domingo, 25 de octubre de 2015

Capitulo 9 / Segunda parte


9



Era bien entrada la noche cuando llegué a casa. En cuanto abrí la puerta percibí el olor a cadáver. Me apresuré a encontrar de dónde provenía: Elisabeth Permanecía tumbada en la cama tal y como la había dejado. Me arrodillé al borde del lecho y pasé mi mano sobre su mejilla y luego sobre sus labios ya un poco morados. Había muerto.

Me sentí furioso por no haber acabado con Sentus y por haberme separado de Sixto. ¿Por qué culpaba a Sentus también de la muerte de Elisabeth? Aparentemente él no tenía nada que ver. Aquello me hizo llegar una conclusión, todavía estaba loco.

Pero no me importó, porque volvería a ver al primer pupilo del escritor y le mataría.

Cogí el cuerpo de mi amada, me lo cargué a la espalda y salí de casa sin preocuparme de que alguien pudiera verme. Ya estaba amaneciendo. Si quería enterrarla debía apresurarme.

Me acerqué al extremo de Murano más cercano a Venecia y me elevé cargando con el cuerpo de Elisabeth. Mientras volaba divisé un par de Vaporettos que se cruzaron a la altura de un pequeño pantano repleto de hierbas altas.

Aterricé en el pequeño embarcadero del cementerio. Miré a mi alrededor; nadie había presenciado mi llegada. Las puertas del cementerio se encontraban cerradas, por suerte no iba a suponer un problema. Me llamó la atención una araña que había formado una pequeña telaraña sobre un costado del cartel de horarios del Vaporetto. La pude ver a cinco metros de distancia. Me acerqué a ella, todo se veía distinto bajo la luz del alba. Mi potente mirada me dejaba ver sus diminutas patas aterciopeladas. Acerqué mi pálida mano para poder tocarla. Pero en cuanto vi el tamaño de mi mano comparado con el de la arañita, cambié de parecer y me giré bruscamente. Me acerqué a la fachada exterior del cementerio y trepé con la habilidad de un felino.

Una vez dentro del cementerio, busqué aquella tumba centenaria que tanto le había gustado a mi amada compañera en vida, y cuando la encontré aparté la losa cuidadosamente para evitar romper la piedra. Dentro únicamente encontré polvo, una inmensa nube que se elevaba hasta alcanzar mis orificios nasales, aspiré; aquello que un día había sido un hombre, ahora llegaba a mis pulmones. Sonreí al pensar que aquél era el destino de mi joven amiga veneciana, y sentí melancolía al recordar que jamás sería el mío.

La introduje en el agujero, tomé una pala que se encontraba apoyada sobre un árbol cercano y después comencé a cavar, en la tierra húmeda y cercana para cubrir por completo la fosa y así evitar que los importunados que por allí pasaban comenzaran a husmear a causa del olor del cadáver en descomposición. Cuando aún llevaba únicamente dos paladas de tierra noté como el sueño me abatía. El efecto de la sangre perdía poder. El sol me llevaba. Acerqué la losa a su lugar dejando solo un hueco por donde entré y me tumbé al lado de Elisabeth. Ayudándome con la fuerza de mi mano coloqué la losa en su lugar y me caí nuevamente ante la potencia del sol.


Dormiría por última vez, abrazando a Aquel ser tan poderoso, pero humano y ahora sin vida.

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