miércoles, 30 de septiembre de 2015

Capitulo 10


10



Algo me acariciaba la cara, un dedo, un dedo demasiado suave para ser humano. Pasaba una y otra vez por mis labios. Abrí los ojos. Y allí estaba él. Al verme despertar, sonrió. Extendí los brazos para que me abrazara. Me sorprendió mucho verle allí, en mi casa.

—Lo siento —me disculpé por no haber acudido la noche anterior.

—No te disculpes —dijo tumbándose a mi lado.

Esta vez esperé impaciente a que me besara. Él sonrió, posiblemente sabiendo qué era lo que pasaba por mi cabeza.

Le sonreí mirándole seductoramente, pero sin moverme ni un milímetro; noté cómo su impaciencia crecía. Hizo una mueca y luego se levantó. No me sorprendió, era un ser demasiado orgulloso para tener que ceder. Pensar aquello provocó que se girase repentinamente y me atacara lujurioso, sonreí mientras me practicaba sexo oral, algo que jamás, durante todos aquellos meses habíamos hecho. Gemí de placer, mientras le notaba con todos mis sentidos todavía humanos.

Le di tres avisos antes de correrme violentamente dentro de su boca. Cuando terminé, volvió a tumbarse a mi lado, de costado, para poder verme con todo detalle. Me quedé tendido, respirando profundamente, mientras todavía sentía por mi estómago aquel cosquilleo que siempre sentía cuando se acercaba a mí. Me giré para poder abrazarle. Me quede dormitando durante un rato. Me acarició la barbilla, para que despertara. Abrí los ojos y le vi de pie, vestido con ropas que nunca antes le había visto puestas, ni a él ni a ninguna otra persona: unos pantalones a media rodilla, una camisa blanca de fino algodón y una capa a sus hombros. Me pareció mucho más atractivo, con su larga melena rubia suelta. Pensé que aquella indumentaria resaltaba su belleza.

—La ropa de épocas antiguas me fascina, pero ahora es imposible ir con estas vestimentas sin llamar la atención —expresó y lamentó después de leer mi mente.

Le observé mientras seguía tumbado en la cama, me incorporé y me puse a buscar por mi armario algo con que vestirme. El negó con la cabeza haciéndome retroceder.

—Hoy vestirás de gala —aseguró con una sonrisa.



“¿De gala?”, me pregunte frunciendo el ceño.

Buscó en una bolsa que cargaba en su hombro, deduje que también aquella bolsa sería de otra época, ya que iba a juego con las ropas que el vestía. Sacó unas mallas y un jersey bastante largo de color azul marino, no reconocí la tela, pero era gruesa y rugosa, posiblemente del mismo material que su bolsa. Me la entregó para que me vistiera. Tragué saliva, nunca antes me había puesto mallas, pero si él me lo pedía no debía suponerme ningún problema. Así que me vestí ágilmente, descubriendo al terminar que aquel atuendo parecía estar hecho a mi medida. Me miré al espejo inclinando la cabeza hacia un lado, viéndome extraño, me recordó a las ropas que vestí el día que fui a una feria medieval, el jersey era de mangas estrechas y largas hasta las muñecas. Puesto que la tela parecía ser gruesa y áspera no esperé notar el roce de mi pelo en mi espalda. Giré para mirarle.

—Estás encantador —me dijo.

Repentinamente le espeté algo que salió de lo más profundo de mi ser. Algo que me carcomía por dentro des de la noche anterior.

— ¿Te recuerdo a él, verdad? —le pregunté con el fin de demostrarle por todo lo alto que le tenía celos de Adirand, que quería que fuese solo mío.

Este se sorprendió, lo noté por la expresión de su cara. Luego emitió tres carcajadas ruidosas. Y se acercó a mí hasta casi tocarme. Sorprendentemente, él era más alto que yo, así que tuve que inclinar la cabeza hacia arriba para poder seguir mirándole. Me besó en los labios.

—Eres mi preferido —dijo.

Y yo no supe como encajar aquellas palabras; no sabía si alegrarme o pensar peor al darme cuenta de que aquello podía significar que había más todavía. Me aparté de él y le pregunté al fin.

— ¿Me amas? Porque si no es así, no sé si quiero continuar con esto. He leído demasiadas desgracias sobre vampiros.

El negó con la cabeza.

—Por supuesto que te amo, te deseo a cada instante —aseguró—. No eres tú el único que pasa las horas ansiando verme. Pero cuando eres un ser de tres mil años aprendes a amar a varias personas a la vez y del mismo modo. Aun así, no deseo que te bases en nuestro amor para decidir si quieres ser uno de los nuestros —respondió, mis celos parecían herirle profundamente.

Al ver su sufrimiento mis celos desaparecieron. Me puso un sombrero de trapo con una pluma enganchada.

—Éste será tu color —me dijo.

Sonreí. Aquellos tonos azules oscuros hacían resaltar mis ojos del mismo color.

Salimos de casa, y bajamos a la calle. De nuevo la brisa del mar me hizo sentir un placentero escalofrío. Caminamos a paso lento en dirección al hotel donde nos habíamos encontrado en tantas ocasiones. Pero nos desviamos y nos acercamos al puerto. Paramos sobre el suelo asfaltado, donde de día los pescadores cosían sus redes. A aquella hora no quedaba ninguna evidencia de que aquello hubiera sucedido durante el día. Esperamos hasta que de entre las sombras apareció Adirand, con prendas muy parecidas a las mías, pero con tonos granates y dorados. Se besaron para saludarse, mis celos volvían a aparecer de nuevo, cosa que desapareció en cuanto se acercó a mí y también me besó. Sin apartarse demasiado de mi cara vi cómo sus ojos vampíricos me observaban a muy poca distancia. Luego se alejó sin dejar de observarme bajo la luz de la luna. A continuación dio una vuelta sobre sí mismo mostrando su aspecto.

— ¿Era esto lo que querías? —le preguntó a Sixto, con un rencor que yo no logré entender. Sixto asintió con la cabeza. Luego volvió a mirarme.

—Me acabaré poniendo celoso —dijo mofándose de mí.

Me acerqué a él y le besé de nuevo. Sixto nos observaba en silencio.

Adirand, sin duda había sido transformado en aquel ser a corta edad, quizá antes de cumplir los dieciocho. Era de una estatura media sin duda no era ni de lejos tan alto como yo o como Sixto y sus facciones eran finas como las de una mujer. Yo, en cambio, era todo un hombre de casi dos metros a mis veintidós años.

Sixto nos hizo una señal. Él y Adirand me cogieron de los brazos y comenzaron a moverse rápidamente. En alguna ocasión ya me había percatado de que eran capaces de moverse a gran velocidad, tanto que en ocasiones no podía percibirlo a simple vista. Me sujetaron más fuerte de lo que jamás me habían cogido, me hicieron daño en los brazos, y comenzamos a movernos más rápido todavía, a un ritmo alarmante; no podía ver con claridad a mi alrededor, todo comenzó a dar vueltas, acabé mareado y quedé inconsciente. Supongo que pararon al percatar aquello, y que entonces Sixto me trasladó el resto del camino en brazos, recurriendo a su sorprendente fuerza. Ahora al pensarlo imagino a Adirand regañándole por no haber previsto que aquello ocurría.

Desperté, su presencia me rodeaba, entonces oí el canto, el coro de hombres, en un idioma que no lograba entender, iba subiendo de tono. Aquello me hizo recordar lo que Sixto relataba en la novela, que me había leído recientemente. Mis brazos se encontraban extendidos hacia arriba, intenté acercarlos a mi cuerpo. Oí un ruido metálico. Abrí los ojos y vi el techo de la cuaba, esta se alzaba varios kilómetros hacia arriba. El fuego de una gran hoguera iluminaba toda la pared de aquella roca hueca, dándole un tono rojizo al panorama que yo alcanzaba a ver, luego intenté incorporarme, pero de nuevo sonó aquel sonido metálico que me hizo tumbar de nuevo, miré alarmado mis muñecas y tobillos, sobre la mesa rectangular de piedra habían unas cadenas sujetándome por las cuatro extremidades. Aquello me hizo enloquecer, e intenté soltarme frenéticamente, me sentí como una presa demasiado fácil para aquellos seres, seres que se alimentaban de sangre humana. De mi sangre. Pensar aquello me hizo ponerme histérico, comencé a gritar sus nombres, llamaba a Sixto e incluso a Adirand, busqué entre los hombres con túnica que me rodeaban, no logre verles, lo único que lograba ver eran aquellos largos colmillos que sobresalían de sus bocas cuando cantaban, entonando las vocales, seguí gritando durante más de diez minutos. Al fin me quedé tendido, sabiendo que aquello no iba a servirme de nada, uno de los hombres que me rodeaba se acercó, empecé a temblar, aquel que se paró frente a mí, me acarició el rostro para tranquilizarme, cosa que hizo que me pusiera más nervioso. Comenzó a orar alzando su voz por encima del resto de los presentes, el resto se quedaron en silencio, este siguió orando, bajó la voz hasta que se convirtió en un susurro. Un susurro que capturó toda mi atención. Mientras esperaba inmóvil, sin poder dejar de mirar su boca al hablar, me sentí como Experimento nº 2, depositado y atado sobre la mesa de acero, me alegré de que no hubiera despertado, no le deseaba vivir aquella situación a nadie. Mis pensamientos me distrajeron por un momento hasta que un destello en mi cara llamó mi atención de nuevo, miré al hombre para averiguar de dónde provenía aquel resplandor, entonces vi que sujetaba un puñal en su mano derecha. Comencé a temblar de nuevo. Recé, cosa que nunca había hecho, pero le rece a él, a Sixto, pedí con todas mis fuerzas que el apareciera entre aquella multitud y que hiciera que acabase aquella pesadilla. Entonces aquel hombre paro, y me miro por primera vez directamente a los ojos. Se trataba de un joven aparentemente, de quizá un par o tres años mayor que yo. No pude definir el color de sus ojos con aquella iluminación. Pero al ver cómo le observaba me sonrió. Me enamore de aquella sonrisa en aquel preciso momento, hasta que acercó el puñal lentamente a mi cuello y comenzó a orar de nuevo, todos le siguieron. Entonces lo noté, note como la hoja bien afilada del puñal me rozaba el cuello haciéndo un fino corte. De mis ojos brotaron unas lágrimas, seguidas de una mueca de dolor. Todos oraban mientras este sujetaba el puñal rozando mi cuello todavía.
Un nuevo hombre con túnica se acercó a mí, y comenzó a orar con el resto. Alzó el brazo y tomó el puñal de las manos del anterior. Aquel se retiró haciendo una reverencia. Aquel que sujetaba el puñar nuevamente era Sixto, se descubrió la cabeza para que pudiera verle, al tiempo que continuaba orando suavemente.

Mi amor paso a un segundo plano, en aquel momento, para mi, Sixto dejo de ser Sixto y paso a ser un par de colmillos bien afilados. Se acercó a mí y me beso en los labios. Dijo algo en alto para que todos le oyeran, volvió a acercarse y después de besarme en el cuello, clavó sus colmillos y mi sangre salió, primero poco a poco, pero después clavó los colmillos más hondo y la sangre salió a borbotones. De nuevo volví a notar como si un hilo tirase de mí, de nuevo me rendí ante él como aquel día me había rendido ante Adirand. Sorbió suavemente transmitiéndome todo el amor que sentía por mí, para que en lugar de sentir dolor sintiera un lujurioso placer.

Dejó de sorber de mi herida y lamió aprovechando cada una de las gotas de mi sangre, hasta que esta se cerró bajo su boca. El dolor desapareció, únicamente sentí como toda mi piel se erizaba al notar como sus labios succionaban mi cuello suavemente, sin herirme. Luego me beso, sonrió y se acercó a mi oído.

—Ya estás listo —susurró acariciando mi rostro.

Sentí paz, después de aquello no sentí nada, yo seguía atado mientras él se alejaba de mí y se perdía entre la multitud.

Deje de ser el centro de todos. Los hombres se dispersaron y comenzaron a hablar entre ellos cordialmente, en latín. Permanecí tranquilo esperando a que alguien me dejara libre. Vi que Adirand se aproximaba. Volví a divisar a Sixto se encontraba a varios metros de nosotros.

Sixto se acercó al vampiro que me había cortado e intercambiaron unas palabras en latín, luego el hombre le sonrió y beso en los labios. No sentí celos. Luego Adirand comenzó a jugar con mi pelo, apoyando su cabeza a mi lado, para poder susurrarme al oído.

—Ése es Sentus. Es su primera transformación, ahora que prácticamente ya eres de los nuestros, confío en que acabarás conociendo a Sentus. Y algo puedo asegurarte: te gustare más yo —aseguró sonriendo.

Mientras miraba a Sentus, vi que cuando me dijo aquello, aquél nos miró y asintió con la cabeza a modo de saludo. Adirand le miró y le sonrió. Luego Sixto y Sentus se acercaron a nosotros.

—John, éste es Sentus.

Miré al vampiro que acababan de presentarme. No era tan alto como Sixto pero tampoco tan bajo como Adirand, mediría un metro ochenta y poco. Su piel era blanca como la del resto. Sin la capucha sobre su cabeza pude distinguir que sus ojos eran verdes más claros que los míos. Tenía los labios finos pero bien marcados y parecía amar a Sixto tanto como le amábamos yo o Adirand.

Este se acercó a mí y me besó, en la mejilla, cosa que nunca antes un vampiro había hecho. Yo asentí con la cabeza.

—Si necesitas algún día, cualquier cosa, no dudes en pedírmelo —dijo.

—Empezaré ahora mismo —le respondí mirando mis muñecas.

—Oh, claro, las cadenas. Siento haberte asustado antes —se disculpó—. Solo era para...

—Facilitar las cosas —acabé su frase recordando de nuevo a Experimento nº2.

—Así es —dijo él leyendo en mi mente—. Ahora entiendo por qué te ha escogido Sixto, debes recordarle a él.

Sixto asintió mientras cogía la llave de la mano de Sentus, y comenzaba a quitarme las cadenas. Me levanté y me fijé en cualquier detalle de aquel lugar; era tal y como Sixto lo había relatado en sus libros. Me pregunté fugazmente, cómo era posible que a él le permitieran relatar todos aquellos secretos. Pero enseguida desapareció aquella cuestión de mi cabeza, como si a alguien no le interesase que los demás pudieran llegar a aquella conclusión.

Me levanté, y una vez estuve desatado del todo, me acerqué a Adirand, apoyé mi hombro en él y deje caer mi cabeza hacia un costado.

—Mañana acabará tu transformación —me confió—. Espero que todo salga bien.

Adirand comenzó a alejarse de allí, yo le seguí a paso mortal. Me sentí mareado. Así que esperó a que le alcanzara y me ayudó a trasladarme por el largo túnel. No podía dejar de mirar hacia atrás esperando que Sixto apareciera en cualquier momento, salimos del túnel, y escuché atentamente el canto de los grillos.

—Somos los seres más antiguos que quedan —dijo apenado. Yo atendí, apoyado en la pared del exterior de la rocosa montaña—. Me refiero a que Sixto es el ser más antiguo que queda de nuestra especie —concretó después.

Recordé la historia que Sixto nos había confesado, y me resultó imposible que aquello fuera cierto teniendo en cuenta que eran inmortales. Adirand leyendo mi mente me contestó.

—En nuestro mundo paralelo también existen asesinatos —me confesó.

Aquello me lo aclaro, y aunque sentía curiosidad, no pregunté nada más.

Sixto al fin se reunió con nosotros, Sentus le acompañaba.

—Recuerda, John, a partir de mañana no te expongas al sol, e intenta no prender en llamas —dijo riendo suavemente, como si de un chiste se tratase.

Sixto se acercó a él y volvió a besarle y abrazarle. Percibí un toque de amargura en mi amado escritor, pero no entendía a qué podía deberse.

Sixto me cogió en brazos, como nunca habían vuelto a hacer desde que empecé a crecer. Yo me abracé a su cuello, y por miedo a volver a marearme escondí mi cara entre su cuello y melena.

Volví a oírles hablar en latín, probablemente para despedirse. Luego nos pusimos en marcha, noté como el aire hacia revolotear mi pelo. No aparté mi cara de su cuello hasta notar que el aire cedía. Una vez noté la suave brisa me dejó en el suelo y me besó apasionadamente de nuevo.

—Todavía quedan muchas horas de noche, hemos acabado más rápido de lo que creía —comentó Sixto mirándome fijamente.

Adirand sonrió y marchó a paso tranquilo sin despedirse. Miré cómo se alejaba, sin entender por qué lo hacía.

3 comentarios:

  1. Muy buenas la descripción de la ceremonia. Todo el capítulo está muy bien. Sólo corregir esos detallitos de los acentos y nada más. ¡Buen trabajo!

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  2. Me ha gustado la ceremonia. Una pregunta: ¿que es una cuaba? Por el contexto deduzco que es una cueva pero no estoy segura. El párrafo donde está esa palabra es cuando John despierta maniatado.
    voy a seguir leyendo

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  3. Fallo de escritura de nuevo, soy pésima a veces :(

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