lunes, 14 de septiembre de 2015

Capitulo 6/ La Historia de Sixto



La historia de Sixto






—En mis tres mil años de existencia, nunca me he parado a mirar un pasado tan lejano como el que me propongo a contaros ahora.


"Nací en un lugar aislado del resto del mundo. Así que para mí, lo único existente era mi pequeño poblado."

— Mi amado y olvidado poblado —dijo mi escritor con un gesto de total amargura.


"Tan solo éramos un puñado de mujeres y hombres, nunca superior a las cincuenta personas.


En aquella época, azotó una enfermedad muy grave y contagiosa. Gracias a Dios solo afectaría a los más ancianos, dejando indemnes al resto. Había historias que hablaban del gran afán guerrero de mi pueblo. Más tarde descubriría que esas leyendas habían trascendido más allá de las montañas que nos rodeaban.


Sin embargo, esas habladurías fueron reales en otros tiempos, porque los años en los que yo fui un hombre mortal, lo más parecido a una batalla fue el día en que me iniciaron en la caza. Que después de un leve incidente me prohibieron volver a salir junto al resto de los hombres del pueblo. Nosotros nos dedicábamos a la agricultura y a la ganadería, en ocasiones también cazábamos. Sí, era cierto que los hombres eran corpulentos y musculosos; también hay que remarcar que eran poco inteligentes. Probablemente la gran diferencia que había entre ellos y yo.


Éramos un pueblo tranquilo. Hasta que un día un mensajero del rey de una de las ciudades más importantes de la tierra en aquella época vino a visitarnos. Montaba un caballo y hablaba una lengua suave y melodiosa. Su piel era tostada. De sus orejas colgaban unas placas doradas, y sin duda las pieles que le cubrían las había adquirido en nuestras tierras. Solo pudo entenderlo el sabio de nuestro poblado, que por suerte no era uno de los ancianos que hacía poco habían muerto. Recuerdo que intentó razonar con aquel hombre, pero nada le haría cambiar de opinión, ya que se guiaba por las órdenes de su rey. Así que dio su mensaje y se marchó de nuevo. El mensaje que más tarde nuestro sabio nos dio fue horrible. Ya que, un rey muy lejano que existía al otro lado de los océanos, quería crear una escultura y necesitaba a los hombres más fuertes para que sus deseos pudieran verse hechos realidad.


— ¿Cómo ha sabido de nosotros ese rey tan malvado? —quiso averiguar mi padre, un hombre de ancha espalda y grandes brazos.


—Las historias, hijo mío —le contestó el sabio.


Yo por otro lado tan joven como era no lograba entender por qué le habían llamado malvado si solo quería nuestra ayuda. Qué ingenuo fui.


Nuestro método para evitar la tragedia, fue que durante algún tiempo nuestros hombres más fuertes se esconderían en las cavernas de nuestros antepasados. Mi padre abrazó a mis hermanas y a mi madre antes de marchar. Como era de esperar a mí ni me miró, ya que estaba indignado con mi existencia. Y es que el resto de mi poblado era de piel clara y pelo oscuro, a diferencia de mí que era rubio y con ojos azules, a la edad de veinte años no tenía vello alguno en la cara, cosa que detestaba. Negaba que yo fuera hijo suyo.


Así que, marcharon sin más a las cavernas. Nos quedamos las mujeres, los niños y yo. Siempre nos has parecido atractivo y hermoso, pero has de entender que, con el estatus social que ha creado tu padre sobre ti, no nos convenía acercarnos. Dijeron las mujeres jóvenes y bellas. Me monté a todas cuantas pude, cosa que como era de esperar que hiciera. Las mujeres más mayores que quedaban después de la plaga, entre ellas mi madre, mostraban un amor maternal que jamás en toda mi vida había imaginado. Cocinaban platos nuevos cada día para mí, me encantaba. Mi padre, el líder de la aldea, nunca les habría permitido hacer aquello. Él siempre decía que a las hembras no se les podía permitir tales libertades. Por las noches nos escondíamos en las tiendas, que recientemente, después de la marcha de los hombres, habíamos construido con troncos y pieles de animales para protegernos de la nieve y el frío.


Pasaron los meses, los más felices de mi vida, y fue junto con la llegada del calor que llegaron los soldados con su rey. Les oímos llegar, las mujeres les dieron la bienvenida, como solíamos hacer con los extraños que pasaban por allí, ofreciéndoles todo lo que necesitaran, tras la gran travesía. Las mujeres les rodearon alzando hojas repletas de frutos, respetuosas como siempre, ellos las miraban por encima de sus hombros, con indiferencia y superioridad. Tras el recibimiento, aunque las mujeres siguieron insistiendo con las bandejas llenas de jugosas frutas, ellos pasaron a mirar más allá de donde se encontraban éstas. Yo, por prudencia, me encontraba escondido tras unos arbustos, pero sin dejar de observar la escena. Uno de los soldados nos sorprendió al preguntar algo en nuestro idioma.


— ¿Dónde están vuestros hombres?


Las mujeres hicieron oídos sordos. Los soldados miraron al que parecía ser su líder. A su vez éste hizo una señal. Y el batallón empezó a atropellar a las féminas con sus caballos y a patalear para que se apartaran. De inmediato, salí de mi escondite para defendedlas alzando mi pequeña arma, una piedra bien afilada atada a un pequeño tronco bien grueso y firme. Al aproximarme, el rey gritó algo y los soldados pararon de inmediato. El rey asintió, me miró fijamente. Nunca olvidaré, tan negra y profunda mirada. Yo me apresuré para ver el estado de mi madre después del puntapié que había recibido. Y mientras la ayudaba a ponerse en pie, el rey bajó de su caballo escandalizando a los soldados. Fue él mismo quien se acercó a mí haciendo que le mirase, presionó mi mentón suavemente para que alzara la cabeza. Le miré, me impactó tenerle tan cerca, después de susurrarme mil dulces palabras al oído, dijo algo más alto para que el resto lo escuchara. Pero yo me había hipnotizado con su rostro, qué piel tan tostada tenía, qué ojos tan negros e intensos, y su fina nariz lucía en perfecta armonía con sus perfilados labios. Acarició mi mejilla para que despertara de mi ensoñación. Creo que repitió lo que había dicho hacía un momento; yo para hacerle ver que no entendía achiqué los ojos y negué con la cabeza. Volvió a acariciarme, esta vez los labios, a su vez volvía a susurrar algo sonriendo. De repente giró bruscamente la cabeza hacia un lado, su suave y liso pelo que lucía hasta los hombros se balanceó violentamente. Creo que miró amenazante a alguno de sus acompañantes para que me tradujera de inmediato lo que me había repetido en dos ocasiones. Al final lo entendí.


—Ven conmigo, y tu poblado no sufrirá esta tragedia —dijo el vasallo rey.


Miré primero al traductor y seguidamente volví a mirarle, que conservaba su serena expresión.


Creo que exteriormente no experimenté ningún cambio, pero en mi interior un torrente de negación, también de curiosidad, se había desbordado dejándome totalmente perplejo.


Iba a pedirle un poco de tiempo para pensar, despedirme de mi familia y quizá para coger algún objeto preciado, pero de repente surgió el pánico. Tensé todo mi cuerpo debido al miedo de alejarme de todo aquello que amaba y conocía, retrocedí unos pasos lentamente. Paré asustado cuando vi al rey desenfundar un machete y correr hacia mí, antes de que me azorara sentí un intenso dolor en la cabeza y caí inconsciente al suelo.”


Mi escritor hizo una pausa, su rostro reflejaba tal expresión de dolor al recordar su relato que deseé poder abrazarle y cubrirle de besos, pero Adirand me estrechó la mano para que no lo hiciera.


—Por favor, continúa —dijo el joven.


Mi escritor me sonrió para que no me preocupara, y prosiguió con su historia.


—"Lo siguiente que recuerdo es que desperté sentado sobre la joroba de un camello apoyado a la espalda de mi rey. Dirección a su palacio, donde vivía junto a su esposa. Pero enseguida volví a perder el conocimiento. Cuando volví a despertar me encontraba en una estancia tumbado sobre una losa atado de pies y manos con unas cuerdas. La habitación estaba llena de gente; ahora entiendo que eran esclavos, pero en aquel entonces no sabía siquiera que aquello existía. Traían ropas de lino dobladas sobre sus manos y frutos sobre hojas secas. Me dolía la cabeza, estaba aturdido y no sabía dónde me encontraba. Al fin vino mi rey, me miró, sonrió y se acercó a mí, hizo un gesto con las manos para que sus sirvientes salieran de la habitación, obedecieron de inmediato, en un instante el rey se quedó a solas con su nuevo juguete. No especificaré demasiado sobre esta larga y confusa etapa de mi vida mortal. Me convertí en el amante del rey, del faraón, pero con el paso de los años me hice viejo y él, el único ser con el que me había relacionado durante dieciocho años se cansó de mí y entregó mi cuerpo y alma a un hombre, al ser que me hizo lo que soy ahora. Y así me convertí en Sixto, hace más de tres mil años.”


Se quedó helado, con su sonrisa amarga, parecía viejo y cansado.


—Y desde entonces me alimento de sangre humana para poder volver a la vida, noche tras noche —concluyó Sixto, fijando su profunda mirada en mí. Me sentí excitado por la idea de que aquél con quien me había acostado se alimentara de sangre humana.


—Nuestro organismo es mucho más simple que el vuestro. Digamos que nuestro cuerpo absorbe la sangre que ingerimos dándonos energía, la absorbe toda y la gastamos con el simple hecho de respirar; no digerimos, no defecamos, por lo tanto, no engordamos ni crecemos.


Escuché en silencio, salvo cuando me surgía alguna pregunta como por qué no seguían aprovechando las guerras para alimentarse.


—Sobre lo de la guerras hay quien sigue haciéndolo, pero igual que a vosotros nos gusta la riqueza, poder tener alto nivel de vida. Las guerras actuales ocurren en lugares pobres y tercermundistas. Nos gusta la tranquilidad.


— ¿Por qué sois eternos?


—Porque, al igual que vosotros envejecéis por dejar de crear nuevas células, nuestro cuerpo al alimentarnos las crea continuamente, por eso somos inalterables. No envejecemos, se regeneran nuestras heridas, y por lo tanto no morimos.


— ¿Significa eso que… sois… indestructibles?


Vacilaron e intercambiaron miradas antes de responderme.


—No nos está permitido exponernos a la luz del sol. Y tampoco es recomendable acercarse demasiado al fuego —reveló Adirand esta vez.


—Fuego, sol... —repetí mientras lo memorizaba—. ¿Por qué? —pregunté curioso.


Sonrieron y a la par se encogieron de hombros. Luego negaron con la cabeza.


Adirand miró a Sixto esperando que éste diera una respuesta.


—He tenido tres mil años para averiguarlo, sin embargo no he podido —dijo mirando al suelo pensativo.


Me sentí extremadamente atraído hacia ellos, de nuevo tuve que contenerme para no arrojarme a sus brazos.


De nuevo volvieron a intercambiar miradas entre ellos, vi como Adri asentía y después me miraba.


Sixto me miró directamente y formuló esa pregunta que sin saberlo tanto deseaba oír.





— ¿Deseas ser inmortal?

1 comentario:

  1. Woooo que interensante!!! Me quedo con ganas de más!!!!

    ResponderEliminar