sábado, 31 de octubre de 2015

Capitulo 15 / Segunda parte


15



Son las cinco de la tarde. Es invierno. Hace más o menos cinco minutos que he despertado de mi sueño, me paseo por el piso como si fuera un mortal. Adirand suele tardar entre hora y hora y media en reunirse conmigo.

Después de reunir mi ordenador portátil y mis libretas, me propongo sentar en el sofá para seguir ojeando, en la red, lo que los mortales saben y no saben sobre nosotros. Cierto es que la mayoría de los humanos nos creen un mito, pero en cambio hay otros que si se han encontrado con un vampiro y han tenido el valor de colgarlo… Aquello a mí me trae sin cuidado, sin embargo me hace pensar, ¿qué opinan los vampiros de la secta?

Esta noche, hay algo que me ha hecho dejar a un lado mis búsquedas en Internet.

Cuando ya me encuentro sentado sobre el sofá del comedor rodeado de los materiales necesarios para entretenerme durante un buen rato, y tras haber escrito en el buscador de Internet la palabra: Vampiro, oigo el sonido metálico, alguien introduce la llave en la cerradura de mi casa. Me siento alarmado al instante, escruto al ser que se encuentra en la entrada del piso, al mismo tiempo que hago que se apagaran las luces.

No tardo en relajarme, se trata de un simple mortal, al que yo había conocido íntimamente cuando aún estaba vivo. Espero, de pie a la entrada del salón a su llegada, no puedo evitar asomar la cabeza fugaz y disimuladamente para verle entrar. Pero Mina aparece, corriendo como tantas veces había hecho. Se acerca a mi lenta y cautelosa, supongo que mi olor ha desaparecido por completo y el animal es incapaz de reconocerme, hasta que digo su nombre.

—Mina —susurro mientras me arrodillo a su lado. El animal salta de alegría como si me hubiera estado esperando veinte años.

Casi no ha cambiado, solo que ahora tiene unas cuantas canas en su espalda negra y su expresión en la cara ha dejado de ser la de un perro joven de un año y ha pasado a ser la de un perro que como mucho aguantará un par de años más con vida. La acaricio feliz, después la abrazo; permanece inmóvil apoyando su cabeza sobre mi hombro. Después la suelto y tras chuparme en la mejilla se aparta de mí y se va a buscar al hombre que ha entrado por la puerta de la casa.

Le oigo dejar las llaves sobre el cenicero, que se encuentra sobre el mueble del recibidor del piso, una costumbre que yo había tenido en el pasado. Se dirige hasta la cocina, arrastrando tras él una pesada maleta con ruedas. Primero vuelve a aparecer Mina y tras ella entra Micke, mi fiel amigo Micke, con el cuerpo de un hombre de treinta y ocho años, es decir que ya había dejado de ser aquel adolescente, aquel jovencito, en lo que yo me había congelado. Al verme se lleva las manos a la boca sorprendido. Y cae de rodillas al suelo, bloqueado por mi encuentro. Yo le examino. Sigue siendo un hombre alto y atractivo, sin arrugas en su rostro, con su misma mirada.

Adirand aparece tras de mí seduciendo a Micke a su antojo.

— ¿Le deseas? —me pregunta.

Sé a qué se refiere de inmediato. No habla de que, si deseo sorber su sangre para deleitarme del encuentro. No sé qué contestar, había imaginado en tantas ocasiones que Micke se convertía en mi compañero en el pasado… Pero por otro lado, él había continuado con su vida. Desbloqueo su mente y en un solo mensaje le hago entender qué soy y por qué me encuentro allí. Después le dejo libre, me deshago de la locura que le ha invadido a causa de la impresión por verme.

—John... —musita sin quitarme el ojo de encima—. Si habías, tú habías... ¡Estás muerto! —atina a decir con la misma voz que había oído hacia años pero más áspera—. ¡No es posible que estés aquí!

Asiento con la cabeza.

—Es cierto, estoy muerto —le respondo con aquella expresión de indiferencia que tanto nos caracteriza—. Desde hace veinte años —concreté.

Después de sumergirme en su mente y conocerle por completo, le hago la pregunta que llevo veinte años deseando hacer, y que Sixto me prohibió que hiciera.

— ¿Quieres que tu alma siga en la tierra para siempre? —le planteo al fin, con la aceptación de Adirand.

Micke asiente con la cabeza sin dudar.

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