miércoles, 30 de septiembre de 2015

Capitulo 13


13



—Despierta —ordenó Sixto mirándome a los ojos.

—Sentus —pronuncié aquel nombre con rabia.

La noche anterior, después de que Sixto tomara la decisión, de que no me convertiría en uno de ellos. Me dirigí costosamente a casa. Pero al llegar al portal, alguien me esperaba. La puerta se encontraba abierta, agradecí lo que aparentemente habría sido el descuido de algún vecino. Subí las pocas escaleras que me llevarían al primer piso, con calma y cogiéndome muy fuerte a la barandilla. Cuando llegué busqué en mi bolsillo las llaves que abrirían la puerta de casa. Entonces a mi lado, alguien apareció. Primero pensé que podría tratarse de Sixto. Pero fue Sentus quien me tomo la mano, hizo que las apoyáramos sobre el pomo de la puerta. Esta se abrió a su antojo sin la necesidad de utilizar la llave. Sin soltarme la mano entramos en casa. Yo obraba a su voluntad, sin dejar de mirarle, sin hacer el más mínimo ruido entramos en mi habitación, me desnudó lentamente, como si intentara ganar tiempo.

—No suelo jugar con la comida, pero en tu caso haremos una excepción —aseguró sonriendo, mostrándome sus afilados dientes.

Me desgarró las mayas, se desnudó a velocidad vampírica y luego se abalanzó sobre mí. No sentí pasión al principio, era un títere, su títere. Comenzó a tocarme y a besarme, deseó que me excitara y lo hice, comencé a desearle, y me volqué por completo en aquel beso. Algo dentro de mí no se sentía seguro y llamaba a gritos a Sixto, pero en aquel momento era Sentus quien me dominaba. Sus ojos me observaban del mismo modo que lo había hecho unas horas atrás. Desnudos me hizo tumbar y desbocó toda su pasión y su ira sobre mí. Me hizo el amor igual que lo había hecho Sixto en muchas ocasiones, mientras se relamía.

—Ha llegado el momento, ahora quiero que le llames con todas tus fuerzas —me susurro al oído.

Repentinamente me sentí alarmado y mi estado de títere desapareció, mientras seguía meciéndose sobre mí. Me agarró fuerte por las muñecas y clavó sus colmillos en mi cuello. Comencé a gritar desesperadamente, e intenté deshacerme de él con todas mis fuerzas. Pero aquello únicamente consiguió debilitarme. Noté cómo sorbía mi sangre con largos e intensos sorbos, de nuevo volvían a tirar del hilo, pero en aquella ocasión no sentí placer, no sentí amor, creí que iba a estallarme el corazón. No tardé en dejar de sentir, cuando el dolor estuvo en su momento más intenso, se disipó. Mis fuerzas se habían agotado. Iba a morir. Posiblemente aquello no duro más de un minuto, pero me pareció la eternidad. Si hubiese conservado la vista, le habría visto los labios teñidos de rojo. Me costaba respirar.

—Bien, esperemos que Sixto ya esté en camino —volvió a decirme al oído, seguidamente le oí levantarse de la cama e supe que se había marchado tan sigilosamente como había llegado.

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