viernes, 9 de octubre de 2015

Capitulo 2 / Segunda parte


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La llevé a mi guarida, al lugar donde permanecía cuando dejaba de ser yo y perdía toda voluntad. Durante los años, me había dedicado a coleccionar objetos y muebles de otras épocas, hasta así convertir mi vivienda en Murano, en una comparable con el Palazzo más lujoso de Venecia.

Fue en el salón, en el suelo forrado de moqueta de pelo largo y suave de color granate, donde se sentó después de desnudarse.

—He tenido que hechizarte por accidente, no encuentro otra explicación —comenté.

Ella sonrió negando con la cabeza. Se levantó y se acercó a mí, que me encontraba sentado sobre una butaca blanca de terciopelo colocada a un costado del salón. Se sentó sobre mis rodillas.

—Quiero que despiertes. Muéstrate cómo eres —le ordené, volvió a sonreír y a negar con la cabeza.

— ¿Acaso no ves que ya lo hago? —me dijo levantándose y mostrándome su cuerpo desnudo.

Pensé en lo que me habría excitado aquella situación hacia veinte años. Pero en aquel momento lo único que quería era sorber su sangre suavemente hasta quedarme con su vida.

—Acércate —le dije, miré a través de la ventana del balcón. Faltaba poco para que amaneciera.

Elisabeth se acercó a mí y se sentó de nuevo en mis rodillas. Me besó tan apasionadamente como lo había hecho hacía unas horas, después de seguirme en Venecia. Aparté sus labios de los míos suavemente, haciendo que se apoyara sobre el reposabrazos, dejando caer la cabeza hacia atrás, me incliné sobre ella, le besé sus rosados pezones. Después subí hasta llegar a su cuello y succioné su piel, temiendo hacerle daño. Hasta que de repente sentí a través de su vena los latidos de su corazón.

Aquello me hizo excitar, me levanté sin dejar de besarle en el cuello y los labios, y cogiéndola entre mis brazos la deposité en el suelo y la dejé tumbada sobre la moqueta.
Me arranqué las ropas con ansiedad, mientras ella no dejaba de mirarme riendo sensualmente. Desnudo me tumbé sobre ella y le hice el amor salvajemente, intentando no romperle los huesos. Me habría pasado la eternidad haciendo aquello, pero el sol ya llegaba, y su sangre tenía un sabor tan dulce...

Sin darme cuenta me encontré sorbiendo su sangre convenciéndome de que solo sería un sorbo más.

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