miércoles, 30 de septiembre de 2015

capitulo 11


11




Caminamos en dirección a la playa, en silencio. Sixto me miraba de vez en cuando; yo simplemente caminaba, pensando. Adirand me había dicho, que al día siguiente pasaría a ser uno de los suyos. Miré a Sixto y tampoco sentí nada. No veía necesario tener que esperar hasta el día siguiente. Quería terminar con todo aquello de una vez por todas. Sentí que todo lo que me había preocupado e inquietado hasta el momento, ya no me importaba en absoluto.

—Es normal que no puedas sentir nada —dijo Sixto mirando hacia delante—. Tu alma está pendiente de otros asuntos ahora —añadió sonriendo y girando hacia mi; me apretó suavemente por los hombros y me acercó a sus labios levantándome un palmo del suelo.

Cerré los ojos e intenté percibir algo dentro de mí, poco a poco conseguí relajarme y comencé a sentir. A sentirle a él, su frialdad, su suavidad, su lengua y sus labios. Entonces se apartó de mí, suspiré aliviado por volver a sentir. El susurro del aire del mar, no me transmitía ninguna sensación especial, pero me hizo tener frío, mucho frío. Sixto se quitó su capa y me la entregó. Me la puse sin rechazarla, y sonreí para agradecérselo. Mi escritor siguió hablando.

—Sin embargo, quiero que tu alma sienta lo que va a ocurrirte a continuación —prosiguió— Es importante —dijo echándose a andar de nuevo tras un amargo suspiro.

Seguimos caminando hasta la playa. Sixto paró y me miró de un modo extraño, reflejando tristeza.

— ¿Te he dado tiempo suficiente para despedirte? —quiso saber mirando al horizonte.

Recordé el día anterior, la comida junto a mi familia. Me arrepentí de no haberles dicho adiós, sin embargo tampoco lo habría hecho, no me habría atrevido. Era más fácil desaparecer sin más. Después pensé en Micke, y en que se habría quedado hecho polvo.

«Pobre Micke. Y pobre Mina, mi Mina…», me vino a la cabeza después, como un torrente de pensamientos que hasta entonces no habían estado a la vista. Kristin cuidaría de ella, de mi Mina. Y en cuanto a Carol… Bueno, lo que hicimos sí que podía considerarse una buena despedida.

En respuesta de los recuerdos que le había mostrado, sonrió y me encaró de nuevo. Se acercó hasta casi rozarme como solía hacer.

— ¿Me besarías por última vez como ser mortal? —tanteó con una sutilidad de lo más excitante, con la cabeza gacha, pero con su mirada hincada en la mía.

Accedí a su petición complacido. De nuevo volví a desearle como tantas veces había hecho. Nuestros labios se fundieron mientras acariciaba mi rostro. Sabía que le gustaba tocarme, porque percibía mi calor humano.

Nos besamos durante largo rato, luego seguimos caminando un poco más. Caminamos por la orilla sin importarnos que de vez en cuando alguna ola pudiera alcanzar nuestros pies. La playa del faro terminó, paramos justo antes de que comenzaran las rocas que sirven de separación de la gran playa y las calas que la siguen. Sixto se sentó sobre la húmeda arena un poco más alejado de la orilla. Hizo un gesto con la mano para que me sentara a su lado. Obedecí. Quedamos sentados uno al lado del otro, giró la cabeza hacia mí para poder besarme de nuevo. Correspondí a sus besos. De nuevo sentí el cosquilleo en el estómago que me producía su simple presencia. Me beso rozando mis labios con la lengua, luego los parpados y los pómulos. Después comenzó a besar mi cuello, de un modo que nunca antes había hecho. Incliné la cabeza hacia atrás rindiéndome ante aquel beso tan profundo y placentero. No me di cuenta, había clavado sus colmillos y me estaba desangrando, volví a notar que estiraba del hilo. Cuando percibí que la sangre salía por la herida de mi cuello por un momento los labios de Sixto pasaron a ser un segundo plano, sus afilados colmillos captaron toda mi atención. Noté cómo sorbía mi sangre, sentí placer, me pareció el acto más lujurioso vivido hasta el momento, amándome a cada instante, para que se me hiciera más placentero todavía.

No intenté en ningún momento escapar, simplemente le abracé con las fuerzas que me quedaban y lloré. Creí morir. Comencé a soñar. Vi a mi madre, sentada a la mesa. Yo tenía catorce años, Kristin veintitrés y ni mi sobrino ni Mina existían.

—John, prométeme que no lo harás —decía ella bromeando.

Kristin también reía. A mí me enfurecía que nunca me tomaran en serio. Recuerdo que aquel día había llegado a casa con un artículo de prensa entre mis manos y se lo leí a las dos en voz alta. El artículo trataba sobre que habían encontrado un laboratorio situado bajo París, a solo unos kilómetros de las catacumbas. Habían apresado a todos los que habían resultado tener algo que ver con aquel lugar. Y es que habían encontrado todo tipo de, por llamarlo de alguna manera, “drogas” allí abajo. Drogas y algunos animales presos. Pero el artículo me cautivó por completo cuando leí que también habían encontrado allí abajo a un niño, que había muerto hacía un mes. El niño se encontraba en un estado de delirio. Podía moverse, pero era incapaz de articular palabra. Aquel tema me cautivo por completo y desde entonces comencé a investigar. Con los años me experimenté en física y química para disponer de sus laboratorios. Fue entonces cuando tuvieron el accidente. Me encontraba en clase cuando me llamó Kristin sin poder contener el llanto y me dio la noticia.

Noté que el sueño se desvanecía, al tiempo que sentí un dolor tan agudo que no pude resistir. Pasó ante mí el resto de mi vida, después noté que se me iba la cabeza. Pensé en Kristin, en mi sobrino y en Carol, en todos los que se habían alejado de mí después de la muerte de mis padres, y en lo dolorosa que me resultaba su ausencia. Echaría tanto de menos a mi hermana a Carol y a Micke, y mi sobrino, era tan dolorosa la idea de pensar que no podría verle crecer. Y entonces lo vi. Todos los años me había estado engañando a mí mismo diciéndome que podría recuperarlos, y así no tener que admitir que habían muerto. Me desmayé.

Desperté. Sixto se encontraba a mi lado tumbado sobre la arena. Le sonreí y me acerqué a el débilmente, arrastrándome.

—Ya soy como tú... —susurré.

No se movió ni un milímetro. Me contestó sin mirarme.

—Creo que de quien deberías despedirte es de mí —dijo con una expresión dura en su rostro. Yo negué con la cabeza, no tenía fuerzas siquiera para hablar.

—Tanto Adirand como Sentus se habían quedado solos, ansiaban morir. Pero tú amas a tu familia, e incluso amas a tus padres ya muertos, a Micke, y a Carol. Así que debo, dejarte libre —concluyó poniéndose en pie.

Mi debilidad no me dio oportunidad de responder, tuve que abstenerme a ver como se alejaba de mí, hasta que desapareció en la oscuridad de la noche. Cuando tuve las fuerzas suficientes, las utilice para llorar, echándole de menos, sabiendo que no volvería a verle nunca más.

2 comentarios:

  1. ¡Caray! Este final de capítulo sí que no me lo esperaba. Ahora quiero leer el siguiente...Me ha gustado muchísimo.

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  2. Pero...pero...¿uqe ha pasado? Woooo que giro ha dado la historia!! Me ha encantado!!!! Tengo ganas de seguir leyendo!!!

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