sábado, 24 de octubre de 2015

Capitulo 8 / Segunda parte



8

Salí de casa poco a poco, despacio, temiendo de nuevo que los rayos de sol pudieran dañarme. Permanecí bajo la sombra de mi edificio mirando hacia el agua del canal. Qué diferente se veía cuando los rayos del sol estaban presentes. Sonreía de felicidad, alcé la mano para que la luz del día me alcanzara.

Prueba superada, ésta no se prendió en llamas, no comenzó a derretirse ni se hizo polvo. Di un paso hacia delante para probar con mi brazo. No ocurrió nada. Avancé hasta el borde del canal y me quedé mirando fijamente el agua.

No sé cuánto rato estuve allí parado, pero la gente comenzaba a mirarme al pasar. Leí en sus mentes, la gran mayoría pensaban que iba a arrojarme a las putrefactas aguas.

Cada mente que leía hacía que comenzara a reír. No quise llamar más la atención. Así que di un par de pasos hacia atrás y comencé a caminar por la calle. La gente no reparó en que un vampiro caminara entre ellos a plena luz del día. Caminé desde mi casa hasta llegar al museo de cristal de Murano. Me disponía a coger allí el Vaporetto para desplazarme hasta Venecia, sin embargo seguí caminando para disfrutar un poco más de este lugar a la luz del día. Me dirigí hasta la siguiente parada, la que se encuentra en el extremo de la isla más cercano a Venecia. Pasando por dos puentes y una calle con dos hileras de árboles a izquierda y derecha y con una estatua central.

Llegué a la parada. Allí se encontraban dos niños de cuatro y seis años que se dirigían al colegio. Llevaban un gorro de lana cada uno, guantes y bufanda a juego. Sus abrigos eran idénticos, cambiando un poco el tamaño de estos. Llevaban dos mochilas bien arrimadas a sus espaldas que parecían ir llenas con sus almuerzos y quizá la bata que se vestirían aquel día. La madre, que había permanecido allí durante todo el rato observándoles, se me acercó y preguntó si me encontraba bien, en italiano. Alcé la vista para poder mirarla. Hasta los ojos azules de un humano parecían distintos a la luz del día, sus ojos eran de un tono tan claro como el cielo de aquella mañana. No podía apartar la mirada de aquellos ojos. Sus labios eran un poco más rosados que su rostro, se los había perfilado con un lápiz labial de color carne que los hacía parecer más grandes. Sus mejillas estaban levemente sonrosadas debido al frío y su nariz era pequeña y respingona. Se trataba de una mujer joven de no más de treinta años.

Me disponía a seguir mirando a aquella mujer, cuando otra que había llegado sin que me diera cuenta me tocó el hombro para que despertara.

—Chico, ¿te encuentras bien? —dijo en su lengua.

Miré a la segunda chica, y casi vuelvo a quedarme embobado, hasta que el ruido del Vaporetto me hizo despertar de mi estado entretenido.

Al fin les contesté con una sonrisa.

—Estoy bien —respondí, también hablando en italiano.

La embarcación se acercó a la parada flotante, tuvo que retroceder para poder aparcar debidamente y que así la gente pudiera bajar de éste. Antes de abrir la valla para que los pasajeros entrasen, chocó suavemente con el muelle. Se tambaleó siguiendo el suave oleaje. Al fin abrió sus puertas, primero la gente bajó a toda prisa, la mayoría se dirigían al trabajo. Embarcamos, éste cerró su puerta haciendo un sonido metálico y se puso en marcha.

Me acerqué al borde de la embarcación por popa. El frio viento me azotaba en la cara y hacía que mi melena se revolviera. La cogí entre mis manos para que dejase de ponerse ante mi cara. Me mantuve allí de pie durante todo el viaje. Salimos de Murano.

El mar se extendía hacia el infinito, permanecí mirando al horizonte. Entonces comenzó a verse el cementerio. El gran y hermoso cementerio de Venecia. Vi como pasamos de largo aquel lugar para dirigirnos a la ciudad. Seguí mirando hacia el horizonte deseando que Venecia apareciera, pensé qué parada debía escoger para bajar del Vaporetto. Al fin Venecia apareció. Pude divisar Santa María de la Salute a más de un kilómetro de distancia, seguidamente a su derecha comencé a ver el campanario de San marcos y después el Palazzo Ducale.

El Vaporetto paró y la gente junto conmigo bajó de la pequeña embarcación. Caminé a paso lento, miré la gran cola de gente que se había formado a la entrada del museo del Palazzo Ducale. Observé sus colores crema a la luz del sol. Seguidamente caminé un poco más pasando al lado del campanario y dirigiéndome hacia la plaza de San Marco, no cesé de mirar todo aquello que me rodeaba. Me paré frente a la basílica que se encontraba en obras parcialmente. Di un rápido repaso al edificio y una vuelta completa sobre mí mismo para poder ver la plaza y sus edificios por completo. Aquello me impactó más que el día que Il Duomo de Florencia se descubrió ante mí. Al fin paré de nuevo y comencé a mirar la basílica detenidamente, de aquel modo que únicamente nosotros somos capaces de observar las cosas.

El sonar de las campanas del Campanile de San Marco me hizo despertar de mi ensueño. Ya eran las cinco de la tarde. Había permanecido allí parado todo el día y no me había dado cuenta. Pronto empezaría a anochecer. Me apresuré para intentar llegar a tiempo a la guarida de Sentus, comencé a correr a velocidad alarmante por medio de la plaza. Paré en seco al llegar al mercado de Rialto. Pero qué idiota había sido, como se me ocurría moverme de aquel modo rodeado de un millón de mortales. Por suerte los que pudieron captar algo pensaron que era una simple ráfaga de viento, bastante típica de Venecia.

Seguí corriendo calle tras calle a un paso más normal, pero siendo el corredor más rápido de entre todos los mortales. Por suerte ya no me encontraba en una zona tan turística y por lo tanto no me encontré a ningún hombre deambulando por allí. Seguí los letreros que dirigían hacia la Ferrovía, o lo que es lo mismo, la estación de tren de Venecia, Santa Lucía.

Hasta que al fin paré ante un pequeño edificio de dos pisos. Allí se encontraba Sentus. Sentí su gran poder y éste hizo que se me erizara el vello de todo el cuerpo. Pero la noche ya llegaba. Las primeras sombras de la noche comenzaron a aparecer. Debía apresurarme.

Me colé en su casa, registré todo el edificio para asegurarme de que se encontraba solo. Me sorprendió que nadie le acompañara, entré convencido de que lo primero que vería al abrir la puerta sería un regimiento de vampiros acurrucados en el mismo suelo. Pero no, el suelo estaba vacío, limpio, era de mármol gris. Me gustó tanto aquel material, que me arrepentí de no tenerlo en mi casa.

Me dirigí hacia lo que creí sería el dormitorio principal, allí estaba. Dormía dentro de un ataúd. Jamás había conocido a ninguno de nosotros que durmiera así. Me acerqué a la caja sigilosamente y la abrí. Permanecí observándole. Elisabeth acertó cuando me comparó con un cadáver. Sin duda Sentus parecía estar muerto.

Sus ojos se movieron, iba a despertar, me acerqué más a él, hasta colocarme de un modo que cuando abrió los ojos fui lo primero que vio. Despertó, no perdió la compostura al verme, sabía bien cuál era el propósito de que yo me encontrara allí. Se incorporó sentándose dentro de su lecho. Cerró los ojos y aspiró, al mismo tiempo que inspeccionaba la zona, acción que yo también suelo hacer al despertar.

— ¿Y bien? —preguntó en latín, mientras yo sin querer me obsesionaba con la intensidad de su mirada.

Sonreí como si intentase filtrar con él, mientras bloqueaba mi mente. Mi sonrisa le confundió, achicó los ojos, preguntándose la verdadera razón por la cual me encontraba allí. Me acerqué a él y le besé suavemente en los labios. Luego me senté en el suelo cruzando las piernas, nos encontrábamos frente a frente. Fijó sus ojos en mí. Pero qué hermoso era. Entendí al menos una de las razones por las cuales Sixto se había enamorado de él en el pasado.

— ¿Y bien? —preguntó en latín de nuevo.

— ¿Por qué les mataste? —hablé al fin. Sentus se encogió de hombros.

—Cuando eres inmortal matas a tanta gente... —dijo como si realmente pudiera sentir dolor, pero dentro de sus palabras me mandó un mensaje, vi un sin fin de cuerpos en medio de la calle. Eran los cuerpos que yo había dejado por el camino mientras, loco, huía de Vilanova i la Geltrú.

Volvió a encogerse de hombros para restarle importancia a lo que acababa de mostrarme.

Al fin se puso en pie y salió del ataúd. Me extendió su mano para ayudarme a levantarme. Acepté su ayuda y le di la mano para que tirase de mí. Mientras le miraba pensé en que mi plan variaba por momentos, me resultó una estupidez haber publicado mi libro ya que, éste no había atraído a Sentus hacia mí, si no que había sido Sixto quien me había mostrado dónde se encontraba.

Pasó sus manos una y otra vez por sus ropas para alisarlas. Dio dos pasos para salir de la habitación y me miró para que le siguiera. Hice lo propio, caminamos por el largo pasillo, por el que yo ya había pasado antes mientras inspeccionaba su guarida. Se acercó a una pared de ladrillos y empujó suavemente. Ésta cedió. Se trataba de una puerta secreta. Aguantó la puerta e hizo una reverencia para que yo pasara. Asentí con la cabeza y entré en la habitación.

La habitación era oscura, el suelo consistía en mármol azul mate cubierto por una enorme alfombra persa de colores granate y negro. Una mesa central de cristal aguantada por un enorme dragón negro parecía ser la protagonista del salón. Había un enorme sofá de piel del mismo color que la alfombra. Y dos butacas de terciopelo a sus lados, eran de color negro.

Me pidió que tomara asiento educadamente. Obedecí. Me encantaba aquella estancia, me sentí cómodo rodeado de aquellos objetos tan hermosos.

—Te ofrecería algo de beber —dijo Sentus cómicamente. Después sonrió. Temí enamorarme de él en aquel instante.

Sentus cogió la butaca en brazos para colocarse ante mí. Parecía ser de corcho y no pesar nada por el modo en que la levantaba. Cambié de opinión cuando la soltó a diez centímetros del suelo y al caer hizo un golpe pesado. Se sentó. Volvió a sonreír. ¿Realmente se alegraba de verme? Suspiró por la emoción de la alegría que sentía con mi presencia. Yo no entendía nada. Ya había intentado leer en su mente, y no es que no lo hubiera conseguido, sino que no entendía nada. Tenía la mente revuelta. Pero sí, sin duda se alegraba de que estuviera allí.

— ¿Por qué has venido? —me preguntó mirándome a los ojos.

—He descubierto el modo para poder caminar durante el día —le respondí—. Y bueno, como mataste a mi familia y me mataste a mí, había decidido acabar contigo, pero me he entretenido demasiado por el camino y no llegué con el suficiente tiempo para hacerlo —le aclaré como si se tratase de lo más normal del mundo.

Pareció divertirle mi explicación ya que se echó a reír. Sé que le era imposible leer en mi mente y que aquello hacía que me deseara.

—Pues vaya, qué lástima, ¿no crees? —preguntó echándose hacia atrás en su butaca sin dejar de mirarme.

Me encogí de hombros. Llevaba una camisa blanca de algodón y unos pantalones negros de pinzas. Parecía parte de un traje, solo le faltaba la americana.

— ¿Por qué otra razón crees que debería presentarme ante ti? —pregunté volviendo a mirarle a los ojos.

—Quizá habías dejado de estar loco y comenzabas a preguntarte el porqué de tu condena —dijo poniéndose en pie. Dio tres pasos para acercarse a la mesa de cristal que se encontraba a mi derecha. Cogió un libro que se encontraba sobre esta, en el que no había reparado al entrar. Volvió a sentarse frente a mí. Lo alzó para que viera mi autobiografía.

—Tienes razón, hace veinte años estaba totalmente loco. Pero, John, yo ya he despertado —confesó mirando el libro que se encontraba entre sus manos. Volvió a alzarlo y le dio tres suaves golpes con sus manos—. En cambio, tú, John… en realidad creí que te habías acercado a mí para intentar seducirme y que así permaneciéramos juntos un tiempo — oprimió sus labios en un gesto de dolor.

Negué con la cabeza y comencé a sentirme confuso. Realmente iba a matar a aquel ser. Tan hermoso y aparentemente pacífico. Escruté su mente de nuevo. No mentía, todo lo que me había dicho era cierto. Sentus ya no era el Sentus que yo conocía. Sixto había acertado cuando la última noche que nos vimos, me confesó que las acciones que el ser que se encontraba ante mi había hecho en el pasado se debían a su estado mental, que a todos nos pasa, pero también a todos se nos pasa.

—Por cierto, opino que tu autobiografía es sumamente fascinante. Incluso podría pensar que es obra de Sixto —confesó volviendo a mirar la portada del libro y ojeando su interior esta vez.

Supongo que le incomodó que pudiera ver tan fácilmente dentro de su cabeza porque de repente no pude ver nada más.

—No te ofendas, pero es bastante incómodo notar cómo hurgan dentro de tu cerebro—dijo, sonriéndome de nuevo.

Negué con la cabeza para demostrar que no me había molestado su acto, que lo entendía y que en su lugar habría hecho lo mismo. Me entregó el libro para que yo también lo ojeara. Se lo agradecí, aunque yo fuera el autor, no había tenido entre mis manos ningún ejemplar. Hice lo mismo que él había hecho hacía un momento. Tras aquella última sonrisa dejé de desear matar a Sentus, sin embargo, era una decisión que había tomado hacía tiempo. Deseaba vengar la muerte de mi familia y por el momento, no pensaba cambiar de opinión. Pero me picó la curiosidad.

—Antes has comentado —empecé a decir— que creíste que había recuperado la cordura y que venía buscando respuestas al porqué de mi condena. ¿A qué te referías? —pregunté.

—No mientas. Ya hace veinte años que eres uno de nosotros. Es imposible que tú, un científico loco como eres, no te hayas preguntado ciertas cosas —dijo cortés pero sorprendido por mi indiferencia ante el tema.

Me encogí de hombros.

— ¿Ni siquiera sientes curiosidad? —preguntó inclinándose hacia adelante para poder verme más de cerca. No me moví ni un milímetro—. ¿No tienes curiosidad por saber de qué estamos hechos, por qué no morimos, o al menos de dónde venimos? —continuó al ver que ni me inmutaba.

—De dónde venimos —repetí.

—Nuestro amado Sixto, no te daría ninguna respuesta. Aunque a cambio de ello el precio fuera que perdieras tu cordura —terminó la frase con rabia y melancolía— Sixto sabe mucho más de lo que nos cuenta, Pero, ¿sabes qué? Ahora ya no me importa nada. Eso forma parte del pasado —dijo volviendo a hablar con serenidad.

“Contina”, le dije sin hablar. Él asintió con la cabeza. Y dejó de bloquear su mente.

“Ahora desbloquea la tuya”, me pidió. Negué con la cabeza. “No puedo”, dije.

—Dios santo… —murmuró en italiano. — Tienes la mente bloqueada permanentemente — musitó apenado.

(Cuando me refiero a bloquear la mente en la actualidad, con eso quiero decir que sello mis pensamientos, es cierto que puedo mostrar algunos recuerdos, pero todo lo pasado junto a Sixto, está encerrado. Sólo yo puedo recordarlo.)

Alzó la mano para acariciarme la cara. No me aparté. Dejé que posara su mano bajo mi barbilla y que me alzara un poco la cabeza para poder verme mejor el rostro bajo la suave luz que nos envolvía.

—Está bien, ya veremos más tarde qué podemos hacer con eso —dijo sintiendo lástima por mí. No me molestó que pudiera sentir pena, estaba cómodo a su lado.

“Continúa”, insistí.



Quería saber más cosas de él, la curiosidad había crecido. Quería que me contara por qué acabó volviéndose loco. Y si lo sabía, quería que me dijera de dónde venimos, de dónde viene nuestra especie.




La historia de Sentus.

—Yo era romano. En realidad, todavía me considero romano. Mi familia murió cuando yo aún era un niño, demasiado joven para cuidarme por mí mismo; demasiado rico y popular como para entregarme como esclavo. Se ocupó de mí una familia cercana que no se portó demasiado bien conmigo. Se gastaban mis riquezas a su antojo y me hacían dormir en un cuchitril… Pero no quiero aburrirte contando toda mi vida mortal. Iré al grano. Te contaré cómo llegué a los brazos de Sixto.

Hizo una pausa.

Su apariencia de un joven de veinticinco años, ahora parecía la de un anciano.

—Sixto, Sixto, Sixto... — dijo mirando al suelo y después echándose hacia atrás en la butaca prosiguió. — Sixto llegó a mí del mismo modo que llegó a ti hace veinte años, se trataba de un escritor, un proscrito en aquel entonces. Yo, tan tradicional y seguidor de mi pueblo, buen romano, buscaba sus fascículos entre los callejones al anochecer, procurando que nadie pudiera reconocerme. Aquello iba en contra de la ley y, por lo tanto, también de todos mis principios. —Rió negando con la cabeza, después volvió a mirarme y continuó. — Iba a casarme. Mi gran amor era ella, en realidad era lo único que me quedaba, lo único que tenía. ¿Sabes cuándo amas tanto a alguien? Me había jurado a mí mismo en un millón de ocasiones que, el día que la perdiera, me tiraría ante un carro o me entregaría al emperador para que sus leones terminaran conmigo. Se llamaba Numera… En aquella época de mi vida, no conocía a nadie que fuese a casarse por amor. Todos lo hacían por conveniencia, así que imagina lo afortunado que me sentía.

Cerró los ojos, recreó algún momento de su vida pasada para mí. Se adentró plenamente en su historia.

“Era una mujer joven de unos veinte años. Delgada, tez blanca, pelo moreno, ojos color miel.

La mataron. No fue Roma quien me la arrebató, sino un ser oscuro.

Recuerdo que cuando llegué a casa, sentí un olor a carne podrida, a muerte. Numera debía encontrarse allí, así que la llamé al entrar. Pero, ¿de dónde provenía aquel hedor? Noté que alguien se movía entre la oscuridad del jardín central de nuestra vivienda. Volví a repetir su nombre. Me extrañó tanto que los criados no hubiesen encendido las lámparas y velas para iluminar la vivienda a aquella hora…

Me acerqué a una lámpara del jardín y la encendí. La tomé en mis manos para inspeccionar la zona con más claridad. Di un paso tras otro. De nuevo volví a ver algo que se movía velozmente ante mí. Intenté alumbrarlo, pero de nuevo no sabía dónde se encontraba. Cuando llegué a la estancia principal de la casa, vi un cuerpo en el suelo. Aún se movía. Corrí hasta arrodillarme a su lado. Era una muchacha que nos había servido desde que tuvo edad para hacerlo. Le pregunté por lo sucedido.

—El hombre muerto —dijo muy débil. Después dio su último suspiro.

—¿El hombre muerto? me pregunté. El olor se había intensificado. Oí un ruido tras de mí. Eran pasos, pero no eran pasos normales. Me giré y alcé la lámpara, una figura humana. Pero no era posible. ¿Cómo podía aquel hombre mantenerse en pie? No sólo era el olor, aquel olor que hizo que me llevase las manos a la cara para taparme la nariz y así respirar por la boca, sino que su cara estaba destrozada, sus ojos sobresalían de sus orificios, le colgaban trozos de piel y carne. Solo tenía una oreja y una mejilla. Podía ver hueso en lugar de un codo en su brazo…

Comencé a retroceder y a sentir nauseas. Rodeé la mesa central de la habitación mientras aquel putrefacto ser se acercaba. Entonces pisé algo. Aparté mi atención de aquel que se me acercaba y miré al suelo. Una mano joven y hermosa. La reconocí de inmediato. Era ella. Me arrodillé a su lado y deje caer el foco de luz al suelo. El combustible de este se derramó y se prendió fuego a mi lado. Fue como si no sintiera el calor de las llamas, únicamente sentía el dolor. El dolor por verla muerta a mis pies. La tomé entre mis brazos lamentando haber salido aquella noche a buscar el último fascículo del escritor. Lamenté no haberla dejado acompañarme tal y como me lo había pedido. Lamenté todos y cada uno de los actos que cometí aquel día. Numera estaba muerta. No noté cómo comenzaba a arder mi ropa. Tampoco me había dado cuenta de cuánto se me había acercado aquella abominación, estaba en shock.

El monstruo me tocó la espalda, se abalanzó sobre mí para morderme el hombro, me arrancó un trozo de carne.

Emití un grito que pareció inundar toda la casa. Después, de nuevo reinó el silencio. La dejé en el suelo mientras lloraba y deseaba una y otra vez que aquel ser acabara conmigo lo más rápido posible. Me levanté y seguí retrocediendo, mientras el fuego comenzaba a quemarme la pierna. El miedo fue mayor a las ganas de morir y me alejé de aquel ser a toda prisa entre la oscuridad. Al llegar al jardín interior de nuevo, me metí en la piscina para que el fuego se apagara. Otra vez tranquilidad. Busqué sin salir del agua dando vueltas sobre mí mismo. Sabía que se encontraba cerca por el olor a putrefacción que desprendía, escondido en la noche, acechándome. El hombro me sangraba. Estaba condenado, iba a morir aquella misma noche, en manos de aquel ser sin entender por qué moría y sin saber quién me mataba.

Vi una sombra, avanzaba hacia mí a paso más ligero que la última vez. Sin embargo, seguía moviéndose torpemente. Y el olor era insoportable, me eché a llorar desesperado, cobardemente. El ser seguía avanzando, se encontraba a sólo unos pocos metros de mí. Tapé mis ojos para evitar ver cómo me devoraba. Parecía gruñir en lugar de respirar. Volvieron las náuseas creadas por su hedor. Oí un golpe seco. Y después, nada. Aparté las manos de mi cara gimoteando y temblando a la vez. ¿Dónde se había metido? Su hedor todavía lo envolvía todo, pero parecía haber desaparecido. Volví a buscarlo por el jardín sin atreverme a salir de la piscina. El hombro me escocía; lo palpé sin apretar. Soplé. Me miré las manos, la luz de la luna que inundaba el jardín me permitía verlas manchadas de sangre. Me mareé al verla y se me fue la cabeza. Caí dentro de la piscina, no me sentí capaz de levantarme. Sentí dolor al respirar, mis conductos nasales se llenaron de agua, y mis pulmones comenzaron a inundarse. De golpe aquello dejó de ser mi realidad. Reviví toda mi vida, vi a mi familia, recordé a toda la gente que había amado, la vi a ella. Entonces una voz inundó mi mente.

— ¿Quieres vivir? —decía la voz.

Volví a ver a Numera, me rodeaba con sus cálidos brazos mientras me besaba.

—Te amo, nunca te olvidaré —le susurré al oído.

Se apartó de mí, sonriendo al mismo tiempo que le caían unas lágrimas por las mejillas. No me soltó la mano hasta dar un último paso hacia atrás. Luego desapareció. La voz volvió a preguntarme.

— ¿Deseas vivir? —La voz lo inundaba todo. Me encontraba solo rodeado por una luz que no me permitía ver nada, su resplandor era demasiado fuerte.

—No quiero morir, no quiero morir si no es para encontrarme con ella. —Sentí que tiraban del hilo que tan bien defines en tu autobiografía.

Volví a la realidad. Sentí un dolor en el pecho debido al agua que había tragado. De nuevo el escozor en mis conductos nasales. Recuperé la vista. El hedor había desaparecido, no me sentí en peligro, sin embargo me alarmó lo que vi. Yo me encontraba tumbado sobre el suelo del jardín. Un hombre rubio parecía estar lamiendo mi hombro. Sentí placer al notar su lengua y sus labios sobre mi piel. Quería hablar, preguntarle quién era, pero no pude articular palabra. Me estaba muriendo. Apartó sus labios de mí donde había lamido y se acercó más a mi cara, apoyando la cabeza sobre la húmeda tierra del jardín. Sus labios casi podían tocar mi oreja.

—Cuando despiertes ya habrá desaparecido el dolor —me susurró con un extraño acento.

No mentía, el dolor menguó y desapareció. La oscuridad no tardó en inundarlo todo. Y después, cuando abrí los ojos, ya no me encontraba en el jardín, sino sobre el frio suelo de la habitación central de mi finca. La luz del sol acechaba, la sentí.

Le vi por primera vez, le vi de pie, mirando a través de la puerta abierta; vestía una túnica corta, a media rodilla. Pude ver sus pantorrillas sin un solo pelo, no como las mías. Parecía venir de Grecia. Su piel era aún más blanca y pura que sus vestimentas. Se giró para poder mirarme. Su sonrisa era radiante. Extendió sus brazos y se tumbó a mi lado para poder abrazarme.

—Sentus —dijo— mi amado Sentus —su voz me llenaba. Dejé de sentir dolor, el dolor que nunca iba a desaparecer, el dolor por perderla.

Incliné la cabeza para poder verle. Sus ojos parecían brillar con luz propia. Llevaba el pelo rubio largo hasta medio hombro. Debía medir más de metro noventa, una estatura poco común en aquella época. Su cuerpo era fibroso, igual que ahora. Sixto era, y es, indescriptible. No se puede captar todo lo que es, todo lo que puede representar para nosotros, con palabras.”

Sentus hizo otra pausa. Me conmovió la desgracia que había vivido, hizo que me sintiera afortunado de haber vivido placenteramente junto a mi hermana Kristin, mi sobrino y de haber tenido a Micke y a Carol tan cerca como les había tenido. En realidad, nunca me había sentido solo en vida.

Suspiró, me recordó a Sixto el día que me había contado su historia, bueno parte de ella, ya que estaba seguro que en tres mil años una persona puede recopilar miles de historias.

Pareció no querer seguir con su relato. Sentí lastima, quería saber más sobre él. Lo que deseaba saber en realidad era cómo llegó a ser el líder de los vampiros de la gruta. Pero no me atrevía a preguntar. Volvió a sonreírme al igual que lo había hecho cuando llegué a su guarida.

— ¿Y bien? —me preguntó, pretendiendo saber si mi opinión sobre él había cambiado.

Aquella conexión que sentí en aquel momento me hizo desear poder quedarme a su lado por la eternidad.

Le devolví la sonrisa, pero negué con la cabeza.

—Sigo deseando matarte —le respondí casi flirteando.

Hizo una mueca, dejó su boca entreabierta y arqueó las cejas a modo de sorpresa. Pude ver sobresalir sus colmillos de entre sus labios. Después estalló en carcajadas. Reaccioné también riendo como si hubiera contado un chiste. Sin embargo sabía bien que no mentía. Se encogió de hombros del mismo modo que solía hacer yo.

—Lo acepto — dijo mirándome a los ojos como si siguiera intentando conquistarme — En realidad ya estoy algo harto de vivir — añadió — tan solo prométeme una cosa, que no ocurrirá en mi guarida y que no me harás sufrir demasiado — concluyó.

Asentí con la cabeza a modo de respuesta. Luego volví a sonreír por lo normal que parecía nuestra conversación.

— ¿Cómo enloqueciste? — le pregunté después —. Me refiero a ¿cuál fue la razón? a si notaste cuando todo se iba... a la mierda, y al fin te rendías. — Quería dejar bien claro a qué me refería.

Volvió a sonreír. Luego dejó caer su mirada al suelo como si tuviera que meditar o prepararse psicológicamente para poder hablar del tema y mantenerse como le veía, o sea no volverse loco de nuevo. Sopló. Parecía suponerle un gran esfuerzo tener que hablar del tema.

—Está bien —dijo— Si tanto te interesa, te lo contaré.

—Ocurrió después de novecientos años junto a Sixto — dijo perdiendo su mirada sobre mi hombro, como si con aquel gesto pudiera retroceder cientos de años. Continuó:

“Nos encontrábamos en Egipto. Sixto siempre se ausentaba durante varias semanas, para aquel entonces yo vivía más solo que acompañado. Jamás supe a qué se debía tanto ir y venir. Sin duda, Sixto tenía una buena razón. Ahora sé que perseguía algo. Ser su compañero siempre fue muy duro. Guardaba tantos secretos...

Todo parecía ir bien, en realidad jamás me importó que nunca quisiera contarme nada, pero me sentía desolado ante tal abandono. Siempre que no dejara de quererme creí que todo seguiría yendo bien. Parece increíble que su amor fuera suficiente para vivir.

Recuerdo exactamente el día y el momento en que enloquecí, recuerdo cómo me miró, recuerdo que fue la primera vez que abrió parte de su mente para mí.

Como ya he dicho nos encontrábamos en Egipto. Jamás supe el nombre del lugar exacto, simplemente que era un lugar pobre y que a nosotros nos veían como extranjeros extremadamente ricos.

Aquel día desperté y para mi sorpresa se encontraba a mi lado. Había esperado a que despertase, al igual que hacía al principio. Verle, al abrir los ojos, me alegró de una manera exagerada. Le sonreí, completamente feliz. Él me respondió afectuoso como siempre que se encontraba a mi lado.

— ¡Ya lo tengo! —Exclamó al mismo tiempo que me abrazaba— ¡Le hemos encontrado! ¿Sabes qué significa esto? —me dijo más animado que de costumbre.

Por supuesto no tenía ni la más mínima idea de a qué se refería, pero me contagió la alegría y no me separé de él en todo el día.

Nos trasladamos bien lejos de allí, esta vez quiso que le acompañara; de nuevo soy incapaz de especificarte a dónde nos dirigimos. Como de costumbre no me contó nada y yo después de casi mil años, me había acostumbrado a no preguntar.

Aterrizamos en medio de lo que parecía ser un combate de guerra. Estábamos rodeados de cadáveres. El olor era tan desagradable que me habría tapado la nariz como si fuera un mortal. Pero no me atreví a hacerlo por cómo podría haber reaccionado él. Siempre había sido muy duro con todo lo que fuera mi aprendizaje. Así que intenté respirar por la boca mientras caminábamos entre un millar de cadáveres por campo abierto. Sixto se movía a velocidad vertiginosa sin apenas rozar el suelo. Yo, en cambio, parecía un novato a su lado.

De repente, mientras intentaba imitar los movimientos de mi compañero torpemente, noté algo que me elevaba con fuerza. Nos encontrábamos en un campo de minas antipersonas. Sixto saltó y me envolvió entre sus brazos. Me apartó de la bola de tierra y chapa que comenzaba a envolverme. Caímos entre unos matorrales. El paisaje había cambiado, la vegetación era más espesa y había copas de árboles sobre nuestras cabezas. Me separé de la protección de Sixto. Me dirigió una mirada furiosa.

“No puedo creer que no lo hayas visto venir” me dijo decepcionado sin hablar. Después negó con la cabeza y me dedicó una afectuosa sonrisa, parecía que nada iba a hacerle enfadar aquel día. Aún no sabía ni a dónde nos dirigíamos ni cuál era la razón por la que se encontraba tan feliz, pero si aquello significaba que no iba a enfadarse conmigo, me era más que suficiente. Dobló su brazo, apoyando su mano sobre su cintura para que me cogiera. Hice lo propio y caminamos tranquilamente bajo aquel frondoso bosque.

Hacía algún tiempo que el miedo a que se alejara de mí y me abandonara, se había intensificado tanto, que casi me parecía imposible que aquello pudiera estar ocurriendo. Pero me sentía feliz y deseé que aquella felicidad no desapareciera jamás.

—Ya hemos llegado — anunció Sixto haciendo que le soltara el brazo cortésmente.

Nos encontrábamos en un pequeño pueblo, donde únicamente había cuatro casas de madera maciza y un establo repleto de caballos. Miré hacia el cielo estrellado que nos envolvía; ya hacía rato que habíamos dejado atrás el bosque y ahora volvíamos a encontrarnos en campo abierto pero, a diferencia de la última vez, se podía respirar tranquilidad. Mientras miraba las estrellas, oí a Sixto golpear la puerta de madera que se encontraba a sólo unos pasos de mí. Tocó tres veces y esperó a que le abrieran. Me mantuve de pie mirando e intentando adivinar qué era lo que hacía. Abrieron la puerta. La cálida luz del interior de la casa pareció golpearme la vista. El hombre que allí se encontraba pareció sorprenderse mucho de ver a Sixto.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó el hombre.

—Vengo a buscar las respuestas que en su día rechacé —contestó Sixto.

Vi cómo el hombre asentía con la cabeza y daba un paso hacia delante. Dejó la cálida luz tras él. Bajo la luz de la luna pude ver de quién se trataba realmente, era uno de los nuestros y no un humano como me había parecido al principio.

—De acuerdo —dijo aquel ser, volviendo a iluminarse con la cálida luz de lo que me pareció un fuego de una chimenea. Me envolvió un olor a leña quemada. Aspiré para que aquel olor penetrara bien dentro de mí. — Pero quiero que me prometas que han terminado tus experimentos con muertos; quiero que jures que al fin, has aprendido que el único modo de resucitar a los muertos es del modo en que lo hacemos nosotros.

Sixto asintió con la cabeza.

Viendo aquella imagen, algo despertó dentro de mí. Lo vi claramente. Sixto había recordado algo y yo, por accidente, lo había visto. El escritor notó que algo ocurría en mi interior. Se giró para poder mirarme, luego se acercó con pasos lentos pero firmes.

Él era el culpable de todo.

El día de mi muerte humana, el día en que había perdido a Numera. Sixto había creado al monstruo que encontré en casa tras ir a buscar el ultimo fascículo del escritor en la antigua Roma.

Sentí que todo me daba vueltas. Deseé apartarme de él y de todos sus secretos. Estar a su lado dejaba de ser un alivio. Dejé de tocar con los pies en el suelo. Me dispuse a apartarme de allí a velocidad alarmante, pero él no me lo permitió. Se había acercado a mí mientras leía mi mente.

—Lo siento — se disculpó, si bien, más que una disculpa, para mí fue una confesión. Le odiaba. Deseaba matarle.

Me abalancé sobre él sorprendiéndole. Clavé mis colmillos en su cuello. Bebí su sangre, necesitaba ver la verdad.

Él era como tú, había estado experimentando con cadáveres y su triunfo fue mi desgracia.”

Concluyó. Después volvió a fijar su mirada en mí. No se veía capaz de contarme nada más sobre su separación de Sixto. Asentí con la cabeza para confirmar que me quedaba conforme con lo que me había contado.

—Cuando reúnas coraje, o hayas ordenado las ideas, llámame y termina de contarme tu historia —le pedí.

— ¿De verdad sigues queriendo matarme? —volvió a preguntar, dedicándome de nuevo aquella sonrisa. Volví a asentir con la cabeza mientras le devolvía la sonrisa.

—Pero antes tienes que contarme muchas cosas — le recordé. Parecíamos jóvenes humanos; aquella cálida conversación me recordó tanto a mi añorado Micke.

Me despedí de Sentus besándole y deseando quedarme a su lado durante más tiempo, pero tenía que regresar a mi guarida para poder pensar en lo ocurrido aquella noche. Así que me marche ansiándole al igual que él me ansiaba a mí.

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