domingo, 13 de septiembre de 2015

cap 6 :D


6







Salía del portal a paso ligero y sin pensar siquiera en el rumbo, me vi encaminado hacia allí. Por supuesto que lo de Micke había sido una excusa para poder irme a reunir con él. Cuanto más avanzaba más ansiaba verle. Un seguido de imágenes obscenas ya vividas hizo que mi miembro se endureciese. Me sonroje al percatarlo, la brisa de mar con su característico olor a sal, jugó con mi larga melena.


Paré, al fin había llegado, las continuas visitas a mi escritor todas las noches me habían hecho tomarme ciertas confianzas, así que de nuevo entré rápido y decidido. Pasé de largo recepción y entré en el ascensor. Éste cerró sus puertas tras de mí, se me hizo eterno el trayecto hasta el ático, mordí mi labio inferior hasta hacerlo sangrar. Al fin el ascensor se detuvo, tintineando similar al tintineo de un microondas. Se abrieron las puertas y allí estaba el, volví a morderme el labio notando como salía la sangre.


Tragué saliva, y me acerqué poco a poco a él, se encontraba sentado en el sofá de dos plazas del salón, encarado hacia el gran ventanal, en la oscuridad. Paré tras él, ya que me daba la espalda a un metro de distancia. Se levantó y se volvió para verme.


—Te estaba esperando —dijo rodeando el sofá y acercándose.


Volví a tragar saliva esta vez el sabor a óxido de la sangre recorrió toda mi boca. Paró a unos centímetros de mí, quería abalanzarme sobre él y besarle todo el cuerpo, pero no podía moverme. Supuse que los nervios me estaban jugando una jugarreta. Al fin acabó de aproximarse. Me besó en los labios, yo también le besé. Un tremendo y cálido escalofrió me recorrió al igual que cada noche al darle aquel primer beso, pero aquella vez fue distinta.


Noté cómo atrapaba mi labio inferior con la boca y succionaba suavemente. Luego se apartó de mí con rapidez y volvió a sentarse.


—Exquisito —dijo ya dándome la espalda y sentándose de nuevo.


Luego se encendió la luz de la salita y alguien puso su mano sobre mi hombro. Me giré para averiguar de quién se trataba. Un joven pelirrojo, con el pelo corto, salvo por unos cuantos mechones que le caían sobre la cara. No tan alto como yo, metro setenta aproximadamente, y tan blanco como él. Me miraba con sus ojos castaños claros, luego se alejó de mí y se sentó en un sillón situado en frente del sofá donde él se encontraba. Me quedé parado sin saber qué hacer.


—Toma asiento, John —me pidió el chico.


Obedecí, me senté al lado de mi escritor. Noté como de repente mi ansia de poseerle desaparecía. Hice una mueca dejando mi boca entreabierta, el joven se rio.


—Cuéntame, John, ¿qué has aprendido hoy? —preguntó el joven.


Recordé a Experimento nº 2 y reí débilmente. No tardé en intentar dejar de pensar en aquello por temor a que viera mis pensamientos al igual que había hecho en varias ocasiones.


—Que es peligroso jugar a ser Dios —declaré casi como si fuese una confidencia, mirando a la nada. Y con sentimiento de culpabilidad recordando a su vez que hacía varias noches me había prohibido hacerlo.


Él me sujetó el brazo herido, vi como al mismo tiempo el otro chico se levantaba y se acercaba hacia nosotros. Mi escritor intentó alzarme la manga que cubría mi herida, pero me quejé de dolor. Así que la desgarró. La venda que cubría mi herida había adquirido un tono granate.


Él miró al otro chico seguramente a su vez dándole instrucciones. Entonces el chico se colocó frente a mí. Mientras mi escritor sujetaba mi brazo por la muñeca y por el codo, el otro muchacho comenzó a quitar la venda poco a poco.


—Llámame Adri —dijo el joven al ver que me quedaba hipnotizado con la claridad de su rostro. Bajo ésta, había unas gasas sobre la herida que despegó de mi carne con suavidad. Por un momento me resistí al hechizo de un segundo hombre, pero no podía apartar mi mirada del chico.


Vi que mi escritor se levantaba a la vez que Adri se sentaba en el lugar que había ocupado. Su joven compañero se sentó y se inclinó sobre mis rodillas sin soltar mi brazo, y comenzó a lamer mi herida. Primero sentí escozor y luego alivio. Él se acercó más a mí y me besó los labios. Cerré los ojos y me rendí ante ellos. Adri me besó en el cuello y después de desgarrar el resto de mi camiseta comenzó a besarme el torso y a succionar mis pezones. Luego paró un momento y se cambiaron de posición de nuevo. Mi escritor se sentó a mi lado y tomó mi brazo. Adri se puso frente a mí. Cuando él comenzó a succionar mi herida me excité por completo. El joven no se anduvo con rodeos: me quitó los pantalones y los lanzó tras de mí con fuerza. Luego comenzó a besarme apasionadamente, mientras con las manos, acababa de arrancar mis ropas y comenzaba a tocar mis partes íntimas. Adri seguía besándome, noté como algo muy afilado junto su lengua se clavaba rápidamente en mi labio que había parado de sangrar. Me quejé, pero le seguí besándo. Comenzó a succionar mis labios con fuerza. Creí que iba a arrancármelo. Era como si tirara de un hilo, de un hilo que se encontraba dentro de mí, me relajé y dejé caer mi cuerpo hacia delante, el joven me sujetó para evitar que cayera.


Entonces mi escritor le advirtió.


—Ya es suficiente.


Él se levantó y acercó a Adri. Le besó posiblemente con tanta pasión como me había besado a mí. Adri cayó sobre el sofá bajo su presión justo a mi lado. El joven pareció debilitarse ante el poder de mi escritor. Cuando él se apartó de Adri me fijé en sus caras, sus mejillas parecían haber adquirido un color más rosáceo, nunca antes lo había percibido. Sentí celos ante las imágenes que acababa de presenciar. El me cogió de la mano e hizo que me levantara. Sentí mareo, pero enseguida pasó. No sé cuánto tiempo pasó desde que fuimos los tres a la cama.






—Eres estupendo —dijo Adri después de quedarme tendido sobre la cama, casi sin aliento. Las veces que me había acostado con mi escritor no había acabado especialmente cansado debido a que a él le gustaba mandar durante nuestras relaciones íntimas, pero Adri me pidió que fuera yo quien le montara, cosa que me encantó y agotó.


Me quedé tendido mirando al techo, acariciando con una mano el torso de Adri y con la otra el pelo largo y rubio de mi escritor. Suspiré, abrí los ojos y me senté. Me sentí complacido y extraño, envuelto en aquella situación. Volví al mundo real y al verme en la cama con Él, y un chico probablemente más joven que yo, me llevé los brazos a la cara y me cubrí durante un rato, con los ojos cerrados. Mi escritor se sentó en los pies de la cama para ponerse los pantalones.


— ¿Te encuentras bien? —preguntó Adri.


Noté como él volvía a tumbarse a mi lado y comenzaba a acariciar mis abdominales con un dedo, esperando a que reaccionara. Los abrí alarmado y miré mi brazo. La herida había desaparecido.


— ¿Cómo? —dije poniéndome en pie sin dejar de mirar donde anteriormente había habido un trozo menos de carne. Adri le besó a él pasando por delante de mí sin levantarse. Luego él se levantó y continuó vistiéndose.


—Responde —insistí con un susurro ahogado, presa de la impaciencia y también del temor.


—Ya no tendrás que dar explicaciones a nadie —dijo el chico. Pero yo le pedía explicaciones a mi escritor, a quien miré con intensidad olvidando por un momento que Adri se encontraba con nosotros allí.


— ¿Qué me has hecho?— Dije culpándole. Después giré mirando a Adri— ¿Qué me habéis hecho? —volví a preguntar, esta vez culpando a Adri. Este sonrió se acercó a mí y me tomó el brazo que al llegar a la suit había estado ensangrentado.


—Pues a mí me parece que ahora tiene mejor aspecto —dijo al fin. Su respuesta me dejó desconcertado y confuso.


—Pero, ¿cómo? —tanteé de nuevo.


Volví a mirar a mi escritor. Empezaba a hartarme de aquella situación. Comencé a vestirme, ya que dejaba de sentirme cómodo allí junto a ellos y me proponía a marchar. Adri me cogió de nuevo del brazo y me miró a los ojos. Transmitiéndome tranquilidad y haciendo que me sentara de nuevo. Volvía a sentirme bien junto a ellos. Creí estar volviéndome loco.


— ¿Quiénes sois? ¿Qué sois?


Mi escritor miró al joven una vez más, yo sabía que no eran simples miradas sino que conversaban y se mandaban mensajes ocultos junto con ellas. Volví a ponerme en pie.


— ¿En serio? —le preguntó Adri esta vez hablando.


Mi escritor asintió con la cabeza. Seguidamente volví a sentirme asustado por todo lo sucedido y me volví levantar para seguir vistiéndome.


Cuando terminé me acerqué a la puerta a modo de amenaza.


— ¿Quiénes sois? No, ¿qué sois? —pregunté de nuevo.


De nuevo sin respuestas, únicamente mi escritor me miraba.


—Esto no tiene sentido —concluí a modo de despedida.


Giré y me encaminé hacia el ascensor que aparecería si pulsaba el botón.


—Digamos que somos un experimento de Dios —oí la voz de él—; poseemos dones curativos. Al igual que a ti te dio ese don, fisgón antinatural — explicó haciendo un gesto de desprecio.


Le miré molesto por lo que había insinuado y activé el botón que haría venir al ascensor hacia allí.


—Dios... Ni después de un millar de años has conseguido deshacerte de esa insensibilidad que tanto te caracteriza, ¿eh Sixto? —dijo el joven, en cuanto yo, podría haberlo tomado como una frase hecha, pero no lo hice.


— ¿Sixto? —pregunté mirando a los ojos a Adri— ¿Mil años? —dije avanzando hacia él.


—Perdóname, no está en mi derecho juzgarte... —se disculpó mi escritor—. Sixto es mi verdadero nombre —anunció mientras yo me sentaba en la cama.


— ¿Quiénes sois? ¿Qué sois? —repetí, pero no hubo respuesta.


Ellos intercambiaron miradas de nuevo. Luego se sentaron junto a mí, uno a cada lado.


—Adirand tiene mil años —anunció Sixto—. Yo alrededor de tres mil —continuó.


—Eso es imposible —balbuceé yo, confuso.


—Yo era muy joven; Adirand ni siquiera existía en forma humana…

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