viernes, 21 de agosto de 2015

Capitulo 2



2

Desperté en mi cama desorientado. Miré el reloj, marcaba las ocho y un minuto de la mañana. Me alcé poco a poco apoyándome sobre mis codos.
Salí de la cama, oí cómo algo aporreaba con golpes pesados y secos la puerta que separaba mi zona del resto de la casa.
Mi zona era un conjunto de habitaciones, compuesto por un baño pequeño, un cuarto mínimo que usábamos de trastero y mi habitación. También disponía de un mini pasillo que hacía de separador entre las tres estancias.
Salí en calzoncillos, y abrí la puerta intermedia. Me encontré a mi sobrino de dos años subido sobre una excavadora teledirigida a modo de corre-pasillos, avanzando y retrocediendo una y otra vez, con el fin de golpear mi puerta para que despertara. Me puse de cuclillas, levanté las cejas y le acaricié las mejillas, éste tiró marcha atrás y se fue corriendo montado sobre la grúa alejándose de mí, cruzando todo el pasillo, el comedor y posiblemente metiéndose en su habitación. Suspiré. Negué con la cabeza mientras sonreía al darme cuenta de cuánto me importaban estos seres, expertos en darme alegrías y disgustos. Me levanté y salí corriendo pisando fuerte para que éste se percatara de que me acercaba. Al llegar al comedor, paré en seco de repente, no sé si lo hice por vergüenza de ir en ropa interior o porque iba haciendo el idiota. Me sonrojé totalmente, me enderecé y levanté la mano a modo de saludo. No sólo se encontraba allí mi hermana, sino que una amiga suya llamada Carol, se había quedado a dormir la noche anterior. Luego me retiré, fui a mi habitación y me vestí, volví con unos tejanos, mis Converse y una camiseta básica negra. Paré de nuevo apoyándome en el marco de la puerta, mi hermana se estaba calzando sus botas de tacón.
Apareció Carol con mi sobrino ya vestido en brazos, éste emitió un grito agudo al verme, todavía tenía ganas de jugar. Volví a sonreír y me acerqué a ellos. Extendí los brazos, él hizo lo mismo, cogí al niño por la cintura, sin querer rocé el pecho de Carol y me sonrojé.
— Perdón —dije. Ella negó con la cabeza con el fin de disculparme, cogí al niño en brazos y le besé en la mejilla inclinando el cuello hacia delante. Noté cómo Carol alargaba el brazo y me rozaba el cuello. Me hizo cosquillas, dejé al niño en el suelo, y éste salió corriendo de nuevo.
— Menuda nochecita —dijo mi hermana Kristin con tono picarón.
En respuesta yo le miré con el ceño fruncido. Carol volvió a tocar mi cuello, luego, yo también lo hice, fue entonces cuando me di cuenta de que me escocía.
— ¿Te encuentras bien? —Preguntó Carol apartando el pelo de mi frente y poniendo su mano en mi mejilla—. Estas pálido y frío —dijo preocupada.
Yo le sonreí para quitarle importancia, crucé el comedor y entré en el cuarto de baño cerca de la habitación de mi hermana. Encendí la luz, pulsando el botón a su entrada y vi mi reflejo pálido, con las ojeras y el morado de mi cuello bien marcado. Pensé intentando recordar en qué momento me lo hizo, no lo conseguí. Llegué a la conclusión de que él me había hecho la marca, cuando nos besábamos apasionadamente sin moderación alguna. Entonces me di cuenta de que no sabía cómo ni cuándo había vuelto a casa, no quise darle importancia y me encogí de hombros, una acción muy frecuente en mí.
Salí del cuarto de baño mientras rozaba con mi dedo índice la marca de mi cuello y me encontré a mi hermana con una sonrisa suplicante y con las manos unidas como si rezara.
—Dime —le dije sabiendo de antemano lo que iba a pedirme.
— ¿Puedes ir al bar? Es que yo he de acompañar a Carol a buscar unos papeles —me pidió. Volví a encogerme de hombros.
Kristin era una persona aparentemente adorable, la quería con locura, he de admitirlo. Posiblemente por aquella razón conseguía de mí todo lo que quería. Sin embargo, bien sabía que si la situación familiar no hubiera llegado a aquel extremo durante los años, aislándonos del resto, el escenario puede que no hubiera sido el mismo. Pero como era mi único familiar, ella y el niño, no me importaba que me manipulara. A sabiendas de que lo hacía, me limitaba a ser feliz teniéndoles cerca.
El bar era una heladería familiar que solíamos llevar entre los dos, aquel día la chica que tendría que haber venido le había fallado, así que aprovechando que yo no tenía nada que hacer, le hice el favor de ir a trabajar.
Me quité allí mismo mi camiseta y me vestí la de trabajo, una camiseta básica negra igual que la que me acababa de quitar, con la única diferencia que ésta tenía bordado en el pecho, a la derecha, el nombre del local. Volví a meterme en el cuarto de baño y me cepillé mi larga melena, que me llegaba a la cintura y cuya única alteración consistía en unas leves ondulaciones.
Incliné el cuello hacia la derecha y miré el chupetón monumental que él me había hecho. Sonreí al recordarlo, busqué entre los cajones de mi hermana hasta encontrar unos polvos reparadores. Intenté cubrir el morado con ellos, pero debido a mi inexplicable blancura, se veía en mi cuello una enorme roncha marrón rosado.
Soplé y volví a encogerme de hombros. Pasé una toallita sobre los polvos de mi cuello y luego me deshice de ella. Guardé el maquillaje en el cajón y después de mirarme de nuevo en el espejo, salí del cuarto de baño.
Crucé el comedor donde había estado con ellas hacía diez minutos y me dirigí a la salida, cruzando el largo pasillo. Cogí las llaves que se encontraban en el cenicero del mueble del recibidor.
Antes de salir, me asomé a mi habitación dentro de “mi zona” y vi a Mina subida sobre mi cama, durmiendo. La dejé tranquila, pese a saber que aquella noche iba a estar todo lleno de pelos.
Salí sin más dilación, manteniendo el pomo de la puerta sujeto desde fuera para evitar dar un portazo.
Bajé las escaleras de dos en dos hasta llegar a la puerta de la salida, la abrí y salí veloz del portal girando a la izquierda. Avancé unos pocos metros y giré de nuevo a la izquierda. Volví a avanzar unos veinte metros más y llegué al local donde pasaría nueve horas ese día.
Lo primero que hice al entrar, fue mirar el reloj colgado sobre la caja registradora. Marcaba las nueve de la mañana, miré a la camarera y le guiñé un ojo, una chica extremadamente delgada, con el pelo largo y rubio, pero con una nariz pronunciada. Era extrañamente hermosa y, para quien no se lo pareciera, su carácter suspicaz acababa de convencer a cualquiera.
Entré en la barra y le dije que podía marcharse, ésta no se lo pensó dos veces. Cogió su tabaco, llaves, bolso y salió por la puerta saludándome con la mano a modo de despedida. Salí fuera y vi cómo se alejaba mientras yo bostezaba. De repente giró y regresó hacia mí, crucé las piernas manteniéndome de pie mientras veía cómo ella se acercaba a paso rápido.
—Ven —dijo cogiéndome por la muñeca, le seguí hacia dentro.
Se metió en la barra y sacó de un cajón mi libro. Me sorprendió bastante.
—Un hombre lo ha traído esta mañana a las seis, justo cuando abría la persiana del bar. Me lo ha dado y se ha ido apresuradamente. — Explicó, sin duda tenía que ser él, sonreí, se lo agradecí tomándolo, y dejé que se marchara por fin.
Miré el libro, la portada era roja con una sombra en apariencia humana. Lo abrí y en la guarda había algo escrito.
“Espero que el signo de nuestra pasión en tu cuello no te dé demasiados problemas, te espero esta noche en el mismo lugar. Te amo.”
No pude evitarlo, mi sonrisa reflejaba la felicidad de mi alma. Cerré el libro y lo metí en un cajón. Luego me puse manos a la obra, recargué neveras y fregué algunos platos, a aquella hora nunca había demasiado trabajo sin embargo, cuando quise darme cuenta el reloj marcaba las diez. En vista de que lo tenía todo a punto para atender a los clientes que pudieran entrar, cogí de nuevo el libro y volví a sonreír mientras leía la nota de nuevo. Busqué la página donde me había quedado la noche anterior y volví a leer.


“Llegó la noche y, junto con ella, yo a mi nuevo hogar. Andry se encontraba en la cocina, miraba impaciente el reloj colgado en la pared. Le había entrado hambre y tenía pensado haber terminado de cenar cuando yo despertara, pero aquella noche yo no me había despertado con especial apetito, así que decidí dirigirme a casa directamente. No tendría que haberlo hecho.

Cuando entré se sorprendió al verme llegar tan pronto. Pero, con independencia de ello, se mostró tan cariñoso y apasionado como todas las noches que habíamos pasado juntos.

El que parecía haber cambiado aquella noche era yo, porque al no haberme alimentado antes de dirigirme a casa, estaba teniendo serios problemas para contenerme. Ya que Andry era humano y yo, bueno, yo no lo era.

Tras cada caricia y cada beso, mis ganas de probar su sangre aumentaban, tanto que me vi obligado a pedirle que parase para reponer mi resistencia.

Tras respirar hondo un rato, al igual que haría un humano al borde de un ataque de ansiedad, volví a atraerle a mí sin utilizar ninguno de mis poderes psíquicos. Una única mirada fue suficiente para que entendiera lo que quería de él. Me resultaba hipnotizante la increíble intensidad de su mirada, así que únicamente mirándonos con nuestros antebrazos entrelazados de tal manera que era imposible separarnos, yacimos sobre el suelo del desván.

Sentimientos que tras el paso de los años había dudado que un ser de los nuestros pudiera conservar, parecían revolotear en mis adentros. ¿Era amor lo que sentía por aquel ser mortal? Y si era amor ¿era posible que se mezclara aquel sentimiento tan placentero junto con el deseo y a su vez la mezcla de estos se convirtiera en la espeluznante y lujuriosa sed vampírica? Le amaba. Amaba todo su ser, pero aquello hacía que le deseara, que deseara poseerle totalmente. Se me hizo la boca agua mientras seguía mirándole. Entreabrí los labios y le mostré mis largos incisivos, al tiempo que mis ojos dejaban de aguantarle la mirada y después de recorrer con la vista su nariz, labios y barbilla me detuve en su cuello. Justo encima de la vena de su cuello. Dejé de mirarle, era demasiado peligroso seguir con aquello. Cerré los ojos, le oí suspirar. Y entonces dije:

— ¿Me odias por matar a tu familia? —Se apartó de mí y me miró a los ojos.

Los abrí.

— ¿Es odio lo que reflejo? —respondió muy serio.

Deshice el conjuro que le tenía preso.

(Cuando un ser como nosotros desea mantener a un ser humano a su merced y conseguir de él todo lo que quiere, cabe la posibilidad de recurrir a la hipnosis o al hechizo. Los resultados varían según a quién se aplique y quién lo haga.)

Pero su expresión no cambió. Tan sólo volvió a acercarse a mí y me besó, sonreí mientras yo también le besaba. Nuestros labios se tocaban, abrí la boca y dejé que introdujera su lengua, deseaba que descubriera mis peligrosos colmillos.

Al explorar mi boca con su lengua y, sin duda, tocar mis colmillos en varias ocasiones, no se alarmó ni se apartó extrañado. Únicamente me mandó un mensaje como si supiera que podía captarlo. Me dijo que estaba cansado y que necesitaba dormir un poco, así que me dejé de jueguecitos y me tumbé para que él pudiera descansar.

Estiré la mano y acerqué un cojín mullido para que se apoyara, pero prefirió hacerlo sobre mi pecho. En menos de diez segundos, se quedó dormido por completo. Parecía un ángel, fue por aquella razón que me había fijado en él mucho antes de nuestro encuentro. Ningún ser de su especie había logrado impresionarme como lo había hecho él desde mi iniciación en la sangre.

La sangre... No era seguro permanecer allí si no quería lastimarle, pero era tan hermoso, incluso el claro color de su piel tan parecido al mío y a su vez tan diferente, me atraía intensamente. Su piel, haciéndole un pequeño rasguño conseguiría que su espesa, caliente, deliciosa y delirante sangre llenara mi boca y todos mis sentidos. Pero no era preciso hacerle daño, si no quería acabar con su vida, por otro lado si no hacía nada moriría de todos modos.

Siempre había pensado que tener a un humano de compañero era comparable a la compañía de un perro para un humano, más estúpidos y con menos años de vida por vivir.

Pero, ¿y si únicamente probaba su sangre? ¿Y si no acababa con su vida? ¿Y si no le dañaba demasiado?

Si no le dañaba demasiado pero sí lo suficiente, cabía la posibilidad de que muriese. ¿Qué importaba? aunque me hubiera enamorado de aquel humano, en unos años moriría de todos modos, a no ser que yo hiciera algo para evitarlo. La cuestión se debatió largo rato en mi interior, fue muy complicado llegar a un acuerdo conmigo mismo.

Fue una decisión egoísta y cobarde, pero ¿qué esperabais de un ser inmortal? Decidí acabar con él. Cobarde y egoísta, porque al terminar con su vida me ahorraba el tener que sufrir al verle enfermar o al ver cómo los años se lo llevaban...

Le despertaría para despedirme y luego bebería su sangre, cruel y brutalmente, para que pudiese odiarme al morir y así evitar que su último sentimiento fuese un enorme desamor hacia mí.

Me aparté de él para poder levantarme, levanté su cabeza, que la tenía apoyada sobre mi pecho y me reemplacé por el cojín que antes había acercado. No pareció inmutarse.

Me senté, apoyando mi frente sobre mis manos. Luego me giré para poder verle y soplé a causa de mi dilema, volví y me acerqué de nuevo inclinándome sobre él. Aguanté mi peso sobre el brazo derecho, para con el otro poder acariciarle los labios.

—Despierta —le susurré al oído melodiosamente.

Hicieron falta tres intentos para que despertara.

En cuanto abrió los ojos, por un instante tuve problemas para resistirme a su mirada, sonrió. Luego cerré los míos, era así como quería recordarle, feliz y completo.

Suspiré y me abalancé sobre él, le cogí por las muñecas bruscamente pero hice algo que no esperaba hacer. Mientras con una sola mano le sujetaba las muñecas, le arranqué la ropa y sin la preparación adecuada, sin suavidad y sin su consentimiento le hice el amor brutalmente. Estalló en gritos y maldiciones mientras intentaba liberarse de mí. Abrí los ojos y le vi. Paré de repente, me sentía como el ser más despreciable existente en la tierra.

Me aparté de él y me tumbé a su lado tapándome el rostro con las manos. De nuevo me invadió la sed. Me maldije a mí mismo por ser lo que era, hacer lo que estaba haciendo y por encontrarme en el lugar donde me encontraba. Volví a mirarle, estaba aterrado y triste, le había lastimado. La luz del candelabro daba un tono rojizo al desván.

—Te amo —le susurré observándole con expresión desesperada.

Sin previo aviso volví a abalanzarme sobre él, esta vez no me hizo falta sujetarle, ya que recurrí a mi velocidad sobrenatural. Escondí mi cabeza entre la suya y su hombro y busqué la fuente que tanto ansiaba desde hacía horas, clavé mis colmillos con rabia. Noté cómo mi boca se llenaba de su sangre. Andry pataleaba e intentaba deshacerse de mí, yo sorbía una y otra vez aquel maldito néctar. Después tragué y me aparté de él de nuevo.

Me levanté y salí del desván desnudo, dejando a Andry confuso y aterrado. Apoyé mis manos en la barandilla con los dos brazos extendidos hacia delante, dejé que mi larga melena negra cayera sobre mis hombros, pecho y vientre. Vi mi cuerpo blanco, tenía el miembro ensangrentado. Me sentí solo, y recordé cuál había sido mi decisión. Deseé no haberle mostrado mi terrible y verdadero ser.

Volví al desván y le encontré sollozando, me arrodillé frente a él. Deseé que apartara los brazos del rostro, quise abrazarle para que se calmara. Me acerqué mientras me preparaba para volver a seducirle. Apartó sus brazos de su cara, tenía los ojos enrojecidos y su rostro lleno de lágrimas e ira. Fue rápido e imprevisible.

Con gran velocidad alargó el brazo y alcanzó el candelabro que iluminaba nuestro desván, me atizó en la cabeza con él. Mis fuerzas sobrenaturales no me sirvieron para nada. Caí hacia el costado con el candelabro incrustado en la cabeza. Noté cómo un chorro de sangre caía por mi frente. Estaba aturdido, mareado y dolido, pero orgulloso de él.

— Maldito cabrón, hijo de puta. ¡Has intentado matarme! —me gritó.

Estuve unos diez minutos sin poder moverme, pero en cuanto pude desincrusté el candelabro del cráneo. Al hacerlo, todo mi cuerpo se estremeció y quedé en un estado parecido a la inconsciencia.

No sé cuánto tiempo tardó en cicatrizar la herida, el proceso sería lento. Pasó del desmayo al dolor de cabeza, aturdimiento y vista nublada.

Comencé a verle como una sombra que poco a poco empezaba a cobrar forma. Desnudo, acurrucado en un rincón llorando, seguro de haberme matado. Me incorporé y volví a acercarme a él. Tenía el rostro tapado con las manos, no vio mi recuperación.

Volví a arrodillarme frente a él, leí en su mente. Matarme no había sido su intención en ningún momento.

No le di más vueltas a la cuestión. Le abracé y besé en los labios. Su sorpresa fue inmensa, también su confusión.

No tardé en tumbarle en el lecho y volver a hacerle el amor, esta vez muy suavemente, para evitar dañarle. Él me abrazó y besó mientras seguían cayéndole lágrimas por las mejillas. Le cogí por las muñecas, le besé en el cuello saboreando su piel y clavé mis incisivos. No sacié mi sed, únicamente conseguí deshacerme de ese toque de agresividad no deseado. No estaba seguro de qué me disponía a hacer con él, paré de sorber y cerré la herida de su cuello con mi saliva. Me aparté de su lado dejándole muy débil, delirando pero no inconsciente.

Me arrodillé a su lado, le observé, su respiración se debilitaba y su cuerpo se relajaba. Su vida pendía de un hilo, no podía tardar demasiado en tomar una decisión o moriría. Mis temores se habían hecho realidad, sobrepasado, no supe parar de beber. Me senté cruzando las piernas a su lado, al comprender lo que había hecho, me llevé las manos a la cabeza.

No deseaba perderle, ahora lo veo claro. Pero, en aquel momento, mi mente no parecía estar demasiado cuerda.

¿Estaba seguro de querer tener un compañero eterno? ¿Me veía capaz de tener un pupilo de mi misma especie? noté cómo su cuerpo se relajaba aún más, se preparaba para perecer. Entonces, antes de que muriese, me arrepentí de haberle matado. Me incliné sobre él y volví a clavarle mis colmillos haciendo una nueva herida en el mismo lugar donde le había dañado la última vez. Noté cómo su alma hizo un esfuerza casi sobrenatural para poder gozar de mi beso letal, que en aquel estado en el que se encontraba, sin duda confundió el dolor con el placer. Sorbí y sorbí, noté cómo se estremecía mientras yo también lo hacía. El placer me inundó y Andry dejo de ser Andry para ser sólo y únicamente la delirante sangre.

Sorbí hasta dejarle seco. Noté como su corazón se paraba, seguí bebiendo lentamente, saboreando todos sus glóbulos rojos. Luego volví a incorporarme arrodillado a su lado. Pasaron las horas y él no daba señales de vida, irónicamente claro. Empecé a pensar que había hecho algo mal, que lo había matado, me tumbé a su lado. Si en los cien años que yo tenía de antigüedad, hubiera permanecido algo de humano en mí, habría llorado, pero no cayó ni una lágrima por mis mejillas, sin embargo el dolor era inmenso.

Pronto amanecería y él no despertaba. Le abracé y, pese a no tener lágrimas, lloré. Al final, la salida del sol me dejó sin sentido, como había hecho cada día desde que me había convertido en un ser inmortal.

Cuando volví a despertar miré a mi lado, él seguía allí, la palidez de su rostro había dejado de ser humana. Toqué su piel, sus similitudes conmigo habían aumentado. Entonces, abrió los ojos. Me sobresalté dando un salto y poniéndome en pie. Se incorporó y me miró fijamente. Su mirada también había cambiado, pero producía en mí el mismo efecto de hipnosis, sin duda todos los sentimientos que yo había albergado y no le había mostrado, se revelaron ante su nueva mente, como si de un libro abierto se tratara. Sonrió al darse cuenta de que era yo quien me encontraba a su merced y no él a la mía, como había supuesto hasta hacía unas horas. Sus colmillos sobresalían en comparación del resto de sus dientes.”




Cerré el libró. Todo aquello lo leí entre pausas, debido a que me encontraba en el bar y cada vez que entraba un cliente tenía que atenderle, no me parecía bien leer mientras trabajaba, ya que era una terrible distracción, y seguro que no había dado el servicio que más de uno hubiera deseado. Sin embargo no había encontrado la manera de parar hasta aquel momento. Me escocían los ojos, porque había leído las últimas líneas sin apenas levantar la vista del libro. Me los refregué con los puños de ambas manos. Después, los dejé descansar durante un momento, mirando al suelo. Me mordí el labio inferior y, a continuación, sonreí al recordar que, con quien había pasado la última noche, era el que había escrito lo que acababa de leer.
Entró alguien a la barra haciéndome levantar la vista. Era la chica a la que había relevado por la mañana. Alzó la mano simulando el relevo en una carrera.
Habían pasado las nueve horas y no me había dado ni cuenta. Le seguí el juego y le choqué la palma. Me fui a casa.

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