miércoles, 30 de septiembre de 2015

Capitulo 16


16



Si alguien hubiera entrado en la habitación habría pensado que en vez de tres cadáveres había cuatro, ya que cuando un vampiro cae en su profundo sueño, es comparable con un cuerpo sin vida.

Había oscurecido, al despertar entendí por qué no le sentía cuando el sol todavía permanecía sobre nosotros. Al llegar el día él caía en un profundo sueño, cosa que no le permitía llamarme, cosa que me permitía permanecer libre, pero al llegar la noche el despertaba. Y volvía a atraerme hacia él.

Al despertar pude pensar más claramente en todos los recientes sucesos de mi vida y de mi muerte. Permanecí tumbado en el suelo, recordando todo aquello del nuevo modo que podía ver ahora las cosas.

“Todo empezó con la compra de aquel libro. Me encontraba en la capital, había ido allí a pasar el día con Micke, nos metimos en la librería de segunda mano, donde siempre me gustaba entrar cuando iba allí. Micke la detestaba, ya que podía pasar horas dando vueltas buscando entre los libros viejos de Él, de mi Sixto; para entonces ya me sentía atraído hacia él, me gustaba, me gustaba su modo de escribir, sus ojos azules su voz suave, varonil y su tez blanca como la de los vampiros sobre los que escribía. Caminaba entre las estrechas estanterías buscando su nombre, bueno, su seudónimo. “El escritor”.

Fue muy extraño, fue como si Él lo hubiera dejado allí para mí. Recuerdo que pase de largo el pasillo que contenía los libros más viejos de toda la tienda, y de repente mis pies me hicieron volver atrás e introducirme en él, camine, hasta que este se acabó. Al fondo del pasillo había una caja llena de libros viejos. Aparté un montón de libros, sin mirar los títulos y cuando lo vi, supe que lo había encontrado. Lo cogí con una mano y lo ojeé. Era un volumen que nunca había visto antes, de 1800, pero estaba firmado por El, El escritor. Era imposible, sin embargo una parte de mí, estaba convencido de que se trataba de él. Me acerqué a la caja para que me cobraran, pero el dependiente se negó, dijo que aquel libro no pertenecía a su tienda. Una vez dicho aquello siguió atendiendo al resto de clientes. Así que salí de la librería sin soltar el libro.

—Lo tenías todo detalladamente planeado —grité al aire.

Aquella misma noche comencé a leer y al día siguiente le encontré en el tren. Él lo había dejado allí para enseñarme, para que aprendiera, como si de un manual para vampiros se tratase. Pero ahora todo se había estropeado, mi familia yacía muerta frente a mí, y yo al pedirle que se marchara me había quedado solo. Por Dios, cómo le añoraba, las ganas de llorar surgieron de nuevo, me contuve, ya que el llorar sin lágrimas me haría recordar lo poco humano que era y aquello me entristecería todavía más. Tumbado en el suelo, pase mi lengua una y otra vez sobre mis nuevos colmillos. Aspiré fuerte, luego expiré todo el aire que quedaba en mis pulmones y volví a aspirar. El olor que percibí me hizo despertar una nueva sensación que al principio no sabía bien qué era, pero que al mirar fijamente a los cadáveres me di cuenta de qué se trataba: sed, sed de sangre, si aquellos cuerpos hubieran tenido vida para entonces, lo más seguro seria que yo mismo se la habría arrebatado.

Me relamí una y otra vez conteniendo mis impulsos, la humanidad que quedaba en mí volvía a atacar de nuevo.

—Me he convertido en un monstruo —mascullé, temeroso de que mis palabras trascendieran más allá del espacio que ocupaba mi cuerpo.

Una bestia, él me había convertido en una bestia, pero aquello no me importaba, porque lo único que deseaba era estar cerca de él. Mire a través del ventanal. La luna me hipnotizaba, ahora ella era mi nueva fuente de energía, mi nuevo sol, y con ella la noche mi nuevo día. O quizá no...

Al fin me levanté, me acerqué al ventanal, toqué el cristal con las yemas de mis dedos, el cristal estaba frío, y duro. Por primera vez desde mi transformación, miré mis manos, luego me giré para poder ver los cadáveres y después volví a mirar mis manos, para así poder comparar su muerte con la mía. Sus labios habían tomado un tono morado, supuse que por la sangre que allí se había estancado. Alargué la mano para poder encender una lámpara que quedaba a mi derecha. Para que el contraste de la oscuridad de la noche y de la luz artificial del salón me dejase ver reflejado en el ventanal. Así podría comparar mi cara con la de los putrefactos cadáveres. Pálido, mi melena negra suelta causaba un terrible contraste con mi pálido rostro, mis ojos parecían otros, mas azules y brillantes. No soportaba verlos, así que los cerré durante un rato, como si esperara que al abrirlos volvieran a ser los de antes. Cuando los abrí volví a verlos reflejados, aquello me irritó y la bombilla de la lámpara explotó.

Aspiré, aquel olor iba a volverme loco. Deseé que volviera la luz y se encendió la lámpara de techo del salón. Volví a ver mi reflejo, y tras de mi a Mina tumbada al lado de mi hermana como si todavía esperase que esta se levantara. Entonces la boca se me hizo agua.

—No, no, no —me susurré una y otra vez.

No podía más, me giré y dirigí a Mina, esta al ver mis movimientos bruscos retrocedió asustada con la cabeza gacha. La cogí entre mis brazos conteniendo mis ganas de morderla y absorber su sangre. Me dirigí al balcón con el animal en brazos y abrí la puerta salvajemente con una sola mano, el cristal se rompió, estalló haciendo saltar miles de cristales a varios metros, yo pase a velocidad vampírica para evitar que Mina pudiera sufrir ningún daño. Y salte a la calle desde el primer piso. Noté como el perro temblaba a causa del vértigo. Una vez en la calle, la dejé en el suelo, se tumbó asustada, pero no tardó en recuperarse. Esta salió saltando y brincando al igual que hacia cada vez que la sacaba a pasear. Me senté en el rellano del portal, compadeciéndome de mí mismo, viendo como esta se alejaba y me dejaba solo. Volví a echar de menos a Sixto, tenía que enseñarme tantas cosas... Cerré los ojos y creé una imagen suya recordándole con todo detalle. Su silueta perfecta, su cuerpo perfectamente fibroso, su pálida dura y fría piel, el perfil de su rostro, su fina nariz, sus carnosos labios, sus ojos de un azul intenso, y su seductora mirada que tan bien combinaba con su larga y rubia melena.

Apoyé la cabeza sobre mis brazos, tapándome los ojos, le vi de nuevo pero de un modo distinto. No se trataba de un recuerdo sino de imágenes en directo, se encontraba en la gruta, el lugar donde Sentus encapuchado me había orado sosteniendo un puñal. Sixto se encontraba frente a Sentus dialogando pacíficamente, me decepcionó que no intentase vengar lo que me habían hecho, por otra parte Sixto me había advertido, debíamos ir con cuidado con Sentus, quizá por eso no había acabado con él. Seguido deje a un lado mis pensamientos y me dediqué a escuchar lo que decían. No logré escuchar lo que Sentus decía, pero vi cómo Sixto se enfurecía, no dijo ni una palabra, pero su mirada, su mirada siempre reflejaba sus sentimientos.

—No volveré a advertírtelo —dijo Sixto, sin perder la compostura.

Algo pasó por la mente de quien fuesen los ojos con los que miraba. “Maldito Idiota prepotente.”, pensó Adirand. Sentus se acercó a él a paso ligero y le cogió por el cuello como si su mano fuera una garra.

—Maldito hijo de un vikingo, que ni a tu padre pudiste complacer. Tendría que haber acabado con tu vida al igual que hice con tu madre —dijo Sentus amenazante.

Adirand sentía tal paz interior que las amenazas de Sentus únicamente consiguieron hacerle sonreír, sabiendo que así le haría enfurecer todavía más. Dejó a Adirand en el suelo y se apartó de él, Sixto se proponía a marchar.

—Una obra más y estarás en nuestro punto de mira —espetó Sentus.

—Nunca tendría que haberlo consentido. El poder te está enloqueciendo. Ven con nosotros, aléjate de todo esto, como en los viejos tiempos —respondió Sixto casi suplicando.

Sentus negó con la cabeza, se alejó de ellos a la vez que repetía.

—Ni una novela más, Sixto, quedas advertido.

Volví a recuperar la vista, la visión desapareció. Mina volvió ya más tranquila meneando su corta cola de un lado a otro y con la cabeza gacha, yo al verla alcé un brazo para espantarla.

— ¡Fuera! —le grité tan fuerte como pude. Esta retrocedió unos pasos. Tuve que volver a gritar para que se marchara asustada. Vi como a lo lejos paraba y miraba si alcanzaba a verme. De un salto me agarré a la barandilla de mi balcón e impulsándome levemente con los brazos entre en casa.

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