viernes, 23 de octubre de 2015

Capitulo 7 / Segunda parte



7




Venecia.

En los años que me había dedicado a vagar como un alma en pena, habían sucedido varios sucesos paralelos a mí, los cuales habían hecho que Sentus tuviera que acabar refugiándose allí. Habíamos compartido ciudad de refugio y no había sido capaz de detectarlo. Me sentí débil ante aquella idea.

Paseé hasta llegar ante Santa María de la Salute. Me senté ante ésta arrepintiéndome de haber vuelto a separarme de Sixto. Solo llevaba lejos de él unas tres horas y ya le añoraba tanto... Mientras me enterraba a mí mismo pensando en lo desgraciado que era, alguien se me acercó y se sentó a mi lado. Ella, Elisabeth, de nuevo se encontraba a mi lado. Intenté leer en su mente, esperando descubrir si Sixto y los demás la habían acompañado, pero me fue imposible.

La abracé, buscando consuelo entre sus brazos. Su calor humano me reconfortaba y me hacía recordar el sabor que hace que me pierda por las noches, el sabor que hacía que ella dejase de ser ella y fuera únicamente aquel sabor.

Sentados ante el pequeño muelle que se encuentra ante mi catedral preferida, la besé en los labios, la besé en las mejillas, en el cuello hasta sentir de nuevo el latir de su corazón. Y Elisabeth dejó de ser Elisabeth y pasó a ser aquello que tanto ansío, aquello que me hace delirar, lo único que me reconforta ante la idea de estar muerto, y que cada vez que pruebo me convierte un poco más en un monstruo.

Cuando paré, la joven únicamente pudo dejarse caer hacia atrás y respirar con extrema debilidad. La miré mientras relamía las últimas gotas que quedaban en mis labios. Entonces mordí mi labio inferior hasta hacerlo sangrar. Y la besé para que sorbiera de mí. Aceptó mis besos, tentando a duras penas hasta que encontró mi labio herido; succionó al tiempo que me abrazaba el cuello. La rodeé con mis brazos y nos elevamos para dirigirnos hacia mi guarida en Murano.



Fuimos amantes de cuerpo y sangre durante tres noches seguidas. Como siempre, al llegar el amanecer, yo caía rendido ante la voluntad del sol.

Al despertar el tercer día, la vi, de pie, ante mí. Aún no había anochecido, me extrañó despertar cuando la luz del sol todavía entraba por la ventana de la habitación. En una mano sostenía mi libro recientemente publicado y en la otra una jeringuilla. Había estado leyendo, pude verlo en su mente. Sonreí mientras veía cómo se clavaba la aguja y extraía sangre. Después se acercó y me la inyectó en el cuello.

Aún no había llegado el anochecer, y gracias a su sangre me estaba despertando.

— En el libro, omitía este detalle de la sangre. ¿cómo lo has sabido? — hablé con debilidad.

— Sixto lo sabía. — respondió, repitiendo la operación una vez más.

Después de repetir aquella acción cuatro o cinco veces me desperté por completo, al tiempo que ella mareada caía de rodillas al suelo. Yo, enérgico como me sentía, me levanté de un salto para no dejar que se hiciera daño. La cogí entre mis brazos, parecía delirar, darme su sangre la había debilitado, no podía mantenerse en pie. Cogí la jeringuilla con la que me había traspasado su sangre y extraje de la mía. Luego le pinché cuidadosamente en el brazo y se la inyecté. Abrió los ojos, entonces sonrió. Sus ojos parecían haber cambiado o quizá me lo pareció a mí. La abracé. ¿Elisabeth era un nuevo prototipo de vampiro? ¿Resistiría un ser humano la mezcla de su sangre con la nuestra?

Entonces comenzó a convulsionarse entre mis brazos. Creí que moriría, y me arrodillé a su lado. Al fin cesaron los espasmos. Se quedó tumbada en el suelo, dormida. La cogí en brazos y la deposite sobre el mullido colchón con mucho cuidado. Pensé en esperar a que despertara allí, a su lado, para ver cuál era el resultado de haberle inyectado mi sangre. Aquella idea se me antojaba interesante, pero en aquel momento de luz lo que quería era ir a encontrarme con Sentus.

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