sábado, 31 de octubre de 2015

Capitulo 13 / Segunda parte


13



Adirand entró primero. Yo iba a seguir sus pasos cuando Daniel se le echó encima y comenzó a sorber su sangre, haciendo que los dos cayeran al suelo; había olvidado que al llegar de Venecia nos lo habíamos encontrado tumbado en la cama. Le cogí por el pelo obligándole a separarse de mi compañero y lo lancé contra la pared.

Después ayudé a levantar a Adirand, furioso, se arrojó sobre el joven rugiendo. Me sorprendió su reacción, nunca le había visto perder la compostura. Hizo lo que yo repetidas veces: lo lanzó una y otra vez contra la pared como si de un objeto inanimado se tratase. Cuando se hubo cansado, le partió el cuello. El intruso quedó tirado como un trapo, con algún hueso roto e incapaz de moverse. Aprovechamos aquel momento para adentrarnos al unísono en su mente. Adirand fue incapaz de penetrar en ella, yo sí que pude. Leí en su interior, sin cerrar la mía, para que Adirand pudiera ver lo ocurrido:



El joven había permanecido junto al escrito, al igual que yo, durante largo tiempo tras su transformación, convirtiéndose en un gran alivio para un Sixto deprimido y cansado de vivir.

La noche anterior, Daniel se había inyectado sangre humana en las venas. Sin duda en algún momento, se había enterado de mi descubrimiento.

Al llegar el amanecer, el alma de Sixto abandonó su cuerpo, sin saber lo que el joven tramaba. Daniel esperó a que el cuerpo del Escritor se quedara vacío, haciéndole creer que a él le ocurriría lo mismo. Y cuando el sol salió, el joven moreno de ojos azules, tras asegurarse por completo de que nuestro creador dormía, bebió su sangre hasta dejarle seco, al igual que le había hecho yo en una ocasión hacía tiempo, por descuido.

Aquello último, si aparecía en mi autobiografía. Me sentí furioso y culpable.

Cuando Sixto despertó al anochecer, se vio, indefenso y rodeado por varios seres encapuchados, no podía moverse. Entre ellos no se encontraba Sentus.

Un montón de imágenes vinieron a mi cabeza, como si el fantasma del escritor me las estuviera mostrando: una pesada cadena de hierro, sensación de impotencia y al mismo tiempo un alivio muy doloroso al ver la salida del sol. Todo pasó a ser fuego, colores rojizos y después oscuridad.

Aquellas últimas imágenes no las vi desde el punto de vista del chico que yacía en el suelo inmóvil, sino con los ojos de mi convertidor.

—No le disteis oportunidad de luchar. Arderas al igual que él lo hizo—dije serenamente, tan serenamente que temí volver a caer en la locura.

Me arrodillé ante él, permanecía tumbado en el suelo, boca abajo, recuperándose de la fractura en el cuello que Adirand le había hecho y le mordí en la espalda. Cerré los ojos y sorbí su sangre placida y lentamente, el pecaminoso sabor salado y dulce al mismo tiempo de la sangre me inundó por completo. Supe que Adirand continuaba de pie junto a nosotros deseando unirse al festín, pero sin atreverse a hacerlo.

Entonces, cuando yo ya pensaba que había debilitado a Daniel hasta el extremo de no poder ni respirar, movió los labios.

—John, tú le mataste, no me culpes a mí... —dijo con mucha dificultad.

Abrí los ojos, que habían mantenido cerrados mientras gozaba del sabor de su sangre. Enfurecido, tragué y lo lancé por los aires, me invadió la rabia. Éste aterrizó sobre la mesa de cristal que se encontraba en el salón, la cual cedió y se hizo añicos. El joven se rio secamente, haciéndome enfurecer más todavía.

Intenté adentrarme en su mente para ver exactamente a qué se refería, pero la había bloqueado y esta vez no pude hacerlo.

— Explícate —le exigí alzando la voz, lleno de ira al ver que aquel detestable ser había adquirido con más rapidez que yo la habilidad de bloquear su mente. Detestaba sentirme inferior, detestaba que me hubiera utilizado para acercarse a Sixto, detestaba que se estuviera riendo de mí.

—Tú nos mostraste el modo de acabar con él, tú nos mostraste cómo no caer al amanecer y tú nos mostraste cómo dejarle inmóvil e impotente —explicó, como si hiciese falta que recordase dichos detalles—. Nadie en este mundo era capaz de descubrir el modo de destruir a Sixto, excepto tu —prosiguió— La publicación que creaste para atraer al melancólico Sentus, supuso una gran revelación para los muchos seres oscuros que queríamos exterminar al más antiguo de nuestra especie, al rebelde, al único que no quiso unirse al clan y aceptar sus normas, al que se atrevía a seguir sintiendo y viviendo como un humano. ¡Ja! Como un simple humano, qué estupidez…

Mientras hablaba lenta y costosamente, me había acercado a su lado y pude observar cómo algunos cristales se le habían clavado en el pecho atravesando todo el ancho de su cuerpo, por suerte para él, no le habían partido el corazón en dos. Era esa la única razón por la cual podía seguir hablando. Cuando estuve lo suficiente cerca me arrodillé a su lado. Le tomé la cabeza entre mis manos y se la arranqué, la sangre salió disparada por toda la estancia.

Sin mirar hacia atrás, que es donde Adirand se encontraba pude percibir que se relamía después de que la sangre le salpicara en la cara, aspiró hondo para captar todo el aroma de la sangre y del miedo que desprendía el cuerpo sin cabeza. Seguidamente le arranqué el resto de extremidades. Sin sorber su sangre, para que así pudiera sentir todo el dolor que producía la experiencia. Decidí no exponerlo al sol, ya que, de aquel modo el sufrimiento cedería demasiado pronto, así que repartí sus extremidades por la casa, un brazo en la habitación de mi hermana, otro en la de mi sobrino la cabeza en el baño que pertenecía a mi zona, el tronco en el patio interior que utilizábamos de lavandería en su día… Adirand permaneció sentado en el sofá, hasta que hube terminado con aquel indeseable.

Regrese al salón junto a mi compañero con ojos de color avellana, y me senté en el sofá. Me di cuenta que Adirand se había dedicado a recoger la mesa rota y todos los cristales que habían quedado esparcidos junto con la sangre de aquel condenado. Le puse la mano sobre la pierna. Me senté al mismo tiempo que cogía el mando a distancia del televisor. Lo encendí como si esperara que fuese a funcionar a la perfección después de veinte años. Me alegró ver que cuando presioné el botón de encender, el aparato se puso en marcha. Aquello me hizo sonreír. Aun así, Adirand salto sobre el sofá, como si al ver como se iluminaba la pantalla se hubiera asustado. Observé a mi aparentemente joven compañero, mirando el televisor como si nunca antes hubiera visto uno; sí, en cierto modo desde que yo me había convertido en lo que soy, la tecnología había avanzado notablemente, pero ya me había encargado de ponerme al corriente en los últimos meses, mientras viví en Venecia. Pero por parte de Adirand, parecía que jamás hubiera visto nada semejante. Se acercó a la pantalla lentamente, alzando la mano para tocarla. Pude ver la chispa que ésta produjo a su contactó, supuse que fue debido a la electricidad estática. Adirand alzó la otra mano y le dio tal manotazo que la hizo chocar contra la pared que se encontraba a pocos centímetros.

— ¡No! —le pedí cuando ya era demasiado tarde.

La escena me produjo cierta gracia y comencé a reír. Después negué con la cabeza.

— ¿En qué mundo has estado viviendo? O es que simplemente detestas la porquería que dan últimamente —comenté en tono jocoso.

Achicó los ojos y torció la cabeza mientras me miraba. Después volvió a mirar el electrodoméstico, que debido a su fuerza había quedado destrozado en mil pedazos.

—Vivía en nuestra guarida, quiero decir que vivía con Sixto. A veces no podía salir —reveló dejándome ver lo sometido que había estado.

Me sorprendió que un ser tan independiente, como me había parecido que era des del primer día, hubiera podido vivir bajo las órdenes estrictas de Sixto. Siempre había mostrado que era muy capaz de pensar por sí mismo. Quizá por aquella razón no se había separado de Sixto en los últimos mil años.

—Después de que te marcharas hace veinte años. Sixto me recomendó que no me moviera si no era a su lado, dijo que pendíamos de un hilo, que vendrían a por nosotros, que no quería perderme a mí también. —me aclaró después de ver lo que había estado pensando tras el incidente del televisor.

Tras su explicación, me siguió pareciendo imposible que alguien como él, pudiera haber reaccionado de aquel modo ante un simple televisor.

—Sabía de la existencia de la tecnología, pero me mantuve al margen —concluyó.

Deseé preguntarle más cosas sobre el tema, pero de repente oímos gritar al ser que había repartido a trozos por mi casa. El grito era continuo, como el de una sirena que se activa para dar un aviso, subió de volumen, como no actuara con rapidez, terminaría llamando la atención de los humanos que por allí frecuentaran, así que me dirigí al baño de mi zona, que era donde se encontraba la cabeza y después de arrancarle la lengua le cubrí el rostro utilizando papel higiénico como si pretendiera momificarlo. Una vez se me hubo terminado el rollo, dejé la cabeza ensangrentada sobre la tapa de la taza del váter y volví al sofá junto a Adirand, que seguía de pie mirando el televisor destrozado.

Me sentí triste al recordar todo lo que había ocurrido en las últimas horas. Deseé llorarle de nuevo, lamenté no tener televisor para distraerme. El silencio comenzaba a ser incomodo, cuando comenzó a surgir aquel sonido. Se trataba del corazón de Daniel; me pareció que, tras cada latido sonaba con más intensidad. Me llevé las manos a los oídos y me pregunté si la única manera de terminar con aquel molesto ser, era exponiéndolo al sol, como había pensado hacer en un principio. Su corazón retumbaba tan constante como el tictac del reloj que colgaba en la pared de la casa. Aquel sonido comenzó a desesperarme. Adirand, que también lo oía no pudo resistirlo más, se separó a regañadientes del televisor aplastado que tanto parecía interesarle y se dirigió a la habitación donde se encontraba el tronco de aquel condenado. Introdujo su mano atravesándole las costillas y apretando lo hizo estallar. Luego regresó a mi lado y se sentó de nuevo en el sofá.

—Tardará en sanar —dijo mirando al frente.

Me fijé en sus manos llenas de sangre.



Hacía dos noches que no nos alimentábamos, no sabía hasta qué extremo el apetito de un ser milenario como era Adirand podía compararse al mío. El caso es que estábamos hambrientos. Recordé la desesperación descontrolada que me había embargado las primeras noches antes de separarme de Sixto. Me acerqué a él, alargué mi mano. Le toqué la punta de la nariz con mi dedo índice. Giró un poco la cabeza para poder verme el rostro y con una sola mirada supo lo que quería; inclinó la cabeza hacia un lado, y suavemente con sus manos hizo que mi cabeza se acercara a su cuello. Lamí la carne sobre la vena que latía ansiosa a mis labios, mis colmillos y mi lengua. Le mordí, pronto amanecería y necesitaba descansar, así que no quise salir de allí para buscar a un humano. Adirand depositó en mí toda su confianza, aquello que habíamos compartido juntos en las últimas noches le habían convertido en mi nuevo compañero.

Bebí largo rato, saboreándole, sin intentar hurgar en su pasado, únicamente queriendo conocerle un poco mejor. Después me separé de él y le besé en los labios con pasión. Incliné la cabeza hacia atrás para que él pudiera beber de mí también. No se trataba de que quisiera que saciara su sed conmigo, sino que deseaba que alguien me conociera para dejar de sentirme solo.

Y la sangre era la única manera de hacerlo.

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