lunes, 26 de octubre de 2015

Capitulo 12 / Segunda parte



12

Al entrar en mi antiguo hogar, solté la maneta de la maleta que portaba a Adirand en su interior. La abrí, éste salió con desesperación, cayó de costado al suelo y se arrancó el papel de aluminio que le cubría la cara con un solo gesto, luego no se movió.

Parecía haber muerto, su piel se presentaba de un tono morado, como si se hubiera estado asfixiando. Me lo quedé mirando curioso. Sí, se había ahogado y posiblemente congelado, al permanecer en la bodega del avión durante nuestro vuelo de Venecia a Barcelona. Tardó un buen rato en volver a respirar, comenzaba a moverse muy débil.

Me agaché a su lado para tomarle el pulso, su corazón latía muy lentamente. Adirand alargó sus brazos, parecía querer decirme algo al oído. Acerqué mi cabeza a su cara para poder oírle. Entonces abrió la boca ante mis ojos y me mordió en la mejilla, me cogió con fuerza para que no escapara de sus garras. No podía moverme, poco a poco me fui tumbando a su lado, para que el proceso no fuera tan incómodo.

Permanecimos más de un largo minuto tumbados en el suelo. Que bebiera mi sangre me pareció aterrador y doloroso.

En cuanto recuperó fuerzas, se puso en pie y se quedó mirándome, yo aún permanecía tumbado. Mi cara se regeneró por completo y también me levanté.

Después, Adirand se deshizo del resto de papel de aluminio que le cubría y nos dirigimos a mi antigua habitación. Nos sorprendió encontrar a Daniel, el nuevo acompañante de nuestro creador, el joven al que yo sólo había visto una vez. Estaba tumbado sobre la cama.

Mi acompañante, ya más activo se arrojó sobre el chico, pude percibir lo que pretendía Adirand. Al beber su sangre, si Daniel sabía algo de Sixto, él podría verlo.

— Maldito — murmuró con la voz rota, al mismo tiempo que caía de rodillas al suelo, se llevaba las manos al corazón y se encogía como un animal malherido.

— Se arrepentirá de sus actos — dijo Adirand. Después comenzó a debilitarse, la sangre humana que corría por nuestras venas perdía su efecto, desapareció.

Me quedé solo. Los efectos de la sangre habían pasado. Adirand permanecía arrodillado en el suelo con la cabeza y los brazos apoyados sobre la cama. Su pelo parecía más claro durante el día, que cuando nos rodeaba la oscuridad. Su fino flequillo ondulado caía sobre su cara de niño, haciendo realzar su belleza.

No tardé en notar que mi alma se preparaba para partir y así, adentrarme en un profundo y duradero sueño.

Corrí hacia la maleta, que aún se encontraba tirada en el pasillo, rodeada por un montón de trozos de papel plateado. Busqué dentro la bolsa de sangre de Elisabeth. Llené una inyección por completo y me la introduje por vena.

No podía permitir que aquello quedase así después de la reacción de Adirand. La sangre de mi compañera fallecida comenzó a hacer efecto rápidamente. Intenté escrutar en la mente del joven, que parecía yacer muerto sobre la cama, pero no pude ver nada. Así que repetiría la acción que había hecho Adirand, para poder ver lo que él había visto.

Me arrodillé al lado del chico y me incliné sobre él, para poder sorber del cuello. La herida que Adirand le había hecho sólo hacía un momento había cicatrizado y desaparecido.

Antes de clavar mis colmillos y hacerle una nueva herida, se abalanzó sobre mí una terrible sensación. Sixto, le estaba pasando algo a mi escritor, corría un grave peligro. Salí de casa dejando el cuerpo de Adirand junto al de Daniel, en la habitación.

Creo que corrí haciendo caso a mi instinto. O a él, a Sixto. Noté cómo me llamaba, le sentí como si me empujara para que corriera hacia donde él se encontraba. Corrí y corrí a velocidad alarmante, notando cómo una fuerza invisible me empujaba hacia aquel lugar. Seguí el paseo marítimo hasta encaminarme por el desfiladero que llevaba hasta el espigón, cerca del faro y al llegar al final, cuando ya no pude caminar más, la presencia de Sixto desapareció.

Miré el mar horrorizado y jadeando, el horizonte azul, los colores que tanto había añorado, las grandes piedras que se extendían a mi alrededor. Me apoyé sobre mi mano, descansando sobre la barra de metal que se encuentra al final del camino, donde termina la tierra y comienza el mar.

Al tocar la barra oxidada, el miedo, la sorpresa y la angustia me inundaron, caí arrodillado al suelo. Cogí con la mano lo que parecía ser polvo acumulado sobre el metal. Al abrir el puño, la nube de partículas voló al antojo del viento y entre mis dedos quedó, colgando, una cadena de plata que sujetaba una pequeña cruz. Cerré los ojos y aspiré las cenizas de Sixto. Éstas se introdujeron por mis orificios nasales, me sentí perplejo, incapaz de reaccionar. Todo había ocurrido tan deprisa…Un sinfín de imágenes felices junto a mi amado escritor se me vinieron encima. Pero nada, no lograba sentir melancolía siquiera. ¿Era aquélla la condena a ser eterno? ¿Dejábamos de sentir con el tiempo? Negué con la cabeza, recordé la expresión de Adirand, su cara de amargura, después de haber tomado la sangre de Daniel.

Tras intentar una y otra vez sentir algo ante tal pérdida, llegué a una conclusión. Me echaba la culpa por la tragedia.

— No ha sido por culpa tuya — escuché su voz, como si me envolviera. Vi en mi cabeza, a Sixto atado y débil, durante parte de la noche y hasta el amanecer, en la barra que se alzaba ante mí.

Miré a mi alrededor, volteando la cabeza hacia un lado y hacia otro. Seguía arrodillado sobre sus cenizas. Me giré y apoyé mi espalda sobre el palo de metal donde él había permanecido encadenado durante horas. Desde mi postura incliné la cabeza hacia arriba y pude ver las gruesas cadenas de acero colgando desde lo alto del poste.

— ¿Cómo he podido permitir que te ocurriera esto? — Pregunté al aire, esperando oír su voz de nuevo. Pero no oí nada.

Rompí a llorar desconsoladamente, como un niño. Sixto, mi Sixto. El único ser del cual me había enamorado, siendo mortal e inmortal. Mi padre, mi creador, mi amigo y amante…

Con su muerte también descubría que, incluso lo inmortal, puede ser destruido; mi descubrimiento de la eternidad humana de hacía unos años, había sido un fraude. Volvía a tambalearse la cordura en mi cabeza, igual que había ocurrido hacía veinte años, el día que me había separado de mi escritor, para volverme loco y solitario.

Lloré desesperado intentando imaginar cómo había podido terminar encadenado a aquella barra de metal. Mi escritor había muerto, un ser de semejante poder y resistencia. Seguí llorando sin lágrimas como cada vez que lo hacía. Por suerte no me encontraba en un lugar frecuentado por mortales. Una parte de mí esperaba ver aquellas cenizas reagruparse y regenerarse, para volver a convertirse en su figura humana. Pero no ocurrió, y el dolor era cada vez más fuerte. Hacía ya rato, que el sol había comenzado a ponerse. No supe si mis dudosos sentimientos se debían a que sólo somos capaces de sentir con claridad durante la noche, o a que aún estaba loco.

Adirand llegó al lugar donde yo me encontraba, una hora después de que hubiera anochecido por completo. Llevaba un bote de cristal en la mano y la cara cubierta de lágrimas rojas. Sus ojos habían adquirido un tono granate debido a la fina capa vidriosa. Miraba las cenizas de Sixto con una amarga expresión. Negó con la cabeza y cayó arrodillado a mi lado.

— Sixto — susurró al tiempo que cogía un primer puñado de cenizas y lo guardaba en el frasco.

Me arrodillé y le ayudé a recoger todas las cenizas que pudimos recuperar. Después suspiró y se sentó a mi lado, nos quedamos allí sentados sin mirarnos, uno al lado del otro, como dos huérfanos. Me sentí melancólico, pensaba una y otra vez toda la historia que había compartido con nuestro creador, añoraba a Sixto. No sentía fuerza en el cuerpo. Pensé, martirizándome una y otra vez, lo feliz que me había sentido a su lado en tiempos pasados, sin bloquear mis pensamientos en ningún momento. Después miré a Adirand. No había percibido nada de lo que debía rondarle la cabeza.

— ¿Cómo llegó a ti? — quise saber, recomponiendo mi voz a cada palabra.

Adirand se quedó pensativo, no creí que fuese a responderme, hasta que esbozó una leve sonrisa en la cara. Después frunció el entrecejo y arrugó sus labios y, mientras, miraba el bote de cristal que tenía entre sus manos.

— Tengo suerte de haberte encontrado — me confesó, con la voz entrecortada. Le acaricié la espalda con mi mano, en un inútil intento de consolarlo.

“Algún día te contaré todo lo que quieras sobre mí, sobre Sixto y Sentus. Bueno, todo lo que yo sepa”, me dijo incapaz de hablar, levantándose al mismo tiempo.

— Vamos — dijo con resolución, alargó el brazo y extendió la mano para ayudar a levantarme —. Esto no quedará así, no pienso dejar que se vayan sin su merecido — añadió haciendo un poco de fuerza hacia atrás para que, por fin, me pusiera en pie.

Le seguí sin saber a dónde íbamos, tampoco me importaba. Me sentía desesperado, triste y perdido. Me sorprendí al ver la reacción de Adirand, parecía haber aceptado la muerte de Sixto, como si a los vampiros, la muerte de otro, no pudiera afectarles por mucho tiempo. Y pensé que si se trataba de eso, a mí me quedaba mucho por terminar mi transición de humano a ser sobrenatural.



Volvimos a mi hogar mortal.

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