viernes, 9 de octubre de 2015

Capitulo 1 / Segunda parte



Segunda parte


1


Año 2011, Venecia.


Llegué a esta ciudad hará dos años. Guiado por los relatos de Anne Rice. Había recorrido todas las ciudades que nombra mi segunda escritora favorita en sus relatos de vampiros y que me resultaron interesantes.


Había tenido veinte años de absoluta locura interior, para dedicarme a leer, darle vueltas a cosas absurdas y viajar. También, después de comenzar a recobrar la cordura, había dedicado mucho tiempo a buscar una cura para el abandono de mi alma al amanecer. Lo cual, debo decir, es mi nueva obsesión.


Recorro cada día esta ciudad, pero a diferencia de lo que Anne Rice explica en sus excelentes libros, actualmente Venecia, tan espléndida como siempre, se ha convertido en una atracción turística durante todo el año. No hay día que no haya turistas haciendo fotos a todo lo que ven, incluso al anochecer, aquello no habría sido tan sencillo hace unos años, pero ahora con los nuevos avances tecnológicos todo es posible.


Debo decir que Rialto y San Marcos, incluso considerando que son invadidos día y noche por una avalancha de turistas, no han perdido su encanto.


Así pasaba mis días, recorriendo la ciudad durante la noche. En Santa María de la Salute (únicamente “Il Duomo” de Florencia era capaz de cautivarme más que aquella catedral) podía pasarme horas enteras, sentado frente a ella en el frío y húmedo suelo, con el único propósito de observarla. Creo que gracias a las catedrales que hay esparcidas por todo Europa comencé a estar cuerdo de nuevo. Cuando notaba que llegaba el amanecer volvía a mi escondite, en Murano. No era que Murano me resultara más acogedor, sino que era un lugar más tranquilo y menos turístico por las noches. Y la velocidad que había adquirido con los años, me permitía volver allí en un breve periodo de tiempo. También visitaba muy a menudo el cementerio de la ciudad, que habían convertido en monumento histórico. Las tumbas más antiguas, algunas confusamente mezcladas con la tierra húmeda y las losas, me resultaban hermosas. El olor de aquel lugar me reconfortaba. Pero sin duda lo que más me gustaba de aquella ciudad era poder navegar por los canales en “vaporetto”.


Después de esta breve descripción, de lo que personalmente me parece la ciudad más hermosa del mundo, proseguiré con mi relato.


Ya he dicho que después de aquella última noche junto a Sixto, mi añorado Sixto, me dediqué a vagar de una ciudad a otra sin rumbo fijo. O al menos así fue al principio.


Después de ver en aquella máquina un resultado poco concluyente, lo siguiente que recuerdo es encontrarme en estado de ansiedad y hambre, estar ciego mentalmente. Me acuerdo, pero sin embargo, no recuerdo ser yo quien lo hacía.


Me encontraba en la estación de tren, ya casi había amanecido, sin embargo, yo seguía paseando por la estación central de Barcelona sin preocuparme de poder caer desplomado en cualquier momento. Paré en medio de todas aquellas personas, aspiré aquel olor y sin previo aviso, un ápice de humanidad me advirtió, márchate de aquí.


Después de un largo debate interior, caí en un estado impulsivo e inconsciente de mis actos. Aquella noche maté a un ser inocente, en aquel momento no pareció importarme, pero el remordimiento durante los años me afectó lo suficiente como para volverme algo más loco de lo que ya estaba. Aunque me pare a pensar, no logro recordar con nitidez nada de los siguientes diez años. Así que proseguiré desde que comencé a recuperar mi cordura.


Recuerdo haber viajado por toda España, Portugal, Francia, Grecia, América, recuerdo haber estado en Nueva Orleans.


Pero fue en Florencia, en aquel preciso momento, al girar la calle y verla allí. Mi perspectiva vampírica no era capaz de captar con una sola mirada todo aquel potencial, aquella belleza. Impresionante, noté cómo de repente John tocaba con los pies en el suelo y me senté allí mismo para contemplarla durante el resto de la noche. Era “Il Duomo”, la espectacular catedral de Florencia, no había palabras para describir lo que logré percibir en aquel momento. Me sedujo tan intensamente, que permanecí en Florencia durante cinco años más. Fue allí cuando cambié mi estado, de loco a vampiro deprimido y pesimista. Al igual que ahora paso cada día por delante de Santa María de la Salute, entonces pasaba horas a diario ante “Il Duomo”. Cuanto más lo miraba, más triste me sentía, más ganas tenía de volver a ver a Sixto. No sabía cómo era posible, pero había conseguido bloquear mi mente al igual que Sixto había conseguido sellar la suya, tan profundamente, que nadie había sido capaz de percibir mi presencia, ni encontrarme.


Sin darme cuenta, los años me habían dado más fuerza y poder de lo que jamás creí imaginar. Otras virtuosas cualidades, de las que no conocía ni su existencia, habían hecho alguna aparición espontánea en momentos poco adecuados. Mi olfato alcanzaba kilómetros, podía leer la mente de cualquier persona, por suerte pude controlar esta habilidad a tiempo, antes de llegar a la conclusión de tener que hacer una hoguera para que las voces cesaran. También era capaz de atraer a los humanos, ciegamente.


Me encuentro sentado en un banco mientras continúo escribiendo mi relato al mismo tiempo que observo a la gente pasar.


De repente me quedé prendado por completo de una muchacha pelirroja, era de una altura media, delgada, con una intensa mirada verde, su cabello rojizo oscuro y rizado caía sobre su espalda y aquella sonrisa…Hacía al menos 15 años que nadie se atrevía a dedicarme una sonrisa. Me enamoré de ella al instante. Me negué rotundamente a seducirla, pensar en ella, en que podía haber cualquier tipo de relación entre nosotros, entre un humano y yo... Su sangre, el único motivo por el cual yo me había acercado a cualquier ser viviente, era el hecho de conseguir su sangre. Así que lo dejé correr, pretendía volver a mi guarida antes de lo acostumbrado.


Cuando hube llegado al extremo de Venecia más cercano a Murano y me disponía a emprender mi pequeño viaje, noté una presencia. Alguien me había seguido hasta allí, no intentó ocultarse, era ella, la chica en la que me había fijado hacía unas horas. Se acercó corriendo hacia mí y se arrojó a mis brazos, besándome apasionadamente. En un principio, al verla, la única duda que me formulé fue, cómo había conseguido seguirme hasta allí sin que me percatara. Pero en cuanto me besó, mis dudas pasaron a un segundo plano. Abrazándola nos elevamos y emprendimos el viaje hacia Murano. Hacía mucho que no me relacionaba con ningún ser. Aquella era otra habilidad, podía seducir a quien quisiera únicamente deseándolo, y no me refiero a desear seducirla, sino a desear a la persona.


Paseamos por las sencillas calles de Murano, ella cogiéndome del brazo. Contándonos toda nuestra vida, yo le expliqué mi vida mortal censurando algunos detalles como lo sobrenatural que eran Sixto y Adirand y en lo que yo me había convertido. Se quedó impresionada, le fascinó mi drama personal, primero con la muerte de mis padres y después, también se conmovió con las extrañas circunstancias en que murieron mi hermana y mi sobrino. Se llamaba Elisabeth, su vida también había sido apasionante, su melodiosa voz brotaba a una velocidad vertiginosa, sin tartamudear, sin trabaduras de lengua. El movimiento de sus manos, brazos, el modo en que se separaba de mí para mostrarme algo, el tamaño de las cosas, algunas formas o algunos gestos, y seguidamente volvía a cogerme del brazo, me hizo sonreír constantemente. Sin tener que recordar lo lejana que me resultaba aquella expresión desde que me había separado de Él.


Después de que sonaran las tres, nos introdujimos en las calles más escondidas y oscuras de la isla. Caminamos hasta llegar a un huerto que pertenecía al jardín de una casita de dos pisos. Enseguida le vi, un hombre de mediana edad, de pie frente al balcón de la propiedad.


—Espera un momento aquí —le dije. La chica obedeció sin cuestionar mis palabras, se quedó observando de lejos.


Yo me acerqué al hombre, que estaba a punto de colarse en la casa para robar y, si era necesario, matar a quien se interpusiera en su camino, como ya había hecho en otras ocasiones. Le llamé con palabras insonoras y acudió a mí sin poder evitarlo. Paró frente a mí, se quitó el abrigo y la bufanda para que me fuera más fácil acabar con su vida. Sin temer que Elisabeth observara, me alimenté como tantas veces había hecho en soledad. Cuando le hube matado, dejé que cayera al suelo y me quedé observándolo un rato. Después miré a la chica para que se aproximara, una vez que estuvo lo suficientemente cerca se dispuso a tocar el cuerpo, cosa que no le permití. Habría sido una imprudencia por mi parte, a diferencia de mí, ella tenía huellas dactilares y una identidad. Lo entendió y no rechistó.


—Pártele el cuello, y arrójalo al canal —dijo.


Aquello me hizo estallar en un mar de carcajadas.


—Puede que hace quinientos años eso hubiera funcionado, pero ahora no sería recomendable dejar un cadáver sin sangre a la vista de todos. Podría quemarlo, enterrarlo... —dije en tono pensativo.


—Destrípalo para mí —insistió.


Aquello me hizo volver a reír, a la vez que leía en su mente para asegurarme de que no me había enamorado de una asesina en serie; estaba limpia, pero era curiosa y sádica. Así que, junto con el cuerpo, nos trasladamos hasta el hermoso cementerio de Venecia, “Sant Michele”, la isla de los muertos.


Este segundo vuelo la hizo marearse, así que le di unos minutos para que se recuperara. Cuando pudo caminar con normalidad, la cogí de la mano, mientras con la otra a pulso trasladaba el cadáver. Fuimos hasta mi zona preferida de aquel lugar. La más antigua, donde únicamente parecía haber tierra en lugar de lápidas, sólo quedaban algunas finas cruces de hierro oxidado en pie y losas hechas pedazos. Mientras Elisabeth permanecía tras de mí, sentada sobre una tumba algo más entera que las demás, yo comencé a cavar un hoyo en la húmeda tierra. Cuando hubo sido suficientemente profunda, metí el cadáver dentro y lo tapé ayudándome con una pala que había encontrado apoyada en un árbol cercano. Al acabar miré mis manos llenas de tierra negra, y las limpié moviéndolas en el aire. Después pisé sobre la tumba que había hecho para igualarla con el resto de la parcela. Seguidamente Elisabeth se acercó con una rosa que había cogido de una tumba próxima y la puso sobre el lugar donde yo acababa de pisar con fuerza, observé en silencio.


—Ya está —exclamó—. Ya podemos irnos.


— ¿A dónde? —le pregunté.





Ella se encogió de hombros al tiempo que volvía a cogerse de mi brazo.

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