viernes, 23 de octubre de 2015

Capitulo 6 / Segunda parte



6



Fue a la noche siguiente, cuando desperté ella se encontraba a mi lado, había estado mirando como dormía.

— Parecías un cadáver — me explicó Elisabeth — no has respirado ni una sola vez desde que caíste al amanecer —.

— ¿Cómo llegaste a encontrarme? —le pregunté al fin, en un susurro.

Sonrió. Sabía que era incapaz de leer en su mente, y que aquello me irritaba.

—Tengo mis propios medios. Quizá algún día te lo cuente—confesó sonriendo.

Aquella chica cada vez me desconcertaba más. Pero me sentía feliz de tenerla a mi lado y no sentirme solo. Así que no me importó.

En aquel momento me alarmó una sensación de peligro: un ser de mi especie se había colado en mi casa. Me levanté de repente.

— ¿Dónde está?—Ella volvió a sonreír— ¿Por qué lo has hecho, por qué le has mostrado dónde me escondo? ¿Sabes cuál es la magnitud de lo que has hecho? —pregunté—. Ahora tendré que mataros a los dos — dije en un tono estremecedor.

En un instante, para mí, Elisabeth había pasado de ser mi amante a mi enemiga. Me sentí traicionado. Quise llorar desconsolado, de rabia, arrancarles la cabeza a los dos y terminar con aquella incomoda sensación de inmediato.

El ser apareció. Tan alto como yo, era el tercer chico que había visto en la visión, a través de los ojos de Adirand hacía unos días, en la visión era sólo un mortal, ahora ya era un vampiro. Avanzó hacia mí, con esa expresión de indiferencia que nos caracteriza. Escruté en su mente.

Habían esperado a que creciera lo suficiente, hacía sólo unas noches le habían convertido en uno de los nuestros. No pude ver en su mente exactamente quién le había introducido en nuestro mundo oscuro, ya que su mente decía Sixto y Sentus.

“Un humano criado por vampiros...”, pensé para mis adentros.

—Así es —repuso el joven, haciéndome saber que era capaz de leer mi mente si no me andaba con cuidado. La sellé de inmediato—Bien hecho, John —dijo refiriéndose a lo que acababa de hacer.

Luego se acercó a mí con un porte cortés y respetuoso, al mismo tiempo extendía los brazos para abrazarme. Yo me levanté sin saber bien cómo debía actuar.

Seguí desconfiando de él y de Elisabeth. Repentinamente me abrazó afectuoso. Elisabeth sonreía a sus espaldas.

Aquel ser no era quien transmitía aquel poder, el otro ser poderoso había querido desde el principio que supiera de su presencia, ya que dejó que su alma vibrara. La vibración del alma de los no muertos es visible solo cuando uno lo desea, y únicamente entre nosotros podemos notarla.

Yo me mantenía distante y alerta, Sixto o Sentus podían estar cerca de allí, me entraron ganas de marcharme en el acto.

—No lo hagas —dijo éste—, no te marches, nos ha costado demasiado encontrarte.

— ¿Dónde está? —le pregunté frenético, refiriéndome al otro ser.

Y entonces Sixto apareció de entre las sombras, como tanto le gustaba hacer.

La vibración cesó, ¿acaso no había podido contenerla por los nervios? Imposible, se trataba de Sixto. Después reflejó amargura, deseaba abrazarme, pero no se atrevía a acercarse a mí.

—Mi amor —dijo en latín.

Seguidamente comenzó a acercárseme. El chico, que aún me abrazaba, se apartó a un lado y Sixto me rodeó con sus brazos. No pude contenerlo, las lágrimas corrían libremente por mis mejillas, unas lágrimas rojas. Mientras apoyaba mi cabeza sobre su hombro, le manchaba la camisa con mis lágrimas de sangre, pero no le importó. Se sentía realizado por haberme encontrado. Suspiré y aspiré una y otra vez sobre su piel, buscando encontrar el aroma que no contenía. Al fin di rienda suelta a mis sentimientos, junto a él me sentía más humano, le abracé larga y afectuosamente. Contento y emocionado por tenerle entre mis brazos. Ansié besarle, pero no quise hacerlo en aquel momento.

Se separó de mí cogiéndome por la mano y haciendo que me sentara sobre el sofá de mi gran salón. Sixto se situó a mi lado, se estiró hacia atrás hasta apoyarse sobre el respaldo del sofá. Después irguió su espalda, muy pegado a mí, para poder tocarme.

Desde que nos habíamos sentado, yo había fijado mi mirada sobre el joven que tenía un gran parecido conmigo. Volví a sumergirme en su mente. Intentó sellarla, sin embargo pude seguir viendo a través de ella.

Vi nítidamente un gran amor hacia Sixto y Sentus, se había quedado huérfano muy pequeño. Le había acogido un gran grupo de vampiros, vi varios rostros desconocidos. Le habían educado en todos los aspectos posibles y éste había absorbido los conocimientos al igual que una esponja. Vi a Elisabeth, se conocían, hubo una cosa que no entendí. Cuando él era un simple niño, ella presentaba su actual apariencia. ¿Pero cuántos años habían pasado?

Se mostró molesto ante aquella acción.

Cuando hube terminado, me fijé en Elisabeth, buscando alguna explicación. Nada, ella era demasiado poderosa, ¿cómo era posible que un humano albergara tal poder?

Después intente escrutar la mente de Sixto. Me sorprendió, me fue imposible. Sonreí. Sixto se percató de lo que había intentado. Me abrazó afectuoso.

—Me has pillado preparado. Sé de lo que eres capaz, pero puedo esconderte algunas cosas todavía.

Yo coloqué mi mano sobre su pierna y le pellizqué, su musculosa pierna ni se inmutó. Aun no podía creer que me encontrara allí, junto a él.

Después Sixto me mandó un mensaje, me pidió que aclarara mis dudas con el joven que le había acompañado, era su nuevo compañero y, por decirlo de alguna manera, ahora formaba parte de la familia.

Volví a fijar mi mirada en el chico, no intenté leer a través de su mente. Solo quería hablar. No sabía cómo romper el hielo. Hasta que él chico dijo.

—No soy ningún traidor, deja de desconfiar en mi —me espetó.

Me sorprendió aquella primera frase, tanto que no pude hacer nada más que echarme a reír. Sixto me miraba alzando las cejas sorprendido por mi actitud despreocupada. Me encogí de hombros a modo de respuesta.

— ¿Cómo has sabido que era desconfianza hacia ti lo que sentía? ¿Acaso escondes algo? —

Noté una presión en la nuca, Sixto me observaba molesto ante mi actitud. Decidí recapacitar y tomar la conversación por otro lado.

—Disculpa, quería decir que soy desconfiado por naturaleza —me excusé

—Yo tengo más motivos para desconfiar de ti, estás loco. Todo el mundo lo sabe —dijo insistiendo.

¿Acaso intentaba enfurecerme? Aquello volvió a hacer que sonriera.

Me levanté y me acerqué a aquel joven. Noté cómo mi escritor se alarmaba ante aquella acción. Paré frente a él y volví a escrutar su mente. Había algo en su cabeza que no encajaba. Volví a ver a los vampiros que le habían acogido, criado y educado, a Elisabeth tal y como se presentaba ahora. Era como si hubiera borrado algunos recuerdos, había algo que no encajaba.

O bien habían jugado con su mente para confundirle, hasta tal punto que ni el mismo tenía las cosas claras o aquel prematuro vampiro había aprendido a ocultar algunos secretos.

Cuando yo sello mi mente nadie es capaz de ver nada, excepto cuando me dispongo a mostrar algunas cosas o me pillan desprevenido. En cambio aquel ser… yo había sido capaz de ver por completo dentro de él. Sin embargo sabía que faltaba algo.

Noté que Sixto tiraba suavemente de mi brazo para que volviera a su lado, no aparté mi mirada del joven. Luego le sonreí y me encogí de hombros.

—Bueno, sólo espero que si sabes tan bien que estoy loco, no te atreverás a dañar a Sixto ni a Adirand... Bueno, ni a Elisabeth —dije sonriendo a ésta afectuoso, intercambiando miradas con la chica. No sé bien por qué razón, pero en cuanto Sixto apareció por la puerta dejé de sentir a Elisabeth como una amenaza.

El ser tuvo un descuido, ya que tras yo decir aquello pude percibir algo. Vi a Sentus y la gruta, luego no vi nada.

—Maldita sea, ¿es que sólo yo puedo verlo? — Pregunté algo más nervioso. — ¿Qué es lo que escondes? ¿Qué ha hecho que después de una vida junto a Sentus, ahora prefieras estar con Sixto? — Proseguí.

— ¡No es de tu incumbencia! ¡Recuerda que hasta hace menos de una hora, tu, seguías aquí, huyendo de… ni tu sabes bien de que!

Como era posible que me hubiera conseguido enfurecer con aquellas simples palabras. Me levanté casi como en un acto reflejo y le cogí por el cuello de su camisa, elevándolo del suelo.

— Estate tranquilo, que si tus palabras no quieren confesarlo, tu sangre lo hará por ti.

A punto estuve de clavar mi dentadura en su cuello, pero entonces Sixto intervino.

—Es suficiente —dijo Sixto tajante.

Cerré los ojos lamentando que mi escritor me hubiese detenido.

Seguí hablando con el joven.

—No he podido ver quién te enseñó a bloquear la mente parcialmente, pero debo admitir que te ha enseñado muy bien —concluí a modo de amenaza. Dejé al joven en el suelo y volví a sentarme junto a mi escritor.

El joven se levantó repentinamente y salió de mi casa, quejándose entre dientes, oí cómo cerró la puerta a sus espaldas. Elisabeth se levantó y le siguió.

Nos quedamos a solas. Sixto me miró con expresión enfadada.

— ¿Por qué lo has hecho? —me preguntó. Me encogí de hombros.

—Tiene razón: estoy loco —entonces al fin le besé.

Sixto me apartó. No le había gustado el modo en que había tratado al chico.

—John —dijo en un susurro—, puedo afirmarte que Adirand y yo rescatamos a Daniel hace unos días, le habían encomendado algunas misiones contra su voluntad, él es un buen chico y le hicieron prisionero por el desacato —me anunció lentamente buscando las palabras para no confundirme.

— ¿Qué sabes de él? —quise saber, desconfiado. Sixto negó con la cabeza.

— Sabes perfectamente que nuestra especie es capaz de confundir las mentes. No culpes al joven de tener la cabeza hecha un lio. Ahora ve y discúlpate — dijo firme.

— A mi también me confundieron y con un solo chasquido de dedos me devolviste a la realidad. — Repuse.

— A ti no te confundieron durante toda una vida, a ti te bloquearon la mente en un momento dado. No es lo mismo. Y ahora obedece John. — concluyó.



Para mí no era suficiente, seguía desconfiando de aquel joven. Había visto a través de su mente como si de un libro abierto se tratase. Pero, estaba seguro de que a aquel libro le faltaban algunas páginas. No había logrado ver ningún sufrimiento en aquel tipo. No vi, ni el momento de su aprisionamiento, aún siendo humano, ni su huida. Vamos, nada relacionado con aquel tema. ¿Sería cierta la historia que le había contado a Sixto?

También sabía que mi escritor había aprovechado el gran parecido entre el chico y yo para consolar mi pérdida.

Pero pensándolo bien, ¿qué daño podía hacerle aquella criatura? Supuse que ninguna, decidí dejar al chico tranquilo. Que Sixto le tuviera a su lado si eso le hacía sentirse mejor. De todos modos, yo no iba a volver hasta zanjar mis propios asuntos…

Miré a mi escritor, ahora parecía un vampiro cansado y viejo.

Deseé que Sixto dejara de sentirse molesto conmigo y me demostrara su calor y afecto. Le había echado tanto de menos… intenté olvidar lo que acababa de ocurrir para poder centrarme en Sixto. Esperé unos minutos a ver cómo reaccionaba, vi en su mente el por qué de su actitud.

Daniel había sido convertido hacia muy poco, por lo tanto era aún un tanto humano, no era justo que un ser con la mente desarrollada y superior le hubiera tratado y juzgado de aquel modo.

— Sigo sin entender que por mucho que te recuerde a mí, confíes tan plenamente en su pureza. — Insistí. — Después de las amenazas de Sentus, de matar a mi familia, ¡de matarme a mí! De verdad, no entiendo cómo puedes sentirte seguro, cerca de un ser que ha sido criado por el enemigo. — Concluí.

— ¿Y qué me dices de Elisabeth? —reprochó — Pese a no ver nada en su mente, la has convertido en tu compañera.

No quise responder a aquella pregunta, la chica en la actualidad me era de gran alivio. No quería tener que desconfiar de ella, la quería a mi lado y punto.

Me levanté soplando, como si fuera un adolescente y me dirigí a la puerta para ir tras el joven y pedirle perdón. Sólo así podría intimar con mi escritor antes de que el sol se posara en lo alto del cielo.

Le encontré sentado en un banco de una plaza cercana, sin el mayor inconveniente.

Estaba sentado junto a Elisabeth, abrazado a ella, como si ésta le estuviera consolando. Al ver que me acercaba, ella se levantó y vino a mi encuentro. Me dio un beso en la mejilla dando un saltito.

— No seas tan malo con él — dijo serenamente.

Asentí con la cabeza, que Elisabeth confiara en él era un punto a su favor. Fui a reunirme con Daniel, me senté a su lado y le miré. Se trataba de un ser rencoroso. Se sentía muy enfadado conmigo, tanto que no quería ni mirarme.

No sabía cómo comenzar a hablar y menos como disculparme.

— Creo que hemos empezado con mal pie… — dije intentando mirarle a los ojos. Éste hizo caso omiso.

— He estado tantos años solo… que no he sido capaz de dialogar…

— Sixto me había hablado tan bien de ti, que me hacía, casi, ilusión encontrarte. — Respondió el joven mirando al suelo.

De algún modo, en aquel momento vi en él, la humanidad de la que Sixto me había hablado hacía un rato. Y ya no sabía si era porque Elisabeth y mi escritor lo deseaban, pero me sentí culpable de haberle tratado de aquel modo.

De repente el chico me sonrió, ¿fue a causa de que había notado mi arrepentimiento? No entendí nada, pero, Daniel se levantó y se arrodilló frente a mí. Echó la cabeza a un lado. Me dejé caer del banco resbalando al suelo y apoyando todo mi peso sobre mis rodillas, bebí de él.

El sabor de la sangre vampírica era delirante, hacía tantos años que no la probaba. No quise hacerle daño, enseguida me aparté de su cuello besando sobre la herida.

En aquel momento me enamoré del nuevo pupilo de Sixto, le estreché entre mis brazos y pese a no haber conseguido ver nada más dentro de la sangre, lloré por la tragedia que éste había vivido.

El joven se levantó y se fue por el mismo camino que había tomado Elisabeth hacía un rato. El enamoramiento momentáneo desapareció en cuanto dejé de verle.

Me quedé solo. Soplé y deseé plantarme de inmediato ante mi escritor, y gozar, gozar la noche entera. Caminé lentamente, consciente de que a cada paso me encontraba más cerca. Le deseé como tantas veces le había deseado, pero con una mayor intensidad. Recuerdo que incluso susurré su nombre.

Al fin llegué a mi casa, entré sigilosamente. Sentí la presencia de Sixto de inmediato.

Al fin le vi, sentado en el sofá, justo en la misma postura en que le había dejado hacía una hora. Caminé con pasos cortos para que intensificara el deseo de poseerme. Seguí acercándome hacía él, sellando mis pensamientos para así ocultar mis deseos que también crecían a cada segundo. Me senté a su lado.

— ¿No vas a reconciliarte conmigo?—me dijo sabiendo, que era lo que deseaba.

Sonreí sin mirarle, esperando que se acercara él primero. Puso los ojos en blanco y extendió los brazos. Me abrazó. Entonces le mandé un mensaje para que pudiera ver cuánto le deseaba, cuánto le había echado de menos y cuánto le había ansiado. Le besé. Cuánto había añorado sus labios… Comencé a besarle suavemente; luego atrapé su labio inferior y por último su lengua. Me emocioné tanto que clavé mis colmillos un instante para que sangrara y así poder saborearlo.

Me entregué a él como tantas veces lo había hecho en el pasado. Sixto tuvo que apartarme para que me tranquilizara.

—Tranquilo —me dijo sonriendo.

— ¿Puedes aún jugar con mi mente? —quise saber, realizando la pregunta a tan solo unos milímetros de sus labios. Sonrió y me besó de nuevo. Antes de que pudiera separarse de mí le puse una mano en la nuca para no dejar que se escapara.

—Deja que respire —dijo con la boca llena de mis besos. Aquello me hizo reír, y me aparté de él.

—No me preocupa precisamente poder ahogarte —dije riendo todavía.

Se levantó y fue hacia la habitación, intenté seguirle, pero no podía moverme.

— ¡Venga ya! — Exclamé. Aquella era la respuesta a la pregunta que le había hecho sólo un momento antes. Enseguida me dejó libre y corrí tras él.

Volví a besarle más relajado y apartándome de inmediato. Le cogí de la mano entrelazando nuestros dedos como si de unos quinceañeros nos tratásemos. Nos sentamos sobre la cama y comencé de inmediato a desabrochar los botones de su camisa blanca de seda. Sixto dijo:

—Todavía quedan muchas horas para el amanecer —comentó mirándome a los ojos. Entendí a lo que se refería; prefería hablar conmigo y gozar de mi compañía antes de que hiciéramos el amor, pero yo no quería esperar más.

—No, por favor... —le supliqué apenado.

Negó con la cabeza como diciendo “No tienes remedio”

Quise suponer que no pudo resistirse a mis encantos o que él también ansiaba que aquello ocurriera. Practicamos el amor apasionadamente.

Cuando nos tumbamos exhaustos sobre mi enorme cama, me sentí feliz, aquella felicidad no había vuelto a sentirla desde que dejé de ser humano. Todavía no podía creerme que se encontrara allí,a mi lado. Suspiré y le abracé. Temí agobiarle pero aceptó que me mostrara tan cariñoso.

Dormitó durante un rato mientras yo aún me sentía eufórico por la experiencia.

—Ya que puedo percibir que no vas a desbloquear tu mente, explícame, muéstrame, ¿cómo te ha ido en soledad? —me preguntó Sixto con los ojos cerrados.

Abrí mi mente, le mostré lo poco que recordaba de mis años de intensa locura, mis viajes, mi encuentro con Elisabeth y mi ambicioso plan de encontrar a Sentus y acabar con él, junto con la publicación del libro y mi descubrimiento para mantenerme despierto tras la salida del sol. Después volví a sellar mi mente.

Se mostró horrorizado ante lo que le había mostrado. Se quedó sin habla.

— ¿Has visto el día? —dijo como si no recordara el día de mi transformación. (Aquel día ya había paseado bajo el sol y la gran bola que, por una razón desconocida, no me había destruido). Le estremecía la idea de que un vampiro pudiera caminar bajo el sol.

— No puedo permitir que destruyas a Sentus — prosiguió, cambiado de tema rotundamente, muy preocupado.

— Ése es mi objetivo, necesito que Sentus se descubra, saber dónde descansa, y después acabar con él al amanecer. No te preocupes por nada, puedo cuidar de mí mismo —le contesté casi alegre.

—John, olvídate de Sentus, no puedes acabar con él, no puedo permitir que lo hagas — continuó paciente.

Aquello me enfureció. Me levanté para poder alejarme de aquella escena tan incómoda.

—No te enfades, deja que me explique —me rogó al tiempo que me cogía por el brazo y tiraba para que volviera a tumbarme a su lado.

— En algún momento de nuestra existencia todos enloquecemos. Sentus es una creación mía, solo es cuestión de tiempo que recupere su cordura, al igual que te pasará a ti. Por favor, entiéndelo —me explicó él pacientemente.

—Pero ¿cómo eres capaz de prohibirme que lo haga, maldita sea? ¡Mató a toda mi familia! ¡Me mató a mí! —le repetí el mismo argumento de hacía unas horas, gritando, odiándole. Sixto negó con la cabeza.

—Yo lo hice. Yo los maté, iban a morir de todos modos, no había marcha atrás —dijo.

Le odié, no era posible, no podía creerlo. No quise creerlo. Me levanté furioso. Me sentí volver a enloquecer. Sixto, mi Sixto, ¿Sería cierta aquella confesión, o sólo lo decía para desviar mi deseo de muerte contra Sentus? Nunca lo supe. De nuevo deseé llorar, pero no pude, había agotado mis lágrimas hacía rato.

—No te alejes de mí de nuevo, no podría soportarlo —me rogó en un susurro al ver lo que me proponía a hacer.

—No hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión, ¿verdad? —me preguntó apenado. Negué con la cabeza.

Luego me fui. No me apetecía tenerle cerca, sabía que volvería a extrañarle, pero mi objetivo era Sentus y ahora sabía dónde se encontraba.



Lo había visto en la mente de Sixto.

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