viernes, 2 de octubre de 2015

Capitulo 18



18

Sixto permaneció a mi lado, durante el tiempo en que tardé en terminar de convertirme. Sí, también seguíamos siendo amantes, pero ahora aparte de nuestros cuerpos teníamos la sangre, la lujuriosa sangre; le exigía mucho más sexo del que habíamos tenido anteriormente.



— ¿Sigues amándome, ahora que ya has conseguido lo que deseabas de mí? —inquiría yo. Pero él jamás contestaba a mis preguntas, y su indiferencia provocaba en mí más interrogantes— ¿Por qué no ha vuelto Adirand? ¿Acaso es que le pasó algo en la gruta? ¿Se quedó allí por alguna razón?



Con tal de mantenerme callado, Sixto era capaz de hacer cualquier cosa, y era entonces cuando jugaba conmigo. Su poder me superaba con creces, así que era el momento de una nueva lección.



Sólo con una mirada, era capaz de conseguir que yo hiciera cualquier cosa. Al ver mis iniciales caras de sorpresa, se mofaba de mí, parecía pasarlo realmente bien al demostrar que era capaz de hacer conmigo lo que le apeteciera. En cuanto me liberaba, me arrojaba sobre él cubriéndole de besos, cosa que jamás rechazaba. Me hacía el amor tan intensamente como lo hacíamos antes de mi transformación, y siempre me complacía al acabar diciendo que me amaba.



Después de una larga semana encerrado en casa, durante la cual nos dedicamos únicamente a hacer el amor y jugar con nuestras mentes, o al menos él con la mía, recuerdo que tuve un pequeño accidente con Sixto. Durante aquella primera semana, Sixto, cada noche acostumbraba a ausentarse para cazar. Únicamente en una ocasión le pedí si podía acompañarle, a lo cual se negó, alegando que todavía no estaba preparado. Pero pensándolo ahora, creo que lo hizo porque le gustaba tenerme solo para él, aislado del mundo. Comencé a hartarme de aquella situación.



Desperté al ponerse el sol, siempre solía hacerlo antes que él, nunca se lo dije. Le até a la cama con unas cuerdas que encontré en el balcón. Y esperé. Me senté cruzando las piernas a su lado, mirando su rostro para percibir cuándo despertaba. No lo noté, antes de darme cuenta de ello, me sorprendió diciendo.



— ¿Qué te hace pensar que unas simples cuerdas puedan mantenerme inmóvil?



Aquello me hizo sonreír



Comencé a besarle apasionadamente, él no se resistió ni intentó deshacerse de las cuerdas. Primero le besé los labios, seguidamente la cara y después fui directo al cuello, pero él ya sabía qué me proponía, estaba hambriento.



—Sé suave conmigo, empiezas a agotarme —dijo echando la cabeza hacia atrás para facilitarme las cosas.



El sabor de su sangre era tan aliviador, tan placentero. Clavé mis colmillos suavemente en su cuello, mi boca volvía a llenarse. Tragué. Sorbí otro trago, después otro, intentando al mismo tiempo leer algo en su mente, cosa que no había conseguido en toda la semana, recuerdo que en una ocasión me dijo que jamás nadie lo había logrado. Fue entonces cuando llegaron las imágenes.



Vi a Sentus como a un mortal. Perdido y desesperado. Le vi dentro de una pequeña piscina de piedra en el centro de un gran jardín. Entonces Sixto apareció en su vida. Sentí el gran amor y afecto de mi Escritor hacia Sentus y el gran dolor que le producía ver en lo que se estaba convirtiendo.



Luego también pude ver algo relacionado con Adirand, con su indomable carácter. También sentía un gran amor por él.



Por último vi a un vampiro con la apariencia de un anciano, Sixto había pasado grandes momentos con aquel ser, aprendiendo enormes secretos de aquel tipo. Secretos que no conseguí descifrar. Entonces logré ver algo, un cúmulo de imágenes que me confundieron. Vi a un primate, vi a un hombre de las cavernas, y vi a un vampiro. El vampiro se ocultaba bajo tierra durante el día, pero durante la noche acechaba al hombre vestido con pieles de otros animales. Al alimentarse de la sangre humana evolucionó con más rapidez que la otra variación de sus orígenes, el hombre.



Mientras me inundaban las imágenes seguí sorbiendo, noté cómo Sixto empezaba a moverse, pero el sabor me dominaba, no podía parar. Como hasta entonces únicamente él había sido mi fuente de alimento, cuando le tomaba, siempre era él quien me detenía apartándome suavemente con las dos manos.



Noté cómo consiguió deshacerse de las cuerdas costosamente, noté cómo puso sus manos sobre mi espalda, cayeron sobre mí como un peso muerto.



Es suficiente, me decía Sixto, no sé si lo hacía mediante mensajes telepáticos o verbalmente, pero yo todavía tenía sed y seguí sorbiendo, le cogí fuerte por las muñecas.



Al fin tuve suficiente y le solté para después incorporarme de rodillas sobre él. La cabeza le cayó hacia un lado, respiraba costosamente, recuerdo que aquello no me asustó ya que pensé, eres inmortal, no me digas que esto puede hacerte ningún daño. Al ver que no se movía comencé a sentirme inquieto y preocupado. Así que me incliné sobre él, para ver si seguía respirando.



—Perdóname, no quería hacerte daño... —le susurré. Pero seguía sin moverse, al fin le besé suavemente en los labios.



¿Qué pasaría si hubiera acabado con él por un descuido, y si por alguna razón de desconfianza no me había mostrado que podía acabar con él sorbiendo toda su sangre y ahora por no habérmela mostrado, yo...?



— ¡Maldito seas, Sixto! —gruñí—. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? Si hubieras contestado a alguna de mis preguntas, si te hubieras fiado más de mí...



Me tumbé a su lado abrazándole, preocupado. Y de repente, enfurecido, se abalanzó sobre mí e hincó sus dientes sobre mi pecho. El dolor fue muy intenso, me inmovilizó con el poder de su mente. Y cuando tuvo las fuerzas suficientes para levantarse de nuevo, me dejó libre.



—No te atrevas a traicionar mi confianza nunca más —me advirtió mientras yo perdía el conocimiento.



Lo siguiente que recuerdo, es que al despertar volví a percibir aquel olor, aquel olor que la última vez me había hecho enloquecer. Inmediatamente comencé a negar con la cabeza.



—Cuanto antes empieces a hacerlo, antes te acostumbrarás, no puedes alimentarte eternamente de mi sangre —dijo.



Lo que Sixto no se atrevió a decir en aquel momento fue que, lo que realmente temía, era que al alimentarme de él, pudiera adquirir su poder, nadie lo había conseguido jamás. Pero entonces lo vi, como si su mente fuese un libro abierto. Sin duda alguna, a Sixto no le gustó percibir que pudiese husmear en su mente: me cogió violentamente del brazo y, de un tirón, me sacó de la habitación.



—Te he traído el almuerzo —dijo haciendo una reverencia.



Me puse en pie y miré al hombrecillo que yacía en el suelo inconsciente.



—Lee su mente —me ordenó Sixto. Lo intenté, pero no me fue posible.



—Vamos, maldito vampiro consentido, ¡acabas de leer mi mente! ¡No te atrevas a decir que no puedes leer la suya! —me espetó Sixto irritado. Sin duda le enfureció que alguien fuera capaz de aquello, sin su consentimiento.



Me entristeció que se enojara de aquel modo conmigo. Jamás hasta entonces me había tratado así.



—Prometo no volver a hacértelo —quise asegurarle, suplicando de paso que no se enfadase conmigo.



—Acaba con él antes de que despierte —insistió Sixto, ignorando mi súplica de perdón. Negué con la cabeza, no podía hacerlo, no podía matar a un hombre—. ¿Prefieres hacerlo brutalmente cuando el olor a sangre te haga volver loco de nuevo? —preguntó presionándome. Volví a negar con la cabeza.



Sixto se apartó del hombre elevando los brazos al cielo, seguidamente me miro más nervioso que hacía un momento.



—No me obligues a hacerlo. Sabes que puedo obligarte, y, ¡maldita sea, John, tienes que alimentarte!



Miré al hombre y volví a intentar leer en su mente, pero de nuevo fracasé.



— ¡Está bien, está bien! Yo haré de traductor —se entrometió Adirand, prorrumpiendo por el balcón.



¿Cuánto tiempo llevaba allí? Jamás imaginé que llegase a alegrarme tanto verle. Me acerqué a él y le abracé afectuosamente. Miró a Sixto acusándole de lo mal que me había tratado y de la poca paciencia que tenía conmigo.



—Te lo explicaré. Sixto siempre ha sido un desconocido para todos nosotros. A mí jamás me permitió beber su sangre. —Hubo un intercambio de miradas entre ellos tras decir aquello—. Y por lo que tengo entendido tampoco se lo permitió a Sentus. Y es que, al beber nuestra sangre absorbes de algún modo el poder que ésta almacena. Y si algo hay que saber en nuestro mundo, es que Sixto siempre fue el más poderoso, y de algún modo debe temer que puedas llegar a ser una amenaza para él. —Adirand hizo una pausa mientras volvía a mirar a Sixto—. Realmente no sé qué vio en ti, pero sin duda, no necesito leer en su mente para percibir que ahora se arrepiente de haberte dado su sangre. Pero, Sixto, querido, no te enojes con el chico, él no te obligó a hacerlo y no te desea ningún mal.



Sixto le miró con su ausente mirada, noté como bloqueaba su mente.



“No es que me arrepienta de haberle dado mi sangre. Las circunstancias requieren que John se convierta en autosuficiente lo antes posible. Por esa razón le dejé beber mi sangre, pero en lugar de adquirir nuevos poderes y fortaleza lo que ha hecho ha sido penetrar por completo en mi mente.”, respondió Sixto telepáticamente, haciéndonos entender que era aquello último lo que le hacía enfurecer.



Después me miró.



—Y aún no puede bloquear la suya —continuó diciendo, esta vez en voz alta—. Así que, sí, es posible que pueda suponer una amenaza sino consigue dominar algunas habilidades pronto —dejó caer. Suspiró y miró hacia un lado. Adirand asintió para hacernos saber que entendía la situación.



—Ahora, mata al individuo, empieza a producirme náuseas. Si no puedes tú solo, te ayudaré a hacerlo. Y si con esto no tienes suficiente, leeré su mente y te explicaré las atrocidades que cometió para que Sixto lo haya escogido como tu primer festín —dijo Adirand suavemente.



Su argumento me convenció, pero no me veía con valor para matar a un hombre.



—Sixto, no te enfades conmigo, no era mi intención...



Suspiró y, sin quererlo, pude ver lo mucho que le asustaba la idea de que alguien incapaz de cerrar su mente pudiera leer en la suya.



—Está bien, pero ahora acaba con él, está a punto de despertar. Ya solucionaremos más tarde este inconveniente —me dijo mirando al suelo.



Asentí y me acerqué al hombre sin vacilar. Me arrodillé frente a él, tragué saliva. De nuevo me vi incapaz de hacerlo. Adirand se puso de cuclillas tras de mí.



—Hagámoslo de un modo menos agradable, si así lo deseas —dijo a la vez que mordía mi yugular.



Supe qué era lo que iba a hacerme antes de que lo hiciera. Sé que pude haberme liberado si hubiera querido, pero no era mi intención hacerle daño. Así que le dejé hacer. Lo siguiente que recuerdo es al hombre suplicando en un rincón del pasillo que no lo hiciera. Pero para aquel entonces ya no era yo. La sed me dominaba. No recuerdo siquiera el sabor de aquella primera vida que robé. Cuando hube acabado con él, me giré furioso.



— ¡Dios! ¿No lo hará, verdad? —le preguntó Adirand a Sixto que se encontraba tras él.



— ¿Qué te hizo pensar que tendría suficiente con uno después de quedar seco? —respondió Sixto.



Yo me acerqué a él lentamente, él retrocedió paso a paso, hasta chocar con la pared. Me acerqué a él sonriendo, y le abracé como si de mi amado se tratase. Apartó la cabeza hacia un lado rindiéndose ante mí. De nuevo volví a delirar con el sabor de la sangre de un vampiro, Suspiré mientras tragaba. Sixto observaba inmóvil al margen. También pude ver en la mente de Adirand. Vi un gran navío, supe que se trataba de un barco vikingo por el material, y por la gran cabeza de dragón que tenía en la proa. Vi a Adirand sentado dentro junto a un hombre el doble de alto que él. Entonces Sixto se colocó tras de mí.



—Acabemos con esto de una vez —dijo partiéndome el cuello con un solo y preciso movimiento.



Adirand cayó al suelo agotado.



Cuando desperté, lo primero que hice fue volver a disculparme por lo ocurrido. Sixto me besó, se arrepentía de haberme hecho daño.



—Promete que no te negarás a alimentarte —me pidió cariñosamente mientras me acariciaba el perfil de los labios.





Y yo lo hice.

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