domingo, 20 de septiembre de 2015

Capitulo 7


7






Llegué a casa decidido a convertirme en uno de ellos. Me parecieron unos seres increíbles. Me dejaron fascinado. Lástima que acabara la noche, cuando me hicieron la pregunta yo acepté encantado, pero no fue necesario que respondiera, ellos ya lo sabían.



La fascinación no me dejaba dormir. Me encontraba tumbado en mi cama contemplando por la ventana cómo el día comenzaba a adquirir el color del sol. Mina estirada a los pies de mi cama, me miraba con los ojos muy abiertos. Me senté para poder acariciarla. Ésta movió su corto rabo durante un rato y después se quedó dormida. Me dejé caer sobre la almohada y noté algo duro bajo ésta. Entonces recordé, mi libro, el que estaba leyendo y que todavía no había conseguido terminar. Volví a leer el mensaje que Sixto me había escrito en la contraportada y sonreí de nuevo. Después busqué la página donde me había quedado y seguí con mi lectura.






“Sin duda había hecho algo mal, cuando nuestro cuerpo deja de ser humano, hay cosas que dejan de ser necesarias. Sin embargo, él había dejado de ser humano, pero parecía estar muerto, algo bastante complejo e imposible. No lograba entender, cuando llegamos a su casa después de alimentarnos aquella noche, el expulsó toda la sangre que había consumido. ¡Empezó a vomitar! Menuda locura, ¿cómo era posible? Después de aquello cayó al suelo, yo lo acosté y me quedé a su lado. Tapé cada orificio por el que pudiera entrar la luz del sol y me dispuse a esperar a que llegase el amanecer. Me arrodillé a su lado y le tomé la mano. Sin duda se moría, y yo seguía sin recordar nada útil para poder ayudarle. Solo lograba recordar al ser que me había convertido, al ser que después de quitarme la luz del sol se había marchado y me había abandonado. Por un minuto en más de cien años me sentí inútil. El amanecer era ya próximo. Me escocían los ojos, me dormía, me alejaba de allí. Desaparecí.


Sobre las siete de la tarde desperté y minutos después, Andry empezó a gemir y a revolverse en nuestra cama. Sentimientos que no había vuelto a sentir desde que deje de ser humano surgieron de nuevo. Sentí amargura y desesperación, seguido de un terrible ardor que me recorría todo el cuerpo.


Aquel día transcurrió lenta y dolorosamente. Noté como las últimas sombras que quedaban, dejaban paso a la absoluta oscuridad de la noche. Impotente me tumbé a su lado, los espasmos habían cesado. Le abracé, besé y dormité hasta que sobre las doce de la noche noté la presencia, un ser al que ya conocía. Sin embargo yo, como vampiro inexperto e inculto, no sabía exactamente qué era aquella sensación, me hizo alertar y mantener en un estado de continua vigilancia.


Quité de la ventana que daba la calle las sábanas que había atrapado con el marco a modo de cortina y miré fuera. La claridad de la luna me hizo entrecerrar los ojos, pero enseguida me adapté a aquel resplandor. La miré directamente, como si ésta me hubiera hipnotizado.


De repente, una cabeza con forma humana apareció frente a mí, me asustó y retrocedí y cayendo al suelo. Me puse en pie y le vi frente a mí, era él. Aquel ser que hacía más de cien años me había cautivado y llevado a su palacio para enseñarme todo aquello que debía saber siendo un mortal. Cosa que no me sirvió prácticamente de nada en mi nueva vida. Me quedé frente a él, inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Extendió los brazos, volví a retroceder. Inesperadamente tuve la necesidad de acercarme y abrazarle tan fuerte como deseaba abrazar a Andry.


—Yo puedo ayudarte —me dijo abrazando y besando afectuoso.


— ¿Por qué? —le pregunté al oído, me refería a por qué se había marchado hacía un siglo.


—Tenemos todo el tiempo del mundo para resolver nuestras dudas, pero tu nuevo pupilo necesita que actuemos ahora.


Me moría por hacerle un millón de preguntas, pero tenía razón, la situación de Andry requería que actuáramos de inmediato. Así que nos pusimos en marcha, enseguida cogí a Andry en brazos y salté por la ventana del desván. Caí con pulso firme sobre la pinaza del jardín, él me siguió. Fuimos a paso ligero, me costaba seguirlo, ya que como he comentado antes yo era un vampiro bastante inexperto. Entonces él se elevó y perdí su pista. Paré y comencé a buscarle. Seguí esperando pacientemente. Al fin apareció riendo.


—Pero, ¿cómo es posible? —me preguntó mientras continuaba riéndose. Suspiré y negué con la cabeza.


—Hay tantas cosas que he de enseñarte… —exclamó.


Entonces asintió con la cabeza y seguimos desplazándonos del mismo modo que habíamos empezado a hacer. Corrimos.


Recuerdo que cruzamos el río, y varios pueblos y ciudades. A esa velocidad únicamente posible para nosotros. Le seguí sin fijarme por dónde íbamos con detención. Entonces se paró. Me costó parar tan repentinamente como él lo hizo. Así que paré torpemente.


Nos encontrábamos en medio de la montaña, los ruidos de la noche me transmitieron tranquilidad y me hicieron sentir poderoso de nuevo. El camino en pendiente bajo mis pies se alzaba seguido por un giro que hacía que éste desapareciera. Él me esperaba ya fuera del camino, justo en el único lugar donde no había vegetación, me acerqué, este se caminó hacia la roca enorme que se alzaba frente a nosotros, avanzó hacia delante. Por un momento creí que chocaría contra la pared. Pero siguió caminando, le seguí sorprendido y entré en una cueva que gracias a una ilusión óptica nadie podía ver. Avanzamos por un túnel oscuro con candelabros colgados de la pared rocosa a izquierda y derecha. Las goteras de la cueva me estaban mojando la cara y el pelo. Caminé sin preguntar a dónde íbamos, únicamente intentando recordar. Empecé a escuchar un susurro que mientras avanzábamos más fuerte sonaba.


—Estamos cerca, nos están esperando —anunció él mirándome de reojo, seguí caminando, el susurro se había convertido en algo parecido a una oración con melodía, como si se tratara de un coro de hombres rezando.


Al final del rocoso túnel comencé a ver claridad, luz de más antorchas o quizá una fogata. Al fin el túnel se acabó y ante nosotros una cueva tan grande como parecía ser la montaña exteriormente, como si estuviera hueca por dentro para dejar lugar a ésta. Todos los que allí se encontraban nos miraron. Él se giró y extendió los brazos para que le depositara a Andry, me mostré reacio a aquella petición, pero era mi única esperanza.
Se lo entregué y vi cómo éste se alejaba con calma. Me quedé parado sin saber qué hacer, él se acercó a un grupo de hombres vestidos con túnica, y dejó a Andry sobre un altar de piedra rectangular.


El hombre, que posiblemente era el líder, de los que parecían ser sacerdotes, se acercó a Andry y le miró, luego sacó un puñal, no me fijé de dónde y le hizo un corte en el cuello.


— ¡No! —grité corriendo hacia ellos, mi convertidor se giró y me hizo detener con una simple mirada.


Me quedé quieto a su lado viendo como el hombre que le había cortado se inclinaba sobre él y sorbía de la herida para asegurarse que no quedaba sangre en el cuerpo. Después alzo los brazos, los cientos de vampiros que tenía a su alrededor comenzaron de nuevo a orar melodiosamente, a coro, formando un canto tenebroso y escalofriante.
Subieron de tono, yo observaba con preocupación. Entonces me di cuenta de que entendía el idioma en el que cantaban, sin embargo no sabía de cuál se trataba.
Rodearon a Andry y al mismo tiempo que cantaban se acercaban a él. Le perdí de vista.
De repente una gran alteración hizo que los sacerdotes corrieran huyendo del lugar y se esparcieron al igual que hormigas.


Andry abrió los ojos y de un salto se abalanzó sobre el grupo de vampiros con túnica, atrapó a uno de ellos y le mordió en el cuello inmovilizando con facilidad, quien me había guiado hasta aquí sonrió y se acercó a mí.


—Hay que hacer un seguido de pasos para la transformación de un humano en inmortal. Primero hay que traerle aquí. Aquí lo que hacen es transmitirle a su alma lo que va a ocurrirle al cuerpo. Avisarle de que este va a morir y ella quedara atrapada eternamente. De este modo, cuerpo y alma se unen a la perfección y se crea un ser renovado y poderoso. Después se le extrae toda la sangre —explicó relamiéndose—. También es posible hacerlo en el orden que tú lo has hecho. Únicamente no es recomendable —me susurró, mientras Andry dejaba al vampiro y se abalanzaba sobre el que intentaba auxiliar al primero.


— ¿Puede...? —empecé a decir.


— ¿Matarles? No, pero es doloroso —dijo el arqueando las cejas. Al terminar con el segundo Andry se acercó precipitadamente a él, apartando a todo el que se ponía en su camino, se detuvo a unos milímetros le enseño los colmillos, sus nuevos y blancos colmillos y luego se giró hacia mi.

—Hola, amor mío —me saludo ásperamente, me besó, yo le abracé, sentí paz y tranquilidad. Noté como clavaba sus incisivos en mi cuello, el dolor que sentí fue más intenso que ningún dolor antes experimentado, perdí el sentido. Me dejó seco.”

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