domingo, 25 de octubre de 2015

Capitulo 11 / Segunda parte



11



Al cabo de un rato, más tranquilo, me senté sobre la cama. Estiré el brazo y tomé la bolsa de sangre que me había dejado Elisabeth. Adirand había presenciado mi momento de desesperación, debilidad y tristeza.

Se arrodilló ante mí, bajó la cremallera de mi pantalón tejano manchado de tierra y húmedo, debido a mi estancia en el cementerio, sin dejar de mirarme. Noté el contacto de su mano helada sobre mi miembro. Estuve a punto de soltar la bolsa de sangre que sujetaba, a causa de la impresión momentánea de su acto.

—Esto es lo único que nos queda — dijo con melancolía, creí que comenzaría a sollozar al igual que había hecho yo hacía un rato. Después lo tomó con las dos manos y se lo quedó mirando hasta que se lo introdujo en la boca.

No pude más, dejé caer la sangre al suelo. La bolsa, bien cerrada, cayó sin romperse.

Me eché hacia atrás y gocé permitiendo que Adirand se consolara haciendo estremecer mi cuerpo. Nuestra especie es superior en todos los aspectos a la humana.

Sin duda, Adirand era digno de haber sido amante de Sixto durante más de mil años; no eyaculé al igual que cuando era mortal, pero fue una sensación muy placentera. Era un amante excelente. Cuando me harté de sus juegos, le lancé hacia la cama y le mostré todo aquello de lo que era capaz. Hicimos el amor durante aproximadamente dos horas.

Después hubo calma, permanecí en un estado parecido al sueño, demasiado placentero como para intentar salir de él. Adirand me despertó minutos antes del amanecer, parecía experimentar un ataque de ansiedad. No supe qué hacer, lo único que se me ocurrió fue introducirle sangre de Elisabeth en vena, para que al salir el sol se quedara a mi lado; repetí la misma operación conmigo.

Me quedé sentado a su lado hasta que respiró con normalidad.

— ¿Lo has notado? — me preguntó, parecía estar agotado, como si le acabaran de dar una paliza. Negué con la cabeza.

—Algo está pasando ¡Maldita sea Sixto! ¿Por qué no nos envías tu posición? — Pareció enviar un mensaje directo a nuestro creador, al decir aquello.

Se sintió apenado, se tumbó en la cama y abrazó sus piernas, parecía estar traumatizado. Le dejé solo, es lo que a mí me habría gustado en su posición, así que salí al balcón a recibir a mi añorado amigo de fuego.

Me quedé mirando al cielo, estaba amaneciendo, pronto saldría el sol y lo bañaría todo con su luz. Por primera vez en horas, parecía poder gozar de unos minutos de intimidad. Volví a pensar en Elisabeth, en la solución al abandono de mi alma, la sangre. En Sixto y en mi encuentro con Sentus. Tuve un descuido, no había bloqueado mi mente y Adirand ahora estaba al corriente de todo. Se levantó de la cama y se dirigió hacia mí, me miraba con los ojos muy abiertos. Después ladeó la cabeza.

“¿Qué sabes?”, me preguntó.

Le mostré mi descubrimiento, le mostré que por alguna extraña razón, a mí, el sol no podía dañarme. También mi encuentro con Sentus, su sonrisa, su melodiosa voz. Y sin duda lo que a mí me había parecido.

—Si no ha sido Sentus, ¿quién ha sido? —dijo sin dudar de mi palabra ni un momento. Supe que le había impactado la noticia de que la luz no pudiera dañarme, pero pesaba más lo ocurrido con Sentus.

De repente se apoderó de mí un dolor agudo, tan intenso que no pude soportar y caí al suelo perdiendo el sentido.

Comencé a despertar sobre el suelo del balcón, había amanecido. Sonreí ante aquella idea. Con debilidad me senté sobre mis rodillas, por muy hermoso que me resultara el día, volví a la realidad, aquella realidad que escocía, que ardía y dolía. Deseé poder encontrarme junto a Sixto, mi amado Sixto, que estaba en peligro.

Miré directamente al sol sintiendo nostalgia y echándole de menos. Inspeccioné detenidamente el día, me cautivó al igual que me había cautivado todo, hacía dos días, cuando salí a la calle y le hice la visita a Sentus.

Oí a Adirand llamándome desde la habitación. Me levanté pausadamente sin apartar la vista del cielo, vi a una gaviota volar a poca altura.

Entré y me dirigí a la habitación. Le encontré tumbado sobre la cama, desnudo y con los ojos muy abiertos.

—No puedo confirmar qué ha sido, pero ha ocurrido algo. Debemos actuar rápido. ¡Tenemos que hacer algo! —dijo impotente.

Me fijé en que tenía el brazo quemado, y sobre sus mejillas caían tres gotas de sangre. Pensé que habría estado llorando, pero no me atreví a preguntar. Independientemente de lo que acababa de revelarme no pude evitar fijarme en el hermoso aspecto que presentaba. Se veía tan solo y desamparado. Desprendía un inconfundible amor hacia Sixto y temor a que pudiera haberle pasado algo. Alzó el brazo y señaló a la luz que entraba por el balcón y bañaba los pies de la cama.

—Hace mil años que no camino tras la salida del sol. Me ha sorprendido, no he podido evitar querer mirarlo, me ha hipnotizado. — Dijo aclarando el por qué de sus quemaduras.

Me senté a su lado en la cama y le hice saber que yo también lo había sentido, algo andaba mal, muy mal.

— ¿Sabes dónde se encuentra? — Pregunté desesperanzado. Adirand asintió y se echó a llorar. ¿Acaso había notado algo más que yo?

Su respuesta me pareció un milagro.

— Tenemos que partir de inmediato. — Dije. A él le pareció una locura. Señaló el balcón y negó con la cabeza, alarmado.

— Yo no puedo salir. No, hasta que el sol se esconda. — Dijo con una voz temblorosa debida al llanto.

Tracé un plan.

Me inyecté un cuarto de bolsa de sangre y después le pedí a Adirand que hiciera lo mismo, yo tenía que salir de compras.

Fui a una tienda de maletas cercana, recordaba que expuesta en el escaparate tenían una súper maleta para llamar la atención de los clientes, esta medía más de un metro de alto y 0,70 de ancho. También compré un montón de rollos de papel de aluminio.

Cuando volví a casa, Adirand ya se había inyectado tanta sangre como le había pedido. Tumbé la maleta en el suelo y la abrí. El me miraba reacio ante aquella idea.

— Y si el sol penetra dentro y yo…— Dijo asustado.

Entonces saqué del interior de ésta un rollo de papel plateado y me dispuse a envolver a mi amigo. Yo sonreía entusiasmado, mientras daba vueltas una y otra vez sobre el chico. Por lo menos hice tres capas de empapelado sobre él. Una vez me pareció suficiente, le pedí que se pusiera de cuclillas y que se encogiera sobre sí mismo todo lo que pudiera. Hubo partes del papel que se rompieron al moverse, volví a envolverle. Lo cogí en brazos y lo metí dentro de la maleta también recubierta de aluminio.

Pensé que Adirand sería más pequeño, empujé su cabeza hasta que estuvo totalmente dentro de la maleta.

“Ay” se quejó sin hablar. Cerré el equipaje y él quedó totalmente dentro. Nos pusimos en marcha. Al salir a la calle me aseguré de que Adirand se encontraba bien.

Nos dirigimos al aeropuerto en Vaporetto, a la terminal de Venecia, Marco Polo. Mi compañero estaba aterrorizado, no dejaba de mandarme mensajes telepáticamente.

“¿Hemos llegado ya?” “¿Falta mucho?” “¿Por dónde vamos?” “¡Me duele el cuello!” “No puedo respirar” Mientras de mi maleta no comenzara a salir humo o a prenderse en llamas, iba a hacer caso omiso a los comentarios y preguntas de mi amigo.

Una vez dentro del recinto tuve que facturar mi equipaje, Adirand volaría dentro de la bodega del avión. Me esperé en el rincón más sombrío y solitario a que llegase nuestro avión, para que las personas no repararan en mí. Embarqué lo más rápido posible seduciendo a toda la tripulación para evitar hacer colas.

Una vez embarcados noté de nuevo la intranquilidad de Adirand desde donde se encontraba, por aquello que le estaba obligando a hacer, él nunca había volado en avión.



Llegamos al aeropuerto del Prat de Barcelona sobre el mediodía, y repetimos de nuevo la operación al salir del recinto. El taxi nos llevó hasta la puerta de lo que había sido en su día mi vivienda y la de mi familia. Aspiré hondo, de nuevo la brisa del mar. Había añorado tanto aquel lugar, miré desde la calle lo que había sido mi balcón en un primer piso e imaginé a Mina asomada desde arriba para poder verme, mientras emitía jadeos de impaciencia. Luego mi sobrino se asomaba a su lado, sólo lograba verle las puntas de los dedos y la parte superior de la cabeza. Volví a la realidad. No sentí nada. En otro momento me habría echado a llorar con aquel recuerdo. Adirand permanecía en el portal, a la sombra aún dentro de la enorme maleta, cuando desperté de mi estado melancólico le oí suplicar. Como era normal, sentía la necesidad de encerrarse en una habitación donde no pudiera atraparle el sol. Sonreí, miré al cielo y me despedí del día. Después me acerqué a Adirand y tiré de la maleta. Entramos en el portal.

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