domingo, 25 de octubre de 2015

Capitulo 10 / Segunda parte



10



Cuando comencé a despertar percibí un intenso olor a tierra húmeda. Al abrir los ojos vi oscuridad, y al notar el frío cuerpo de Elisabeth, se abalanzaron sobre mí recuerdos del intenso día anterior. Inspeccioné el cementerio psíquicamente en busca de alguien que pudiera encontrarse allí, pues no me apetecía que ningún ser me viera salir del interior de una tumba. Al apartar un poco la tapa de piedra que nos cubría y sacar la mano para abrirme hueco y salir de allí, noté unas pequeñas gotas de agua fría cayendo sobre mi piel. Estaba lloviendo. Antes de verlo siquiera ya me imaginé el cielo de intensas nubes grises cubriendo los rayos del sol. Aquello sería lo que habría visto si despertaba de día y, sin embargo, y como era de esperar, ya había oscurecido.

Salí de la sepultura y me dispuse a continuar con lo que me proponía a hacer antes de que el sueño me azotara al amanecer. Volví a coger la misma pala con la que ya había arrojado dos paladas de tierra dentro del agujero. Cubrí por completo el foso, dejando el cuerpo de Elisabeth enterrado.

Intenté sentir melancolía, tristeza por su pérdida, pero fui incapaz de sentir nada…

Me quedé mirando la tumba durante un buen rato, recordando buenos momentos junto a mi amante mortal, ¿Me encontraba en shock? ¿Los acontecimientos ocurridos, hacía poco, me había vuelto más loco de lo que estaba? Me encogí de hombros, veía inútil buscar una respuesta a la cuestión.

Suspiré al sentirme vacío por dentro, aquella sensación me recordó a la que había sentido días después de encontrar a mi familia muerta en mi casa.

Paseé por el cementerio buscando algunas flores frescas y vivas para dejar como obsequio sobre el lecho permanente de la chica.

Escogí un espíritu santo, envuelto en una caja, que habían dejado ante una lápida con ángeles esculpidos. A ella le habría gustado aquella flor tan hermosa.

Me dirigía de nuevo hacia la tumba de la que había sido mi amante, cuando noté aquella inmensa fuerza que se acercaba hacia allí. Me mantuve inmóvil sin poder detectar de quién se trataba. Seguí mi camino hasta llegar a la tumba de Elisabeth, dejé sobre la losa la flor que tenía entre mis manos, y me mantuve a la espera, mirando la losa de mi amada.

Empezaba a cansarme de esperar a que se descubriera el ser poderoso que se acercaba, pues hacía rato que había aterrizado en la isla en la que me encontraba. Me despedí definitivamente de Elisabeth, intenté recordar algún pasaje de la biblia, algo digno para su despedida, pero no se me ocurrió nada. Siempre había sido ateo.

Me alejé de la tumba y caminé a través del cementerio. Me abrí camino entre los charcos y lápidas que había hasta la salida.

Mientras caminaba volví a analizar los alrededores. ¿De quién se trataba? Al fin percibí algo. Un mensaje de socorro indescifrable llegó a mi cabeza. Pero enseguida se desvaneció. Y pude notar de nuevo la potente fuerza cercana. Sentí una punzada en el pecho y al mismo tiempo que me llevaba la mano al corazón, Adirand se acercó a mí. Acogí su llegada como si lo hubiera estado esperando. Paró frente a mí y me saludó a distancia. Me acerqué a él y le besé en los labios.

“¿Qué ha sido eso?” le pregunte sin hablar, aún con un agudo dolor dentro de mí.

—Me alegro de verte —respondió con una cortés sonrisa.

— ¿A qué se debe tu visita? ¿También lo has notado? —le pregunté.

“Sixto ha desaparecido”, dijo. De inmediato se me heló el alma ante aquella noticia. Al principio me pareció algo increíble, imposible e irreal. “Quizá tú puedas ayudarme”, volvió a decir con un mensaje telepático.

Sentus, seguro que él estaba detrás de todo. Recordé mi reciente encuentro con Sixto, mi confesión de que iba a matar a su primera creación, Sixto habría acudido a él para advertirle de que se encontraba en peligro. Seguro, estaba convencido. Sentus se habría aprovechado de la pacífica visita para hacerle algo a Sixto. Me arrepentí tanto de no haberle matado… Tanto.

¿Pero cómo habría sido posible? Sixto disponía de un tremendo poder…

Mientras me preguntaba cómo podrían haber atrapado a alguien tan poderoso como Sixto, imaginé que un ejército de secuaces de Sentus se había abalanzado sobre el escritor, Sixto me había hablado sobre la gran cantidad de seguidores de que disponía su pupilo.

Me sentí idiota, defraudado conmigo mismo ¿cómo me había dejado engatusar de aquel modo por el enemigo? Adirand, sin perder la compostura, se acercó a mí y me devolvió el beso que antes le había dado intensificando la pasión y mordiendo mi lengua suavemente para saborear mi sangre. Hizo que dejara mis pensamientos a un lado.

Negué con la cabeza. Ya que aquel beso traía un mensaje.

“Déjame yacer contigo esta noche.”

—Sé que estás tan preocupado por Sixto como lo estoy yo pero, por ahora, no podemos hacer nada…— me informó disculpándose por su grosería, apenado.

Yo volví a negar con la cabeza.

—Iré solo, viajaré de día si es preciso —dije.

Esta vez fue él quien dijo que no.

—No es necesario actuar precipitadamente ¿cómo piensas encontrarle?

Los sentimientos que parecían haber desaparecido hacía un rato, volvían a mí como un torrente. Me sentí desesperado, algo me decía que Sixto estaba en peligro, y no podíamos hacer nada para ayudarle.

— Debemos planificar bien nuestros movimientos. Recuerda que es de Sentus de quién hablamos — dijo demostrando lo anciano que en realidad era.

Asentí y me senté sobre un pequeño muro de cemento que se encontraba a la entrada del cementerio. Sentí dudas por lo ocurrido el día anterior con Sentus. Pensé en contárselo todo a Adirand, pero temí que dudara de mi lealtad hacia Sixto.

Alargué el brazo para que se acercara, esbozó una sonrisa y se acercó; le abracé amarrando su cintura, apoyé mi cabeza sobre ésta. Adirand inclinó la cabeza hacia abajo para poder volver a besarme. Me iba a explotar la cabeza, las suposiciones eran muchas pero ¿qué había ocurrido en realidad? ¿Sixto, donde estás?

—Quedan pocas horas de noche, aquí sentados no vamos a solucionar nada…Volvamos a casa —sugirió Adri.

No tardamos en regresar a mi hogar. Al entrar volví a percibir el olor a muerte que se había impregnado en el lugar. Pero antes de dedicarme por completo a mi buen amigo, debía solucionar un tema pendiente.

¿Qué había matado a Elisabeth? ¿Mi pequeña transfusión de sangre quizá? Busqué por la habitación alguna pista que respondiera a mis preguntas. Sobre mi mesita había un papel doblado que desplegué en cuanto lo tuve entre mis manos y una bolsa llena de sangre que flotaba dentro de un cubo, en lo que el día anterior había sido hielo.

La nota decía: “A mi querido John. Te entrego mi sangre, la cual alberga un gran poder, espero que tú puedas destruir a Sentus. Por siempre tuya. Elisabeth.”

De nuevo pensé en Sentus. Cada vez dudaba más de su inocencia.

Elisabeth murió del mismo modo que había vivido, rodeada de un gran misterio. Suspiré apenado. Al fin parecía sentir algo ante su muerte.



Me sentí triste, por su muerte y por la impotencia ante la situación en la que se encontraba Sixto. También me sentí culpable por no haber matado a Sentus pero ¿y si lo que le había ocurrido al escritor, no tenía nada que ver con quien creíamos que era el malvado? No podía más, iba a explotar. Comencé a sollozar como un niño, caí de rodillas al suelo. Me tapé la cara con las manos.

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