sábado, 12 de septiembre de 2015

Capitulo 4

4

Los siguientes días, fueron prácticamente iguales que los últimos dos. Me pasaba la noche en vela, junto a mi escritor. Con el que no únicamente nos encontrábamos basándonos en sexo, también hablamos durante horas enteras e incluso vimos algún film interesante, él me mostró unas películas en blanco y negro las cuales en la mayoría de casos no me llamaban demasiado la atención. Yo le mostré mis películas preferidas como entrevista con el vampiro, el cuervo, el cementerio viviente, Drácula... puede que no fueran películas las cuales catalogarían de las mejores películas de la historia, sin embargo eren mis preferidas.
Durante algunas mañanas ayudaba a mi hermana con el bar, otras iba a la uni o quedaba con Micke, y si, seguí encontrándome con Carol inesperadamente y coqueteamos como lo hacíamos siempre.
Aquel día había quedado con Micke para llevar a cabo nuestro plan. Vino a buscarme, aparcó en el mismo lugar de siempre. En el vado que se encontraba bajo mi casa y empezó a tocar el claxon frenéticamente para que bajara. Cuando lo hice paró de inmediato y sonrió al verme. Subí al coche y nos dirigimos hacia la perrera.
Estábamos cerca, me percaté de ello porque el coche se encaminó por un camino de asfalto que poco tardó en dejar de estar pavimentado. Aparcamos al lado del camino de tierra que nos había llevado hasta allí.
Os explicaré nuestro “plan”. Consistía de varios pasos, el primero era ir a la perrera y adoptar un cachorro. Era bien simple, yo iba con cincuenta euros en el bolsillo, porque tal y como funciona el mundo, seguro que me cobraban por los trámites de la adopción. El segundo paso era, una vez con el cachorro dirigirnos hacia la facultad. Nos colaríamos en mi laboratorio ayudándonos de que disponía de las llaves y la clave de la alarma para poder entrar, y el tercer paso, una vez allí llevar a cabo el experimento.
Paso número uno.
Bajamos del coche y cerramos las puertas casi al mismo tiempo, con un ruido hermético. El viento que provenía del mar soplaba incluso a tres kilómetros de la playa, reconocí de inmediato aquel aroma, ya que yo vivía y trabajaba muy cerca del mar. Cerré los ojos y alcé la cara para que aquel viento me azotara plácidamente. Luego miré a Micke que todavía se encontraba sujetando la maneta de la puerta del coche que acababa de cerrar. Este levantó una ceja y se acercó a mí. Nos pusimos a caminar hacia la entrada de la perrera.
Noté también cómo el viento jugaba con mi pelo suelto.
—John, algo ha cambiado en ti —dijo Micke sin dejar de mirar la entrada de aquel lugar—: estás pálido y últimamente apenas hablas, pasas las horas como... meditando.
Me encogí de hombros y después negué con la cabeza, para rechazar sus palabras.
Entramos en el recinto, que constaba de una verja y al cruzar había una barraca tras el pequeño camino de cuatro o cinco metros sin asfaltar. Me vino un desagradable olor a yodo y a perro sucio. Me fijé en la barraca, estaba cubierta por un dedo de polvo. Miré a través del cristal sucio. Una sombra, que no logré reconocer debido a la porquería de los cristales.
Noté preocupación en Micke, no le di demasiada importancia ya que el no podría hacer que diera marcha atrás. La ventana corredera que tenía en frente se abrió. Un hombre al que yo personalmente, de haber visto por la calle, abría encasillado de camionero. Robusto, calvo y muy gordo. Su camisa a rayas azules arremangada sobre el antebrazo, me dejaba ver un par de tatuajes de línea gruesa como los que se solían hacer si uno iba a la mili o a la cárcel.
— ¿Qué desean? —dijo con voz firme.
Yo y Micke nos quedamos callados un momento, luego nos miramos confusos. El hombre esperaba. Volví a mirarle.
—Queríamos adoptar un perrito. Un cachorro a ser posible —dije. Vi reflejado en los cristales sucios cómo Micke se llevaba las manos a la cara—. Discúlpanos un momento —dije con una leve sonrisa, me giré y cogiendo a Micke por el brazo nos alejamos unos metros de allí, paré frente a él decidido a dejarle las cosas claras, su inseguridad me puse furioso.
Luego vi su rostro, lleno de preocupación y tristeza.
—John, ¿no podemos escoger al perro más feo, viejo y malvado, uno que realmente merezca morir? —Su petición me impacientaba y me ponía más furioso todavía, pero, ¿qué esperaba yo? Era el bonachón de Micke.
Me encogí de hombros y todo y sabiendo que aquello dificultaría las cosas, volví a acercarme al hombre que esperaba.
—Hemos cambiado de idea. Preferimos ver a los perros y decidir por nosotros mismos —dije con una sonrisa suspicaz.
—Por supuesto —dijo el hombre. Cogió un manojo de llaves robustas y viejas y salió de la caseta por la puerta lateral a la derecha.
Al bajar de la plataforma vi que no era tan grande como yo había imaginado, cosa que solía pasarme muy a menudo, ya que mido metro noventa y ocho y es difícil que alguien me parezca alto.
Este dio un rodeo y siguió el camino asfaltado que seguía subiendo por la pendiente hasta llegar a una valla metálica, que abrió introduciendo unas de las llaves en una cerradura situada en lo alto de esta. Nosotros le seguimos. Entró por el hueco que había, ya que no lo abrió por completo, nosotros fuimos tras él y seguimos subiendo la pendiente con árboles a izquierda y derecha. Los ladridos cada vez eran más cercanos. El hombre calvo volvió a abrir otra vaya igual a la anterior y del mismo modo. Y al fin a unos metros, una enorme jaula separada por celdas de acero haciendo tres pisos. Miré desde fuera, allí estaban las crías, perros inofensivos, que aullaban y movían la cola frenéticamente al vernos.
—No —susurró Micke, angustiado.
Sin hacerle demasiado caso a Micke me acerqué al hombre que buscaba en el manojo de llaves la indicada para abrir aquella jaula.
Cuando la hubo abierto, se apartó a un lado de la puerta para que yo entrara. Mientras miraba desde fuera los compartimentos uno por uno, el hombre introdujo otra llave sin que yo me diera cuenta en un cuadro eléctrico que era el dispositivo para abrir las jaulas de los cachorros. Cerro la puerta principal de la jaula y quedé atrapado dentro, con unos treinta cachorros. Los perritos salieron corriendo y ladrando de alegría. Me rodearon y comenzaron a saltar para que les tocara. Me agaché, cogí uno y me lo puse en las rodillas. El perro no tendría más de dos meses y era de raza pequeña. Éste se puso de pie escalando con sus patitas por mi camiseta y logro chuparme la cara. Miré a Micke y vi cómo reía al ver lo que me había hecho el animal. Tuve suficiente. Lo dejé en el suelo y pedí al hombre que me dejara salir. Este asintió con la cabeza. Me advirtió que fuera con cuidado para que no se escaparan y salí siguiendo sus instrucciones.
Una vez fuera le pregunté al hombre que como conseguía guardar a los perritos posteriormente en sus jaulas. Este rió y comentó que era parte de su trabajo, que los pequeños también tienen derecho a correr de vez en cuando. Que no me preocupara, que era una tarea agradable.
— ¿Podemos seguir mirando? —le pregunté al hombre que se disponía a cerrar la jaula con llave. Me miró algo confuso, asintió con la cabeza y seguimos el camino hasta la siguiente jaula. No fue necesario ni pararnos, ya que, en esta se encontraban los perros nobles, noble como mina y en este caso era yo quien se negaba. Seguí caminado hasta la siguiente jaula, y ellos fueron tras de mí. Noté como el hombre perplejo buscaba de nuevo entre las llaves. Me paré frente a una jaula, donde los animales que dentro se encontraban lo que hacían era ladrar y gruñir al verme, todavía no acababa de convencerme.
Fue entonces cuando mientras Micke preguntaba qué clase de perro eran aquellos, vi una jaula especial. Un perro enorme tanto en tamaño como en hermosura, dormía. Por alguna razón lo habían aislado. Cogí un palo del suelo y golpeé la jaula, como si de un arpa se tratara. Este despertó y empezó a gruñir. Alrededor de su boca comenzó a salir espuma, se levantó pausadamente mientras seguía gruñendo y babeando hasta que se lanzó contra la valla, salvaje, haciéndome retroceder asustado. Tropecé y caí al suelo, Micke corrió en ayudarme a levantar. Observé, sus ojos estaban inyectados en sangre y de su boca brotaba un mar de espuma amarilla.
— ¿Envenenado? —pregunté.
El hombre que se había acercado a donde yo estaba, aprisa al oír el ataque del animal, me contestó.
—Rabioso, extremadamente enfermo. Tiene para mañana una cita con Dios —aclaró apenado. Se trataba de un gran mastín español, de espeso pelaje, blanco como la nieve.
—Cancele la cita, ¡nos lo quedamos! —dije airoso.
—Lo siento, pero no es posible —decía él disculpándose.
—Tiene que haber alguna manera de llegar a un acuerdo —dijo Micke sacando de su bolsillo un fajo de billetes de cien. Separó del resto un par y se los entregó al hombre. Este siguió negando con la cabeza.
—Lo siento, pero mis superiores ya fueron informados de que teníamos un animal con la rabia.
Micke sacó dos billetes más.
—El animal podría escaparse y ser atropellado por un coche —insistió Micke.
—Lo siento —dijo el hombre de nuevo—. Podría perder mi trabajo.
—Le devolveré el cadáver, esta noche —intervine yo mirando al perro que intentaba salir de la jaula a cabezazos.
— ¿Cadáver? —preguntó alarmado el recepcionista—. Ustedes venían a buscar un cachorro, ¿no es cierto?
Mick cogió en total seiscientos euros y se los depositó en el bolsillo de la camisa. Este aún no estaba seguro de querer entregarnos aquella bestia.
—Prometo traerle el cadáver —le dije de nuevo mirándole esta vez—. También prometo que no sufrirá —insistí por ultimo cerrando el pacto con una sonrisa.
Mientras lanzábamos desde lejos pienso mezclado con latitas de conservas de preparado para cachorro junto con tres o cuatro cajas de somníferos el hombre nos aconsejaba.
—Si despertase y os mordiera, corred a un hospital a que os vacunen contra la rabia. —decía ya un poco más relajado—. Sobre todo no olvidéis la tremenda fuerza del animal. —Micke asentía a todas las advertencias, consejos y peticiones de aquel hombre, yo en cambio miraba como el perro arrasaba con toda la mezcla que le lanzamos.
Experimento nº2, así era como bauticé al animal. Cayó sobre sus patas delanteras, este luchaba por levantarse pero las pastillas comenzaron a hacer efecto. Se rindió y tumbó de costado, Micke y el hombre seguían hablando, pero no atendí. Al fin, me acerqué a la jaula me puse de cuclillas para ver a Experimento nº2 desde otro punto de vista.
Sin duda dormía. Mi primer miedo fue que después de darle tal cantidad de somníferos, muriese por sobredosis. Pero no fue así. Roncaba, vivía, por el momento.
El hombre me dio el manojo de llaves ya con la llave seleccionada. Pensé un momento antes de abrir la jaula y luego dije.
— ¿No tendrás una cuerda?
Paso número 2
Y allí estábamos, con el perro dormido en el maletero del coche atado de cuatro patas y con otra cuerda atándole el morro, por si acaso. Nos condujimos hasta la facultad. Sentado en el asiento del copiloto, miré a Micke, este se mordía inquietamente el labio inferior mientras no dejaba de mirar el retrovisor que reflejaba la parte trasera del coche. Deposité mi mano en su pierna para tranquilizarle.
—Tranquilo —le dije suavemente.
He de admitir, que a mí también me inquietaba que el perro pudiese despertar. Por suerte llegamos al aparcamiento de la facultad sin ningún incidente.
Bajamos del coche y al cerrar la puerta miré a Micke, era evidente que estaba asustado. Yo todo y estarme contagiando seguía con mi faz tranquila y serena. Me incliné hacia adelante aguantándome contra el coche con mis dos brazos extendidos hacia delante y dejando caer mi cabeza hacia abajo, mi melena enseguida cayo entre mis brazos. Esperé un poco a que Micke se tranquilizara y también me conciencié de lo que estaba a punto de hacer. El me miró y asintió con la cabeza, para darme la señal de que estaba listo
—Abre el maletero —dije con voz firme.
Me acerqué a la puerta trasera del coche y la abrí estirando hacia arriba. En algún lugar de mi mente imaginé al perro saltar sobre mí en aquel preciso instante. Pero no fue así. La puerta se abrió casi automáticamente, solo tuve que hacer un poco de presión hacia arriba. Entonces vi a Experimento nº2 dormido y atado, tal y como yo lo había dejado. Recordé el trabajo que había traído antes tener que llevarlo hasta el coche.
Soplé y lo monté sobre mi hombro derecho. Como pesaba el condenado. Me dirigí hasta la puerta trasera del centro a paso ligero y dejé con suavidad al animal en el suelo. Me apoyé en la pared y me hice crujir la espalda, me dolía. Esperé a que Micke llegase hasta mí, después de cerrar el coche que yo había dejado abierto de par en par. Este se paró y apoyó contra la pared de espaldas, del mismo modo que yo. Pero más lejos del perro.
—Gracias —le dije por estar allí conmigo en aquel momento.
—No es nada —dijo mi noble amigo.
Cuando hube reposado suficiente volví a cargar con el animal. Luego caí en que no había abierto la puerta.
Micke buscó en mi bolsillo para evitar que yo tuviese que dejar y luego volver a coger al animal. Encontró sin ningún esfuerzo la llave, la réplica que yo me había hecho de las llaves del centro. La introdujo en la cerradura giró y empujó la puerta.
—Tienes que desbloquear la alarma —dije costosamente, le di a Micke el código y este lo introdujo.
Cambié de posición al animal, esta vez me lo puse a modo de bufanda dejando caer todo su peso sobre mi columna. Notaba su respiración, un suave soplo de aire que salía de sus orificios nasales en mi cuello. Una vez la alarma desconectada empecé a caminar por el pasillo. Me pareció notar como la respiración del perro cambiaba, ahora era más intensa no le di importancia. Pasé por delante de once puertas a izquierda y a derecha, paré frente la que tenía escrito “laboratorio” con letras plateadas y esperé a que Micke la abriera. Probó cuatro llaves distintas antes de dar con la correcta. Al fin esta giró y al empujar se abrió la puerta.
Entré y dejé al animal sobre una mesa de acero, semejante a las que tienen en las consultas del médico, luego caí de rodillas al suelo. El esfuerzo me había provocado dolor de cabeza. Micke se colocó tras de mí y apretó suavemente mi cuello y mi espalda con sus manos. Se lo agradecí y me puse en pie haciendo crujir mi espalda de nuevo. Mire a Experimento nº2. El nudo de las patas delanteras se había deshecho, me acerqué para volver a atarlo, tan fuerte como pude. Luego me puse manos a la obra.
Paso número 3
Me acerqué a mi pupitre. Una mesa de madera vieja que disponía de una tapa. La levanté. Dentro se encontraba mi libreta negra, la aparté a un lado, debajo de esta había dos frascos de cristal, unas botellas de alcohol pequeñas. Una se encontraba llena y la otra casi vacía. Primero sostuve la vacía y recordé el día que la había utilizado.
Hacia aproximadamente dos meses, en clase. Trajeron ranas para diseccionar y yo sin atender al maestro, puse al animal dentro de una bolsa de plástico con el fin de que al morir conservase toda su anatomía en perfecto estado. Jamás habría imaginado que las ranas fueran tan resistentes, el animal ya llevaba en la bolsa media hora y aún vivía. Cansado de esperar saqué al “bicho” de la bolsa y le corté el cuello con un bisturí, esta se desangró y murió.
Mientras el resto de mis compañeros hacían su trabajo yo cogí la inyección que había preparado con la primera sustancia y se la inyecté. Al matarla, esta se había quedado boca arriba, la giré y me levante relamiendo mis labios, la observé. Cuando después de más de cinco minutos mirándola había perdido toda esperanza de que pudiera ocurrir nada. De repente esta saltó chocando contra el techo del aula y yo que seguía de pie, corrí tras ella.
Había aterrizado frente la mesa del profesor, se encontraba boca arriba de nuevo. Me agaché y la cogí. El profesor que se había levantado al verla me miró confuso esperando una explicación.
—La pobre no quería morir —dije como excusa lo primero que pasó por mi cabeza. Luego volví a mi sitio.
Esta vez todo iba a ser diferente, estaba todo sumamente preparado. Dejé el primer frasco en su sitio y cogí el otro, la botella que se encontraba repleta de un líquido azul transparente. La alcé y me quedé mirándola durante un momento. Volví a apartar la carpeta negra, y saqué una botella esta vez de plástico. Contenía el líquido que utilizan los veterinarios cuando han de sacrificar algún animal. Con las dos botellas en la mano cerré mi pupitre y me acerqué al mueble empotrado a la pared de metal, donde guardábamos todo tipo de artilugios. Cogí dos inyecciones esterilizadas y algodón. Al lado del mueble había aparcados un par de carros también metálicos que disponía de dos bandejas. Arrastré uno  y coloqué sobre la bandeja las botellas y las demás cosas que había cogido. Coloqué el carro al lado de la mesa donde dormía el animal. Por ultimo fui a los colgadores y me vestí mi bata blanca. Me acerqué al fin a la mesa.
Antes de comenzar mire a Micke, había encontrado tras la puerta un gran mazo de madera, lo depositó a mis pies. Después volvió a alejarse. Me puse unos guantes de látex y me coloqué frente al lomo de Experimento nº2. Realmente, la tarea fue fácil, preparé la primera inyección pinchando en el frasco de la substancia, el animal seguía dormido. Micke no quiso acercarse demasiado así que se quedó esperando apoyado en el marco de la puerta. Le miré por última vez antes de inyectar al perro su dosis letal. Al fin le pinche sobre la pata delantera el perro emitió un leve gemido. Me asusté y separé temiendo que este se hubiese despertado, pero el perro aún seguía dormido, apreté la inyección y le suministré el líquido que ésta contenía. Me quedé frente el viendo como su respiración se debilitaba, cogí la otra inyección y acerqué mi cara a su boca para notar en que preciso momento dejaba de respirar. Noté como Micke se alarmaba al verme hacer eso. Yo extendí mi mano para tranquilizarle. Al fin dejo de respirar. Puse mi mano en el pecho del animal para averiguar si su corazón seguía latiendo. Clavé la otra inyección prácticamente en el mismo sitio donde había inyectado la anterior, tragué saliva y esperé, Micke se me había acercado y cogido la maza con las dos manos. Yo seguía extremadamente cerca del animal. Contuve la respiración y esperé durante un minuto mirando cómo corría la aguja del reloj situado en la pared de la habitación.
— ¡Mierda! —exclamé impaciente al ver que el perro no se despertaba.
Mick`puso su mano en mi espalda para darme ánimos y apoyo. Me giré dejando Experimento nº2 tras de mí.
— ¿Qué he hecho mal? —dije maldiciéndome.
—Quizá los calmantes y luego la inyección letal han anulado el efecto de las drogas —sugirió Micke.
Me encogí de hombros y me acerqué a los colgadores quitándome la bata. La colgué. Si aquello salía mal las cosas se complicaban más todavía, ya que cuando encontré las substancias en mi laboratorio únicamente había aquella dosis que yo había tomada prestada y no creo que fuera demasiado fácil encontrar más de la misma.
—John —susurró Micke. Le miré malhumorado.
Su rostro reflejaba terror y ahora era él quien estaba demasiado cerca de Experimento nº2. El perro se encontraba de pie a cuatro patas, sobre la mesa metálica, gruñendo y mirando fijamente a Micke. Sus ojos seguían estando inyectados en sangre.
—No hagas ningún movimiento brusco —dije tan suave y pausadamente como pude, mientras me acercaba lentamente a ellos.
El animal aún tenía el morro atado con la cuerda, le caía la baba por ambas comisuras de la boca. Micke se encontraba paralizado frente a él, que en cuanto me vio acercar emitió tres ladridos sonoros y amenazantes, la cuerda se rompió. Fijó su mirada en mí. Yo seguí acercándome, al llegar al mazo, me agaché sigiloso para cogerlo. Me quedé de cuquillas durante unos segundos mirando a Experimento nº2. Pese al riesgo en el que nos encontramos me sentía la persona más feliz del mundo. No podía creer que hubiera salido bien. El perro salto sobre mí, me cubrí el rostro con los brazos y éste me mordió el antebrazo cerrando el hocico y arrancándome un trozo de piel y de carne. Grité de dolor, de inmediato note como la sangre caliente salía de la herida manchando mi cara. Algo me quitó al animal de encima. Desde el suelo vi como Micke golpeaba la cabeza del animal, tumbado en el suelo, hasta chafarla. Micke se apartó de Experimento nº2 con el rostro lleno de sangre y lanzó la pesada maza a unos metros de allí. Se acercó a mí y extendiendo su brazo, me ayudó a levantar.
—Con un cachorro habría sido más fácil —dije mirando al supuesto cadáver, en cuanto pude hablar. Micke me miró muy serio, molesto por lo que había insinuado. Luego comenzó a reír, yo también lo hice.
— ¡Idiota! —dijo dándome una colleja.
Se me erizó todo el bello del cuerpo al presenciar aquello. Y es que tras Micke vi como Experimento nº2 volvía a ponerse en pie, corrió hacia la puerta con la cabeza ensangrentada y colgando a un lado y comenzó a chocar contra la pared una y otra vez manchando todo de sangre. Ya había tenido suficiente, me curé, me inyecté la vacuna contra la rabia, y vendé mi brazo.
Acabamos con el cuerpo del animal a mazazos. Al cargarlo en el coche envuelto en bolsas de basura noté cómo el cuerpo del perro todavía emitía espasmos.
—No puedes decir que el experimento no haya dado resultado —comentó Mike riendo.
Después, pasamos por la perrera y entregamos el cuerpo al dependiente. Que por cierto, quiero remarcar que fue necesario quemar los restos del animal. E inventar que el perro se había vuelto extremadamente agresivo y había intentado atacar al dependiente de la perrera, así que había tenido que matarlo y quemar sus restos. Por si le pedían muestras, guardó los huesos y las cenizas en una bolsa de basura. Después nos despedimos de él y regresamos a casa.
Aparcó el coche frete a mi portal, en el vado como siempre hacia. Sentí alivio al verme envuelto en aquella situación. Miré al cielo inclinándome hacia delante, ya había oscurecido. Volví a acomodarme en el asiento del coche y empecé a reír histérico. Micke creyó que me había vuelto loco. Sin embargo se le contagió mi risa. Después de no poder cesar de reír durante un buen rato volvió a reinar el silencio.
— ¿Qué piensas hacer con ese brazo? —me preguntó.
Lo alcé y miré la venda ensangrentada que me cubría. Negué con la cabeza y me refregué la cara con ambas manos.
—Debería ir subiendo —dije mirando mi portal por la ventana del copiloto. Micke asintió.
Me despedí y salí del coche.

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