miércoles, 14 de octubre de 2015

Capitulo 3/ Segunda parte


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Me desperté desnudo sobre la moqueta. El timbre sonó y sonó. Escruté mi vivienda de inmediato. Percibí a Elisabeth abriendo la puerta e invitando a entrar a alguien a casa. Me levanté y fui a la habitación. Mientras me vestía, leí las mentes de quienes se encontraban en el salón. Elisabeth se había ido a trabajar después de que yo me hube quedado “dormido” en el suelo del salón, tan silenciosamente como pudo para no despertarme.

Había pasado un día normal; al parecer mi aparición no consiguió romper su rutina. Después de terminar su horario laboral, se dirigió hacia la parada de Vaporetto para coger un barco y volver a Murano junto a mí, sintió un intenso deseo de encontrarse conmigo. Al parecer recibió mi llamada en cuanto el sol comenzó a ponerse. Yo, no tenía ni idea de que, aun en estado “vacío”, y a vacío me refiero a cuando mi alma me abandona al amanecer. Era capaz de atraer a un ser humano.

No desperté hasta que comenzó a oscurecer, una hora más tarde. Cuando llegó al lugar donde descansaba, la puerta se abrió automáticamente, entró, y al verme dormido todavía en el suelo del salón, inspeccionó mi casa. Más tarde le entró hambre, y tras buscar por toda la casa un teléfono y no encontrarlo, salió para llamar a un restaurante cercano y que así le trajeran la comida a domicilio. ¡Menuda imprudencia!, había dado mi dirección y había dejado entrar a un mortal a mi lugar de descanso.

Me vestí tan elegante como pude y cepillé mi larga melena enredada, para impresionarla más de lo que la había hecho la noche anterior. Al fin aparecí en el salón donde me esperaba junto a un hombre aproximadamente de cuarenta años, extremadamente delgado, ella de pie, con ropas distintas a las de la noche anterior y el sentado en mi butaca, con el pelo castaño, largo y piercings por toda la cara.

En cuanto Elisabeth me vio aparecer me mandó un mensaje.

—Acaba con él, te he traído la cena —decía su mente mientras me sonreía.

Me quedé alucinado, ¿cómo era posible, que una simple mortal tuviera aquella habilidad? Fugazmente recordé lo mucho que me había costado a mí, leer en la mente de los seres humanos. No quise entretenerme demasiado en el tema. Era preciso saber por qué aquel humano debía morir, así que me sumergí en sus pensamientos. Se trataba de un hombre detestable, borracho y violento y además había matado. ¡Era perfecto!, pero, ¿cómo era posible que ella lo supiera?

Sonreí mientras me disponía a averiguarlo, cuando de repente el hombre me cortó el cuello. El corte era profundo y escocía lo suficiente, como para dejarme fuera de combate durante un minuto entero. La sangre salió disparada manchando todo lo que encontró a su paso. Me apoyé en una silla cercana de la mesa central del salón, y esperé a notar como mi herida comenzaba a curarse. El hombre emitió un grito de victoria y comenzó a bailar al parecer de alegría.

Elisabeth no perdió la compostura en ningún momento, sabía de algún modo lo que yo era. Así que esperó, con la cara salpicada de mi sangre, a que me recuperara. Yo lleno de vergüenza y de rabia, por no haber percibido el ataque. Me erguí y estiré el brazo, cogiendo el cuchillo que el hombre aun sostenía. Contraataqué, le corte en el mismo lugar donde él me había cortado. El personaje, que se encontraba frente a mí, emitió el mismo chorro de líquido rojo que yo, salpicando con este mi herida que aún se estaba cerrando. Mezclándose así su sangre con la mía.

Cuando mi corte se hubo curado, me abalancé sobre él, lleno de sed causada por la sangre que había perdido y le mordí en la muñeca. Su primera reacción fue intentar liberarse frenéticamente. Estiraba con fuerza para que le soltara. Pero aquello no era posible. Yo, me encontraba arrodillado con los ojos cerrados, frente a él, deleitándome con el festín. Abrí los ojos para poder mirarle y en cuanto se cruzaron nuestras miradas, cayo al sobre mí, abrazándome, aceptando su muerte.

Sorbí y sorbí saboreando, olvidando por un momento donde me encontraba y de que la chica estaba muy cerca de nosotros observando. El cadáver cayó al suelo, los muertos siempre me han parecido pesar más que los vivos.

Inspire hondo y volví a centrarme en ella. Proseguí con lo que me proponía a hacer antes de aquel incidente.

Elisabeth conocía a aquel hombre. Alguien, en una ocasión, le había dicho que este guardaba cadáveres de hombres hermosos en su jardín. Intenté ver en su mente, necesitaba saber de quien se trataba, de que persona le había dado semejante información. Pero no pude ver nada.






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