sábado, 3 de octubre de 2015

Capitulo 20


20




Pasé junto a Sixto más de tres meses, después de mi transformación. Desde hacía más de un mes, yo, había comenzado a notar que algo dentro de mí, estaba cambiando.

Ya no solía recordar, a mi hermana, sobrino, Carol o Micke. La compañía de Sixto e de Adirand no me llenaba como lo había hecho meses atrás. Ya nada me complacía y poco a poco me estaba aburriendo de la vida. En conclusión, era como si en tres míseros meses, hubiese olvidado que algún día había sido humano.



Días atrás mi amado escritor, me había enseñado, tan bruscamente como el resto de cosas que me iba enseñando, a bloquear mi mente. Me presionó con el real argumento de que, ya que podía leer en su mente, tenía que aprender a bloquear la mía. Ya que, cualquier que tuviese la idea de leer en la mía podría acceder a la suya, y llevaba demasiados siglos protegiéndose de aquellos que buscaban alguna razón para destruirle…

Así que después de una dura sesión de dolores de cabeza, conseguí cerrar a cal y canto mis pensamientos. Se mostró orgulloso cuando intentó ver dentro de mí y no pudo hacerlo.



Acababa de despertar. Esperé impaciente a que Sixto también lo hiciera.



Una vez Sixto se hubo despertado, salimos de casa. Mina nos acompañó a la puerta; durante aquel tiempo Él se había acostumbrado a la presencia del animal. Antes de salir por la puerta, se acercó a Mina y se agachó para acariciarle en la cabeza con suavidad.

—No es recomendable que nos acompañes esta vez —le dijo al animal. Ésta pareció entender lo que se le había dicho, y se retiró marchando al comedor.

Antes de “desaparecer” al amanecer anterior le había pedido a Sixto que me acompañase a mi laboratorio para llevar a cabo las pruebas que deseaba hacer.

Las pruebas… parecían ser lo único que me producía algún tipo de emoción y a su vez me ayudaba a seguir adelante.

Accedió a mi petición sin rechistar así que nos pusimos en marcha. Nos encontramos por el camino, hacia la universidad, un policía corrupto, culpaba a otros de sus propios crímenes, violaciones, robos e incluso algún intento de asesinato. Puesto que yo seguía sin poder leer en la mente de los mortales, esta vez me fie de la palabra de Sixto y dejé de ver a aquel hombre como un simple humano más, debía morir entre mis brazos y así fue.



Yo había traído la llave de la universidad, pero Sixto abrió la puerta al tiempo que yo la buscaba en mi bolsillo. Entró burlando todo tipo de alarmas de seguridad o cerradura que hubiera en el edificio. Me quedé durante un momento boquiabierto tras él, luego le seguí de inmediato cerrando las puertas que quedaban tras de nosotros. Mirase a donde mirase no podía dejar de recordar a Experimento nº 2.

Sixto fue hasta la puerta del laboratorio y paro frente a este esperando a que yo llegase y la abriera del mismo modo que él había abierto el resto de puertas. Primero probé que se abriera sin tocarla como había hecho él, pero al ver que no lo conseguía, probé haciendo girar el pomo. No había manera, giré para mirarle. Calmado, Sixto insistió para que lo intentara una vez más. Yo por otra parte harto de que nada me saliera bien, empujé la puerta suavemente a modo de queja y esta calló al suelo, provocando un terrible estruendo. Sixto se llevó las manos a la cabeza y avanzando un paso. Me hizo un gesto cortes y una reverencia para que entrara antes que el en el laboratorio.

Entré lentamente en mi antiguo laboratorio, lo primero que me sorprendió fue que sobre mi mesa y alrededor de ella había un número incontable de velas, algunas todavía encendidas.

— ¿Creen que he muerto? —me pregunté en voz alta.

Al no encontrar respuesta me dirigí al lugar donde colgábamos las batas, la mía no se encontraba allí, así que cogí la de Micke. Se encontraba impoluta de las pocas veces que éste la había utilizado; la mía había adquirido un color morado oscuro a causa de un experimento fallido que comenzó a expulsar gas de aquel color. Aquel recuerdo me hizo sonreír.

Mientras yo me ponía la bata, Sixto se había dedicado a devolver la puerta a su lugar manualmente. Pero al descubrir que había roto sus bisagras se rindió y la dejó apoyada a un costado. Se acercó a mí y me tocó el brazo para que mirase donde me señalaba.



Desaparecidos. Tras la puerta había un cartel donde aparecía mi foto junto a la de mi hermana, mi sobrino y Carol, al rededor del cartel había muchas firmas, y dedicaciones hacia mí. Busqué la de Micke, pero no había escrito nada. Fueron las fotos de mis seres queridos con vida, las que me hicieron reaccionar de aquel modo, giré y dirigiéndome a mi pupitre, le di un manotazo a las velas y tarjetas que permanecían encima, y las lance a varios metros de distancia, algunas llegaron a chocar con el techo. Después apoyé mis brazos sobre el pupitre apoyando todo mi peso sobre ellos. Me abstuve de llorar, ya que sabía que no podía. Después, sin mirar a Sixto abrí la tapa de mi pupitre. Todavía permanecían allí mis materiales de trabajo, junto con mi bata. Me quité la de Micke y la lancé también al aire. Después me puse la mía. Cogí una jeringuilla, algodón, alcohol, empapé un trozo de algodón con alcohol y me lo pasé por el brazo, olvidando que ya no corría ningún riesgo de infectar la herida que me haría posteriormente. Seguidamente clavé la jeringuilla en mi brazo, y extraje un tubo entero de sangre. Vi cómo se cerraba la herida prácticamente al retirar la aguja. Introduje en la maquina el tubo y la programe para que la examinara. Me había concentrado tanto en la operación, que había olvidado incluso la presencia de Sixto.

Me senté un poco más calmado, el análisis iba a durar unos minutos, pero ahora ya estaba echo solo quedaba esperar. Sixto se acercó tras de mí y apoyando sus manos en mi espalda me beso en la coronilla. Le agradecí aquella acción afectuosa.

Me levanté para poder abrazarle y besarle.

—Te amo, Sixto —declaré mirándole a los ojos, con el dolor agudo que produjo ver las fotos de mis familiares en el cartel tras la puerta, todavía en mi corazón.

Al amargor de vivir que aumentaba dentro de mi día tras día, se le sumó el dolor del recuerdo. No había dedicado el tiempo necesario a llorar la muerte de mi familia, nunca lo había hecho. No lloré la muerte de mis padres, ni la de mi hermana, sobrino o Carol. Pensar en que también había perdido a Micke me hizo expresar exteriormente el dolor que todo junto me producía. Abracé a Sixto fuerte, aferrándome a el, que era lo único que me quedaba.

Todo se me vino encima de golpe. Bloqueé mi mente para evitar que Sixto o cualquier ser que pudiese ver dentro de ella, no pudiera percibir mi fragilidad en aquel momento.

Me aparte de El y me senté en la silla más cercana que encontré. Estaba al borde de algo parecido a un ataque de ansiedad. Me costaba respirar y pensar con claridad.

Sixto se acercó y arrodilló ante mí. Hizo que le mirara, sonrió a modo de respuesta. Y sin palabras me hizo saber que él también me amaba. Ahora de un modo incondicional, y que pasara lo que pasara seguiría amándome. Le sonreí falsamente. Aquello ya no era suficiente.

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