viernes, 2 de octubre de 2015

Capitulo 19


19



Al salir de casa después de casi un mes cautivo, lo primero que me sucedió, fue ver los cuerpos de mis familiares recientemente fallecidos cubiertos de tierra, metidos en un hoyo. Paré, y mire a Sixto ¿de dónde provinieron aquellas imágenes?, me sentí triste.

Sixto se puso a mi lado y me cogió del brazo como temiendo que me desplomara.

— ¿Cómo te encuentras? —Preguntó con tono de culpabilidad—. Nada desaparece del día a la mañana —se disculpó

A Adirand le gustaba cazar solo, y se proponía a alejarse varios kilómetros de allí, de nuevo se fue sin despedirse.

“Serás mucho más poderoso que yo”, me dijo sin hablar, como si ahora de repente volviese a ser mi Sixto afectuoso y se sintiera orgulloso de mí. Una gran amargura caía sobre mí cada vez que se comunicaba conmigo de aquel modo, temía no escuchar nunca más su voz.

Aquel pensamiento le hizo sonreír.

“No te preocupes”, volvió a decirme sin abrir la boca. Me cogió de la mano y nos dirigimos tranquilamente hasta el muelle dando un paseo.

Al llegar, paramos frente a una embarcación pequeña y vieja, parecía estar abandonada, Sixto sigiloso como un gato, bajo del muelle a la balsa sin hacer el mínimo ruido y desapareció al entrar en la oscura bodega de ésta. Me apresuré en imitarle torpemente, tan torpemente que resbale con la superficie mojada de la embarcación, caí sobre la madera, oyendo como esta crujía bajo de mí. Los ronquidos que se habían estado oyendo hasta entonces cesaron de inmediato, Sixto emergió de entre las sombras y me mantuvo callado con una simple mirada. Los ronquidos volvieron, Sixto volvió a bajar de nuevo tan sigiloso como antes. Me puse en pie y le seguí por las escaleras sin ningún nuevo contratiempo. Una pequeña luz me dejaba ver, al principio me costó adaptarme, hasta que no se ensancharon mis pupilas no logre ver a aquel hombre. Gordo, calvo y sucio, desprendía un hedor que me obligó a taparme la boca.

“Sé que es desagradable, pero por el momento tenemos que conformarnos con esto. Lee en su mente.”, dijo Sixto sin hablar. Asentí con la cabeza, y miré fijamente aquel hombre como si supiera de antemano lo que debía hacer. Luego hice un guiño y volví a mirar a Sixto. Negué con la cabeza. “No puedo.”, le dije del mismo modo que él me había hablado las últimas veces. Aquello pareció disgustarle y alegrarle al mismo tiempo, al ver que podía comunicarme con el de aquel modo. Cerró los ojos y se mordió la lengua. Justo en aquel momento, mi apetito volvía a atacar. Respiré hondo, el hedor quedo en un segundo plano, su olor humano me hacía delirar. Sixto me hizo atender por un momento dejando el hambre a un lado.

“¿Cómo que no puedes? Claro que puedes. Lee en su mente.”, me ordenó. Lo intenté de nuevo.

Más que psíquicamente, oía sus ronquidos, y con aquellos ronquidos de nuevo, vino aquel hedor. Miré disgustado hacia el suelo, y luego de nuevo a Sixto. Volví a negar con la cabeza.

“No es posible que puedas leer mi mente y no la de un mortal.”.

Se sentó en una pequeña silla de madera y apoyó las sienes en su mano.

Lo que pude ver claramente en su mente no me gustó. Se levantó de repente y se dirigió al hombre que dormía. Había tenido una idea: le despertaría. Quizá era aquél el problema. No me gustó demasiado la idea, no sería capaz de matar a aquel hombre mientras me miraba.

No me dio tiempo ni a reaccionar. Cuando me quise dar cuenta, Sixto ya le había tirado al suelo y despertado. El hombre se quedó tumbado, apoyado sobre sus codos y mirándonos aturdido. No tardó en reaccionar, se levantó asustado. Sixto me miraba pacientemente, esperando que reaccionara de algún modo. Una vez despierto lo único que se me ocurrió hacer, fue intentar leer su mente de nuevo.

“Mierda, no puedo”, pensé, y decepcionado conmigo mismo me senté en la misma silla de madera donde hacia un momento se había sentado Sixto. El hombre se había arrinconado asustado, aquello si lo noté; no me temía a mí, sino a Él.

Mientras nosotros debatíamos mi problema, el hombre se acercó a su cama, y de debajo de su almohada sacó un cuchillo. A mí me cogió desprevenido, pero no a Sixto, que se limitó a mirarle de reojo, con eso tuvo suficiente para que el hombre retrocediera más asustado todavía. Yo seguía sentado y decepcionado por no ser capaz de ver a través de la mente del mortal. Pero recordé algo: la noche que me desperté hambriento en mi casa pude leer la mente de Mike perfectamente.

“¿Tienes hambre?”, oí a Sixto, que por supuesto había estado atento a todos los pensamientos que pasaban por mi cabeza.

“Si, mucha”, contesté. Cerré los ojos y al abrirlos vi al hombre precipitarse sobre mí. No hice nada para evitarlo. Me clavó el cuchillo en el corazón.

Aquello me dolió, tanto como si todavía fuese humano. Caí al suelo de costado sin poder moverme. Cuando pude, me arranqué el cuchillo y lo arrojé hacia un lado.

— ¡Vampiros! —gritó el hombre al ver cómo me levantaba y me dirigía hacia él.

Noté cómo mi herida se cerraba, y aquello me hizo sentir más poderoso, superior a él, y pude leer en su mente: aquel hombre había matado a su propia familia, a su esposa y a tres hijos. Uno de ellos de tan solo dos años.

Aquello hizo que se me encogiera el corazón, y que recordase a mi sobrino. Y había más, pero con aquello tuve suficiente para arrojarme sobre él, y con una facilidad sorprendente acabar con su vida.

Cuando murió, cayó al suelo haciendo un ruido sordo contra las maderas del barco. Sixto sonreía orgulloso, al tiempo que asentía con la cabeza.

Salimos de la embarcación y con unas botellas de alcohol y un encendedor prendimos fuego al barco. Aún quedaban algunas horas de noche. Por el camino, me explicó que era fundamental leer en la mente de los hombres.

—No hay que despreciar a los humanos —me alegró de tal modo oír su voz de nuevo que paré en seco, le estiré del brazo para que se acercase y le bese en medio de la noche, sin importarme que nadie pudiera vernos. Sixto se mostró más afectuoso que las últimas veces; me abrazó y acarició, allí mismo.

Luego seguimos caminando dirección a casa. Paramos en el portal. Me sorprendí al ver a Mina esperando sentada, mirando hacia dentro a ver si me veía. Al vernos, la pobre no sabía bien si acercarse a nosotros o mantenerse al margen. Comenzó a gruñir. Mire a Sixto y luego me acerqué a ella, esta retrocedió, hasta que susurré su nombre. Me reconoció y comenzó a saltar muy alegre, rodeándome una y otra vez. En un par de ocasiones se acercó a Sixto mientras seguía brincando, pero enseguida volvía a venir hacia mi y me lamia entusiasmada.

Nos la subimos a casa con nosotros. Aunque a Él no le hacía mucha gracia la idea, sabía que yo lo necesitaba. Al llegar nos tumbamos en mi cama, Mina también subió. Aquello me hizo sonreír, pero de todos modos la hice bajar de inmediato, sabia con antelación que a Sixto no le gustaban los perros.

Sixto parecía dormitar, mientras yo me preguntaba como funcionaria aquello de bloquear mi mente, por supuesto para complacerle. Al ver que no encontré respuesta intenté dormir, al igual que tantas veces había hecho, pero fui incapaz, solo conseguí cerrar los ojos y dejar la mente en blanco.

¿Acaso los vampiros no podían dormir? Aquello me aburría, así que empecé a pensar, ahora que me sentía mejor que días atrás, ¿en que podía ocupar mi tiempo?, ¿Debería volver a jugar con algún experimento? Claro que las cosas ahora habían cambiado. Mis formulas, mis experimentos, ya nada importaba, todo aquello había sido perder el tiempo, ahora lo único que me interesaba era mi nueva naturaleza.

Tranquilamente, Sixto dijo.

— No sigas por ahí.

Aquello me hizo abrir los ojos para poder mirarle.

—Te permito seguir con tus experimentos, pero que ni se te pase por la cabeza convertir a cualquiera en inmortal —dijo sin abrir los ojos.

Negué con la cabeza, ya que no había sido aquella mi idea. Intenté dejar la mente en blanco de nuevo por si acaso mis intenciones tampoco le agradaban, cosa que él notó.

¿Aquello era bloquear la mente?

—Eres muy joven para intentar ocultarme cosas —dijo casi burlándose—. Aun soy capaz de controlarte. Te haré una pequeña demostración. Dime, si no era ésa tu idea, ¿en qué pensabas?

Respondí automáticamente a su pregunta.

—Quiero experimentar conmigo mismo, ver la composición de nuestra sangre, nuestro tejido, nuestro ADN... Y compararla con la de los humanos —dije.

Sixto sonrió.

—No pienso interponerme en tu camino, ya que dijese lo que dijese no conseguiría hacerte cambiar de opinión, ¿verdad? Únicamente te advierto: te encontraras con más de una desilusión.


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