miércoles, 30 de septiembre de 2015

Capitulo 17


17



Creo que volví a desmayarme al ver cómo amanecía. Fui despertando poco a poco, mientras recomponía los hechos de mi desmayo o como quisiera que se llamase lo que nos pasaba a los vampiros al amanecer. Pero inesperadamente llegó el olor, aquel olor, iba a volverme loco, me volví a estremecer. Junto conmigo, mis sentidos iban despertando.

Había alguien más en aquella habitación, respiré hondo, intentando detectar, por el olor, de quien se trataba. No le reconocí. Sabía que era humano, aquel olor, hizo que mi boca se inundara de saliva. Me abrió el apetito. Abrí los ojos y me puse en pie. Al ver a los cuerpos de mi familia no sentí nada. Mi cerebro ordenaba prioridades y ahora lo primero era aquel olor, y mi apetito, que con el crecía a cada momento.

—Micke —susurré mirándole fijamente, mientras me acercaba a él seduciéndole para que no se marchara asustado.

Tragué saliva, noté mis colmillos de nuevo al mover mi lengua, creo que olí su miedo. Entonces leí en su mente, Micke había venido a mi casa al ver que no había asistido a clase, ni atendía al teléfono. Preocupado por mis cambios repentinos de humor. Entró en casa sin ningún problema ya que encontró las llaves bajo el felpudo de la entrada, era donde solíamos esconderlas para las emergencias. Antes de introducir las llaves en la cerradura había picado durante más de diez minutos, pero al ver que no obtenía respuesta entró y fue directo al comedor. Allí nos encontró a mi hermana, a mi sobrino y a Carol en postura fetal. Yo permanecía tumbado hacia abajo. Me tomó el pulso y no lo encontró.

Había pasado tres horas allí sin saber qué hacer. Me había dado por muerto. Entonces yo había despertado y había comenzado a acercarme a él, olvidando prácticamente de quién era.

Recuerdo que como si de un animal me tratase le mostré los dientes e incluso gruñí levemente. La situación me excitaba. Tenerle acorralado me hacía sentir poderoso y aquel olor...

Paré frente a él, casi rozándole y aspiré, casi podía probarlo. Me relamí y me acerqué más, comencé a besarle en el cuello suavemente, como si de mi amor de toda la vida se tratara. Micke no pudo resistirse a mi hechizo y dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre la pared. Seguí besándole succionando justo sobre la vena de su cuello notando cómo latía; el ser humano es incapaz de desear nada, del mismo modo en que deseamos nosotros la sangre. Abrí más mi boca y clavé suavemente mis colmillos. La sangre salió de su cuello e inundó mi boca. Comencé a delirar en el mismo instante que Micke dejaba caer su cuerpo y se entregaba a mí por completo. No recuerdo ningún sabor más dulce que el de aquel primer sorbo de sangre humana. Entonces, en el momento más placentero de mi éxtasis, noté su presencia. Me enfurecí, giré y me abalancé sobre Sixto, que se había parado tras de mí. Al soltar a Micke, cayó al suelo y permaneció inmóvil, como ido.

—No tendría que haberte dejado solo —dijo Sixto emergiendo de entre las sombras. Me sujetó por la cara con las dos manos. Noté también que ya no le era tan fácil controlarme, aun así con pasmosa facilidad acercó mi cara hasta su cuello, luego me soltó, le hinqué mis colmillos con fuerza.

—Ya me he alimentado, puedes saciar tu sed conmigo. Pero, por favor, se suave —me dijo como si no sintiera dolor alguno. No le obedecí: más que tragar, engullía su sangre.

—Deja que la fluidez de la sangre llene tu boca, y después traga —insistió pacientemente.

Poco a poco comencé a obedecer. Llegó un momento que mientras seguía bebiendo, empecé a recordar, donde me encontraba y lo que había pasado. Recordé a Micke, mi buen amigo Micke que había vuelto a ser consciente y observaba inmóvil sin entender nada de lo que sucedía. Sé que vio a Sixto, a mi amado Sixto que había vuelto a mi lado, como a un salvador. Cuando hube tenido suficiente separé mi dentadura de su piel y utilizando mi lengua y labios curé la herida que le había hecho aun a sabiendas de que esta lo aria sin mi ayuda. Luego le abracé tan cálidamente como antes lo había hecho.

Después de alimentarme con la sangre de Sixto volví a ser yo. Había vuelto, supongo que mis suplicas rogando que volviera habían surtido efecto.

¿Qué pasaría si Sixto no se encontrase a mi lado la próxima vez que volviese la sed? Oí el pensamiento de Micke como un susurro. Me aparté de Sixto y me giré para poder ver a mi buen amigo. Se encontraba apoyado contra la pared con los ojos muy abiertos, repitiéndose una y otra vez que aquel ser no podía ser yo.

—Micke —le susurré apenado. Yo sabía que al haber entrado aquel día en mi casa, había firmado su sentencia de muerte, ya que si Sentus nos acechaba y vigilaba, supuse que también querría acabar con Micke al igual que había hecho también con mi familia.

Me giré para poder ver a Sixto de nuevo.

—No hay algún modo... —me esforcé en preguntarle a Sixto con el ceño fruncido, quien aprovechó el imprevisto de la presencia de Micke para enseñarme a hipnotizar a los humanos.

Me pareció injusto hacerle aquello a Micke, pero la única opción que encontramos para sacarlo de aquel embrollo fue hipnotizarle y hacerle olvidar todo lo ocurrido aquel día. Sixto añadió en la mente de Micke una explicación, para sí mismo, de mi desaparición, la cual no conozco ya que no quiso entrar en detalles y no me contó nada. Intenté en varias ocasiones bloquear su mente pero no lo conseguí. —No te impacientes, con el tiempo lo dominarás, mi querido John , dispones de todo el tiempo del mundo... —comentó Sixto.

Capitulo 16


16



Si alguien hubiera entrado en la habitación habría pensado que en vez de tres cadáveres había cuatro, ya que cuando un vampiro cae en su profundo sueño, es comparable con un cuerpo sin vida.

Había oscurecido, al despertar entendí por qué no le sentía cuando el sol todavía permanecía sobre nosotros. Al llegar el día él caía en un profundo sueño, cosa que no le permitía llamarme, cosa que me permitía permanecer libre, pero al llegar la noche el despertaba. Y volvía a atraerme hacia él.

Al despertar pude pensar más claramente en todos los recientes sucesos de mi vida y de mi muerte. Permanecí tumbado en el suelo, recordando todo aquello del nuevo modo que podía ver ahora las cosas.

“Todo empezó con la compra de aquel libro. Me encontraba en la capital, había ido allí a pasar el día con Micke, nos metimos en la librería de segunda mano, donde siempre me gustaba entrar cuando iba allí. Micke la detestaba, ya que podía pasar horas dando vueltas buscando entre los libros viejos de Él, de mi Sixto; para entonces ya me sentía atraído hacia él, me gustaba, me gustaba su modo de escribir, sus ojos azules su voz suave, varonil y su tez blanca como la de los vampiros sobre los que escribía. Caminaba entre las estrechas estanterías buscando su nombre, bueno, su seudónimo. “El escritor”.

Fue muy extraño, fue como si Él lo hubiera dejado allí para mí. Recuerdo que pase de largo el pasillo que contenía los libros más viejos de toda la tienda, y de repente mis pies me hicieron volver atrás e introducirme en él, camine, hasta que este se acabó. Al fondo del pasillo había una caja llena de libros viejos. Aparté un montón de libros, sin mirar los títulos y cuando lo vi, supe que lo había encontrado. Lo cogí con una mano y lo ojeé. Era un volumen que nunca había visto antes, de 1800, pero estaba firmado por El, El escritor. Era imposible, sin embargo una parte de mí, estaba convencido de que se trataba de él. Me acerqué a la caja para que me cobraran, pero el dependiente se negó, dijo que aquel libro no pertenecía a su tienda. Una vez dicho aquello siguió atendiendo al resto de clientes. Así que salí de la librería sin soltar el libro.

—Lo tenías todo detalladamente planeado —grité al aire.

Aquella misma noche comencé a leer y al día siguiente le encontré en el tren. Él lo había dejado allí para enseñarme, para que aprendiera, como si de un manual para vampiros se tratase. Pero ahora todo se había estropeado, mi familia yacía muerta frente a mí, y yo al pedirle que se marchara me había quedado solo. Por Dios, cómo le añoraba, las ganas de llorar surgieron de nuevo, me contuve, ya que el llorar sin lágrimas me haría recordar lo poco humano que era y aquello me entristecería todavía más. Tumbado en el suelo, pase mi lengua una y otra vez sobre mis nuevos colmillos. Aspiré fuerte, luego expiré todo el aire que quedaba en mis pulmones y volví a aspirar. El olor que percibí me hizo despertar una nueva sensación que al principio no sabía bien qué era, pero que al mirar fijamente a los cadáveres me di cuenta de qué se trataba: sed, sed de sangre, si aquellos cuerpos hubieran tenido vida para entonces, lo más seguro seria que yo mismo se la habría arrebatado.

Me relamí una y otra vez conteniendo mis impulsos, la humanidad que quedaba en mí volvía a atacar de nuevo.

—Me he convertido en un monstruo —mascullé, temeroso de que mis palabras trascendieran más allá del espacio que ocupaba mi cuerpo.

Una bestia, él me había convertido en una bestia, pero aquello no me importaba, porque lo único que deseaba era estar cerca de él. Mire a través del ventanal. La luna me hipnotizaba, ahora ella era mi nueva fuente de energía, mi nuevo sol, y con ella la noche mi nuevo día. O quizá no...

Al fin me levanté, me acerqué al ventanal, toqué el cristal con las yemas de mis dedos, el cristal estaba frío, y duro. Por primera vez desde mi transformación, miré mis manos, luego me giré para poder ver los cadáveres y después volví a mirar mis manos, para así poder comparar su muerte con la mía. Sus labios habían tomado un tono morado, supuse que por la sangre que allí se había estancado. Alargué la mano para poder encender una lámpara que quedaba a mi derecha. Para que el contraste de la oscuridad de la noche y de la luz artificial del salón me dejase ver reflejado en el ventanal. Así podría comparar mi cara con la de los putrefactos cadáveres. Pálido, mi melena negra suelta causaba un terrible contraste con mi pálido rostro, mis ojos parecían otros, mas azules y brillantes. No soportaba verlos, así que los cerré durante un rato, como si esperara que al abrirlos volvieran a ser los de antes. Cuando los abrí volví a verlos reflejados, aquello me irritó y la bombilla de la lámpara explotó.

Aspiré, aquel olor iba a volverme loco. Deseé que volviera la luz y se encendió la lámpara de techo del salón. Volví a ver mi reflejo, y tras de mi a Mina tumbada al lado de mi hermana como si todavía esperase que esta se levantara. Entonces la boca se me hizo agua.

—No, no, no —me susurré una y otra vez.

No podía más, me giré y dirigí a Mina, esta al ver mis movimientos bruscos retrocedió asustada con la cabeza gacha. La cogí entre mis brazos conteniendo mis ganas de morderla y absorber su sangre. Me dirigí al balcón con el animal en brazos y abrí la puerta salvajemente con una sola mano, el cristal se rompió, estalló haciendo saltar miles de cristales a varios metros, yo pase a velocidad vampírica para evitar que Mina pudiera sufrir ningún daño. Y salte a la calle desde el primer piso. Noté como el perro temblaba a causa del vértigo. Una vez en la calle, la dejé en el suelo, se tumbó asustada, pero no tardó en recuperarse. Esta salió saltando y brincando al igual que hacia cada vez que la sacaba a pasear. Me senté en el rellano del portal, compadeciéndome de mí mismo, viendo como esta se alejaba y me dejaba solo. Volví a echar de menos a Sixto, tenía que enseñarme tantas cosas... Cerré los ojos y creé una imagen suya recordándole con todo detalle. Su silueta perfecta, su cuerpo perfectamente fibroso, su pálida dura y fría piel, el perfil de su rostro, su fina nariz, sus carnosos labios, sus ojos de un azul intenso, y su seductora mirada que tan bien combinaba con su larga y rubia melena.

Apoyé la cabeza sobre mis brazos, tapándome los ojos, le vi de nuevo pero de un modo distinto. No se trataba de un recuerdo sino de imágenes en directo, se encontraba en la gruta, el lugar donde Sentus encapuchado me había orado sosteniendo un puñal. Sixto se encontraba frente a Sentus dialogando pacíficamente, me decepcionó que no intentase vengar lo que me habían hecho, por otra parte Sixto me había advertido, debíamos ir con cuidado con Sentus, quizá por eso no había acabado con él. Seguido deje a un lado mis pensamientos y me dediqué a escuchar lo que decían. No logré escuchar lo que Sentus decía, pero vi cómo Sixto se enfurecía, no dijo ni una palabra, pero su mirada, su mirada siempre reflejaba sus sentimientos.

—No volveré a advertírtelo —dijo Sixto, sin perder la compostura.

Algo pasó por la mente de quien fuesen los ojos con los que miraba. “Maldito Idiota prepotente.”, pensó Adirand. Sentus se acercó a él a paso ligero y le cogió por el cuello como si su mano fuera una garra.

—Maldito hijo de un vikingo, que ni a tu padre pudiste complacer. Tendría que haber acabado con tu vida al igual que hice con tu madre —dijo Sentus amenazante.

Adirand sentía tal paz interior que las amenazas de Sentus únicamente consiguieron hacerle sonreír, sabiendo que así le haría enfurecer todavía más. Dejó a Adirand en el suelo y se apartó de él, Sixto se proponía a marchar.

—Una obra más y estarás en nuestro punto de mira —espetó Sentus.

—Nunca tendría que haberlo consentido. El poder te está enloqueciendo. Ven con nosotros, aléjate de todo esto, como en los viejos tiempos —respondió Sixto casi suplicando.

Sentus negó con la cabeza, se alejó de ellos a la vez que repetía.

—Ni una novela más, Sixto, quedas advertido.

Volví a recuperar la vista, la visión desapareció. Mina volvió ya más tranquila meneando su corta cola de un lado a otro y con la cabeza gacha, yo al verla alcé un brazo para espantarla.

— ¡Fuera! —le grité tan fuerte como pude. Esta retrocedió unos pasos. Tuve que volver a gritar para que se marchara asustada. Vi como a lo lejos paraba y miraba si alcanzaba a verme. De un salto me agarré a la barandilla de mi balcón e impulsándome levemente con los brazos entre en casa.

Capitulo 15


15






Estaban todos. Todos estirados, con la mirada fija en el techo, todos con ninguna expresión en el rostro, y aunque no presentaban ningún signo de violencia era evidente. Estaban muertos. Sus cuerpos pálidos reflejaban que un no muerto había acabado con sus vidas. Kristin tenía sus carnosos labios pálidos, mi sobrino parecía dormir. Y Carol tenía en su generoso escote dos marcas de una incisión. Le había clavado los colmillos en el pecho.


Las lágrimas corrieron por mis mejillas antes de que yo las notara. Rompí a llorar desconsoladamente, repitiéndome una y otra vez que no era posible. Mina al oír mi voz salió de su escondite y se acercó a mí con precaución. Rozo mi suave piel con su nariz mojada, yo la abrace. Esta se sentó a mi lado con la cabeza gacha, al igual que había hecho siempre. No sé cuánto lloré, pero hubo un momento en que dejaron de caer lágrimas, ya no era humano, mi cuerpo ya no las produciría nunca más. Aquello me hizo entristecer más todavía. Cuando me hube calmado, Sixto apareció de entre las sombras. Mi mente vampírica me hacía reaccionar y pensar de un modo distinto, más rápido, más agresivo.


—Tú lo sabias —le culpé en un susurro.


La respuesta no fue inmediata.


—Me obsesioné contigo, no sé qué fue lo que vi en ti, pero deseaba poseerte ante todo. Tarde demasiado en fijarme en los efectos secundarios que supondrían nuestros encuentros —se disculpó con torpeza, pero advirtiendo debilidad en él, cosa que jamás había sentido; le noté débil y vulnerable. Aquello me hizo fortalecer y pensar que ni su presencia ni su consuelo podrían aliviar mi dolor, que si él seguía cerca de mí, lo único que conseguiría seria dañar más a aquellos que seguían a mi lado.


—Quiero que te marches de aquí —le pedí tan fríamente como pude. Él seguía situado tras de mí. Pero noté cómo negaba con la cabeza ante la idea de marcharse y dejarme solo. Pero al ver que realmente era lo que deseaba se marchó. Oí como se dirigía hacia la puerta, también oí el golpe que esta hizo al salir. Seguramente volvería en unos días, pero yo, por el momento preferiría estar solo.

¿Cuánto tiempo pase con la mirada fija en ellos? Amaneció y caí al suelo, de lo cual no me entere, hasta que volvió a anochecer y desperté.

Capitulo 14


14



Todo aquello volvió a mi cabeza como si me hubieran golpeado. Me pitaban los oídos, me mareé y tuve que sentarme para evitar caer desplomado al suelo.

—No puedes haber caminado bajo el sol porque ya estabas muerto —me aseguró Sixto refiriéndose a que ya había concluido mi transformación. También acabó de explicarme lo ocurrido, lo que no pude recordar debido a que no estaba consciente—. No me había alimentado lo suficiente y el proceso de convertir a un humano nos absorbe mucha energía, nos deja agotados —dijo mirándome pero sin mirarme—. De todos modos habría arriesgado mi vida por que no murieras en aquellas circunstancias. Y de hecho lo hice, pese a que tenía claro que no llegaría antes del amanecer. Era necesario que acudiera a tu llamada. Los primeros rayos de sol me alcanzaron, me quemaron los brazos.

Alzó los brazos, no tenía ni un rasguño. Pero la expresión en su cara hacia parecer que sintiese dolor todavía.

—Llegué a tu edificio. Tuve que esperar un rato apoyado en la pared bajo la sombra para conseguir reunir fuerzas para poder llegar hasta aquí. No puedes imaginar cuanto me costó resistirme ante el poder del sol, que intentaba que abandonara mi cuerpo. Cuando entré te encontré tumbado en tu cama. Me deje caer a tu lado y actué con rapidez. Sentí tener que hacerte una nueva herida, esta vez, en tu muñeca. Pero me sentía demasiado débil como para buscar la que Sentus acababa de hacerte. Sorbí saboreando tu sangre humana, consciente que después de aquello ya jamás volvería a saber del mismo modo. Al fin estabas a salvo, ya eras uno de los nuestros. El sol me llevó a donde me lleva cada amanecer —concluyó mirándome a los ojos—. Sentus había bloqueado tu mente, por eso hasta que yo no la he desbloqueado no has podido recordar.

Al ver que miraba las ventanas cubiertas de ropa, me aclaró.

—Eso lo hice con mi imaginación amor mío —contestó con afecto. Achiqué los ojos, no entendí a que se refería—. Poseemos ciertos poderes, especiales... Los irás descubriendo con el tiempo —me aclaró— Ahora mi gran miedo es que hayas descubierto que preferías seguir con vida —dijo mirándome con dureza, esperando una respuesta.

Por momentos vi que se impacientaba.

—Siempre nos quedará la luz del sol —contesté sin mirarle.

Algo dentro de mí no andaba bien. No conseguía pensar con claridad. Un seguido de dudas sobre por qué había conseguido caminar bajo el sol. Por qué mi transformación había sido tan violenta, y por qué había sido Sentus quien lo había hecho, se abatieron sobre mí.

—Sentus —dijo Sixto negando con la cabeza—. No le creí capaz de hacer algo así —confesó a continuación, ciertamente embargado por la vergüenza y la responsabilidad—. No es mi deseo que nos convirtamos en sus enemigos. Sentus dispone de un gran poder —siguió diciendo apenado. Su rostro reflejaba preocupación—. Intentaré dialogar con el...

Me quedé sorprendido ya que creí que al convertirme dejaría de leer en mi mente.

—Jovencito, quítate esa idea de la cabeza, esto no es uno de los volúmenes de Anne Rice —Sixto no tardó en volver a nuestro tema inicial—. No obstante, no creo que venga a por nosotros, ya que ha zanjado bien este asunto —dijo mirándome a los ojos. Después dejo caer la mirada al suelo.

Al decir aquello me dejó leer un mensaje entre líneas, o quizá me dejó leer en su mente, no lo recuerdo.

—Kristin —susurré.

No podía moverme, noté cómo empezaba a hervirme la sangre. No pude creerlo, no puedo acabar de creerlo ahora. Negué con la cabeza y salí disparado de la habitación. Me dirigía precipitadamente al comedor de mi casa cuando, al abrir la puerta que separaba mi zona del resto de la casa, Mina saltó sobre mí mordiéndome, clavando sus afilados colmillos caninos bien hondo en mi brazo. Me la quite de encima de un manotazo, esta chocó contra el mueble del recibidor y después de emitir un grito de dolor se arrinconó asustada. Por primera vez noté como mi nueva anatomía vampírica curaba mi brazo herido, pero no me entretuve en aquel suceso ya que lo que iba a encontrar tras la puerta cerrada del comedor, iba a cambiar mi vida.

Abrí la puerta y caí de rodillas al suelo.

Capitulo 13


13



—Despierta —ordenó Sixto mirándome a los ojos.

—Sentus —pronuncié aquel nombre con rabia.

La noche anterior, después de que Sixto tomara la decisión, de que no me convertiría en uno de ellos. Me dirigí costosamente a casa. Pero al llegar al portal, alguien me esperaba. La puerta se encontraba abierta, agradecí lo que aparentemente habría sido el descuido de algún vecino. Subí las pocas escaleras que me llevarían al primer piso, con calma y cogiéndome muy fuerte a la barandilla. Cuando llegué busqué en mi bolsillo las llaves que abrirían la puerta de casa. Entonces a mi lado, alguien apareció. Primero pensé que podría tratarse de Sixto. Pero fue Sentus quien me tomo la mano, hizo que las apoyáramos sobre el pomo de la puerta. Esta se abrió a su antojo sin la necesidad de utilizar la llave. Sin soltarme la mano entramos en casa. Yo obraba a su voluntad, sin dejar de mirarle, sin hacer el más mínimo ruido entramos en mi habitación, me desnudó lentamente, como si intentara ganar tiempo.

—No suelo jugar con la comida, pero en tu caso haremos una excepción —aseguró sonriendo, mostrándome sus afilados dientes.

Me desgarró las mayas, se desnudó a velocidad vampírica y luego se abalanzó sobre mí. No sentí pasión al principio, era un títere, su títere. Comenzó a tocarme y a besarme, deseó que me excitara y lo hice, comencé a desearle, y me volqué por completo en aquel beso. Algo dentro de mí no se sentía seguro y llamaba a gritos a Sixto, pero en aquel momento era Sentus quien me dominaba. Sus ojos me observaban del mismo modo que lo había hecho unas horas atrás. Desnudos me hizo tumbar y desbocó toda su pasión y su ira sobre mí. Me hizo el amor igual que lo había hecho Sixto en muchas ocasiones, mientras se relamía.

—Ha llegado el momento, ahora quiero que le llames con todas tus fuerzas —me susurro al oído.

Repentinamente me sentí alarmado y mi estado de títere desapareció, mientras seguía meciéndose sobre mí. Me agarró fuerte por las muñecas y clavó sus colmillos en mi cuello. Comencé a gritar desesperadamente, e intenté deshacerme de él con todas mis fuerzas. Pero aquello únicamente consiguió debilitarme. Noté cómo sorbía mi sangre con largos e intensos sorbos, de nuevo volvían a tirar del hilo, pero en aquella ocasión no sentí placer, no sentí amor, creí que iba a estallarme el corazón. No tardé en dejar de sentir, cuando el dolor estuvo en su momento más intenso, se disipó. Mis fuerzas se habían agotado. Iba a morir. Posiblemente aquello no duro más de un minuto, pero me pareció la eternidad. Si hubiese conservado la vista, le habría visto los labios teñidos de rojo. Me costaba respirar.

—Bien, esperemos que Sixto ya esté en camino —volvió a decirme al oído, seguidamente le oí levantarse de la cama e supe que se había marchado tan sigilosamente como había llegado.

Capitulo 12


12



Me desperté en mi cama, tan misteriosamente como me había despertado casi todas las noches que había compartido con él. Sentí un agudo dolor de cabeza, me quedé reflexionando más de diez minutos sin abrir los ojos, presionándome con los dedos la sien. Al ver que el dolor de cabeza no pasaba decidí levantarme. Apoyé todo mi peso sobre mis brazos. Me asusté al ver que alguien ocupaba el lado izquierdo de mi cama. Ese alguien no desprendía precisamente calor corporal.

Aparté un poco la manta que le cubría y vi su tez blanca y su pelo rubio. Entonces caí en la cuenta de que él se había detenido en tapar todos los huecos, por donde podría colarse la luz del día. Sonreí de alegría por tenerle a mi lado y volví a tumbarme en la cama. Esperaría a que despertara.

A los diez minutos no pude contenerme. Seguía con vida.

—Estoy vivo —susurré.

Tenía que salir de allí. Ya tendría tiempo por la noche para estar junto a él y pedir explicaciones. Pero en aquel momento necesitaba ir a ver a Micke. Mire el reloj, llegaba tarde a clase, cuando Micke me viera me iba a regañar de nuevo, aquello me hizo sonreír. Me vestí sin hacer el más mínimo ruido, coloqué mi mochila al hombro y salí en silencio de la habitación, cerrando la puerta con sumo cuidado y rapidez. Antes de salir de mi zona entré en el cuarto de baño, me aseé y me disponía a salir de allí cuando oí cómo Mina empezaba a ladrar amenazante tras la puerta, supe que era por la presencia de Sixto. Salí de mi zona y le mandé callar, cosa que no conseguí, esta seguía ladrando e incluso se me encaró.

Entonces apareció Kristin que dando una única orden, Mina obedeció mirando de reojo hacia mi habitación. Kristin me miró des del comedor, me acerqué a ella, todavía se oía el ruido de mi sobrino correteando y gritando como siempre hacia. Aparecí cogiéndole en brazos. Este estalló en gritos y risas.

— ¡No, John no! —me decía negando con el dedo índice, señal de que todavía quería jugar conmigo.

—Ahora tengo prisa, pero te prometo que esta noche jugaré todo lo que quieras contigo —le dije para después besarle en la mejilla.

Me sentía más vivo y feliz que nunca. Me acerqué a mi hermana y también la abracé, cosa que no solía a hacer muy a menudo, esta se quedó sorprendida, pero aceptó mis brazos encantada.

—Por favor, no entres en mi cuarto, te lo suplico —le pedí repentinamente.

Ella se extrañó y miró esperando una explicación. Para variar me despedí diciéndole que se lo contaría más tarde, pero sobretodo le remarqué que ante nada no entrase allí.

Salí de casa, ágilmente, salí del portal, aquel día el sol me pareció más intenso que ningún otro día. Tapé con mis brazos mi rostro durante un momento, lo miré directamente, cosa que siempre había evitado hacer para proteger mi vista. Me dirigí a la estación como tantas veces había hecho, pero jamás había disfrutado tanto de hacerlo como aquel día. Supongo que no había sabido valorar mi vida, hasta que había estado a punto de perderla.

Fui hacia la universidad, con aquella alegría en el cuerpo que parecía imposible de apaciguar. Llegué al campus e hice tres clases, antes de que llegase la hora del descanso del mediodía. Salimos de clase cinco minutos antes así que fui al aula donde Micke debía encontrarse y le esperé a la entrada. Salieron varios alumnos, entonces salió él, le vi triste mirando hacia el suelo, como caminando sin rumbo. Me acerqué y pare ante él, alzó la vista, paró frente a mí para verme, después me abrazó con aquel amor incondicional que sentíamos entre nosotros, como si de hermanos nos tratásemos. Cuando me soltó se apartó solo unos pasos y frunció el ceño.

—Me has tenido muy preocupado, han sido casi dos días… amargos… ¡Por tu culpa! —empezó a regañarme, cosa que no me sorprendió y que, en definitiva, merecía. Pese a esto, todo lo que logró fue que sonriese.

La gente que por allí pasaba se nos quedaba mirando extrañada. No le di importancia. Luego empezamos a caminar, nos dirigíamos al comedor del centro, esta vez él se había traído comida de casa, y como su madre siempre le preparabas raciones exageradas decidió compartirlo conmigo. Comimos. Yo le conté lo de Carol, y él me habló de una nueva chica en su clase que no dejaba de pedirle ayuda, y sabíamos que si en una clase repleta de varones una de las pocas chicas se acercaba a ti, era por alguna razón. Nos echamos a reír por el hecho de pensar del mismo modo.

Al acabar la hora de comer volvimos a clase y el día transcurrió tan alegremente como había comenzado. Exceptuando que a última hora un seguido de vómitos y mal estar hizo presa de mí. Eché toda la comida que hube ingerido. No me sentía todavía demasiado bien, así que esperé a Micke fuera del centro, sentado en el césped, aguantando mi cabeza entre mis manos. No comprendía porque de repente me había empezado a sentir tan mal. Me tumbé y dormité hasta que apareció Micke y se sentó a mi lado, me dio unas palmaditas en la rodilla para que notara su presencia. Abrí los ojos, y vi que ya había oscurecido. Dormir me había sentado bien, el malestar había desaparecido.

Subimos al coche y nos dirigimos a casa, le comenté lo que me había ocurrido pero que después de dormir un rato ya me sentía mucho mejor. Me dejó frente a casa, no tardé en subir, comenzaba a sentirme cansado.

— ¿Nos veremos mañana? —preguntó con desconfianza, yo le confirmé con la cabeza, sonreí y subí a casa.

El piso se encontraba en silencio, por lo que supuse que debían estar durmiendo. Me metí en mi habitación ansioso por verle. Dormía, bueno más que dormir parecía yacer muerto, no respiraba, le toqué la cara, no le encontré tan frío como siempre me lo había parecido. Dejé mi mochila en el suelo y me tumbé a su lado, me sentía muy débil. En ese momento abrió los ojos. Se incorporó sentándose, llevaba el pelo suelto, su larga melena rubia le llegaba hasta la cintura.

— ¿Cómo te encuentras? —me preguntó, estirando el brazo para acariciarme la cara.

—He tenido un día genial: he salido de casa, he ido a la universidad, he vuelto a ver a Micke... Todo ha transcurrido sin ninguna variación extraña. Hasta que ha oscurecido, de repente he vomitado toda la comida que había comido, y me he empezado a sentir mal, pero de repente se disipó el malestar, así que vuelvo a estar bien y también...

Se quedó perplejo mirándome con los ojos muy abiertos, callé al ver su expresión de horror.

—Eso es imposible —dijo casi sin mover los labios.

Luego volvió a estirarse tapando su cara con las dos manos. Me senté cerca de él y apoyé mi cabeza en su abdomen.

—Pero… ¿se puede saber qué he hecho que te hace sentir tan mal, confuso y asustado? —le pregunté al tiempo que le abrazaba, complacido y completo por poder estar a su lado de nuevo.

—Eso es imposible —repitió mirándome esta vez—. Te has expuesto al sol... Y no...

No terminó la frase.

Saltó de la cama y camino inquieto por la habitación. Me levanté y cogiéndole por las muñecas le obligué a sentarse de nuevo.

— ¿A qué te refieres? —susurré horrorizado mientras descubría mis nuevos colmillos con la lengua.

capitulo 11


11




Caminamos en dirección a la playa, en silencio. Sixto me miraba de vez en cuando; yo simplemente caminaba, pensando. Adirand me había dicho, que al día siguiente pasaría a ser uno de los suyos. Miré a Sixto y tampoco sentí nada. No veía necesario tener que esperar hasta el día siguiente. Quería terminar con todo aquello de una vez por todas. Sentí que todo lo que me había preocupado e inquietado hasta el momento, ya no me importaba en absoluto.

—Es normal que no puedas sentir nada —dijo Sixto mirando hacia delante—. Tu alma está pendiente de otros asuntos ahora —añadió sonriendo y girando hacia mi; me apretó suavemente por los hombros y me acercó a sus labios levantándome un palmo del suelo.

Cerré los ojos e intenté percibir algo dentro de mí, poco a poco conseguí relajarme y comencé a sentir. A sentirle a él, su frialdad, su suavidad, su lengua y sus labios. Entonces se apartó de mí, suspiré aliviado por volver a sentir. El susurro del aire del mar, no me transmitía ninguna sensación especial, pero me hizo tener frío, mucho frío. Sixto se quitó su capa y me la entregó. Me la puse sin rechazarla, y sonreí para agradecérselo. Mi escritor siguió hablando.

—Sin embargo, quiero que tu alma sienta lo que va a ocurrirte a continuación —prosiguió— Es importante —dijo echándose a andar de nuevo tras un amargo suspiro.

Seguimos caminando hasta la playa. Sixto paró y me miró de un modo extraño, reflejando tristeza.

— ¿Te he dado tiempo suficiente para despedirte? —quiso saber mirando al horizonte.

Recordé el día anterior, la comida junto a mi familia. Me arrepentí de no haberles dicho adiós, sin embargo tampoco lo habría hecho, no me habría atrevido. Era más fácil desaparecer sin más. Después pensé en Micke, y en que se habría quedado hecho polvo.

«Pobre Micke. Y pobre Mina, mi Mina…», me vino a la cabeza después, como un torrente de pensamientos que hasta entonces no habían estado a la vista. Kristin cuidaría de ella, de mi Mina. Y en cuanto a Carol… Bueno, lo que hicimos sí que podía considerarse una buena despedida.

En respuesta de los recuerdos que le había mostrado, sonrió y me encaró de nuevo. Se acercó hasta casi rozarme como solía hacer.

— ¿Me besarías por última vez como ser mortal? —tanteó con una sutilidad de lo más excitante, con la cabeza gacha, pero con su mirada hincada en la mía.

Accedí a su petición complacido. De nuevo volví a desearle como tantas veces había hecho. Nuestros labios se fundieron mientras acariciaba mi rostro. Sabía que le gustaba tocarme, porque percibía mi calor humano.

Nos besamos durante largo rato, luego seguimos caminando un poco más. Caminamos por la orilla sin importarnos que de vez en cuando alguna ola pudiera alcanzar nuestros pies. La playa del faro terminó, paramos justo antes de que comenzaran las rocas que sirven de separación de la gran playa y las calas que la siguen. Sixto se sentó sobre la húmeda arena un poco más alejado de la orilla. Hizo un gesto con la mano para que me sentara a su lado. Obedecí. Quedamos sentados uno al lado del otro, giró la cabeza hacia mí para poder besarme de nuevo. Correspondí a sus besos. De nuevo sentí el cosquilleo en el estómago que me producía su simple presencia. Me beso rozando mis labios con la lengua, luego los parpados y los pómulos. Después comenzó a besar mi cuello, de un modo que nunca antes había hecho. Incliné la cabeza hacia atrás rindiéndome ante aquel beso tan profundo y placentero. No me di cuenta, había clavado sus colmillos y me estaba desangrando, volví a notar que estiraba del hilo. Cuando percibí que la sangre salía por la herida de mi cuello por un momento los labios de Sixto pasaron a ser un segundo plano, sus afilados colmillos captaron toda mi atención. Noté cómo sorbía mi sangre, sentí placer, me pareció el acto más lujurioso vivido hasta el momento, amándome a cada instante, para que se me hiciera más placentero todavía.

No intenté en ningún momento escapar, simplemente le abracé con las fuerzas que me quedaban y lloré. Creí morir. Comencé a soñar. Vi a mi madre, sentada a la mesa. Yo tenía catorce años, Kristin veintitrés y ni mi sobrino ni Mina existían.

—John, prométeme que no lo harás —decía ella bromeando.

Kristin también reía. A mí me enfurecía que nunca me tomaran en serio. Recuerdo que aquel día había llegado a casa con un artículo de prensa entre mis manos y se lo leí a las dos en voz alta. El artículo trataba sobre que habían encontrado un laboratorio situado bajo París, a solo unos kilómetros de las catacumbas. Habían apresado a todos los que habían resultado tener algo que ver con aquel lugar. Y es que habían encontrado todo tipo de, por llamarlo de alguna manera, “drogas” allí abajo. Drogas y algunos animales presos. Pero el artículo me cautivó por completo cuando leí que también habían encontrado allí abajo a un niño, que había muerto hacía un mes. El niño se encontraba en un estado de delirio. Podía moverse, pero era incapaz de articular palabra. Aquel tema me cautivo por completo y desde entonces comencé a investigar. Con los años me experimenté en física y química para disponer de sus laboratorios. Fue entonces cuando tuvieron el accidente. Me encontraba en clase cuando me llamó Kristin sin poder contener el llanto y me dio la noticia.

Noté que el sueño se desvanecía, al tiempo que sentí un dolor tan agudo que no pude resistir. Pasó ante mí el resto de mi vida, después noté que se me iba la cabeza. Pensé en Kristin, en mi sobrino y en Carol, en todos los que se habían alejado de mí después de la muerte de mis padres, y en lo dolorosa que me resultaba su ausencia. Echaría tanto de menos a mi hermana a Carol y a Micke, y mi sobrino, era tan dolorosa la idea de pensar que no podría verle crecer. Y entonces lo vi. Todos los años me había estado engañando a mí mismo diciéndome que podría recuperarlos, y así no tener que admitir que habían muerto. Me desmayé.

Desperté. Sixto se encontraba a mi lado tumbado sobre la arena. Le sonreí y me acerqué a el débilmente, arrastrándome.

—Ya soy como tú... —susurré.

No se movió ni un milímetro. Me contestó sin mirarme.

—Creo que de quien deberías despedirte es de mí —dijo con una expresión dura en su rostro. Yo negué con la cabeza, no tenía fuerzas siquiera para hablar.

—Tanto Adirand como Sentus se habían quedado solos, ansiaban morir. Pero tú amas a tu familia, e incluso amas a tus padres ya muertos, a Micke, y a Carol. Así que debo, dejarte libre —concluyó poniéndose en pie.

Mi debilidad no me dio oportunidad de responder, tuve que abstenerme a ver como se alejaba de mí, hasta que desapareció en la oscuridad de la noche. Cuando tuve las fuerzas suficientes, las utilice para llorar, echándole de menos, sabiendo que no volvería a verle nunca más.

Capitulo 10


10



Algo me acariciaba la cara, un dedo, un dedo demasiado suave para ser humano. Pasaba una y otra vez por mis labios. Abrí los ojos. Y allí estaba él. Al verme despertar, sonrió. Extendí los brazos para que me abrazara. Me sorprendió mucho verle allí, en mi casa.

—Lo siento —me disculpé por no haber acudido la noche anterior.

—No te disculpes —dijo tumbándose a mi lado.

Esta vez esperé impaciente a que me besara. Él sonrió, posiblemente sabiendo qué era lo que pasaba por mi cabeza.

Le sonreí mirándole seductoramente, pero sin moverme ni un milímetro; noté cómo su impaciencia crecía. Hizo una mueca y luego se levantó. No me sorprendió, era un ser demasiado orgulloso para tener que ceder. Pensar aquello provocó que se girase repentinamente y me atacara lujurioso, sonreí mientras me practicaba sexo oral, algo que jamás, durante todos aquellos meses habíamos hecho. Gemí de placer, mientras le notaba con todos mis sentidos todavía humanos.

Le di tres avisos antes de correrme violentamente dentro de su boca. Cuando terminé, volvió a tumbarse a mi lado, de costado, para poder verme con todo detalle. Me quedé tendido, respirando profundamente, mientras todavía sentía por mi estómago aquel cosquilleo que siempre sentía cuando se acercaba a mí. Me giré para poder abrazarle. Me quede dormitando durante un rato. Me acarició la barbilla, para que despertara. Abrí los ojos y le vi de pie, vestido con ropas que nunca antes le había visto puestas, ni a él ni a ninguna otra persona: unos pantalones a media rodilla, una camisa blanca de fino algodón y una capa a sus hombros. Me pareció mucho más atractivo, con su larga melena rubia suelta. Pensé que aquella indumentaria resaltaba su belleza.

—La ropa de épocas antiguas me fascina, pero ahora es imposible ir con estas vestimentas sin llamar la atención —expresó y lamentó después de leer mi mente.

Le observé mientras seguía tumbado en la cama, me incorporé y me puse a buscar por mi armario algo con que vestirme. El negó con la cabeza haciéndome retroceder.

—Hoy vestirás de gala —aseguró con una sonrisa.



“¿De gala?”, me pregunte frunciendo el ceño.

Buscó en una bolsa que cargaba en su hombro, deduje que también aquella bolsa sería de otra época, ya que iba a juego con las ropas que el vestía. Sacó unas mallas y un jersey bastante largo de color azul marino, no reconocí la tela, pero era gruesa y rugosa, posiblemente del mismo material que su bolsa. Me la entregó para que me vistiera. Tragué saliva, nunca antes me había puesto mallas, pero si él me lo pedía no debía suponerme ningún problema. Así que me vestí ágilmente, descubriendo al terminar que aquel atuendo parecía estar hecho a mi medida. Me miré al espejo inclinando la cabeza hacia un lado, viéndome extraño, me recordó a las ropas que vestí el día que fui a una feria medieval, el jersey era de mangas estrechas y largas hasta las muñecas. Puesto que la tela parecía ser gruesa y áspera no esperé notar el roce de mi pelo en mi espalda. Giré para mirarle.

—Estás encantador —me dijo.

Repentinamente le espeté algo que salió de lo más profundo de mi ser. Algo que me carcomía por dentro des de la noche anterior.

— ¿Te recuerdo a él, verdad? —le pregunté con el fin de demostrarle por todo lo alto que le tenía celos de Adirand, que quería que fuese solo mío.

Este se sorprendió, lo noté por la expresión de su cara. Luego emitió tres carcajadas ruidosas. Y se acercó a mí hasta casi tocarme. Sorprendentemente, él era más alto que yo, así que tuve que inclinar la cabeza hacia arriba para poder seguir mirándole. Me besó en los labios.

—Eres mi preferido —dijo.

Y yo no supe como encajar aquellas palabras; no sabía si alegrarme o pensar peor al darme cuenta de que aquello podía significar que había más todavía. Me aparté de él y le pregunté al fin.

— ¿Me amas? Porque si no es así, no sé si quiero continuar con esto. He leído demasiadas desgracias sobre vampiros.

El negó con la cabeza.

—Por supuesto que te amo, te deseo a cada instante —aseguró—. No eres tú el único que pasa las horas ansiando verme. Pero cuando eres un ser de tres mil años aprendes a amar a varias personas a la vez y del mismo modo. Aun así, no deseo que te bases en nuestro amor para decidir si quieres ser uno de los nuestros —respondió, mis celos parecían herirle profundamente.

Al ver su sufrimiento mis celos desaparecieron. Me puso un sombrero de trapo con una pluma enganchada.

—Éste será tu color —me dijo.

Sonreí. Aquellos tonos azules oscuros hacían resaltar mis ojos del mismo color.

Salimos de casa, y bajamos a la calle. De nuevo la brisa del mar me hizo sentir un placentero escalofrío. Caminamos a paso lento en dirección al hotel donde nos habíamos encontrado en tantas ocasiones. Pero nos desviamos y nos acercamos al puerto. Paramos sobre el suelo asfaltado, donde de día los pescadores cosían sus redes. A aquella hora no quedaba ninguna evidencia de que aquello hubiera sucedido durante el día. Esperamos hasta que de entre las sombras apareció Adirand, con prendas muy parecidas a las mías, pero con tonos granates y dorados. Se besaron para saludarse, mis celos volvían a aparecer de nuevo, cosa que desapareció en cuanto se acercó a mí y también me besó. Sin apartarse demasiado de mi cara vi cómo sus ojos vampíricos me observaban a muy poca distancia. Luego se alejó sin dejar de observarme bajo la luz de la luna. A continuación dio una vuelta sobre sí mismo mostrando su aspecto.

— ¿Era esto lo que querías? —le preguntó a Sixto, con un rencor que yo no logré entender. Sixto asintió con la cabeza. Luego volvió a mirarme.

—Me acabaré poniendo celoso —dijo mofándose de mí.

Me acerqué a él y le besé de nuevo. Sixto nos observaba en silencio.

Adirand, sin duda había sido transformado en aquel ser a corta edad, quizá antes de cumplir los dieciocho. Era de una estatura media sin duda no era ni de lejos tan alto como yo o como Sixto y sus facciones eran finas como las de una mujer. Yo, en cambio, era todo un hombre de casi dos metros a mis veintidós años.

Sixto nos hizo una señal. Él y Adirand me cogieron de los brazos y comenzaron a moverse rápidamente. En alguna ocasión ya me había percatado de que eran capaces de moverse a gran velocidad, tanto que en ocasiones no podía percibirlo a simple vista. Me sujetaron más fuerte de lo que jamás me habían cogido, me hicieron daño en los brazos, y comenzamos a movernos más rápido todavía, a un ritmo alarmante; no podía ver con claridad a mi alrededor, todo comenzó a dar vueltas, acabé mareado y quedé inconsciente. Supongo que pararon al percatar aquello, y que entonces Sixto me trasladó el resto del camino en brazos, recurriendo a su sorprendente fuerza. Ahora al pensarlo imagino a Adirand regañándole por no haber previsto que aquello ocurría.

Desperté, su presencia me rodeaba, entonces oí el canto, el coro de hombres, en un idioma que no lograba entender, iba subiendo de tono. Aquello me hizo recordar lo que Sixto relataba en la novela, que me había leído recientemente. Mis brazos se encontraban extendidos hacia arriba, intenté acercarlos a mi cuerpo. Oí un ruido metálico. Abrí los ojos y vi el techo de la cuaba, esta se alzaba varios kilómetros hacia arriba. El fuego de una gran hoguera iluminaba toda la pared de aquella roca hueca, dándole un tono rojizo al panorama que yo alcanzaba a ver, luego intenté incorporarme, pero de nuevo sonó aquel sonido metálico que me hizo tumbar de nuevo, miré alarmado mis muñecas y tobillos, sobre la mesa rectangular de piedra habían unas cadenas sujetándome por las cuatro extremidades. Aquello me hizo enloquecer, e intenté soltarme frenéticamente, me sentí como una presa demasiado fácil para aquellos seres, seres que se alimentaban de sangre humana. De mi sangre. Pensar aquello me hizo ponerme histérico, comencé a gritar sus nombres, llamaba a Sixto e incluso a Adirand, busqué entre los hombres con túnica que me rodeaban, no logre verles, lo único que lograba ver eran aquellos largos colmillos que sobresalían de sus bocas cuando cantaban, entonando las vocales, seguí gritando durante más de diez minutos. Al fin me quedé tendido, sabiendo que aquello no iba a servirme de nada, uno de los hombres que me rodeaba se acercó, empecé a temblar, aquel que se paró frente a mí, me acarició el rostro para tranquilizarme, cosa que hizo que me pusiera más nervioso. Comenzó a orar alzando su voz por encima del resto de los presentes, el resto se quedaron en silencio, este siguió orando, bajó la voz hasta que se convirtió en un susurro. Un susurro que capturó toda mi atención. Mientras esperaba inmóvil, sin poder dejar de mirar su boca al hablar, me sentí como Experimento nº 2, depositado y atado sobre la mesa de acero, me alegré de que no hubiera despertado, no le deseaba vivir aquella situación a nadie. Mis pensamientos me distrajeron por un momento hasta que un destello en mi cara llamó mi atención de nuevo, miré al hombre para averiguar de dónde provenía aquel resplandor, entonces vi que sujetaba un puñal en su mano derecha. Comencé a temblar de nuevo. Recé, cosa que nunca había hecho, pero le rece a él, a Sixto, pedí con todas mis fuerzas que el apareciera entre aquella multitud y que hiciera que acabase aquella pesadilla. Entonces aquel hombre paro, y me miro por primera vez directamente a los ojos. Se trataba de un joven aparentemente, de quizá un par o tres años mayor que yo. No pude definir el color de sus ojos con aquella iluminación. Pero al ver cómo le observaba me sonrió. Me enamore de aquella sonrisa en aquel preciso momento, hasta que acercó el puñal lentamente a mi cuello y comenzó a orar de nuevo, todos le siguieron. Entonces lo noté, note como la hoja bien afilada del puñal me rozaba el cuello haciéndo un fino corte. De mis ojos brotaron unas lágrimas, seguidas de una mueca de dolor. Todos oraban mientras este sujetaba el puñal rozando mi cuello todavía.
Un nuevo hombre con túnica se acercó a mí, y comenzó a orar con el resto. Alzó el brazo y tomó el puñal de las manos del anterior. Aquel se retiró haciendo una reverencia. Aquel que sujetaba el puñar nuevamente era Sixto, se descubrió la cabeza para que pudiera verle, al tiempo que continuaba orando suavemente.

Mi amor paso a un segundo plano, en aquel momento, para mi, Sixto dejo de ser Sixto y paso a ser un par de colmillos bien afilados. Se acercó a mí y me beso en los labios. Dijo algo en alto para que todos le oyeran, volvió a acercarse y después de besarme en el cuello, clavó sus colmillos y mi sangre salió, primero poco a poco, pero después clavó los colmillos más hondo y la sangre salió a borbotones. De nuevo volví a notar como si un hilo tirase de mí, de nuevo me rendí ante él como aquel día me había rendido ante Adirand. Sorbió suavemente transmitiéndome todo el amor que sentía por mí, para que en lugar de sentir dolor sintiera un lujurioso placer.

Dejó de sorber de mi herida y lamió aprovechando cada una de las gotas de mi sangre, hasta que esta se cerró bajo su boca. El dolor desapareció, únicamente sentí como toda mi piel se erizaba al notar como sus labios succionaban mi cuello suavemente, sin herirme. Luego me beso, sonrió y se acercó a mi oído.

—Ya estás listo —susurró acariciando mi rostro.

Sentí paz, después de aquello no sentí nada, yo seguía atado mientras él se alejaba de mí y se perdía entre la multitud.

Deje de ser el centro de todos. Los hombres se dispersaron y comenzaron a hablar entre ellos cordialmente, en latín. Permanecí tranquilo esperando a que alguien me dejara libre. Vi que Adirand se aproximaba. Volví a divisar a Sixto se encontraba a varios metros de nosotros.

Sixto se acercó al vampiro que me había cortado e intercambiaron unas palabras en latín, luego el hombre le sonrió y beso en los labios. No sentí celos. Luego Adirand comenzó a jugar con mi pelo, apoyando su cabeza a mi lado, para poder susurrarme al oído.

—Ése es Sentus. Es su primera transformación, ahora que prácticamente ya eres de los nuestros, confío en que acabarás conociendo a Sentus. Y algo puedo asegurarte: te gustare más yo —aseguró sonriendo.

Mientras miraba a Sentus, vi que cuando me dijo aquello, aquél nos miró y asintió con la cabeza a modo de saludo. Adirand le miró y le sonrió. Luego Sixto y Sentus se acercaron a nosotros.

—John, éste es Sentus.

Miré al vampiro que acababan de presentarme. No era tan alto como Sixto pero tampoco tan bajo como Adirand, mediría un metro ochenta y poco. Su piel era blanca como la del resto. Sin la capucha sobre su cabeza pude distinguir que sus ojos eran verdes más claros que los míos. Tenía los labios finos pero bien marcados y parecía amar a Sixto tanto como le amábamos yo o Adirand.

Este se acercó a mí y me besó, en la mejilla, cosa que nunca antes un vampiro había hecho. Yo asentí con la cabeza.

—Si necesitas algún día, cualquier cosa, no dudes en pedírmelo —dijo.

—Empezaré ahora mismo —le respondí mirando mis muñecas.

—Oh, claro, las cadenas. Siento haberte asustado antes —se disculpó—. Solo era para...

—Facilitar las cosas —acabé su frase recordando de nuevo a Experimento nº2.

—Así es —dijo él leyendo en mi mente—. Ahora entiendo por qué te ha escogido Sixto, debes recordarle a él.

Sixto asintió mientras cogía la llave de la mano de Sentus, y comenzaba a quitarme las cadenas. Me levanté y me fijé en cualquier detalle de aquel lugar; era tal y como Sixto lo había relatado en sus libros. Me pregunté fugazmente, cómo era posible que a él le permitieran relatar todos aquellos secretos. Pero enseguida desapareció aquella cuestión de mi cabeza, como si a alguien no le interesase que los demás pudieran llegar a aquella conclusión.

Me levanté, y una vez estuve desatado del todo, me acerqué a Adirand, apoyé mi hombro en él y deje caer mi cabeza hacia un costado.

—Mañana acabará tu transformación —me confió—. Espero que todo salga bien.

Adirand comenzó a alejarse de allí, yo le seguí a paso mortal. Me sentí mareado. Así que esperó a que le alcanzara y me ayudó a trasladarme por el largo túnel. No podía dejar de mirar hacia atrás esperando que Sixto apareciera en cualquier momento, salimos del túnel, y escuché atentamente el canto de los grillos.

—Somos los seres más antiguos que quedan —dijo apenado. Yo atendí, apoyado en la pared del exterior de la rocosa montaña—. Me refiero a que Sixto es el ser más antiguo que queda de nuestra especie —concretó después.

Recordé la historia que Sixto nos había confesado, y me resultó imposible que aquello fuera cierto teniendo en cuenta que eran inmortales. Adirand leyendo mi mente me contestó.

—En nuestro mundo paralelo también existen asesinatos —me confesó.

Aquello me lo aclaro, y aunque sentía curiosidad, no pregunté nada más.

Sixto al fin se reunió con nosotros, Sentus le acompañaba.

—Recuerda, John, a partir de mañana no te expongas al sol, e intenta no prender en llamas —dijo riendo suavemente, como si de un chiste se tratase.

Sixto se acercó a él y volvió a besarle y abrazarle. Percibí un toque de amargura en mi amado escritor, pero no entendía a qué podía deberse.

Sixto me cogió en brazos, como nunca habían vuelto a hacer desde que empecé a crecer. Yo me abracé a su cuello, y por miedo a volver a marearme escondí mi cara entre su cuello y melena.

Volví a oírles hablar en latín, probablemente para despedirse. Luego nos pusimos en marcha, noté como el aire hacia revolotear mi pelo. No aparté mi cara de su cuello hasta notar que el aire cedía. Una vez noté la suave brisa me dejó en el suelo y me besó apasionadamente de nuevo.

—Todavía quedan muchas horas de noche, hemos acabado más rápido de lo que creía —comentó Sixto mirándome fijamente.

Adirand sonrió y marchó a paso tranquilo sin despedirse. Miré cómo se alejaba, sin entender por qué lo hacía.

Capitulo 9


9



Entre en casa la luz del pasillo estaba encendida, me metí en mi habitación y cerré la puerta. Posiblemente mi hermana se encontraba en la cocina preparando la cena para ella y para el niño. Me dejé caer sobre la cama abatido y de nuevo volví a llorar. Noté que las lágrimas se deslizaban por mis mejillas. Intente pensar de nuevo en las respuestas que necesitaba encontrar, antes de convertirme en algo eterno. Oí como alguien abría la puerta de mi habitación, no hice ni el esfuerzo de levantar la cabeza para ver quién era, Carol apareció a mi izquierda, caminaba sigilosa. Cuando se percató de que lloraba, se sentó al borde de la cama.

— ¿Tienes mal de amor? —preguntó casi sin mover los labios.

Negué con la cabeza, me incorporé sobre mis rodillas.

—Creo que lo único que he intentado toda mi vida ha sido... —vacilé unos momentos antes de terminar la frase— ¿Crear vida? —me pregunté a mi mismo, sorprendido de nuevo al ver que no tenía claro qué era lo que había intentado todos aquellos años. Me sequé las lágrimas de la cara.

—Crear vida —repitió Carol mientras me observaba divertida; siempre la encontraba mirándome de ese modo.

—Tu sobrino y tu hermana ya duermen, ella no se encontraba bien, así que yo, me quedé para hacerle un par de favores —dijo Carol mandándome un mensaje entre líneas.

Tragué saliva, y me acerque más a ella. Nos encontrábamos sentados en la cama, ella al borde y yo sobre mis rodillas. Mirándonos a la cara a unos centímetros de distancia.

—Si quieres puedo enseñarte algo sobre cómo crear vida... —me dijo mirando mi camiseta tímidamente.

Sin apartarme de su punto de mira, me la quité. Vi que se relamía y mordía su labio inferior ante aquel acto.

Esta se quedó inmóvil frente a mí con la boca entreabierta. Al fin se acercó más a mí y comenzó a desabrocharme el cinturón con calma. Le dejé hacer sin decir nada, cuando lo hubo desabrochado me empujó hacia atrás para poder quitarme los pantalones. Me quedé en ropa interior tumbado en mi cama con los ojos cerrados, sintiéndome bien por primera vez desde hacía horas. Abrí los ojos y vi cómo se levantaba, se alzaba la camiseta y se la quitaba, después sin andarse con rodeos hizo lo mismo con su pantalón.

—Cierra los ojos —me pidió. Sonreí y le hice caso, los cerré y me los tapé con las manos.

En unos momentos, cuando se hubo desnudado por completo se puso sobre mí dejándome preso entre sus piernas desnudas. Abrí los ojos y me incorporé hasta quedarme sentado. La observé detenidamente. Su cuerpo era esbelto suave y cálido. Sus pechos no eran demasiado grandes, pero si lo suficiente para tener una perfecta forma redondeada y todavía se mantenían en su sitio. Su cintura era estrecha y larga y de repente se hacía más ancha y daba lugar a sus caderas. Un fino vello asomaba de entre sus piernas escondiéndose en la tela de mi ropa interior, manteniéndose en contacto y sintiendo su calor. Esperaba que fuese ella la que comenzase a besarme. Sus labios temblaban, no sé si por la excitación, por vergüenza o el suspense de aquel momento.
Así que me decidí a darle un empujón, la atrapé rodeándo su espalda con mis brazos.
Al recordar mi brazo herido comentó.

—No sé qué te está pasando últimamente, pero recuerdo que ayer tu brazo sangraba, y hoy ni un rasguño...

Comencé a besarla apasionadamente para evitar tener que responder a sus preguntas. Cuando mis labios atraparon los suyos, noté cómo su piel se erizaba, ya que su timidez parecía haberla bloqueado, decidí tomar yo las riendas. La tumbé en la cama como si de una muñeca se tratase, y le bese todo el cuerpo de arriba abajo sabiendo con que intensidad debía presionar a cada momento, ella se estremeció haciéndomelo saber presionando en mi espalda con sus dedos. Me di rienda suelta para hacer con ella todo lo que me apeteció, aprovechando también para adquirir experiencia. Me encantó tocarle introducir mis dedos en sus orificios íntimos mientras le succionaba los pechos, a su vez ella tomo mi cabeza con sus manos y la presionaba con fuerza sobre su cuerpo. Luego estiro de ella para que volviera a posar mis labios en los suyos. Introduje mi lengua en su boca y la bese delicadamente, luego cerré los ojos y recordé a Sixto, me sentí... infiel, luego imaginé que el habría hecho lo mismo en mi posición, que cuando Adirand se le acercaba lo hacía. Seguido imaginé qué harían ellos de haberse encontrado ante una Carol desnuda y frágil. Sangre... Pellizqué con mis colmillos el labio inferior de Carol, no demasiado como para que el dolor remplazara al placer, pero si para que este soltara unas gotas de sangre. Sorbí las gotas luego sorbí de la herida y después continué besándola. Jugamos con nuestros cuerpos experimentando durante más de una larga y placentera hora. Y después al fin llegó el momento que tanto ansiábamos los dos: la penetré sin utilizar preservativo. Gimió de placer al notarme dentro. Hice lo imposible para que aquello durase un buen rato. Pero al fin terminó.
Me tumbé en la cama y ella apoyó su cabeza sobre mi pecho. Dormimos un rato, creo que soñé. Soñé que moría y me desperté asustado. Encontré a Carol en mi cama. Eran las tres de la mañana noté cómo el me llamaba. Oí su voz. Sin duda me había liberado. Ya no era su siervo, ya no me veía obligado a ir hacia él cuando él lo deseaba, y no era que no quisiera estar junto a él sino que debía zanjar aquellos asuntos antes de entregarme por completo.

Desperté a Carol con tiernas caricias, cuando abrió los ojos comencé a besarla y volvimos a hacer el amor.

Carol volvió a dormirse. Yo esperé, mientras miraba por la ventana, a que amaneciera con tristeza, pero ya era muy tarde, no disponía de suficiente tiempo para poder verle antes de que amaneciera.

Volví a ansiarle como tantas noches le había echo. Vi amanecer con nostalgia, de nuevo tenia las ideas claras, deseaba convertirme en uno de ellos, mi familia era feliz, así que podrían vivir sin mí.

Yo quería ser eterno, e incluso pensé en que si en diez años, ya me lo permitían, convertiría a Miche en uno de mi nueva especie. Cuando el sol lució inmóvil en el cielo azul, le deseé dulces sueños y el sueño hizo presa de mí. Carol se despertó en aquel preciso momento.

—Hemos escogido un mal momento para declararnos —le dije mientras me quedaba dormido. Esta me sonrió y besó tan apasionadamente que me obligó a despertar y a hacerle el amor de nuevo. Al terminar, ella se levantó y comenzó a vestirse.

—Es emocionante poder acostarse con un yogurín como tú.

Aquello me hizo sonreír. Cuando terminó de vestirse me beso a modo de despido y se dirigió a la puerta.



—No le digas nada a mi hermana —le pedí mientras volvía a quedarme dormido. Esta vez resultó, me quede dormido, pensando en él.

Capitulo 8


8






Me desperté sobre las diez de la mañana. Me levante rápido y fui al cuarto de baño, necesitaba orinar. Cuando terminé vi mi reflejo en el espejo. Me quedé alucinado, mi piel se había vuelto más blanca todavía, esta vez no había ningún morado, pero mi blancura haría pensar a más de uno que yo había enfermado.


Me vestí con agilidad, me puse un tejano y una camiseta negra. Me peiné, me lavé los dientes y cogí mi mochila, la cargué a mi espalda. Eché un vistazo rápido a mi piso, mi hermana y mi sobrino se encontraban allí. Al verme mi sobrino corrió hacia mí y me pidió alzando los brazos que le cogiera aúpa. Mi hermana salió de su habitación y me vio.


—Nos hemos quedado dormidos —dijo encogiéndose de hombros.


—Me encantaría pasar el día con vosotros, pero debería ir a la Uni —dije a modo de disculpa, por pasar tan poco tiempo junto a ellos. Al escuchar mis palabras, mi sobrino me abrazó bien fuerte, para que no me fuera. Fue suficiente para convencerme.


Salimos de casa y nos dirigimos al bar para desayunar.


Pasamos un rato allí, recuerdo que mi sobrino se metió dentro de la barra como si de un self-service se tratara y salió con un puñado de galletas, que regalábamos con el café y con un zumo de zanahoria y naranja. Se acercó a mí y alzó el zumo para que se lo abriera. Me senté en una mesa en la terraza del establecimiento, el niño me imitó y volvió a enseñar el zumo para que lo abriera. Al fin se lo abrí. Me levanté la camiseta, para poder notar el frío de la silla metálica en mi espalda, me incliné hacia atrás y apoye mi peso sobre esta. Mi sobrino, que no dejaba de mirarme, dejó el zumo sobre la mesa e imitó lo que acababa de hacer, claro que en su caso lo único que pudo tocar el metal fue su cuello. Me reí al ver lo que hacía.


Justo en ese momento llegó Carol y nos acompañó sentándose en la misma mesa que nosotros. Al verla, bajé mi camiseta tapando mis abdominales, y la saludé.


—Hola —me contestó— ¿Qué haces aquí? ¿Cómo es que no has ido a clase hoy? —preguntó extrañada por mi presencia.


— ¿Acaso preferirías que hubiera ido? —pregunté—. He decidido pasar un día con mi familia, considero que los tengo algo abandonados.


Carol asintió con la cabeza y se quedó mirándome, yo hice lo propio seguido con una sonrisa. Mi sobrino al ver lo que yo hacía, me imitó de nuevo y miró también fijamente a Carol. Esta al verlo, le cogió en brazos y le empezó a dar pequeños besos en la mejilla. Enseguida llegó también Kristin dejando un café con leche y un croissant para mí, otro para la recién llegada y un refresco y un bocata de queso para ella.


— ¡Qué bien que hayas llegado! Así podremos ir los cuatro a dar un paseo —dijo mi hermana alegre de que su amiga hubiese llegado.


Y fue así como pasé el último día junto a mi familia. Dimos un paseo por la rambla principal. Recuerdo que le compré a mi sobrino un globo de helio con forma de caballo, fue el que eligió, y que rato después decidió dejar libre. Claro que me transmitió esa decisión en su “idioma”, por supuesto que le entendí.


Al medio día comimos juntos.


Fuimos a un restaurante que había puerta con puerta con el bar de mi hermana, la comida de allí era buena y el servicio excelente, con el valor añadido de que nos conocían. Mi hermana pidió una bandeja de mejillones a la marinera, Carol escogió canelones con bechamel y yo bistec al roquefort, mi sobrino comió un poco de todo lo que pedimos.


— ¡Qué buena pinta! —dijo Carol.


—Si quieres podemos compartir —dije yo tímidamente. Carol se mostró encantada, le pregunté si quería que pidiese otro plato para poder repartir la comida, pero prefirió que comiéramos del mismo.


—Parecéis una pareja de enamorados —dijo Kristin dirigiéndose a nosotros—; a mamá le encantaría presenciar esto —terminó con tono de desdén.


Congelé una sonrisa. Pero dentro de mí estalló un mar de recuerdos, de nostalgia y de pensamientos de mi futuro próximo. La felicidad de las últimas horas junto a mi familia acabó en aquel momento.


Al terminar mi comida me despedí de las chicas y de mi sobrino y me fui hacia la estación, necesitaba ver a Miche. Únicamente su presencia me haría sentir mejor. Una vez en el tren un mar de pensamientos se me echó encima sin poder evitarlo. Primero pasó por mi cabeza Sixto y Adirand yaciendo en la cama, sentí celos, después recordé algo que me hacía especial. Yo estaba vivo. Aquella sensación me alivió pero luego me atormentó de nuevo, debía comenzar a despedirme de todos. Podría haber aprovechado el encuentro con mi familia para hacerlo. Solo morirá tu cuerpo humano. Me dije para tranquilizarme. La palabra muerte cobraba un nuevo sentido para mí. Pero antes de que eso ocurriera, aún tenía que despedirme de mi hermana y sobrino, de Mickel, pasear a Mina por última vez y asegurarme de que la cuidarían bien en mi ausencia. Y también tenía que acostarme con Carol. Me agobió pensar en todas las cosas que debía hacer antes de convertirme en uno de ellos. Me sentí confuso y asustado. Miré mi mochila y saqué mi libro, lo sujeté con las manos pero no sentí necesidad de seguir leyendo, ya que la realidad, mi nueva realidad, era ya bastante emocionante. Arrastré aquel amargor el resto del día. Como ya había supuesto anteriormente todo aquel que me vio al llegar a la universidad, me alertó de mi extraña blancura, yo me limité a sonreír, no me relacioné con nadie hasta encontrarme con Miche. Miche se acercó a mí.


—Pensé que ya no vendrías —dijo.


Al verle le abracé y comencé a llorar en silencio. Él hizo lo propio, y en un momento nos dirigimos a su coche para volver a casa.


Una vez hubimos llegado al coche.


—Voy a acostarme con Carol —dije enjuagándome las lágrimas.


— ¿Y lloras por eso? Si te sientes obligado, tranquilo, lo haré yo por ti —dijo sin poder parar de reír.


Se me contagió la risa y empecé a reír histéricamente al igual que el día que hicimos juntos el experimento nº2.


—No, ahora en serio, ¿por qué llorabas? —volvió a preguntarme mucho más serio. Me encogí de hombros. Y me vi incapaz de articular palabra sin romper a llorar de nuevo hasta que llegamos a mi portal.


Sacó la llave de contacto y jugó con ella entre sus dedos durante un momento, luego me puso su mano sobre la rodilla.


— ¿Qué pasa? —me preguntó por tercera vez, tan suave como siempre solía hablar Miche.


Respiré hondo, me mordí el labio inferior y dije.


— ¿Recuerdas, cuando de niños, mi madre me pilló en el torrente, abriendo a un gato muerto para averiguar qué tenía por dentro? —le pregunté con una leve sonrisa en mis labios, el asintió y también rió.


—También recuerdo, cuando lo hiciste con aquel pájaro, perro, rata... —enumeró Miche. Aquello me hizo sonreír todavía más.


Continué.


— ¿Recuerdas cuando ellos murieron? —Noté cómo Miche se giraba hacia mí bruscamente debido a la sorpresa. Ya que no solía hablar de ello—. Sé que todos me mirasteis de un modo distinto desde aquel día.


Diciendo aquello quería referirme al día que murieron mis padres.


Nos encontrábamos en el depósito de cadáveres. Kristin lloraba junto a nuestros tíos y más parientes en los que no reparé al entrar. Entré directamente a la sala donde se encontraban mis padres, los cuerpos sin vida de mis padres. Me acerqué a ellos y fríamente sin andarme con rodeos les pedí a los forenses que me permitieran hacer la autopsia con el.


Parándome a pensar ahora, no sé cómo llegó aquella petición a oídos de todos los que se encontraban en la sala posterior.


— ¿Cómo fuiste capaz de hacer aquella petición? ¡Eran tus padres! —exclamó Miche inesperadamente.


Le miré por un momento, parecía dolerle más a el que a mí. Proseguí.


—Luego la vida continuó como si nada hubiese ocurrido. Tú y Kristin seguisteis a mi lado, a diferencia de todos los demás, que se alejaron de al descubrir mi lado más oscuro.


Miche hizo una mueca torciendo los labios y dijo.


—Bueno, pero, ¿qué pasa? ¿Qué estás tratando de decirme? ¿Qué desde entonces tu ambición ha sido resucitar a los muertos? —preguntó. Yo negué con la cabeza.


—No…, ésa no… no era mi intención —respondí frunciendo el ceño.


—Siempre creí que la muerte de tus padres te había afectado tanto que era por esa razón que hacías los experimentos. Dime, si ésa no era la razón, ¿cuál era?


Me quedé tan sorprendido como él al no ser capaz de facilitarle una respuesta. Me quedé mirando al frente y dije con la mirada perdida en el infinito:


— Mi vida se ha convirtiendo en un experimento. —Después suspiré conteniendo mis nuevas ganas de llorar, tragándome la despedida que deseaba darle a mi mejor amigo, a punto estuve en aquel preciso momento de confesarle lo que me proponía hacer con migo mismo, pero en lugar de ello continué con la conversación que habíamos comenzado y seguí hablando—. Me refiero a que quería descubrir, averiguar, todo aquello que sé que existe y nos esconden para que podamos vivir en paz... Quería saber... saberlo todo. — Mi argumento me pareció algo desconcertante, no sabía a dónde quería llegar. Aun así, Miche estaba más perdido que yo, no entendía nada de lo que decía, pero espero con paciencia a que mi silencio terminara, y así ordenara mis ideas. Entonces de improviso dije.


—Ha llegado el momento de experimentar conmigo mismo.


Miche entrecerró los ojos mirándome, y luego bajo la mirada. A su vez yo me quede mirando al frente sin creer lo que acababa de decir.


—Me estás asustando, creo que vas a hacer alguna locura —dijo mirando al suelo casi susurrando. Le abrace, él también lo hizo.


Cuando me separe de él, vi como sus ojos se habían vidriado.


—Te estas despidiendo de mí, ¿verdad? —dijo casi echándose a llorar.


No le contesté, no me veía capaz de confesar toda la verdad. Volví a abrazarle afectuosamente.


—No te preocupes por mí, estaré bien —quise tranquilizarle y destensar la situación mientras cogía mi mochila.


Miré a Mike por última vez y salí del coche.


Me metí en el portal huyendo de tener que contarle la verdad a Mike. Y subí las escaleras sin mirar hacia atrás. Oí cómo el coche se ponía en marcha y se alejaba de allí. Lo hice fatal, Miche no se merecía que le dejara de aquel modo, sin ninguna explicación. Pero por más que lo intente no encontré valor para confesar que iba a desaparecer, a morir al fin y al cabo. Que para él los años seguirían, que viviría y que desaparecería. En cambio para mí...





Al llegar a la puerta de casa apoye mi espalda en la pared de al lado de esta, me deje caer al suelo notando con mi cuero cabelludo el relieve del estucado de la pared. Quedé sentado y rompí a llorar sin poder pensar claramente en nada.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Capitulo 7


7






Llegué a casa decidido a convertirme en uno de ellos. Me parecieron unos seres increíbles. Me dejaron fascinado. Lástima que acabara la noche, cuando me hicieron la pregunta yo acepté encantado, pero no fue necesario que respondiera, ellos ya lo sabían.



La fascinación no me dejaba dormir. Me encontraba tumbado en mi cama contemplando por la ventana cómo el día comenzaba a adquirir el color del sol. Mina estirada a los pies de mi cama, me miraba con los ojos muy abiertos. Me senté para poder acariciarla. Ésta movió su corto rabo durante un rato y después se quedó dormida. Me dejé caer sobre la almohada y noté algo duro bajo ésta. Entonces recordé, mi libro, el que estaba leyendo y que todavía no había conseguido terminar. Volví a leer el mensaje que Sixto me había escrito en la contraportada y sonreí de nuevo. Después busqué la página donde me había quedado y seguí con mi lectura.






“Sin duda había hecho algo mal, cuando nuestro cuerpo deja de ser humano, hay cosas que dejan de ser necesarias. Sin embargo, él había dejado de ser humano, pero parecía estar muerto, algo bastante complejo e imposible. No lograba entender, cuando llegamos a su casa después de alimentarnos aquella noche, el expulsó toda la sangre que había consumido. ¡Empezó a vomitar! Menuda locura, ¿cómo era posible? Después de aquello cayó al suelo, yo lo acosté y me quedé a su lado. Tapé cada orificio por el que pudiera entrar la luz del sol y me dispuse a esperar a que llegase el amanecer. Me arrodillé a su lado y le tomé la mano. Sin duda se moría, y yo seguía sin recordar nada útil para poder ayudarle. Solo lograba recordar al ser que me había convertido, al ser que después de quitarme la luz del sol se había marchado y me había abandonado. Por un minuto en más de cien años me sentí inútil. El amanecer era ya próximo. Me escocían los ojos, me dormía, me alejaba de allí. Desaparecí.


Sobre las siete de la tarde desperté y minutos después, Andry empezó a gemir y a revolverse en nuestra cama. Sentimientos que no había vuelto a sentir desde que deje de ser humano surgieron de nuevo. Sentí amargura y desesperación, seguido de un terrible ardor que me recorría todo el cuerpo.


Aquel día transcurrió lenta y dolorosamente. Noté como las últimas sombras que quedaban, dejaban paso a la absoluta oscuridad de la noche. Impotente me tumbé a su lado, los espasmos habían cesado. Le abracé, besé y dormité hasta que sobre las doce de la noche noté la presencia, un ser al que ya conocía. Sin embargo yo, como vampiro inexperto e inculto, no sabía exactamente qué era aquella sensación, me hizo alertar y mantener en un estado de continua vigilancia.


Quité de la ventana que daba la calle las sábanas que había atrapado con el marco a modo de cortina y miré fuera. La claridad de la luna me hizo entrecerrar los ojos, pero enseguida me adapté a aquel resplandor. La miré directamente, como si ésta me hubiera hipnotizado.


De repente, una cabeza con forma humana apareció frente a mí, me asustó y retrocedí y cayendo al suelo. Me puse en pie y le vi frente a mí, era él. Aquel ser que hacía más de cien años me había cautivado y llevado a su palacio para enseñarme todo aquello que debía saber siendo un mortal. Cosa que no me sirvió prácticamente de nada en mi nueva vida. Me quedé frente a él, inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Extendió los brazos, volví a retroceder. Inesperadamente tuve la necesidad de acercarme y abrazarle tan fuerte como deseaba abrazar a Andry.


—Yo puedo ayudarte —me dijo abrazando y besando afectuoso.


— ¿Por qué? —le pregunté al oído, me refería a por qué se había marchado hacía un siglo.


—Tenemos todo el tiempo del mundo para resolver nuestras dudas, pero tu nuevo pupilo necesita que actuemos ahora.


Me moría por hacerle un millón de preguntas, pero tenía razón, la situación de Andry requería que actuáramos de inmediato. Así que nos pusimos en marcha, enseguida cogí a Andry en brazos y salté por la ventana del desván. Caí con pulso firme sobre la pinaza del jardín, él me siguió. Fuimos a paso ligero, me costaba seguirlo, ya que como he comentado antes yo era un vampiro bastante inexperto. Entonces él se elevó y perdí su pista. Paré y comencé a buscarle. Seguí esperando pacientemente. Al fin apareció riendo.


—Pero, ¿cómo es posible? —me preguntó mientras continuaba riéndose. Suspiré y negué con la cabeza.


—Hay tantas cosas que he de enseñarte… —exclamó.


Entonces asintió con la cabeza y seguimos desplazándonos del mismo modo que habíamos empezado a hacer. Corrimos.


Recuerdo que cruzamos el río, y varios pueblos y ciudades. A esa velocidad únicamente posible para nosotros. Le seguí sin fijarme por dónde íbamos con detención. Entonces se paró. Me costó parar tan repentinamente como él lo hizo. Así que paré torpemente.


Nos encontrábamos en medio de la montaña, los ruidos de la noche me transmitieron tranquilidad y me hicieron sentir poderoso de nuevo. El camino en pendiente bajo mis pies se alzaba seguido por un giro que hacía que éste desapareciera. Él me esperaba ya fuera del camino, justo en el único lugar donde no había vegetación, me acerqué, este se caminó hacia la roca enorme que se alzaba frente a nosotros, avanzó hacia delante. Por un momento creí que chocaría contra la pared. Pero siguió caminando, le seguí sorprendido y entré en una cueva que gracias a una ilusión óptica nadie podía ver. Avanzamos por un túnel oscuro con candelabros colgados de la pared rocosa a izquierda y derecha. Las goteras de la cueva me estaban mojando la cara y el pelo. Caminé sin preguntar a dónde íbamos, únicamente intentando recordar. Empecé a escuchar un susurro que mientras avanzábamos más fuerte sonaba.


—Estamos cerca, nos están esperando —anunció él mirándome de reojo, seguí caminando, el susurro se había convertido en algo parecido a una oración con melodía, como si se tratara de un coro de hombres rezando.


Al final del rocoso túnel comencé a ver claridad, luz de más antorchas o quizá una fogata. Al fin el túnel se acabó y ante nosotros una cueva tan grande como parecía ser la montaña exteriormente, como si estuviera hueca por dentro para dejar lugar a ésta. Todos los que allí se encontraban nos miraron. Él se giró y extendió los brazos para que le depositara a Andry, me mostré reacio a aquella petición, pero era mi única esperanza.
Se lo entregué y vi cómo éste se alejaba con calma. Me quedé parado sin saber qué hacer, él se acercó a un grupo de hombres vestidos con túnica, y dejó a Andry sobre un altar de piedra rectangular.


El hombre, que posiblemente era el líder, de los que parecían ser sacerdotes, se acercó a Andry y le miró, luego sacó un puñal, no me fijé de dónde y le hizo un corte en el cuello.


— ¡No! —grité corriendo hacia ellos, mi convertidor se giró y me hizo detener con una simple mirada.


Me quedé quieto a su lado viendo como el hombre que le había cortado se inclinaba sobre él y sorbía de la herida para asegurarse que no quedaba sangre en el cuerpo. Después alzo los brazos, los cientos de vampiros que tenía a su alrededor comenzaron de nuevo a orar melodiosamente, a coro, formando un canto tenebroso y escalofriante.
Subieron de tono, yo observaba con preocupación. Entonces me di cuenta de que entendía el idioma en el que cantaban, sin embargo no sabía de cuál se trataba.
Rodearon a Andry y al mismo tiempo que cantaban se acercaban a él. Le perdí de vista.
De repente una gran alteración hizo que los sacerdotes corrieran huyendo del lugar y se esparcieron al igual que hormigas.


Andry abrió los ojos y de un salto se abalanzó sobre el grupo de vampiros con túnica, atrapó a uno de ellos y le mordió en el cuello inmovilizando con facilidad, quien me había guiado hasta aquí sonrió y se acercó a mí.


—Hay que hacer un seguido de pasos para la transformación de un humano en inmortal. Primero hay que traerle aquí. Aquí lo que hacen es transmitirle a su alma lo que va a ocurrirle al cuerpo. Avisarle de que este va a morir y ella quedara atrapada eternamente. De este modo, cuerpo y alma se unen a la perfección y se crea un ser renovado y poderoso. Después se le extrae toda la sangre —explicó relamiéndose—. También es posible hacerlo en el orden que tú lo has hecho. Únicamente no es recomendable —me susurró, mientras Andry dejaba al vampiro y se abalanzaba sobre el que intentaba auxiliar al primero.


— ¿Puede...? —empecé a decir.


— ¿Matarles? No, pero es doloroso —dijo el arqueando las cejas. Al terminar con el segundo Andry se acercó precipitadamente a él, apartando a todo el que se ponía en su camino, se detuvo a unos milímetros le enseño los colmillos, sus nuevos y blancos colmillos y luego se giró hacia mi.

—Hola, amor mío —me saludo ásperamente, me besó, yo le abracé, sentí paz y tranquilidad. Noté como clavaba sus incisivos en mi cuello, el dolor que sentí fue más intenso que ningún dolor antes experimentado, perdí el sentido. Me dejó seco.”

lunes, 14 de septiembre de 2015

Capitulo 6/ La Historia de Sixto



La historia de Sixto






—En mis tres mil años de existencia, nunca me he parado a mirar un pasado tan lejano como el que me propongo a contaros ahora.


"Nací en un lugar aislado del resto del mundo. Así que para mí, lo único existente era mi pequeño poblado."

— Mi amado y olvidado poblado —dijo mi escritor con un gesto de total amargura.


"Tan solo éramos un puñado de mujeres y hombres, nunca superior a las cincuenta personas.


En aquella época, azotó una enfermedad muy grave y contagiosa. Gracias a Dios solo afectaría a los más ancianos, dejando indemnes al resto. Había historias que hablaban del gran afán guerrero de mi pueblo. Más tarde descubriría que esas leyendas habían trascendido más allá de las montañas que nos rodeaban.


Sin embargo, esas habladurías fueron reales en otros tiempos, porque los años en los que yo fui un hombre mortal, lo más parecido a una batalla fue el día en que me iniciaron en la caza. Que después de un leve incidente me prohibieron volver a salir junto al resto de los hombres del pueblo. Nosotros nos dedicábamos a la agricultura y a la ganadería, en ocasiones también cazábamos. Sí, era cierto que los hombres eran corpulentos y musculosos; también hay que remarcar que eran poco inteligentes. Probablemente la gran diferencia que había entre ellos y yo.


Éramos un pueblo tranquilo. Hasta que un día un mensajero del rey de una de las ciudades más importantes de la tierra en aquella época vino a visitarnos. Montaba un caballo y hablaba una lengua suave y melodiosa. Su piel era tostada. De sus orejas colgaban unas placas doradas, y sin duda las pieles que le cubrían las había adquirido en nuestras tierras. Solo pudo entenderlo el sabio de nuestro poblado, que por suerte no era uno de los ancianos que hacía poco habían muerto. Recuerdo que intentó razonar con aquel hombre, pero nada le haría cambiar de opinión, ya que se guiaba por las órdenes de su rey. Así que dio su mensaje y se marchó de nuevo. El mensaje que más tarde nuestro sabio nos dio fue horrible. Ya que, un rey muy lejano que existía al otro lado de los océanos, quería crear una escultura y necesitaba a los hombres más fuertes para que sus deseos pudieran verse hechos realidad.


— ¿Cómo ha sabido de nosotros ese rey tan malvado? —quiso averiguar mi padre, un hombre de ancha espalda y grandes brazos.


—Las historias, hijo mío —le contestó el sabio.


Yo por otro lado tan joven como era no lograba entender por qué le habían llamado malvado si solo quería nuestra ayuda. Qué ingenuo fui.


Nuestro método para evitar la tragedia, fue que durante algún tiempo nuestros hombres más fuertes se esconderían en las cavernas de nuestros antepasados. Mi padre abrazó a mis hermanas y a mi madre antes de marchar. Como era de esperar a mí ni me miró, ya que estaba indignado con mi existencia. Y es que el resto de mi poblado era de piel clara y pelo oscuro, a diferencia de mí que era rubio y con ojos azules, a la edad de veinte años no tenía vello alguno en la cara, cosa que detestaba. Negaba que yo fuera hijo suyo.


Así que, marcharon sin más a las cavernas. Nos quedamos las mujeres, los niños y yo. Siempre nos has parecido atractivo y hermoso, pero has de entender que, con el estatus social que ha creado tu padre sobre ti, no nos convenía acercarnos. Dijeron las mujeres jóvenes y bellas. Me monté a todas cuantas pude, cosa que como era de esperar que hiciera. Las mujeres más mayores que quedaban después de la plaga, entre ellas mi madre, mostraban un amor maternal que jamás en toda mi vida había imaginado. Cocinaban platos nuevos cada día para mí, me encantaba. Mi padre, el líder de la aldea, nunca les habría permitido hacer aquello. Él siempre decía que a las hembras no se les podía permitir tales libertades. Por las noches nos escondíamos en las tiendas, que recientemente, después de la marcha de los hombres, habíamos construido con troncos y pieles de animales para protegernos de la nieve y el frío.


Pasaron los meses, los más felices de mi vida, y fue junto con la llegada del calor que llegaron los soldados con su rey. Les oímos llegar, las mujeres les dieron la bienvenida, como solíamos hacer con los extraños que pasaban por allí, ofreciéndoles todo lo que necesitaran, tras la gran travesía. Las mujeres les rodearon alzando hojas repletas de frutos, respetuosas como siempre, ellos las miraban por encima de sus hombros, con indiferencia y superioridad. Tras el recibimiento, aunque las mujeres siguieron insistiendo con las bandejas llenas de jugosas frutas, ellos pasaron a mirar más allá de donde se encontraban éstas. Yo, por prudencia, me encontraba escondido tras unos arbustos, pero sin dejar de observar la escena. Uno de los soldados nos sorprendió al preguntar algo en nuestro idioma.


— ¿Dónde están vuestros hombres?


Las mujeres hicieron oídos sordos. Los soldados miraron al que parecía ser su líder. A su vez éste hizo una señal. Y el batallón empezó a atropellar a las féminas con sus caballos y a patalear para que se apartaran. De inmediato, salí de mi escondite para defendedlas alzando mi pequeña arma, una piedra bien afilada atada a un pequeño tronco bien grueso y firme. Al aproximarme, el rey gritó algo y los soldados pararon de inmediato. El rey asintió, me miró fijamente. Nunca olvidaré, tan negra y profunda mirada. Yo me apresuré para ver el estado de mi madre después del puntapié que había recibido. Y mientras la ayudaba a ponerse en pie, el rey bajó de su caballo escandalizando a los soldados. Fue él mismo quien se acercó a mí haciendo que le mirase, presionó mi mentón suavemente para que alzara la cabeza. Le miré, me impactó tenerle tan cerca, después de susurrarme mil dulces palabras al oído, dijo algo más alto para que el resto lo escuchara. Pero yo me había hipnotizado con su rostro, qué piel tan tostada tenía, qué ojos tan negros e intensos, y su fina nariz lucía en perfecta armonía con sus perfilados labios. Acarició mi mejilla para que despertara de mi ensoñación. Creo que repitió lo que había dicho hacía un momento; yo para hacerle ver que no entendía achiqué los ojos y negué con la cabeza. Volvió a acariciarme, esta vez los labios, a su vez volvía a susurrar algo sonriendo. De repente giró bruscamente la cabeza hacia un lado, su suave y liso pelo que lucía hasta los hombros se balanceó violentamente. Creo que miró amenazante a alguno de sus acompañantes para que me tradujera de inmediato lo que me había repetido en dos ocasiones. Al final lo entendí.


—Ven conmigo, y tu poblado no sufrirá esta tragedia —dijo el vasallo rey.


Miré primero al traductor y seguidamente volví a mirarle, que conservaba su serena expresión.


Creo que exteriormente no experimenté ningún cambio, pero en mi interior un torrente de negación, también de curiosidad, se había desbordado dejándome totalmente perplejo.


Iba a pedirle un poco de tiempo para pensar, despedirme de mi familia y quizá para coger algún objeto preciado, pero de repente surgió el pánico. Tensé todo mi cuerpo debido al miedo de alejarme de todo aquello que amaba y conocía, retrocedí unos pasos lentamente. Paré asustado cuando vi al rey desenfundar un machete y correr hacia mí, antes de que me azorara sentí un intenso dolor en la cabeza y caí inconsciente al suelo.”


Mi escritor hizo una pausa, su rostro reflejaba tal expresión de dolor al recordar su relato que deseé poder abrazarle y cubrirle de besos, pero Adirand me estrechó la mano para que no lo hiciera.


—Por favor, continúa —dijo el joven.


Mi escritor me sonrió para que no me preocupara, y prosiguió con su historia.


—"Lo siguiente que recuerdo es que desperté sentado sobre la joroba de un camello apoyado a la espalda de mi rey. Dirección a su palacio, donde vivía junto a su esposa. Pero enseguida volví a perder el conocimiento. Cuando volví a despertar me encontraba en una estancia tumbado sobre una losa atado de pies y manos con unas cuerdas. La habitación estaba llena de gente; ahora entiendo que eran esclavos, pero en aquel entonces no sabía siquiera que aquello existía. Traían ropas de lino dobladas sobre sus manos y frutos sobre hojas secas. Me dolía la cabeza, estaba aturdido y no sabía dónde me encontraba. Al fin vino mi rey, me miró, sonrió y se acercó a mí, hizo un gesto con las manos para que sus sirvientes salieran de la habitación, obedecieron de inmediato, en un instante el rey se quedó a solas con su nuevo juguete. No especificaré demasiado sobre esta larga y confusa etapa de mi vida mortal. Me convertí en el amante del rey, del faraón, pero con el paso de los años me hice viejo y él, el único ser con el que me había relacionado durante dieciocho años se cansó de mí y entregó mi cuerpo y alma a un hombre, al ser que me hizo lo que soy ahora. Y así me convertí en Sixto, hace más de tres mil años.”


Se quedó helado, con su sonrisa amarga, parecía viejo y cansado.


—Y desde entonces me alimento de sangre humana para poder volver a la vida, noche tras noche —concluyó Sixto, fijando su profunda mirada en mí. Me sentí excitado por la idea de que aquél con quien me había acostado se alimentara de sangre humana.


—Nuestro organismo es mucho más simple que el vuestro. Digamos que nuestro cuerpo absorbe la sangre que ingerimos dándonos energía, la absorbe toda y la gastamos con el simple hecho de respirar; no digerimos, no defecamos, por lo tanto, no engordamos ni crecemos.


Escuché en silencio, salvo cuando me surgía alguna pregunta como por qué no seguían aprovechando las guerras para alimentarse.


—Sobre lo de la guerras hay quien sigue haciéndolo, pero igual que a vosotros nos gusta la riqueza, poder tener alto nivel de vida. Las guerras actuales ocurren en lugares pobres y tercermundistas. Nos gusta la tranquilidad.


— ¿Por qué sois eternos?


—Porque, al igual que vosotros envejecéis por dejar de crear nuevas células, nuestro cuerpo al alimentarnos las crea continuamente, por eso somos inalterables. No envejecemos, se regeneran nuestras heridas, y por lo tanto no morimos.


— ¿Significa eso que… sois… indestructibles?


Vacilaron e intercambiaron miradas antes de responderme.


—No nos está permitido exponernos a la luz del sol. Y tampoco es recomendable acercarse demasiado al fuego —reveló Adirand esta vez.


—Fuego, sol... —repetí mientras lo memorizaba—. ¿Por qué? —pregunté curioso.


Sonrieron y a la par se encogieron de hombros. Luego negaron con la cabeza.


Adirand miró a Sixto esperando que éste diera una respuesta.


—He tenido tres mil años para averiguarlo, sin embargo no he podido —dijo mirando al suelo pensativo.


Me sentí extremadamente atraído hacia ellos, de nuevo tuve que contenerme para no arrojarme a sus brazos.


De nuevo volvieron a intercambiar miradas entre ellos, vi como Adri asentía y después me miraba.


Sixto me miró directamente y formuló esa pregunta que sin saberlo tanto deseaba oír.





— ¿Deseas ser inmortal?

domingo, 13 de septiembre de 2015

cap 6 :D


6







Salía del portal a paso ligero y sin pensar siquiera en el rumbo, me vi encaminado hacia allí. Por supuesto que lo de Micke había sido una excusa para poder irme a reunir con él. Cuanto más avanzaba más ansiaba verle. Un seguido de imágenes obscenas ya vividas hizo que mi miembro se endureciese. Me sonroje al percatarlo, la brisa de mar con su característico olor a sal, jugó con mi larga melena.


Paré, al fin había llegado, las continuas visitas a mi escritor todas las noches me habían hecho tomarme ciertas confianzas, así que de nuevo entré rápido y decidido. Pasé de largo recepción y entré en el ascensor. Éste cerró sus puertas tras de mí, se me hizo eterno el trayecto hasta el ático, mordí mi labio inferior hasta hacerlo sangrar. Al fin el ascensor se detuvo, tintineando similar al tintineo de un microondas. Se abrieron las puertas y allí estaba el, volví a morderme el labio notando como salía la sangre.


Tragué saliva, y me acerqué poco a poco a él, se encontraba sentado en el sofá de dos plazas del salón, encarado hacia el gran ventanal, en la oscuridad. Paré tras él, ya que me daba la espalda a un metro de distancia. Se levantó y se volvió para verme.


—Te estaba esperando —dijo rodeando el sofá y acercándose.


Volví a tragar saliva esta vez el sabor a óxido de la sangre recorrió toda mi boca. Paró a unos centímetros de mí, quería abalanzarme sobre él y besarle todo el cuerpo, pero no podía moverme. Supuse que los nervios me estaban jugando una jugarreta. Al fin acabó de aproximarse. Me besó en los labios, yo también le besé. Un tremendo y cálido escalofrió me recorrió al igual que cada noche al darle aquel primer beso, pero aquella vez fue distinta.


Noté cómo atrapaba mi labio inferior con la boca y succionaba suavemente. Luego se apartó de mí con rapidez y volvió a sentarse.


—Exquisito —dijo ya dándome la espalda y sentándose de nuevo.


Luego se encendió la luz de la salita y alguien puso su mano sobre mi hombro. Me giré para averiguar de quién se trataba. Un joven pelirrojo, con el pelo corto, salvo por unos cuantos mechones que le caían sobre la cara. No tan alto como yo, metro setenta aproximadamente, y tan blanco como él. Me miraba con sus ojos castaños claros, luego se alejó de mí y se sentó en un sillón situado en frente del sofá donde él se encontraba. Me quedé parado sin saber qué hacer.


—Toma asiento, John —me pidió el chico.


Obedecí, me senté al lado de mi escritor. Noté como de repente mi ansia de poseerle desaparecía. Hice una mueca dejando mi boca entreabierta, el joven se rio.


—Cuéntame, John, ¿qué has aprendido hoy? —preguntó el joven.


Recordé a Experimento nº 2 y reí débilmente. No tardé en intentar dejar de pensar en aquello por temor a que viera mis pensamientos al igual que había hecho en varias ocasiones.


—Que es peligroso jugar a ser Dios —declaré casi como si fuese una confidencia, mirando a la nada. Y con sentimiento de culpabilidad recordando a su vez que hacía varias noches me había prohibido hacerlo.


Él me sujetó el brazo herido, vi como al mismo tiempo el otro chico se levantaba y se acercaba hacia nosotros. Mi escritor intentó alzarme la manga que cubría mi herida, pero me quejé de dolor. Así que la desgarró. La venda que cubría mi herida había adquirido un tono granate.


Él miró al otro chico seguramente a su vez dándole instrucciones. Entonces el chico se colocó frente a mí. Mientras mi escritor sujetaba mi brazo por la muñeca y por el codo, el otro muchacho comenzó a quitar la venda poco a poco.


—Llámame Adri —dijo el joven al ver que me quedaba hipnotizado con la claridad de su rostro. Bajo ésta, había unas gasas sobre la herida que despegó de mi carne con suavidad. Por un momento me resistí al hechizo de un segundo hombre, pero no podía apartar mi mirada del chico.


Vi que mi escritor se levantaba a la vez que Adri se sentaba en el lugar que había ocupado. Su joven compañero se sentó y se inclinó sobre mis rodillas sin soltar mi brazo, y comenzó a lamer mi herida. Primero sentí escozor y luego alivio. Él se acercó más a mí y me besó los labios. Cerré los ojos y me rendí ante ellos. Adri me besó en el cuello y después de desgarrar el resto de mi camiseta comenzó a besarme el torso y a succionar mis pezones. Luego paró un momento y se cambiaron de posición de nuevo. Mi escritor se sentó a mi lado y tomó mi brazo. Adri se puso frente a mí. Cuando él comenzó a succionar mi herida me excité por completo. El joven no se anduvo con rodeos: me quitó los pantalones y los lanzó tras de mí con fuerza. Luego comenzó a besarme apasionadamente, mientras con las manos, acababa de arrancar mis ropas y comenzaba a tocar mis partes íntimas. Adri seguía besándome, noté como algo muy afilado junto su lengua se clavaba rápidamente en mi labio que había parado de sangrar. Me quejé, pero le seguí besándo. Comenzó a succionar mis labios con fuerza. Creí que iba a arrancármelo. Era como si tirara de un hilo, de un hilo que se encontraba dentro de mí, me relajé y dejé caer mi cuerpo hacia delante, el joven me sujetó para evitar que cayera.


Entonces mi escritor le advirtió.


—Ya es suficiente.


Él se levantó y acercó a Adri. Le besó posiblemente con tanta pasión como me había besado a mí. Adri cayó sobre el sofá bajo su presión justo a mi lado. El joven pareció debilitarse ante el poder de mi escritor. Cuando él se apartó de Adri me fijé en sus caras, sus mejillas parecían haber adquirido un color más rosáceo, nunca antes lo había percibido. Sentí celos ante las imágenes que acababa de presenciar. El me cogió de la mano e hizo que me levantara. Sentí mareo, pero enseguida pasó. No sé cuánto tiempo pasó desde que fuimos los tres a la cama.






—Eres estupendo —dijo Adri después de quedarme tendido sobre la cama, casi sin aliento. Las veces que me había acostado con mi escritor no había acabado especialmente cansado debido a que a él le gustaba mandar durante nuestras relaciones íntimas, pero Adri me pidió que fuera yo quien le montara, cosa que me encantó y agotó.


Me quedé tendido mirando al techo, acariciando con una mano el torso de Adri y con la otra el pelo largo y rubio de mi escritor. Suspiré, abrí los ojos y me senté. Me sentí complacido y extraño, envuelto en aquella situación. Volví al mundo real y al verme en la cama con Él, y un chico probablemente más joven que yo, me llevé los brazos a la cara y me cubrí durante un rato, con los ojos cerrados. Mi escritor se sentó en los pies de la cama para ponerse los pantalones.


— ¿Te encuentras bien? —preguntó Adri.


Noté como él volvía a tumbarse a mi lado y comenzaba a acariciar mis abdominales con un dedo, esperando a que reaccionara. Los abrí alarmado y miré mi brazo. La herida había desaparecido.


— ¿Cómo? —dije poniéndome en pie sin dejar de mirar donde anteriormente había habido un trozo menos de carne. Adri le besó a él pasando por delante de mí sin levantarse. Luego él se levantó y continuó vistiéndose.


—Responde —insistí con un susurro ahogado, presa de la impaciencia y también del temor.


—Ya no tendrás que dar explicaciones a nadie —dijo el chico. Pero yo le pedía explicaciones a mi escritor, a quien miré con intensidad olvidando por un momento que Adri se encontraba con nosotros allí.


— ¿Qué me has hecho?— Dije culpándole. Después giré mirando a Adri— ¿Qué me habéis hecho? —volví a preguntar, esta vez culpando a Adri. Este sonrió se acercó a mí y me tomó el brazo que al llegar a la suit había estado ensangrentado.


—Pues a mí me parece que ahora tiene mejor aspecto —dijo al fin. Su respuesta me dejó desconcertado y confuso.


—Pero, ¿cómo? —tanteé de nuevo.


Volví a mirar a mi escritor. Empezaba a hartarme de aquella situación. Comencé a vestirme, ya que dejaba de sentirme cómodo allí junto a ellos y me proponía a marchar. Adri me cogió de nuevo del brazo y me miró a los ojos. Transmitiéndome tranquilidad y haciendo que me sentara de nuevo. Volvía a sentirme bien junto a ellos. Creí estar volviéndome loco.


— ¿Quiénes sois? ¿Qué sois?


Mi escritor miró al joven una vez más, yo sabía que no eran simples miradas sino que conversaban y se mandaban mensajes ocultos junto con ellas. Volví a ponerme en pie.


— ¿En serio? —le preguntó Adri esta vez hablando.


Mi escritor asintió con la cabeza. Seguidamente volví a sentirme asustado por todo lo sucedido y me volví levantar para seguir vistiéndome.


Cuando terminé me acerqué a la puerta a modo de amenaza.


— ¿Quiénes sois? No, ¿qué sois? —pregunté de nuevo.


De nuevo sin respuestas, únicamente mi escritor me miraba.


—Esto no tiene sentido —concluí a modo de despedida.


Giré y me encaminé hacia el ascensor que aparecería si pulsaba el botón.


—Digamos que somos un experimento de Dios —oí la voz de él—; poseemos dones curativos. Al igual que a ti te dio ese don, fisgón antinatural — explicó haciendo un gesto de desprecio.


Le miré molesto por lo que había insinuado y activé el botón que haría venir al ascensor hacia allí.


—Dios... Ni después de un millar de años has conseguido deshacerte de esa insensibilidad que tanto te caracteriza, ¿eh Sixto? —dijo el joven, en cuanto yo, podría haberlo tomado como una frase hecha, pero no lo hice.


— ¿Sixto? —pregunté mirando a los ojos a Adri— ¿Mil años? —dije avanzando hacia él.


—Perdóname, no está en mi derecho juzgarte... —se disculpó mi escritor—. Sixto es mi verdadero nombre —anunció mientras yo me sentaba en la cama.


— ¿Quiénes sois? ¿Qué sois? —repetí, pero no hubo respuesta.


Ellos intercambiaron miradas de nuevo. Luego se sentaron junto a mí, uno a cada lado.


—Adirand tiene mil años —anunció Sixto—. Yo alrededor de tres mil —continuó.


—Eso es imposible —balbuceé yo, confuso.


—Yo era muy joven; Adirand ni siquiera existía en forma humana…