miércoles, 14 de octubre de 2015

Capitulo 4 / Segunda parte


4



Aún quedaba toda la noche por delante. A Elisabeth parecía sobre excitarle ver morir a alguien de su misma especie.

Me miraba lascivamente, pero yo, no podía dejar de pensar en el espantoso aspecto de mi salón.

Se quitó la ropa y se dirigió a mi lujoso cuarto de baño, dejó a su paso un seguido de prendas y se metió en la ducha, “como Pedro por su casa” pensé.

No le di importancia, me quedé mirando el salón, mi butaca, mi moqueta… Todo se había echado a perder, bueno, siempre podía contratar alguna empresa que me lo limpiara.

Me quedé pensando un buen rato sobre el tema. Entonces apareció ella, desnuda y mojada, la miré fijamente. Pensé en olvidar el incidente recién ocurrido y hacerle el amor, o simplemente beber su sangre. Recordé el profundo placer que me había producido hacerlo la noche anterior, pero pese a intentar ser positivo sobre el tema, no conseguí hacer que me entraran ganas, de siquiera prestarle atención a la chica.

Elisabeth se acercó hacia mí, me miraba sonriente todo su cuerpo desprendía calor humano. Me tomó la mano y la puso en su cintura, el tacto de su piel viva produjo en mi un escalofrió. Deseó que me centrase en ella y como si de un ser de mi propia especie se tratara, lo hice. Me mordí el labio inferior y la besé con ansia, como si me hubiese costado conseguir tenerla entre mis brazos.

La cogí con facilidad y sin dejar de besarnos, nos desplazamos hasta mi habitación. La dejé en el colchón con suavidad, como si estuviera hecha de porcelana y pudiera romperse en mil pedazos.

Me quité la ropa manchada de sangre, con calma y la dejé en el suelo también enmoquetado. La miré aun de pie, ella me esperaba impaciente tumbada sonriendo a cada momento. Gateando, la cubrí de besos de pies a cabeza, hasta quedar colocado sobre ella, esta se abrió de piernas y me abrazó con fuerza. La temperatura de su piel me volvía loco. Volvimos a besarnos apasionadamente.

Volví a intentar leer en su mente. Un sinfín de imágenes de seres sobrenaturales me invadió, no pude ver nada en claro, pero lo que percibí hizo que me apartara repentinamente de ella hacia un costado de la cama.

- ¿Pero qué…? – Le pregunté asustado.

Elisabeth sonrió y se puso sobre mí agarrándome la cara con las manos.

- No tienes de que preocuparte John. – Sus palabras parecían hipnotizarme, seguimos con nuestros carnosos juegos durante toda la noche.

Después de una noche lujuriosa y apasionada junto a Elisabeth, me senté en mi butaca manchada de sangre ya reseca y me dispuse a esperar la salida del sol. Elisabeth, dormía acurrucada en un rincón de mi enorme cama de 2x2 metros. Permanecí sentado en mi hermosa butaca blanca observando mi salón; miraba a través del ventanal, esperando que la salida del sol me obligase a dormir.

Una vez esta se hubo dormido recordé lo que había visto en su mente.

- Sentus…- murmuré apretando el puño. Elisabeth conocía a alguien de mi propia especia, y ¿si era Sentus? este ser la había dominado en algún momento de su vida. No podía dejar de pensar en la cuestión, podía suponer una amenaza para mí, y ahora ella sabía dónde se encontraba mi guarida.

Seguí dándole vueltas al asunto hasta que el sol se situó en lo alto del cielo. Fue entonces cuando caí en la cuenta, ya había amanecido, y yo seguía despierto. El sol, la salida del sol, no me había dejado sin sentido, me levanté de un salto y salí al balcón temiendo que este me destruyera. No fue así.

Observé el día, observé la luz, el color de las cosas que tanto había añorado. Y el calor, me sentí más feliz que nunca, lo había conseguido, era de día y yo seguía en pie.



Aquello me hizo recordar el propósito de mi descubrimiento: mi encuentro con Sentus. Recordé las amenazas de Sentus hacia Sixto para que éste cesara de publicar. Así que publicaría un libro, el libro de mi vida revelando nombres, fechas y todo aquello que se sobre nosotros. Sí, así atraería su atención. Una vez este se dejase ver, acabaría con su existencia, mientras el sol danzaba en lo alto del cielo azul claro del día.



Comencé a sentir el sueño, no tardaría en desplomarme. Así que entré lo más rápido posible en casa y cerré el balcón, luego miré a través del cristal y le hablé al sol.

—No sé cómo he conseguido verte, pero volveré a hacerlo.

Después fui a la habitación, y me tumbé en la cama sintiéndome agotado, me acerqué a Elisabeth y la abracé. Luego desaparecí.

Soñé. Elisabeth aparecía como un ser inmortal, símbolo de que no me importaría convertirla en mi compañera. Nos encontrábamos en España, en Vilanova, la acogedora ciudad donde nací. Paseábamos por la orilla del mar, el viento revoloteaba su melena rizada. Paramos y nos sentamos. Estábamos en el mismo lugar donde Sixto había estado a punto de dejarme seco. «Cuánto había cambiado las cosas desde aquel pasado tan lejano», pensé.

Nos sentamos sobre la fina arena y nos tumbamos mirando el cielo estrellado, era de noche. Pareció que el tiempo pasaba a velocidad pausada, era agradable estar allí, feliz, junto a ella, y junto a Sixto. Él se acercaba a nosotros siguiendo el mismo camino que habíamos tomado para llegar hasta allí. Se tumbó a mi lado de costado para poder verme. Escuché su voz como si se encontrara allí mismo en la realidad. Deseé con todas mis fuerzas que aquello pasara de verdad en un futuro poco lejano. Le añoraba de tal modo que al pensar en él, me olvidaba de Elisabeth y de la locura que me había nublado la vista durante veinte años.

—Sixto, ¿dónde estás? —le pregunté dentro de mi sueño.

—No sufras, no tardaremos en volver a reunirnos —me contestó sonriendo como había hecho mil veces.

—Te amo. Fue un error alejarme de ti —le dije disculpándome.

Él me hizo callar depositando su dedo índice en mis labios, seguidamente se acercó más a mí y me beso suave y largamente como si hubiera guardado aquel beso durante el tiempo que habíamos permanecido separados. No cerré los ojos, no quería dejar de verle todavía, quise llorar por la emoción de aquel momento. Entonces Sixto se apartó de mis labios para poder abrazarme. Acepté su afecto con gusto y nos fundimos en aquel abrazo como años atrás, su calor me hizo recordar lo fría que era mi piel, mi sangre y mi cuerpo...

Y Sixto dejo de ser Sixto. Era Elisabeth y era de día, el sol parecía ser el protagonista de mi sueño. Sixto ya no estaba. Me sentí solo y desolado.

—Es por la sangre... —murmuró Elisabeth.

— ¿La sangre? —me pregunté sabiendo que aquello era un sueño.

Y de repente lo vi. La sangre de aquel humano se había introducido en mi organismo antes de que la herida se cerrara. Era tan sencillo, lo había tenido ante mis narices todo el tiempo y no lo había visto: la sangre, al introducir la sangre de un mortal en mi organismo de aquel modo y así mezclarse con la mía, había causado en mí aquella reacción, y por aquello había permanecido despierto hasta después de la salida del sol.



Creo que ya había despertado, cuando lo vi de nuevo.

Sixto, veía a Sixto con los ojos de otro ser. Y con los ojos de ese otro ser vi a un joven de unos veinte años, mi misma mirada, mi misma expresión. ¿Quién era aquel chico? Sixto le miraba con expresión distraída, deseoso de poseerlo, como tantas veces me había mirado a mí. Me sentí celoso. Vi distantemente cómo besaba a aquel ser.

—Está aquí —dijo Adirand.

Sixto se apartó rápidamente del joven, y se acercó a Adirand mirándole a los ojos.

—John, ¿realmente estas aquí? —dijo.

—Sí —contesté, fue como si me hubiera escuchado, fue como si mi sueño se estuviera haciendo realidad. Adirand asintió con la cabeza.

—Di lo que tengas que decirle ahora que puedes —dijo presionando a mi escritor. Noté cómo se ponía nervioso, no sabía qué decir.

— ¿Dónde estás, John? —dijo. La voz le temblaba.

No quise revelárselo; me daba vergüenza haber abandonado mis iniciales experimentos tal y cómo él advirtió que acabaría haciendo.

También me avergonzaba el haberme vuelto loco y obsesionado con matar a Sentus, su primera creación. Prefería no tener que encontrarme con él hasta haber sellado aquel tema, Sixto no me lo permitiría. Así que sellé mi mente. Me quedé callado mientras lloraba por dentro.

— ¿Es John? —preguntó el chico.

Sixto asintió con la cabeza. Aquello me impactó. ¿Cómo podía saber de mi aquel joven? Así que desbloqueé mi mente para poder leer en la suya.

—Venecia —dijo Adirand, que había estado atento a cualquier descuido por mi parte, para poder averiguar dónde me encontraba.

—Iré a buscarte —anunció Sixto pese a los desgarradores deseos que tenía de volver a verle. Pensé en irme de Venecia aquella misma noche para que no me encontraran.

Me alejé de aquella escena. La comunicación se había cortado.



Era de noche, me sentía perplejo y mareado. Elisabeth no se encontraba a mi lado cuando desperté, había ido a trabajar y al anochecer no había acudido a mi llamada.

Me senté y apoyé la cabeza entre las manos recapacitando sobre el sueño y mi visión. Me sentí triste, sabía que aunque la llamase no vendría, tendría que celebrar mi descubrimiento solo.

Mi descubrimiento. Me sentí triunfador, después de tantos años había conseguido uno de mis propósitos científicos.


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