libera me”.

— ¿De dónde lo has sacado? —volví a preguntar a mi buen amigo. En respuesta Micke volvió a sonreírme. Intenté leer en su mente, sin ser capaz de hacerlo.

¿Qué había ocurrido y cuándo? Me sentí perplejo. Volteé el libro y volví a girarlo. Después lo abrí por la primera página. Anterior al prólogo del autor había un escrito a mano. Conocía bien aquella caligrafía:

“El más poderoso de todos, será, el que llegue al poder absoluto sin tener que luchar en ningún sentido.



Firmado: El escritor.”





Jonathan Mickel Grandchester, 2 de Noviembre de 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada