domingo, 1 de noviembre de 2015

Capítulo final


Capítulo final



Retomo mi escritura después de pensar que ya había llegado a su final, que no ocurriría nada importante en un largo periodo de tiempo. Me equivocaba. Algo emocionante ha comenzado a ocurrir desde hace una semana. Antes de contároslo con detalles, debo aclarar que Micke todavía se está preparando para convertirse en un ser como nosotros. No quiero cometer ningún error con él, al igual que cometieron conmigo. Así que le he enseñado en qué va a convertirse y el precio a pagar a cambio de la eternidad; Entre Adirand y yo le hemos explicado muchas historias horribles y le hemos hecho leer todas las novelas de Sixto, junto con una un poco más reciente: la mía.

Pese a todo, me alegra comunicar que parece que nada puede hacer cambiar de opinión a Micke y que en cuanto consiga descifrar como convertirlo, sin tener que acercarnos a la gruta a la que parece que todos nosotros hemos acudido en alguna ocasión, excepto Sentus (al que por cierto sigo teniendo la tentación de matar) lo haré, convertiré a Micke en un ser inmortal.

Hace poco, caí en la cuenta de que cuando Sentus me relató en una ocasión como fue transformado. No nombró en ningún momento que Sixto le acercara a aquel lugar. Así que me obligo a preguntarme ¿tendré que buscar a Sentus de nuevo? Bueno, pero esta no es la novedad por la cual he retomado mi escritura. Una vez explicada la situación en la que nos encontramos yo, Adirand y Micke, os explicaré por que vuelvo a mis escritos de nuevo.

Hace una semana, paseaba junto a Micke por las calles del centro de Barcelona, cerca de la librería donde encontré el libro que Sixto utilizó, para hacerme entender ciertas cosas que me sucederían en mi proceso de transformación. Paseábamos lentamente. Aquel día iba a enseñarle a Micke cómo me alimentaba, Adirand se había separado de nosotros para cazar en soledad, como solía hacer siempre. El frío de la ciudad condal era bastante soportable comparado con el de Venecia. Pero de todos modos, Micke parecía estar sufriendo por no haber traído un abrigo más grueso.

Apenas eran las nueve de la noche pero, en esta época del año, oscurece a las cinco de la tarde y por lo tanto nosotros teníamos más horas para pasearnos por el mundo. Las calles se habían llenado de luces navideñas y la gente parecía más feliz que en ninguna otra época del año. Pensaba pasear durante horas por el centro hasta que las calles se hubieran quedado prácticamente vacías. Incluso tenía pensado ir de tiendas para complacer a Micke. Cuando fuimos a entrar a la primera tienda me quedé indignado ante la idea de no poder entrar en el establecimiento, no podía permitir presentarme ante un montón de mortales con aquellas luces, tan potentes y superficiales, les daría la oportunidad de verme con demasiado detalle. Imaginé un seguido de situaciones que podían surgir si aquello ocurría y definitivamente decidí quedarme esperando a fuera mientras Micke buscaba algún objeto en el que gastarse sus riquezas.

Entró en todas las tiendas que le vino en ganas, yo permanecía a su entrada apoyado sobre la pared. Bajo la penumbra de las sombras de los húmedos edificios, mientras esperaba con los ojos cerrados, me dedicaba a escuchar lo que pensaban los que pasaban por allí.

“Aún queda medio mes, y ya me he gastado todo el suelo. Y no me he comprado todo lo que quería…”, pensaba una joven rubia, de estatura media.

“1, 2, 3, 4. Buf.”, pensaba un chico de unos treinta años con rastas, contando agobiado las bolsas llenas de regalos que llevaba en las manos.

Abrí los ojos, una chica de entre un grupo de jóvenes, miró de inmediato mis relucientes ojos. No pensó nada, únicamente podía mirarme; si hubiera querido habría sido mía, pero bajé de nuevo los párpados y le pedí insonoramente que se marchara.

“Yo quiero uno de esos para navidad”, pensó otra joven del mismo grupo que la chica que me había visto, dirigiéndose a mí. Sonreí. El grupo se alejó pausadamente mientras hablaban y reían.

Una mujer mayor, de unos cincuenta años se lamentaba, porque hacía poco había perdido a su padre, y el no poder tenerle cerca en Navidad le deprimía mucho. Sentí lástima por aquel ser, que por momentos se sentía más y más deprimida. La atraje hacia mí. La deseé, me adentré en un callejón que se encontraba a mi lado dando hábiles pasos hacia atrás. La mujer fijó su mirada en mí y comenzó a acercarse. La situación me hizo sentir hambriento, sin embargo no lo estaba. La mujer seguía acercándose, ahora siguiendo mis pasos, adentrándose cada vez más en la oscuridad que ahora me rodeaba. Dejó de ser ella, dejó de sentir dolor por la situación en la que se encontraba, era mía. La deseé con intensidad, aspiré el aroma de su cuerpo humano, de su vida, y ahora nos encontrábamos solos ella y yo. Pareció cansada y abatida, dispuesta a entregarse a mí por completo, pero también libre de sus preocupaciones parecía más fresca y joven, sus arrugas parecía menguar a cada paso que daba, y cuando leí en su menté justo al mismo tiempo que se dejaba caer entre mis brazos, vi una vida prometedora, repleta de futura felicidad.

Tomé una decisión que me impresionó incluso a mí.

—No sufras más, acéptalo y contagia tu felicidad a los que te quieren y rodean —dije. Y la dejé libré.

Eché a caminar a su lado saliendo del callejón. La mujer al despertar de su ensueño se sintió confusa y se preguntó cómo había llegado hasta la oscuro calle. Negó con la cabeza y siguió mis pasos hasta regresar a la luminosa calle de El Portal del Ángel. Yo la observaba apoyado de nuevo sobre la pared donde la había divisado hacia un rato, la vi marchar. Entonces vi cómo la mujer al observar a una madre con su hija comprendía que vivir en el pasado no le llevaba a ninguna parte, sonrió y entró en la tienda que se encontraba a mi lado, donde se encontraba Mike, dispuesta a comprar el mejor regalo que encontraba para sus hijos.

Me sentí extraño, no sabría describir la sensación que me inundó. ¿Era felicidad acaso lo que sentía? Sin duda acababa de hacer una buena obra. Y era algo a lo que no estaba acostumbrado. Desde que me había convertido en el ser que soy, nunca había vuelto a hacer nada que no fuera por mí mismo, mi existencia se había convertido en un seguido de acciones egoístas y sin sentido.

Me distrajeron un grupo de mujeres jóvenes que pasaban por allí que se fijaban en mí y me lanzaban mensajes de amor y obscenos sin darse cuenta de que realmente podría recibirlos. Algunas de aquellas jóvenes me hicieron sonreír y darme cuenta de cómo había cambiado la juventud en veinte años. Micke salió, de la que había sido mi tienda de ropa favorita cuando era un mortal, cargando una gran bolsa negra que parecía que iba a explotar de lo llena que estaba. Una vez a mi lado, me miró, me sonrió con aquella alegría que solo Micke poseía y sacó de la bolsa un plumón, un abrigo más grueso que el que llevaba, y se lo cambió. Después de hacer el cambio y guardar la otra chaqueta en la bolsa volvió a sonreírme mientras se alisaba la nueva prenda. Paseamos mientras me contaba lo ocurrido durante todo el tiempo transcurrido desde que no nos veíamos, aunque yo ya lo había leído todo en su mente, era agradable poder oír su voz de nuevo.

—Fue muy extraño, al principio seguí mi vida sabiendo que faltaba algo, pero sin comprender de que se trataba —narraba Micke con los hombros gachos—. Desde que te fuiste hasta que acabé la carrera, cada vez que entraba en el laboratorio y veía tu pupitre sabía que faltaba algo, pero entonces me bloqueaba. Todo fue más fácil cuando no tuve que volver a la universidad. Aunque pensándolo bien, no entendía por qué, pero seguía volviendo cada día a tu casa para alimentar a Mina.

Negó con la cabeza.

—Te he echado tanto de menos... —admitió al fin como conclusión de un seguido de pensamientos sinceros y profundos.

Pasé mi brazo sobre sus hombros y lo estreche suavemente contra mí.

Seguí sus pasos calle tras calle sin detenerle, haciendo toda su voluntad. Pasamos ante una gran librería a la que deseé entrar. No obstante, de nuevo aquellas potentes luces tan delatadoras para mí. Soplé mientras Micke entraba y me dejaba esperando a su entrada. Regresó a mi, alzando la bolsa que tenía entre sus manos y con una sonrisa en su rostro.

—Ya me olvidaba —dijo.

Alargué la mano y cogí el paquete blando envuelto con papel. Desenvolví el regalo sin hacer ni un rasguño al envoltorio. Era una gabardina larga hasta las rodillas y con una enorme capucha, con ella podría entrar junto a él a donde se me antojara sin levantar sospechas, ya que había mucha gente que lo hacía debido al frio que se estaba levantando aquella noche. Se lo agradecí y me la puse enseguida, para poder acompañarle dentro de la tienda. Fue como si Micke me hubiera leído el pensamiento y a su vez hubiera podido sellar su mente para que no viera lo que iba a hacer. Me había sorprendido. ¿Acaso los mortales podían hacer aquello?

Seguí sus pasos de nuevo, pero esta vez me perdí entre los libros, como solía hacer en tiempos pasados. Me distraje mirando todos los libros sobre vampiros que había en la zona de libros de ciencia ficción. Desperté de mi ensueño cuando cerraron las luces de la tienda para que los mortales que por allí quedaban salieran. Capté de inmediato la indirecta y salí de la tiendo buscando a Micke. Lo encontré esperándome a la salida, apoyado sobre la fachada del edificio. Cuando me vio salir apresuradamente, comenzó a reír.

—En realidad, no has cambiado tanto como crees —dijo entre risas.

Le sonreí y aparté la enorme capucha que cubría mi cabeza. Micke dejó de reír y se quedó mirando fijamente mis colmillos, que asomaban entre mis labios cuando le sonreí. Paré de inmediato sellando mi boca.

—Quizá haya cambiado más de lo que puedas esperar —respondí, sonriendo más suavemente que la vez anterior—. Vamos a cenar —le dije a continuación, golpeándole suavemente en el brazo. Esta vez me siguió él a mí.

Entramos en un restaurante italiano que se encuentra cerca de la Barceloneta. No recuerdo que hiciera veinte años aquel restaurante se encontrara allí. Me gusto la cálida y suave luz del ambiente, le agradecí a mi buen amigo que hubiera tenido en cuenta aquel detalle. Esperamos a la entrada a que un camarero nos diera la bienvenida y nos dirigiera a nuestra mesa. Nos quitamos las chaquetas y nos sentamos en una mesa a un rincón, cerca de ninguna otra. Micke pidió una pizza rodeo, la cual llevaba tomate, queso, peperoni y huevo. Yo pedí una copita de Frangelico. Micke me miró extrañado, arqueando las cejas, esperando a que le explicara por qué había hecho aquello. Le mandé un mensaje insonoro que sabía que no le llegaría del mismo modo que puede llegarnos a nosotros, pero que aquello haría que entendiera lo que iba a hacer. Asintió con la cabeza.

Cuando una joven vino a servirnos la comida dejó el refresco que Micke había pedido y la copa sobre la mesa. Abrió la botella de Coca Cola, de la cual el gas parecía querer salir violentamente, pero enseguida cedió y el líquido fresco, oscuro y burbujeante llenó el vaso de tubo haciendo que los dos hielos y el limón que se encontraban dentro se elevaran hasta tocar el extremo superior del vaso. Después de servir la bebida de Micke, la joven se giró hacia mí, apoyó su mano sobre mi copa un momento para sujetarla antes de llenarla de aquel alcohol con sabor a avellana, yo le tomé la mano como si de mi amada se tratara. Mi simple tacto fue suficiente para que fijara su mirada en mí y se quedara inmóvil seducida por completo. Micke se encontraba ante nosotros mirando cómo aquella joven se había quedado prendida por mi. Le tomé la mano, la acerqué a mis labios y le besé en la parte interior de su muñeca. Abrí la boca y le clavé los colmillos suavemente en las venas. Sorbí durante un breve momento. Me llené la boca de sangre y seguidamente le curé la herida con mi saliva. Ésta gimió suavemente de placer ante el tacto de mis labios. Después la dejé libre. La chica cogió la bandeja como si nada hubiera pasado y se fue. Vacié la sangre que quedaba dentro de mi boca en la copa que ella había dejado. Después me relajé y me dejé caer sobre la silla.

Micke comió lentamente saboreando cada bocado de su plato. Yo lo pasé muy bien observando cómo disfrutaba. Cuando terminó el plato, la misma camarera de antes volvió a acercarse a nuestra mesa y nos ofreció la carta de postres. Micke pidió un helado y yo llené mi copa del mismo modo que había hecho hacia una hora. Cuando mi amigo terminó su postre pidió que le trajeran una copa de lo mismo que yo había pedido, claro que el la llenó de licor y no de sangre. Fue entonces, mientras charlábamos, cuando Micke se levantó y sacó algo de una de las bolsas de las compras que había hecho. Supe que se trataba de un libro, por su olor, y por el modo en que estaba envuelto. Lo abrí rompiendo el papel esta vez. Me quede parado, inmóvil, incapaz de articular palabra. La portada del libro era negra y aparecía un dibujo, un retrato mío en blanco y negro.

— ¿Qué es esto? —le pregunté en un susurro a Micke.

El titulo era “Libera me”.

— ¿De dónde lo has sacado? —volví a preguntar a mi buen amigo. En respuesta Micke volvió a sonreírme. Intenté leer en su mente, sin ser capaz de hacerlo.

¿Qué había ocurrido y cuándo? Me sentí perplejo. Volteé el libro y volví a girarlo. Después lo abrí por la primera página. Anterior al prólogo del autor había un escrito a mano. Conocía bien aquella caligrafía:

“El más poderoso de todos, será, el que llegue al poder absoluto sin tener que luchar en ningún sentido.



Firmado: El escritor.”





Jonathan Mickel Grandchester, 2 de Noviembre de 2011

sábado, 31 de octubre de 2015

Capitulo 15 / Segunda parte


15



Son las cinco de la tarde. Es invierno. Hace más o menos cinco minutos que he despertado de mi sueño, me paseo por el piso como si fuera un mortal. Adirand suele tardar entre hora y hora y media en reunirse conmigo.

Después de reunir mi ordenador portátil y mis libretas, me propongo sentar en el sofá para seguir ojeando, en la red, lo que los mortales saben y no saben sobre nosotros. Cierto es que la mayoría de los humanos nos creen un mito, pero en cambio hay otros que si se han encontrado con un vampiro y han tenido el valor de colgarlo… Aquello a mí me trae sin cuidado, sin embargo me hace pensar, ¿qué opinan los vampiros de la secta?

Esta noche, hay algo que me ha hecho dejar a un lado mis búsquedas en Internet.

Cuando ya me encuentro sentado sobre el sofá del comedor rodeado de los materiales necesarios para entretenerme durante un buen rato, y tras haber escrito en el buscador de Internet la palabra: Vampiro, oigo el sonido metálico, alguien introduce la llave en la cerradura de mi casa. Me siento alarmado al instante, escruto al ser que se encuentra en la entrada del piso, al mismo tiempo que hago que se apagaran las luces.

No tardo en relajarme, se trata de un simple mortal, al que yo había conocido íntimamente cuando aún estaba vivo. Espero, de pie a la entrada del salón a su llegada, no puedo evitar asomar la cabeza fugaz y disimuladamente para verle entrar. Pero Mina aparece, corriendo como tantas veces había hecho. Se acerca a mi lenta y cautelosa, supongo que mi olor ha desaparecido por completo y el animal es incapaz de reconocerme, hasta que digo su nombre.

—Mina —susurro mientras me arrodillo a su lado. El animal salta de alegría como si me hubiera estado esperando veinte años.

Casi no ha cambiado, solo que ahora tiene unas cuantas canas en su espalda negra y su expresión en la cara ha dejado de ser la de un perro joven de un año y ha pasado a ser la de un perro que como mucho aguantará un par de años más con vida. La acaricio feliz, después la abrazo; permanece inmóvil apoyando su cabeza sobre mi hombro. Después la suelto y tras chuparme en la mejilla se aparta de mí y se va a buscar al hombre que ha entrado por la puerta de la casa.

Le oigo dejar las llaves sobre el cenicero, que se encuentra sobre el mueble del recibidor del piso, una costumbre que yo había tenido en el pasado. Se dirige hasta la cocina, arrastrando tras él una pesada maleta con ruedas. Primero vuelve a aparecer Mina y tras ella entra Micke, mi fiel amigo Micke, con el cuerpo de un hombre de treinta y ocho años, es decir que ya había dejado de ser aquel adolescente, aquel jovencito, en lo que yo me había congelado. Al verme se lleva las manos a la boca sorprendido. Y cae de rodillas al suelo, bloqueado por mi encuentro. Yo le examino. Sigue siendo un hombre alto y atractivo, sin arrugas en su rostro, con su misma mirada.

Adirand aparece tras de mí seduciendo a Micke a su antojo.

— ¿Le deseas? —me pregunta.

Sé a qué se refiere de inmediato. No habla de que, si deseo sorber su sangre para deleitarme del encuentro. No sé qué contestar, había imaginado en tantas ocasiones que Micke se convertía en mi compañero en el pasado… Pero por otro lado, él había continuado con su vida. Desbloqueo su mente y en un solo mensaje le hago entender qué soy y por qué me encuentro allí. Después le dejo libre, me deshago de la locura que le ha invadido a causa de la impresión por verme.

—John... —musita sin quitarme el ojo de encima—. Si habías, tú habías... ¡Estás muerto! —atina a decir con la misma voz que había oído hacia años pero más áspera—. ¡No es posible que estés aquí!

Asiento con la cabeza.

—Es cierto, estoy muerto —le respondo con aquella expresión de indiferencia que tanto nos caracteriza—. Desde hace veinte años —concreté.

Después de sumergirme en su mente y conocerle por completo, le hago la pregunta que llevo veinte años deseando hacer, y que Sixto me prohibió que hiciera.

— ¿Quieres que tu alma siga en la tierra para siempre? —le planteo al fin, con la aceptación de Adirand.

Micke asiente con la cabeza sin dudar.

Capitulo 14 / Segunda parte


14



Hace ya tres meses que llegamos a este lugar. Hacía mucho que no me sentía tan feliz, sereno y tan libre. Adirand es un excelente compañero y también un excelente amante. Junto a él, la vida es más llevadera; él me enseña, pacientemente, el modo de adquirir el máximo potencial a mis poderes, y yo le enseño a no destrozar electrodomésticos, aunque le den una descarga eléctrica. Cada vez que recuerdo cómo termino mi televisor me echo a reír.

Enterramos las cenizas de Sixto en medio de ninguna parte, prefiero no profundizar demasiado en el tema, ya que el hecho de que yo, le nombrara en mi libro, fue la razón por la cual ya no se encuentre entre nosotros.



Mi nuevo compañero y yo decidimos permanecer juntos y a la espera, de los vampiros de la caverna. Lo estuvimos meditando y era insensato, que por muy poderosos que fuésemos, nos enfrentáramos solos a tal cantidad de enemigos. Por otra parte, no teníamos información suficiente sobre ellos, como para ir a atacarles ni durante el día ni después de la partida del sol. Hicimos lo que creímos que Sixto hubiera hecho ante aquella situación, he de admitir que durante los primeros días Adirand tuvo que disuadirme ante la idea de presentarme allí y acabar con ellos…

Capitulo 13 / Segunda parte


13



Adirand entró primero. Yo iba a seguir sus pasos cuando Daniel se le echó encima y comenzó a sorber su sangre, haciendo que los dos cayeran al suelo; había olvidado que al llegar de Venecia nos lo habíamos encontrado tumbado en la cama. Le cogí por el pelo obligándole a separarse de mi compañero y lo lancé contra la pared.

Después ayudé a levantar a Adirand, furioso, se arrojó sobre el joven rugiendo. Me sorprendió su reacción, nunca le había visto perder la compostura. Hizo lo que yo repetidas veces: lo lanzó una y otra vez contra la pared como si de un objeto inanimado se tratase. Cuando se hubo cansado, le partió el cuello. El intruso quedó tirado como un trapo, con algún hueso roto e incapaz de moverse. Aprovechamos aquel momento para adentrarnos al unísono en su mente. Adirand fue incapaz de penetrar en ella, yo sí que pude. Leí en su interior, sin cerrar la mía, para que Adirand pudiera ver lo ocurrido:



El joven había permanecido junto al escrito, al igual que yo, durante largo tiempo tras su transformación, convirtiéndose en un gran alivio para un Sixto deprimido y cansado de vivir.

La noche anterior, Daniel se había inyectado sangre humana en las venas. Sin duda en algún momento, se había enterado de mi descubrimiento.

Al llegar el amanecer, el alma de Sixto abandonó su cuerpo, sin saber lo que el joven tramaba. Daniel esperó a que el cuerpo del Escritor se quedara vacío, haciéndole creer que a él le ocurriría lo mismo. Y cuando el sol salió, el joven moreno de ojos azules, tras asegurarse por completo de que nuestro creador dormía, bebió su sangre hasta dejarle seco, al igual que le había hecho yo en una ocasión hacía tiempo, por descuido.

Aquello último, si aparecía en mi autobiografía. Me sentí furioso y culpable.

Cuando Sixto despertó al anochecer, se vio, indefenso y rodeado por varios seres encapuchados, no podía moverse. Entre ellos no se encontraba Sentus.

Un montón de imágenes vinieron a mi cabeza, como si el fantasma del escritor me las estuviera mostrando: una pesada cadena de hierro, sensación de impotencia y al mismo tiempo un alivio muy doloroso al ver la salida del sol. Todo pasó a ser fuego, colores rojizos y después oscuridad.

Aquellas últimas imágenes no las vi desde el punto de vista del chico que yacía en el suelo inmóvil, sino con los ojos de mi convertidor.

—No le disteis oportunidad de luchar. Arderas al igual que él lo hizo—dije serenamente, tan serenamente que temí volver a caer en la locura.

Me arrodillé ante él, permanecía tumbado en el suelo, boca abajo, recuperándose de la fractura en el cuello que Adirand le había hecho y le mordí en la espalda. Cerré los ojos y sorbí su sangre placida y lentamente, el pecaminoso sabor salado y dulce al mismo tiempo de la sangre me inundó por completo. Supe que Adirand continuaba de pie junto a nosotros deseando unirse al festín, pero sin atreverse a hacerlo.

Entonces, cuando yo ya pensaba que había debilitado a Daniel hasta el extremo de no poder ni respirar, movió los labios.

—John, tú le mataste, no me culpes a mí... —dijo con mucha dificultad.

Abrí los ojos, que habían mantenido cerrados mientras gozaba del sabor de su sangre. Enfurecido, tragué y lo lancé por los aires, me invadió la rabia. Éste aterrizó sobre la mesa de cristal que se encontraba en el salón, la cual cedió y se hizo añicos. El joven se rio secamente, haciéndome enfurecer más todavía.

Intenté adentrarme en su mente para ver exactamente a qué se refería, pero la había bloqueado y esta vez no pude hacerlo.

— Explícate —le exigí alzando la voz, lleno de ira al ver que aquel detestable ser había adquirido con más rapidez que yo la habilidad de bloquear su mente. Detestaba sentirme inferior, detestaba que me hubiera utilizado para acercarse a Sixto, detestaba que se estuviera riendo de mí.

—Tú nos mostraste el modo de acabar con él, tú nos mostraste cómo no caer al amanecer y tú nos mostraste cómo dejarle inmóvil e impotente —explicó, como si hiciese falta que recordase dichos detalles—. Nadie en este mundo era capaz de descubrir el modo de destruir a Sixto, excepto tu —prosiguió— La publicación que creaste para atraer al melancólico Sentus, supuso una gran revelación para los muchos seres oscuros que queríamos exterminar al más antiguo de nuestra especie, al rebelde, al único que no quiso unirse al clan y aceptar sus normas, al que se atrevía a seguir sintiendo y viviendo como un humano. ¡Ja! Como un simple humano, qué estupidez…

Mientras hablaba lenta y costosamente, me había acercado a su lado y pude observar cómo algunos cristales se le habían clavado en el pecho atravesando todo el ancho de su cuerpo, por suerte para él, no le habían partido el corazón en dos. Era esa la única razón por la cual podía seguir hablando. Cuando estuve lo suficiente cerca me arrodillé a su lado. Le tomé la cabeza entre mis manos y se la arranqué, la sangre salió disparada por toda la estancia.

Sin mirar hacia atrás, que es donde Adirand se encontraba pude percibir que se relamía después de que la sangre le salpicara en la cara, aspiró hondo para captar todo el aroma de la sangre y del miedo que desprendía el cuerpo sin cabeza. Seguidamente le arranqué el resto de extremidades. Sin sorber su sangre, para que así pudiera sentir todo el dolor que producía la experiencia. Decidí no exponerlo al sol, ya que, de aquel modo el sufrimiento cedería demasiado pronto, así que repartí sus extremidades por la casa, un brazo en la habitación de mi hermana, otro en la de mi sobrino la cabeza en el baño que pertenecía a mi zona, el tronco en el patio interior que utilizábamos de lavandería en su día… Adirand permaneció sentado en el sofá, hasta que hube terminado con aquel indeseable.

Regrese al salón junto a mi compañero con ojos de color avellana, y me senté en el sofá. Me di cuenta que Adirand se había dedicado a recoger la mesa rota y todos los cristales que habían quedado esparcidos junto con la sangre de aquel condenado. Le puse la mano sobre la pierna. Me senté al mismo tiempo que cogía el mando a distancia del televisor. Lo encendí como si esperara que fuese a funcionar a la perfección después de veinte años. Me alegró ver que cuando presioné el botón de encender, el aparato se puso en marcha. Aquello me hizo sonreír. Aun así, Adirand salto sobre el sofá, como si al ver como se iluminaba la pantalla se hubiera asustado. Observé a mi aparentemente joven compañero, mirando el televisor como si nunca antes hubiera visto uno; sí, en cierto modo desde que yo me había convertido en lo que soy, la tecnología había avanzado notablemente, pero ya me había encargado de ponerme al corriente en los últimos meses, mientras viví en Venecia. Pero por parte de Adirand, parecía que jamás hubiera visto nada semejante. Se acercó a la pantalla lentamente, alzando la mano para tocarla. Pude ver la chispa que ésta produjo a su contactó, supuse que fue debido a la electricidad estática. Adirand alzó la otra mano y le dio tal manotazo que la hizo chocar contra la pared que se encontraba a pocos centímetros.

— ¡No! —le pedí cuando ya era demasiado tarde.

La escena me produjo cierta gracia y comencé a reír. Después negué con la cabeza.

— ¿En qué mundo has estado viviendo? O es que simplemente detestas la porquería que dan últimamente —comenté en tono jocoso.

Achicó los ojos y torció la cabeza mientras me miraba. Después volvió a mirar el electrodoméstico, que debido a su fuerza había quedado destrozado en mil pedazos.

—Vivía en nuestra guarida, quiero decir que vivía con Sixto. A veces no podía salir —reveló dejándome ver lo sometido que había estado.

Me sorprendió que un ser tan independiente, como me había parecido que era des del primer día, hubiera podido vivir bajo las órdenes estrictas de Sixto. Siempre había mostrado que era muy capaz de pensar por sí mismo. Quizá por aquella razón no se había separado de Sixto en los últimos mil años.

—Después de que te marcharas hace veinte años. Sixto me recomendó que no me moviera si no era a su lado, dijo que pendíamos de un hilo, que vendrían a por nosotros, que no quería perderme a mí también. —me aclaró después de ver lo que había estado pensando tras el incidente del televisor.

Tras su explicación, me siguió pareciendo imposible que alguien como él, pudiera haber reaccionado de aquel modo ante un simple televisor.

—Sabía de la existencia de la tecnología, pero me mantuve al margen —concluyó.

Deseé preguntarle más cosas sobre el tema, pero de repente oímos gritar al ser que había repartido a trozos por mi casa. El grito era continuo, como el de una sirena que se activa para dar un aviso, subió de volumen, como no actuara con rapidez, terminaría llamando la atención de los humanos que por allí frecuentaran, así que me dirigí al baño de mi zona, que era donde se encontraba la cabeza y después de arrancarle la lengua le cubrí el rostro utilizando papel higiénico como si pretendiera momificarlo. Una vez se me hubo terminado el rollo, dejé la cabeza ensangrentada sobre la tapa de la taza del váter y volví al sofá junto a Adirand, que seguía de pie mirando el televisor destrozado.

Me sentí triste al recordar todo lo que había ocurrido en las últimas horas. Deseé llorarle de nuevo, lamenté no tener televisor para distraerme. El silencio comenzaba a ser incomodo, cuando comenzó a surgir aquel sonido. Se trataba del corazón de Daniel; me pareció que, tras cada latido sonaba con más intensidad. Me llevé las manos a los oídos y me pregunté si la única manera de terminar con aquel molesto ser, era exponiéndolo al sol, como había pensado hacer en un principio. Su corazón retumbaba tan constante como el tictac del reloj que colgaba en la pared de la casa. Aquel sonido comenzó a desesperarme. Adirand, que también lo oía no pudo resistirlo más, se separó a regañadientes del televisor aplastado que tanto parecía interesarle y se dirigió a la habitación donde se encontraba el tronco de aquel condenado. Introdujo su mano atravesándole las costillas y apretando lo hizo estallar. Luego regresó a mi lado y se sentó de nuevo en el sofá.

—Tardará en sanar —dijo mirando al frente.

Me fijé en sus manos llenas de sangre.



Hacía dos noches que no nos alimentábamos, no sabía hasta qué extremo el apetito de un ser milenario como era Adirand podía compararse al mío. El caso es que estábamos hambrientos. Recordé la desesperación descontrolada que me había embargado las primeras noches antes de separarme de Sixto. Me acerqué a él, alargué mi mano. Le toqué la punta de la nariz con mi dedo índice. Giró un poco la cabeza para poder verme el rostro y con una sola mirada supo lo que quería; inclinó la cabeza hacia un lado, y suavemente con sus manos hizo que mi cabeza se acercara a su cuello. Lamí la carne sobre la vena que latía ansiosa a mis labios, mis colmillos y mi lengua. Le mordí, pronto amanecería y necesitaba descansar, así que no quise salir de allí para buscar a un humano. Adirand depositó en mí toda su confianza, aquello que habíamos compartido juntos en las últimas noches le habían convertido en mi nuevo compañero.

Bebí largo rato, saboreándole, sin intentar hurgar en su pasado, únicamente queriendo conocerle un poco mejor. Después me separé de él y le besé en los labios con pasión. Incliné la cabeza hacia atrás para que él pudiera beber de mí también. No se trataba de que quisiera que saciara su sed conmigo, sino que deseaba que alguien me conociera para dejar de sentirme solo.

Y la sangre era la única manera de hacerlo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Capitulo 12 / Segunda parte



12

Al entrar en mi antiguo hogar, solté la maneta de la maleta que portaba a Adirand en su interior. La abrí, éste salió con desesperación, cayó de costado al suelo y se arrancó el papel de aluminio que le cubría la cara con un solo gesto, luego no se movió.

Parecía haber muerto, su piel se presentaba de un tono morado, como si se hubiera estado asfixiando. Me lo quedé mirando curioso. Sí, se había ahogado y posiblemente congelado, al permanecer en la bodega del avión durante nuestro vuelo de Venecia a Barcelona. Tardó un buen rato en volver a respirar, comenzaba a moverse muy débil.

Me agaché a su lado para tomarle el pulso, su corazón latía muy lentamente. Adirand alargó sus brazos, parecía querer decirme algo al oído. Acerqué mi cabeza a su cara para poder oírle. Entonces abrió la boca ante mis ojos y me mordió en la mejilla, me cogió con fuerza para que no escapara de sus garras. No podía moverme, poco a poco me fui tumbando a su lado, para que el proceso no fuera tan incómodo.

Permanecimos más de un largo minuto tumbados en el suelo. Que bebiera mi sangre me pareció aterrador y doloroso.

En cuanto recuperó fuerzas, se puso en pie y se quedó mirándome, yo aún permanecía tumbado. Mi cara se regeneró por completo y también me levanté.

Después, Adirand se deshizo del resto de papel de aluminio que le cubría y nos dirigimos a mi antigua habitación. Nos sorprendió encontrar a Daniel, el nuevo acompañante de nuestro creador, el joven al que yo sólo había visto una vez. Estaba tumbado sobre la cama.

Mi acompañante, ya más activo se arrojó sobre el chico, pude percibir lo que pretendía Adirand. Al beber su sangre, si Daniel sabía algo de Sixto, él podría verlo.

— Maldito — murmuró con la voz rota, al mismo tiempo que caía de rodillas al suelo, se llevaba las manos al corazón y se encogía como un animal malherido.

— Se arrepentirá de sus actos — dijo Adirand. Después comenzó a debilitarse, la sangre humana que corría por nuestras venas perdía su efecto, desapareció.

Me quedé solo. Los efectos de la sangre habían pasado. Adirand permanecía arrodillado en el suelo con la cabeza y los brazos apoyados sobre la cama. Su pelo parecía más claro durante el día, que cuando nos rodeaba la oscuridad. Su fino flequillo ondulado caía sobre su cara de niño, haciendo realzar su belleza.

No tardé en notar que mi alma se preparaba para partir y así, adentrarme en un profundo y duradero sueño.

Corrí hacia la maleta, que aún se encontraba tirada en el pasillo, rodeada por un montón de trozos de papel plateado. Busqué dentro la bolsa de sangre de Elisabeth. Llené una inyección por completo y me la introduje por vena.

No podía permitir que aquello quedase así después de la reacción de Adirand. La sangre de mi compañera fallecida comenzó a hacer efecto rápidamente. Intenté escrutar en la mente del joven, que parecía yacer muerto sobre la cama, pero no pude ver nada. Así que repetiría la acción que había hecho Adirand, para poder ver lo que él había visto.

Me arrodillé al lado del chico y me incliné sobre él, para poder sorber del cuello. La herida que Adirand le había hecho sólo hacía un momento había cicatrizado y desaparecido.

Antes de clavar mis colmillos y hacerle una nueva herida, se abalanzó sobre mí una terrible sensación. Sixto, le estaba pasando algo a mi escritor, corría un grave peligro. Salí de casa dejando el cuerpo de Adirand junto al de Daniel, en la habitación.

Creo que corrí haciendo caso a mi instinto. O a él, a Sixto. Noté cómo me llamaba, le sentí como si me empujara para que corriera hacia donde él se encontraba. Corrí y corrí a velocidad alarmante, notando cómo una fuerza invisible me empujaba hacia aquel lugar. Seguí el paseo marítimo hasta encaminarme por el desfiladero que llevaba hasta el espigón, cerca del faro y al llegar al final, cuando ya no pude caminar más, la presencia de Sixto desapareció.

Miré el mar horrorizado y jadeando, el horizonte azul, los colores que tanto había añorado, las grandes piedras que se extendían a mi alrededor. Me apoyé sobre mi mano, descansando sobre la barra de metal que se encuentra al final del camino, donde termina la tierra y comienza el mar.

Al tocar la barra oxidada, el miedo, la sorpresa y la angustia me inundaron, caí arrodillado al suelo. Cogí con la mano lo que parecía ser polvo acumulado sobre el metal. Al abrir el puño, la nube de partículas voló al antojo del viento y entre mis dedos quedó, colgando, una cadena de plata que sujetaba una pequeña cruz. Cerré los ojos y aspiré las cenizas de Sixto. Éstas se introdujeron por mis orificios nasales, me sentí perplejo, incapaz de reaccionar. Todo había ocurrido tan deprisa…Un sinfín de imágenes felices junto a mi amado escritor se me vinieron encima. Pero nada, no lograba sentir melancolía siquiera. ¿Era aquélla la condena a ser eterno? ¿Dejábamos de sentir con el tiempo? Negué con la cabeza, recordé la expresión de Adirand, su cara de amargura, después de haber tomado la sangre de Daniel.

Tras intentar una y otra vez sentir algo ante tal pérdida, llegué a una conclusión. Me echaba la culpa por la tragedia.

— No ha sido por culpa tuya — escuché su voz, como si me envolviera. Vi en mi cabeza, a Sixto atado y débil, durante parte de la noche y hasta el amanecer, en la barra que se alzaba ante mí.

Miré a mi alrededor, volteando la cabeza hacia un lado y hacia otro. Seguía arrodillado sobre sus cenizas. Me giré y apoyé mi espalda sobre el palo de metal donde él había permanecido encadenado durante horas. Desde mi postura incliné la cabeza hacia arriba y pude ver las gruesas cadenas de acero colgando desde lo alto del poste.

— ¿Cómo he podido permitir que te ocurriera esto? — Pregunté al aire, esperando oír su voz de nuevo. Pero no oí nada.

Rompí a llorar desconsoladamente, como un niño. Sixto, mi Sixto. El único ser del cual me había enamorado, siendo mortal e inmortal. Mi padre, mi creador, mi amigo y amante…

Con su muerte también descubría que, incluso lo inmortal, puede ser destruido; mi descubrimiento de la eternidad humana de hacía unos años, había sido un fraude. Volvía a tambalearse la cordura en mi cabeza, igual que había ocurrido hacía veinte años, el día que me había separado de mi escritor, para volverme loco y solitario.

Lloré desesperado intentando imaginar cómo había podido terminar encadenado a aquella barra de metal. Mi escritor había muerto, un ser de semejante poder y resistencia. Seguí llorando sin lágrimas como cada vez que lo hacía. Por suerte no me encontraba en un lugar frecuentado por mortales. Una parte de mí esperaba ver aquellas cenizas reagruparse y regenerarse, para volver a convertirse en su figura humana. Pero no ocurrió, y el dolor era cada vez más fuerte. Hacía ya rato, que el sol había comenzado a ponerse. No supe si mis dudosos sentimientos se debían a que sólo somos capaces de sentir con claridad durante la noche, o a que aún estaba loco.

Adirand llegó al lugar donde yo me encontraba, una hora después de que hubiera anochecido por completo. Llevaba un bote de cristal en la mano y la cara cubierta de lágrimas rojas. Sus ojos habían adquirido un tono granate debido a la fina capa vidriosa. Miraba las cenizas de Sixto con una amarga expresión. Negó con la cabeza y cayó arrodillado a mi lado.

— Sixto — susurró al tiempo que cogía un primer puñado de cenizas y lo guardaba en el frasco.

Me arrodillé y le ayudé a recoger todas las cenizas que pudimos recuperar. Después suspiró y se sentó a mi lado, nos quedamos allí sentados sin mirarnos, uno al lado del otro, como dos huérfanos. Me sentí melancólico, pensaba una y otra vez toda la historia que había compartido con nuestro creador, añoraba a Sixto. No sentía fuerza en el cuerpo. Pensé, martirizándome una y otra vez, lo feliz que me había sentido a su lado en tiempos pasados, sin bloquear mis pensamientos en ningún momento. Después miré a Adirand. No había percibido nada de lo que debía rondarle la cabeza.

— ¿Cómo llegó a ti? — quise saber, recomponiendo mi voz a cada palabra.

Adirand se quedó pensativo, no creí que fuese a responderme, hasta que esbozó una leve sonrisa en la cara. Después frunció el entrecejo y arrugó sus labios y, mientras, miraba el bote de cristal que tenía entre sus manos.

— Tengo suerte de haberte encontrado — me confesó, con la voz entrecortada. Le acaricié la espalda con mi mano, en un inútil intento de consolarlo.

“Algún día te contaré todo lo que quieras sobre mí, sobre Sixto y Sentus. Bueno, todo lo que yo sepa”, me dijo incapaz de hablar, levantándose al mismo tiempo.

— Vamos — dijo con resolución, alargó el brazo y extendió la mano para ayudar a levantarme —. Esto no quedará así, no pienso dejar que se vayan sin su merecido — añadió haciendo un poco de fuerza hacia atrás para que, por fin, me pusiera en pie.

Le seguí sin saber a dónde íbamos, tampoco me importaba. Me sentía desesperado, triste y perdido. Me sorprendí al ver la reacción de Adirand, parecía haber aceptado la muerte de Sixto, como si a los vampiros, la muerte de otro, no pudiera afectarles por mucho tiempo. Y pensé que si se trataba de eso, a mí me quedaba mucho por terminar mi transición de humano a ser sobrenatural.



Volvimos a mi hogar mortal.

domingo, 25 de octubre de 2015

Capitulo 11 / Segunda parte



11



Al cabo de un rato, más tranquilo, me senté sobre la cama. Estiré el brazo y tomé la bolsa de sangre que me había dejado Elisabeth. Adirand había presenciado mi momento de desesperación, debilidad y tristeza.

Se arrodilló ante mí, bajó la cremallera de mi pantalón tejano manchado de tierra y húmedo, debido a mi estancia en el cementerio, sin dejar de mirarme. Noté el contacto de su mano helada sobre mi miembro. Estuve a punto de soltar la bolsa de sangre que sujetaba, a causa de la impresión momentánea de su acto.

—Esto es lo único que nos queda — dijo con melancolía, creí que comenzaría a sollozar al igual que había hecho yo hacía un rato. Después lo tomó con las dos manos y se lo quedó mirando hasta que se lo introdujo en la boca.

No pude más, dejé caer la sangre al suelo. La bolsa, bien cerrada, cayó sin romperse.

Me eché hacia atrás y gocé permitiendo que Adirand se consolara haciendo estremecer mi cuerpo. Nuestra especie es superior en todos los aspectos a la humana.

Sin duda, Adirand era digno de haber sido amante de Sixto durante más de mil años; no eyaculé al igual que cuando era mortal, pero fue una sensación muy placentera. Era un amante excelente. Cuando me harté de sus juegos, le lancé hacia la cama y le mostré todo aquello de lo que era capaz. Hicimos el amor durante aproximadamente dos horas.

Después hubo calma, permanecí en un estado parecido al sueño, demasiado placentero como para intentar salir de él. Adirand me despertó minutos antes del amanecer, parecía experimentar un ataque de ansiedad. No supe qué hacer, lo único que se me ocurrió fue introducirle sangre de Elisabeth en vena, para que al salir el sol se quedara a mi lado; repetí la misma operación conmigo.

Me quedé sentado a su lado hasta que respiró con normalidad.

— ¿Lo has notado? — me preguntó, parecía estar agotado, como si le acabaran de dar una paliza. Negué con la cabeza.

—Algo está pasando ¡Maldita sea Sixto! ¿Por qué no nos envías tu posición? — Pareció enviar un mensaje directo a nuestro creador, al decir aquello.

Se sintió apenado, se tumbó en la cama y abrazó sus piernas, parecía estar traumatizado. Le dejé solo, es lo que a mí me habría gustado en su posición, así que salí al balcón a recibir a mi añorado amigo de fuego.

Me quedé mirando al cielo, estaba amaneciendo, pronto saldría el sol y lo bañaría todo con su luz. Por primera vez en horas, parecía poder gozar de unos minutos de intimidad. Volví a pensar en Elisabeth, en la solución al abandono de mi alma, la sangre. En Sixto y en mi encuentro con Sentus. Tuve un descuido, no había bloqueado mi mente y Adirand ahora estaba al corriente de todo. Se levantó de la cama y se dirigió hacia mí, me miraba con los ojos muy abiertos. Después ladeó la cabeza.

“¿Qué sabes?”, me preguntó.

Le mostré mi descubrimiento, le mostré que por alguna extraña razón, a mí, el sol no podía dañarme. También mi encuentro con Sentus, su sonrisa, su melodiosa voz. Y sin duda lo que a mí me había parecido.

—Si no ha sido Sentus, ¿quién ha sido? —dijo sin dudar de mi palabra ni un momento. Supe que le había impactado la noticia de que la luz no pudiera dañarme, pero pesaba más lo ocurrido con Sentus.

De repente se apoderó de mí un dolor agudo, tan intenso que no pude soportar y caí al suelo perdiendo el sentido.

Comencé a despertar sobre el suelo del balcón, había amanecido. Sonreí ante aquella idea. Con debilidad me senté sobre mis rodillas, por muy hermoso que me resultara el día, volví a la realidad, aquella realidad que escocía, que ardía y dolía. Deseé poder encontrarme junto a Sixto, mi amado Sixto, que estaba en peligro.

Miré directamente al sol sintiendo nostalgia y echándole de menos. Inspeccioné detenidamente el día, me cautivó al igual que me había cautivado todo, hacía dos días, cuando salí a la calle y le hice la visita a Sentus.

Oí a Adirand llamándome desde la habitación. Me levanté pausadamente sin apartar la vista del cielo, vi a una gaviota volar a poca altura.

Entré y me dirigí a la habitación. Le encontré tumbado sobre la cama, desnudo y con los ojos muy abiertos.

—No puedo confirmar qué ha sido, pero ha ocurrido algo. Debemos actuar rápido. ¡Tenemos que hacer algo! —dijo impotente.

Me fijé en que tenía el brazo quemado, y sobre sus mejillas caían tres gotas de sangre. Pensé que habría estado llorando, pero no me atreví a preguntar. Independientemente de lo que acababa de revelarme no pude evitar fijarme en el hermoso aspecto que presentaba. Se veía tan solo y desamparado. Desprendía un inconfundible amor hacia Sixto y temor a que pudiera haberle pasado algo. Alzó el brazo y señaló a la luz que entraba por el balcón y bañaba los pies de la cama.

—Hace mil años que no camino tras la salida del sol. Me ha sorprendido, no he podido evitar querer mirarlo, me ha hipnotizado. — Dijo aclarando el por qué de sus quemaduras.

Me senté a su lado en la cama y le hice saber que yo también lo había sentido, algo andaba mal, muy mal.

— ¿Sabes dónde se encuentra? — Pregunté desesperanzado. Adirand asintió y se echó a llorar. ¿Acaso había notado algo más que yo?

Su respuesta me pareció un milagro.

— Tenemos que partir de inmediato. — Dije. A él le pareció una locura. Señaló el balcón y negó con la cabeza, alarmado.

— Yo no puedo salir. No, hasta que el sol se esconda. — Dijo con una voz temblorosa debida al llanto.

Tracé un plan.

Me inyecté un cuarto de bolsa de sangre y después le pedí a Adirand que hiciera lo mismo, yo tenía que salir de compras.

Fui a una tienda de maletas cercana, recordaba que expuesta en el escaparate tenían una súper maleta para llamar la atención de los clientes, esta medía más de un metro de alto y 0,70 de ancho. También compré un montón de rollos de papel de aluminio.

Cuando volví a casa, Adirand ya se había inyectado tanta sangre como le había pedido. Tumbé la maleta en el suelo y la abrí. El me miraba reacio ante aquella idea.

— Y si el sol penetra dentro y yo…— Dijo asustado.

Entonces saqué del interior de ésta un rollo de papel plateado y me dispuse a envolver a mi amigo. Yo sonreía entusiasmado, mientras daba vueltas una y otra vez sobre el chico. Por lo menos hice tres capas de empapelado sobre él. Una vez me pareció suficiente, le pedí que se pusiera de cuclillas y que se encogiera sobre sí mismo todo lo que pudiera. Hubo partes del papel que se rompieron al moverse, volví a envolverle. Lo cogí en brazos y lo metí dentro de la maleta también recubierta de aluminio.

Pensé que Adirand sería más pequeño, empujé su cabeza hasta que estuvo totalmente dentro de la maleta.

“Ay” se quejó sin hablar. Cerré el equipaje y él quedó totalmente dentro. Nos pusimos en marcha. Al salir a la calle me aseguré de que Adirand se encontraba bien.

Nos dirigimos al aeropuerto en Vaporetto, a la terminal de Venecia, Marco Polo. Mi compañero estaba aterrorizado, no dejaba de mandarme mensajes telepáticamente.

“¿Hemos llegado ya?” “¿Falta mucho?” “¿Por dónde vamos?” “¡Me duele el cuello!” “No puedo respirar” Mientras de mi maleta no comenzara a salir humo o a prenderse en llamas, iba a hacer caso omiso a los comentarios y preguntas de mi amigo.

Una vez dentro del recinto tuve que facturar mi equipaje, Adirand volaría dentro de la bodega del avión. Me esperé en el rincón más sombrío y solitario a que llegase nuestro avión, para que las personas no repararan en mí. Embarqué lo más rápido posible seduciendo a toda la tripulación para evitar hacer colas.

Una vez embarcados noté de nuevo la intranquilidad de Adirand desde donde se encontraba, por aquello que le estaba obligando a hacer, él nunca había volado en avión.



Llegamos al aeropuerto del Prat de Barcelona sobre el mediodía, y repetimos de nuevo la operación al salir del recinto. El taxi nos llevó hasta la puerta de lo que había sido en su día mi vivienda y la de mi familia. Aspiré hondo, de nuevo la brisa del mar. Había añorado tanto aquel lugar, miré desde la calle lo que había sido mi balcón en un primer piso e imaginé a Mina asomada desde arriba para poder verme, mientras emitía jadeos de impaciencia. Luego mi sobrino se asomaba a su lado, sólo lograba verle las puntas de los dedos y la parte superior de la cabeza. Volví a la realidad. No sentí nada. En otro momento me habría echado a llorar con aquel recuerdo. Adirand permanecía en el portal, a la sombra aún dentro de la enorme maleta, cuando desperté de mi estado melancólico le oí suplicar. Como era normal, sentía la necesidad de encerrarse en una habitación donde no pudiera atraparle el sol. Sonreí, miré al cielo y me despedí del día. Después me acerqué a Adirand y tiré de la maleta. Entramos en el portal.

Capitulo 10 / Segunda parte



10



Cuando comencé a despertar percibí un intenso olor a tierra húmeda. Al abrir los ojos vi oscuridad, y al notar el frío cuerpo de Elisabeth, se abalanzaron sobre mí recuerdos del intenso día anterior. Inspeccioné el cementerio psíquicamente en busca de alguien que pudiera encontrarse allí, pues no me apetecía que ningún ser me viera salir del interior de una tumba. Al apartar un poco la tapa de piedra que nos cubría y sacar la mano para abrirme hueco y salir de allí, noté unas pequeñas gotas de agua fría cayendo sobre mi piel. Estaba lloviendo. Antes de verlo siquiera ya me imaginé el cielo de intensas nubes grises cubriendo los rayos del sol. Aquello sería lo que habría visto si despertaba de día y, sin embargo, y como era de esperar, ya había oscurecido.

Salí de la sepultura y me dispuse a continuar con lo que me proponía a hacer antes de que el sueño me azotara al amanecer. Volví a coger la misma pala con la que ya había arrojado dos paladas de tierra dentro del agujero. Cubrí por completo el foso, dejando el cuerpo de Elisabeth enterrado.

Intenté sentir melancolía, tristeza por su pérdida, pero fui incapaz de sentir nada…

Me quedé mirando la tumba durante un buen rato, recordando buenos momentos junto a mi amante mortal, ¿Me encontraba en shock? ¿Los acontecimientos ocurridos, hacía poco, me había vuelto más loco de lo que estaba? Me encogí de hombros, veía inútil buscar una respuesta a la cuestión.

Suspiré al sentirme vacío por dentro, aquella sensación me recordó a la que había sentido días después de encontrar a mi familia muerta en mi casa.

Paseé por el cementerio buscando algunas flores frescas y vivas para dejar como obsequio sobre el lecho permanente de la chica.

Escogí un espíritu santo, envuelto en una caja, que habían dejado ante una lápida con ángeles esculpidos. A ella le habría gustado aquella flor tan hermosa.

Me dirigía de nuevo hacia la tumba de la que había sido mi amante, cuando noté aquella inmensa fuerza que se acercaba hacia allí. Me mantuve inmóvil sin poder detectar de quién se trataba. Seguí mi camino hasta llegar a la tumba de Elisabeth, dejé sobre la losa la flor que tenía entre mis manos, y me mantuve a la espera, mirando la losa de mi amada.

Empezaba a cansarme de esperar a que se descubriera el ser poderoso que se acercaba, pues hacía rato que había aterrizado en la isla en la que me encontraba. Me despedí definitivamente de Elisabeth, intenté recordar algún pasaje de la biblia, algo digno para su despedida, pero no se me ocurrió nada. Siempre había sido ateo.

Me alejé de la tumba y caminé a través del cementerio. Me abrí camino entre los charcos y lápidas que había hasta la salida.

Mientras caminaba volví a analizar los alrededores. ¿De quién se trataba? Al fin percibí algo. Un mensaje de socorro indescifrable llegó a mi cabeza. Pero enseguida se desvaneció. Y pude notar de nuevo la potente fuerza cercana. Sentí una punzada en el pecho y al mismo tiempo que me llevaba la mano al corazón, Adirand se acercó a mí. Acogí su llegada como si lo hubiera estado esperando. Paró frente a mí y me saludó a distancia. Me acerqué a él y le besé en los labios.

“¿Qué ha sido eso?” le pregunte sin hablar, aún con un agudo dolor dentro de mí.

—Me alegro de verte —respondió con una cortés sonrisa.

— ¿A qué se debe tu visita? ¿También lo has notado? —le pregunté.

“Sixto ha desaparecido”, dijo. De inmediato se me heló el alma ante aquella noticia. Al principio me pareció algo increíble, imposible e irreal. “Quizá tú puedas ayudarme”, volvió a decir con un mensaje telepático.

Sentus, seguro que él estaba detrás de todo. Recordé mi reciente encuentro con Sixto, mi confesión de que iba a matar a su primera creación, Sixto habría acudido a él para advertirle de que se encontraba en peligro. Seguro, estaba convencido. Sentus se habría aprovechado de la pacífica visita para hacerle algo a Sixto. Me arrepentí tanto de no haberle matado… Tanto.

¿Pero cómo habría sido posible? Sixto disponía de un tremendo poder…

Mientras me preguntaba cómo podrían haber atrapado a alguien tan poderoso como Sixto, imaginé que un ejército de secuaces de Sentus se había abalanzado sobre el escritor, Sixto me había hablado sobre la gran cantidad de seguidores de que disponía su pupilo.

Me sentí idiota, defraudado conmigo mismo ¿cómo me había dejado engatusar de aquel modo por el enemigo? Adirand, sin perder la compostura, se acercó a mí y me devolvió el beso que antes le había dado intensificando la pasión y mordiendo mi lengua suavemente para saborear mi sangre. Hizo que dejara mis pensamientos a un lado.

Negué con la cabeza. Ya que aquel beso traía un mensaje.

“Déjame yacer contigo esta noche.”

—Sé que estás tan preocupado por Sixto como lo estoy yo pero, por ahora, no podemos hacer nada…— me informó disculpándose por su grosería, apenado.

Yo volví a negar con la cabeza.

—Iré solo, viajaré de día si es preciso —dije.

Esta vez fue él quien dijo que no.

—No es necesario actuar precipitadamente ¿cómo piensas encontrarle?

Los sentimientos que parecían haber desaparecido hacía un rato, volvían a mí como un torrente. Me sentí desesperado, algo me decía que Sixto estaba en peligro, y no podíamos hacer nada para ayudarle.

— Debemos planificar bien nuestros movimientos. Recuerda que es de Sentus de quién hablamos — dijo demostrando lo anciano que en realidad era.

Asentí y me senté sobre un pequeño muro de cemento que se encontraba a la entrada del cementerio. Sentí dudas por lo ocurrido el día anterior con Sentus. Pensé en contárselo todo a Adirand, pero temí que dudara de mi lealtad hacia Sixto.

Alargué el brazo para que se acercara, esbozó una sonrisa y se acercó; le abracé amarrando su cintura, apoyé mi cabeza sobre ésta. Adirand inclinó la cabeza hacia abajo para poder volver a besarme. Me iba a explotar la cabeza, las suposiciones eran muchas pero ¿qué había ocurrido en realidad? ¿Sixto, donde estás?

—Quedan pocas horas de noche, aquí sentados no vamos a solucionar nada…Volvamos a casa —sugirió Adri.

No tardamos en regresar a mi hogar. Al entrar volví a percibir el olor a muerte que se había impregnado en el lugar. Pero antes de dedicarme por completo a mi buen amigo, debía solucionar un tema pendiente.

¿Qué había matado a Elisabeth? ¿Mi pequeña transfusión de sangre quizá? Busqué por la habitación alguna pista que respondiera a mis preguntas. Sobre mi mesita había un papel doblado que desplegué en cuanto lo tuve entre mis manos y una bolsa llena de sangre que flotaba dentro de un cubo, en lo que el día anterior había sido hielo.

La nota decía: “A mi querido John. Te entrego mi sangre, la cual alberga un gran poder, espero que tú puedas destruir a Sentus. Por siempre tuya. Elisabeth.”

De nuevo pensé en Sentus. Cada vez dudaba más de su inocencia.

Elisabeth murió del mismo modo que había vivido, rodeada de un gran misterio. Suspiré apenado. Al fin parecía sentir algo ante su muerte.



Me sentí triste, por su muerte y por la impotencia ante la situación en la que se encontraba Sixto. También me sentí culpable por no haber matado a Sentus pero ¿y si lo que le había ocurrido al escritor, no tenía nada que ver con quien creíamos que era el malvado? No podía más, iba a explotar. Comencé a sollozar como un niño, caí de rodillas al suelo. Me tapé la cara con las manos.

Capitulo 9 / Segunda parte


9



Era bien entrada la noche cuando llegué a casa. En cuanto abrí la puerta percibí el olor a cadáver. Me apresuré a encontrar de dónde provenía: Elisabeth Permanecía tumbada en la cama tal y como la había dejado. Me arrodillé al borde del lecho y pasé mi mano sobre su mejilla y luego sobre sus labios ya un poco morados. Había muerto.

Me sentí furioso por no haber acabado con Sentus y por haberme separado de Sixto. ¿Por qué culpaba a Sentus también de la muerte de Elisabeth? Aparentemente él no tenía nada que ver. Aquello me hizo llegar una conclusión, todavía estaba loco.

Pero no me importó, porque volvería a ver al primer pupilo del escritor y le mataría.

Cogí el cuerpo de mi amada, me lo cargué a la espalda y salí de casa sin preocuparme de que alguien pudiera verme. Ya estaba amaneciendo. Si quería enterrarla debía apresurarme.

Me acerqué al extremo de Murano más cercano a Venecia y me elevé cargando con el cuerpo de Elisabeth. Mientras volaba divisé un par de Vaporettos que se cruzaron a la altura de un pequeño pantano repleto de hierbas altas.

Aterricé en el pequeño embarcadero del cementerio. Miré a mi alrededor; nadie había presenciado mi llegada. Las puertas del cementerio se encontraban cerradas, por suerte no iba a suponer un problema. Me llamó la atención una araña que había formado una pequeña telaraña sobre un costado del cartel de horarios del Vaporetto. La pude ver a cinco metros de distancia. Me acerqué a ella, todo se veía distinto bajo la luz del alba. Mi potente mirada me dejaba ver sus diminutas patas aterciopeladas. Acerqué mi pálida mano para poder tocarla. Pero en cuanto vi el tamaño de mi mano comparado con el de la arañita, cambié de parecer y me giré bruscamente. Me acerqué a la fachada exterior del cementerio y trepé con la habilidad de un felino.

Una vez dentro del cementerio, busqué aquella tumba centenaria que tanto le había gustado a mi amada compañera en vida, y cuando la encontré aparté la losa cuidadosamente para evitar romper la piedra. Dentro únicamente encontré polvo, una inmensa nube que se elevaba hasta alcanzar mis orificios nasales, aspiré; aquello que un día había sido un hombre, ahora llegaba a mis pulmones. Sonreí al pensar que aquél era el destino de mi joven amiga veneciana, y sentí melancolía al recordar que jamás sería el mío.

La introduje en el agujero, tomé una pala que se encontraba apoyada sobre un árbol cercano y después comencé a cavar, en la tierra húmeda y cercana para cubrir por completo la fosa y así evitar que los importunados que por allí pasaban comenzaran a husmear a causa del olor del cadáver en descomposición. Cuando aún llevaba únicamente dos paladas de tierra noté como el sueño me abatía. El efecto de la sangre perdía poder. El sol me llevaba. Acerqué la losa a su lugar dejando solo un hueco por donde entré y me tumbé al lado de Elisabeth. Ayudándome con la fuerza de mi mano coloqué la losa en su lugar y me caí nuevamente ante la potencia del sol.


Dormiría por última vez, abrazando a Aquel ser tan poderoso, pero humano y ahora sin vida.

sábado, 24 de octubre de 2015

Capitulo 8 / Segunda parte



8

Salí de casa poco a poco, despacio, temiendo de nuevo que los rayos de sol pudieran dañarme. Permanecí bajo la sombra de mi edificio mirando hacia el agua del canal. Qué diferente se veía cuando los rayos del sol estaban presentes. Sonreía de felicidad, alcé la mano para que la luz del día me alcanzara.

Prueba superada, ésta no se prendió en llamas, no comenzó a derretirse ni se hizo polvo. Di un paso hacia delante para probar con mi brazo. No ocurrió nada. Avancé hasta el borde del canal y me quedé mirando fijamente el agua.

No sé cuánto rato estuve allí parado, pero la gente comenzaba a mirarme al pasar. Leí en sus mentes, la gran mayoría pensaban que iba a arrojarme a las putrefactas aguas.

Cada mente que leía hacía que comenzara a reír. No quise llamar más la atención. Así que di un par de pasos hacia atrás y comencé a caminar por la calle. La gente no reparó en que un vampiro caminara entre ellos a plena luz del día. Caminé desde mi casa hasta llegar al museo de cristal de Murano. Me disponía a coger allí el Vaporetto para desplazarme hasta Venecia, sin embargo seguí caminando para disfrutar un poco más de este lugar a la luz del día. Me dirigí hasta la siguiente parada, la que se encuentra en el extremo de la isla más cercano a Venecia. Pasando por dos puentes y una calle con dos hileras de árboles a izquierda y derecha y con una estatua central.

Llegué a la parada. Allí se encontraban dos niños de cuatro y seis años que se dirigían al colegio. Llevaban un gorro de lana cada uno, guantes y bufanda a juego. Sus abrigos eran idénticos, cambiando un poco el tamaño de estos. Llevaban dos mochilas bien arrimadas a sus espaldas que parecían ir llenas con sus almuerzos y quizá la bata que se vestirían aquel día. La madre, que había permanecido allí durante todo el rato observándoles, se me acercó y preguntó si me encontraba bien, en italiano. Alcé la vista para poder mirarla. Hasta los ojos azules de un humano parecían distintos a la luz del día, sus ojos eran de un tono tan claro como el cielo de aquella mañana. No podía apartar la mirada de aquellos ojos. Sus labios eran un poco más rosados que su rostro, se los había perfilado con un lápiz labial de color carne que los hacía parecer más grandes. Sus mejillas estaban levemente sonrosadas debido al frío y su nariz era pequeña y respingona. Se trataba de una mujer joven de no más de treinta años.

Me disponía a seguir mirando a aquella mujer, cuando otra que había llegado sin que me diera cuenta me tocó el hombro para que despertara.

—Chico, ¿te encuentras bien? —dijo en su lengua.

Miré a la segunda chica, y casi vuelvo a quedarme embobado, hasta que el ruido del Vaporetto me hizo despertar de mi estado entretenido.

Al fin les contesté con una sonrisa.

—Estoy bien —respondí, también hablando en italiano.

La embarcación se acercó a la parada flotante, tuvo que retroceder para poder aparcar debidamente y que así la gente pudiera bajar de éste. Antes de abrir la valla para que los pasajeros entrasen, chocó suavemente con el muelle. Se tambaleó siguiendo el suave oleaje. Al fin abrió sus puertas, primero la gente bajó a toda prisa, la mayoría se dirigían al trabajo. Embarcamos, éste cerró su puerta haciendo un sonido metálico y se puso en marcha.

Me acerqué al borde de la embarcación por popa. El frio viento me azotaba en la cara y hacía que mi melena se revolviera. La cogí entre mis manos para que dejase de ponerse ante mi cara. Me mantuve allí de pie durante todo el viaje. Salimos de Murano.

El mar se extendía hacia el infinito, permanecí mirando al horizonte. Entonces comenzó a verse el cementerio. El gran y hermoso cementerio de Venecia. Vi como pasamos de largo aquel lugar para dirigirnos a la ciudad. Seguí mirando hacia el horizonte deseando que Venecia apareciera, pensé qué parada debía escoger para bajar del Vaporetto. Al fin Venecia apareció. Pude divisar Santa María de la Salute a más de un kilómetro de distancia, seguidamente a su derecha comencé a ver el campanario de San marcos y después el Palazzo Ducale.

El Vaporetto paró y la gente junto conmigo bajó de la pequeña embarcación. Caminé a paso lento, miré la gran cola de gente que se había formado a la entrada del museo del Palazzo Ducale. Observé sus colores crema a la luz del sol. Seguidamente caminé un poco más pasando al lado del campanario y dirigiéndome hacia la plaza de San Marco, no cesé de mirar todo aquello que me rodeaba. Me paré frente a la basílica que se encontraba en obras parcialmente. Di un rápido repaso al edificio y una vuelta completa sobre mí mismo para poder ver la plaza y sus edificios por completo. Aquello me impactó más que el día que Il Duomo de Florencia se descubrió ante mí. Al fin paré de nuevo y comencé a mirar la basílica detenidamente, de aquel modo que únicamente nosotros somos capaces de observar las cosas.

El sonar de las campanas del Campanile de San Marco me hizo despertar de mi ensueño. Ya eran las cinco de la tarde. Había permanecido allí parado todo el día y no me había dado cuenta. Pronto empezaría a anochecer. Me apresuré para intentar llegar a tiempo a la guarida de Sentus, comencé a correr a velocidad alarmante por medio de la plaza. Paré en seco al llegar al mercado de Rialto. Pero qué idiota había sido, como se me ocurría moverme de aquel modo rodeado de un millón de mortales. Por suerte los que pudieron captar algo pensaron que era una simple ráfaga de viento, bastante típica de Venecia.

Seguí corriendo calle tras calle a un paso más normal, pero siendo el corredor más rápido de entre todos los mortales. Por suerte ya no me encontraba en una zona tan turística y por lo tanto no me encontré a ningún hombre deambulando por allí. Seguí los letreros que dirigían hacia la Ferrovía, o lo que es lo mismo, la estación de tren de Venecia, Santa Lucía.

Hasta que al fin paré ante un pequeño edificio de dos pisos. Allí se encontraba Sentus. Sentí su gran poder y éste hizo que se me erizara el vello de todo el cuerpo. Pero la noche ya llegaba. Las primeras sombras de la noche comenzaron a aparecer. Debía apresurarme.

Me colé en su casa, registré todo el edificio para asegurarme de que se encontraba solo. Me sorprendió que nadie le acompañara, entré convencido de que lo primero que vería al abrir la puerta sería un regimiento de vampiros acurrucados en el mismo suelo. Pero no, el suelo estaba vacío, limpio, era de mármol gris. Me gustó tanto aquel material, que me arrepentí de no tenerlo en mi casa.

Me dirigí hacia lo que creí sería el dormitorio principal, allí estaba. Dormía dentro de un ataúd. Jamás había conocido a ninguno de nosotros que durmiera así. Me acerqué a la caja sigilosamente y la abrí. Permanecí observándole. Elisabeth acertó cuando me comparó con un cadáver. Sin duda Sentus parecía estar muerto.

Sus ojos se movieron, iba a despertar, me acerqué más a él, hasta colocarme de un modo que cuando abrió los ojos fui lo primero que vio. Despertó, no perdió la compostura al verme, sabía bien cuál era el propósito de que yo me encontrara allí. Se incorporó sentándose dentro de su lecho. Cerró los ojos y aspiró, al mismo tiempo que inspeccionaba la zona, acción que yo también suelo hacer al despertar.

— ¿Y bien? —preguntó en latín, mientras yo sin querer me obsesionaba con la intensidad de su mirada.

Sonreí como si intentase filtrar con él, mientras bloqueaba mi mente. Mi sonrisa le confundió, achicó los ojos, preguntándose la verdadera razón por la cual me encontraba allí. Me acerqué a él y le besé suavemente en los labios. Luego me senté en el suelo cruzando las piernas, nos encontrábamos frente a frente. Fijó sus ojos en mí. Pero qué hermoso era. Entendí al menos una de las razones por las cuales Sixto se había enamorado de él en el pasado.

— ¿Y bien? —preguntó en latín de nuevo.

— ¿Por qué les mataste? —hablé al fin. Sentus se encogió de hombros.

—Cuando eres inmortal matas a tanta gente... —dijo como si realmente pudiera sentir dolor, pero dentro de sus palabras me mandó un mensaje, vi un sin fin de cuerpos en medio de la calle. Eran los cuerpos que yo había dejado por el camino mientras, loco, huía de Vilanova i la Geltrú.

Volvió a encogerse de hombros para restarle importancia a lo que acababa de mostrarme.

Al fin se puso en pie y salió del ataúd. Me extendió su mano para ayudarme a levantarme. Acepté su ayuda y le di la mano para que tirase de mí. Mientras le miraba pensé en que mi plan variaba por momentos, me resultó una estupidez haber publicado mi libro ya que, éste no había atraído a Sentus hacia mí, si no que había sido Sixto quien me había mostrado dónde se encontraba.

Pasó sus manos una y otra vez por sus ropas para alisarlas. Dio dos pasos para salir de la habitación y me miró para que le siguiera. Hice lo propio, caminamos por el largo pasillo, por el que yo ya había pasado antes mientras inspeccionaba su guarida. Se acercó a una pared de ladrillos y empujó suavemente. Ésta cedió. Se trataba de una puerta secreta. Aguantó la puerta e hizo una reverencia para que yo pasara. Asentí con la cabeza y entré en la habitación.

La habitación era oscura, el suelo consistía en mármol azul mate cubierto por una enorme alfombra persa de colores granate y negro. Una mesa central de cristal aguantada por un enorme dragón negro parecía ser la protagonista del salón. Había un enorme sofá de piel del mismo color que la alfombra. Y dos butacas de terciopelo a sus lados, eran de color negro.

Me pidió que tomara asiento educadamente. Obedecí. Me encantaba aquella estancia, me sentí cómodo rodeado de aquellos objetos tan hermosos.

—Te ofrecería algo de beber —dijo Sentus cómicamente. Después sonrió. Temí enamorarme de él en aquel instante.

Sentus cogió la butaca en brazos para colocarse ante mí. Parecía ser de corcho y no pesar nada por el modo en que la levantaba. Cambié de opinión cuando la soltó a diez centímetros del suelo y al caer hizo un golpe pesado. Se sentó. Volvió a sonreír. ¿Realmente se alegraba de verme? Suspiró por la emoción de la alegría que sentía con mi presencia. Yo no entendía nada. Ya había intentado leer en su mente, y no es que no lo hubiera conseguido, sino que no entendía nada. Tenía la mente revuelta. Pero sí, sin duda se alegraba de que estuviera allí.

— ¿Por qué has venido? —me preguntó mirándome a los ojos.

—He descubierto el modo para poder caminar durante el día —le respondí—. Y bueno, como mataste a mi familia y me mataste a mí, había decidido acabar contigo, pero me he entretenido demasiado por el camino y no llegué con el suficiente tiempo para hacerlo —le aclaré como si se tratase de lo más normal del mundo.

Pareció divertirle mi explicación ya que se echó a reír. Sé que le era imposible leer en mi mente y que aquello hacía que me deseara.

—Pues vaya, qué lástima, ¿no crees? —preguntó echándose hacia atrás en su butaca sin dejar de mirarme.

Me encogí de hombros. Llevaba una camisa blanca de algodón y unos pantalones negros de pinzas. Parecía parte de un traje, solo le faltaba la americana.

— ¿Por qué otra razón crees que debería presentarme ante ti? —pregunté volviendo a mirarle a los ojos.

—Quizá habías dejado de estar loco y comenzabas a preguntarte el porqué de tu condena —dijo poniéndose en pie. Dio tres pasos para acercarse a la mesa de cristal que se encontraba a mi derecha. Cogió un libro que se encontraba sobre esta, en el que no había reparado al entrar. Volvió a sentarse frente a mí. Lo alzó para que viera mi autobiografía.

—Tienes razón, hace veinte años estaba totalmente loco. Pero, John, yo ya he despertado —confesó mirando el libro que se encontraba entre sus manos. Volvió a alzarlo y le dio tres suaves golpes con sus manos—. En cambio, tú, John… en realidad creí que te habías acercado a mí para intentar seducirme y que así permaneciéramos juntos un tiempo — oprimió sus labios en un gesto de dolor.

Negué con la cabeza y comencé a sentirme confuso. Realmente iba a matar a aquel ser. Tan hermoso y aparentemente pacífico. Escruté su mente de nuevo. No mentía, todo lo que me había dicho era cierto. Sentus ya no era el Sentus que yo conocía. Sixto había acertado cuando la última noche que nos vimos, me confesó que las acciones que el ser que se encontraba ante mi había hecho en el pasado se debían a su estado mental, que a todos nos pasa, pero también a todos se nos pasa.

—Por cierto, opino que tu autobiografía es sumamente fascinante. Incluso podría pensar que es obra de Sixto —confesó volviendo a mirar la portada del libro y ojeando su interior esta vez.

Supongo que le incomodó que pudiera ver tan fácilmente dentro de su cabeza porque de repente no pude ver nada más.

—No te ofendas, pero es bastante incómodo notar cómo hurgan dentro de tu cerebro—dijo, sonriéndome de nuevo.

Negué con la cabeza para demostrar que no me había molestado su acto, que lo entendía y que en su lugar habría hecho lo mismo. Me entregó el libro para que yo también lo ojeara. Se lo agradecí, aunque yo fuera el autor, no había tenido entre mis manos ningún ejemplar. Hice lo mismo que él había hecho hacía un momento. Tras aquella última sonrisa dejé de desear matar a Sentus, sin embargo, era una decisión que había tomado hacía tiempo. Deseaba vengar la muerte de mi familia y por el momento, no pensaba cambiar de opinión. Pero me picó la curiosidad.

—Antes has comentado —empecé a decir— que creíste que había recuperado la cordura y que venía buscando respuestas al porqué de mi condena. ¿A qué te referías? —pregunté.

—No mientas. Ya hace veinte años que eres uno de nosotros. Es imposible que tú, un científico loco como eres, no te hayas preguntado ciertas cosas —dijo cortés pero sorprendido por mi indiferencia ante el tema.

Me encogí de hombros.

— ¿Ni siquiera sientes curiosidad? —preguntó inclinándose hacia adelante para poder verme más de cerca. No me moví ni un milímetro—. ¿No tienes curiosidad por saber de qué estamos hechos, por qué no morimos, o al menos de dónde venimos? —continuó al ver que ni me inmutaba.

—De dónde venimos —repetí.

—Nuestro amado Sixto, no te daría ninguna respuesta. Aunque a cambio de ello el precio fuera que perdieras tu cordura —terminó la frase con rabia y melancolía— Sixto sabe mucho más de lo que nos cuenta, Pero, ¿sabes qué? Ahora ya no me importa nada. Eso forma parte del pasado —dijo volviendo a hablar con serenidad.

“Contina”, le dije sin hablar. Él asintió con la cabeza. Y dejó de bloquear su mente.

“Ahora desbloquea la tuya”, me pidió. Negué con la cabeza. “No puedo”, dije.

—Dios santo… —murmuró en italiano. — Tienes la mente bloqueada permanentemente — musitó apenado.

(Cuando me refiero a bloquear la mente en la actualidad, con eso quiero decir que sello mis pensamientos, es cierto que puedo mostrar algunos recuerdos, pero todo lo pasado junto a Sixto, está encerrado. Sólo yo puedo recordarlo.)

Alzó la mano para acariciarme la cara. No me aparté. Dejé que posara su mano bajo mi barbilla y que me alzara un poco la cabeza para poder verme mejor el rostro bajo la suave luz que nos envolvía.

—Está bien, ya veremos más tarde qué podemos hacer con eso —dijo sintiendo lástima por mí. No me molestó que pudiera sentir pena, estaba cómodo a su lado.

“Continúa”, insistí.



Quería saber más cosas de él, la curiosidad había crecido. Quería que me contara por qué acabó volviéndose loco. Y si lo sabía, quería que me dijera de dónde venimos, de dónde viene nuestra especie.




La historia de Sentus.

—Yo era romano. En realidad, todavía me considero romano. Mi familia murió cuando yo aún era un niño, demasiado joven para cuidarme por mí mismo; demasiado rico y popular como para entregarme como esclavo. Se ocupó de mí una familia cercana que no se portó demasiado bien conmigo. Se gastaban mis riquezas a su antojo y me hacían dormir en un cuchitril… Pero no quiero aburrirte contando toda mi vida mortal. Iré al grano. Te contaré cómo llegué a los brazos de Sixto.

Hizo una pausa.

Su apariencia de un joven de veinticinco años, ahora parecía la de un anciano.

—Sixto, Sixto, Sixto... — dijo mirando al suelo y después echándose hacia atrás en la butaca prosiguió. — Sixto llegó a mí del mismo modo que llegó a ti hace veinte años, se trataba de un escritor, un proscrito en aquel entonces. Yo, tan tradicional y seguidor de mi pueblo, buen romano, buscaba sus fascículos entre los callejones al anochecer, procurando que nadie pudiera reconocerme. Aquello iba en contra de la ley y, por lo tanto, también de todos mis principios. —Rió negando con la cabeza, después volvió a mirarme y continuó. — Iba a casarme. Mi gran amor era ella, en realidad era lo único que me quedaba, lo único que tenía. ¿Sabes cuándo amas tanto a alguien? Me había jurado a mí mismo en un millón de ocasiones que, el día que la perdiera, me tiraría ante un carro o me entregaría al emperador para que sus leones terminaran conmigo. Se llamaba Numera… En aquella época de mi vida, no conocía a nadie que fuese a casarse por amor. Todos lo hacían por conveniencia, así que imagina lo afortunado que me sentía.

Cerró los ojos, recreó algún momento de su vida pasada para mí. Se adentró plenamente en su historia.

“Era una mujer joven de unos veinte años. Delgada, tez blanca, pelo moreno, ojos color miel.

La mataron. No fue Roma quien me la arrebató, sino un ser oscuro.

Recuerdo que cuando llegué a casa, sentí un olor a carne podrida, a muerte. Numera debía encontrarse allí, así que la llamé al entrar. Pero, ¿de dónde provenía aquel hedor? Noté que alguien se movía entre la oscuridad del jardín central de nuestra vivienda. Volví a repetir su nombre. Me extrañó tanto que los criados no hubiesen encendido las lámparas y velas para iluminar la vivienda a aquella hora…

Me acerqué a una lámpara del jardín y la encendí. La tomé en mis manos para inspeccionar la zona con más claridad. Di un paso tras otro. De nuevo volví a ver algo que se movía velozmente ante mí. Intenté alumbrarlo, pero de nuevo no sabía dónde se encontraba. Cuando llegué a la estancia principal de la casa, vi un cuerpo en el suelo. Aún se movía. Corrí hasta arrodillarme a su lado. Era una muchacha que nos había servido desde que tuvo edad para hacerlo. Le pregunté por lo sucedido.

—El hombre muerto —dijo muy débil. Después dio su último suspiro.

—¿El hombre muerto? me pregunté. El olor se había intensificado. Oí un ruido tras de mí. Eran pasos, pero no eran pasos normales. Me giré y alcé la lámpara, una figura humana. Pero no era posible. ¿Cómo podía aquel hombre mantenerse en pie? No sólo era el olor, aquel olor que hizo que me llevase las manos a la cara para taparme la nariz y así respirar por la boca, sino que su cara estaba destrozada, sus ojos sobresalían de sus orificios, le colgaban trozos de piel y carne. Solo tenía una oreja y una mejilla. Podía ver hueso en lugar de un codo en su brazo…

Comencé a retroceder y a sentir nauseas. Rodeé la mesa central de la habitación mientras aquel putrefacto ser se acercaba. Entonces pisé algo. Aparté mi atención de aquel que se me acercaba y miré al suelo. Una mano joven y hermosa. La reconocí de inmediato. Era ella. Me arrodillé a su lado y deje caer el foco de luz al suelo. El combustible de este se derramó y se prendió fuego a mi lado. Fue como si no sintiera el calor de las llamas, únicamente sentía el dolor. El dolor por verla muerta a mis pies. La tomé entre mis brazos lamentando haber salido aquella noche a buscar el último fascículo del escritor. Lamenté no haberla dejado acompañarme tal y como me lo había pedido. Lamenté todos y cada uno de los actos que cometí aquel día. Numera estaba muerta. No noté cómo comenzaba a arder mi ropa. Tampoco me había dado cuenta de cuánto se me había acercado aquella abominación, estaba en shock.

El monstruo me tocó la espalda, se abalanzó sobre mí para morderme el hombro, me arrancó un trozo de carne.

Emití un grito que pareció inundar toda la casa. Después, de nuevo reinó el silencio. La dejé en el suelo mientras lloraba y deseaba una y otra vez que aquel ser acabara conmigo lo más rápido posible. Me levanté y seguí retrocediendo, mientras el fuego comenzaba a quemarme la pierna. El miedo fue mayor a las ganas de morir y me alejé de aquel ser a toda prisa entre la oscuridad. Al llegar al jardín interior de nuevo, me metí en la piscina para que el fuego se apagara. Otra vez tranquilidad. Busqué sin salir del agua dando vueltas sobre mí mismo. Sabía que se encontraba cerca por el olor a putrefacción que desprendía, escondido en la noche, acechándome. El hombro me sangraba. Estaba condenado, iba a morir aquella misma noche, en manos de aquel ser sin entender por qué moría y sin saber quién me mataba.

Vi una sombra, avanzaba hacia mí a paso más ligero que la última vez. Sin embargo, seguía moviéndose torpemente. Y el olor era insoportable, me eché a llorar desesperado, cobardemente. El ser seguía avanzando, se encontraba a sólo unos pocos metros de mí. Tapé mis ojos para evitar ver cómo me devoraba. Parecía gruñir en lugar de respirar. Volvieron las náuseas creadas por su hedor. Oí un golpe seco. Y después, nada. Aparté las manos de mi cara gimoteando y temblando a la vez. ¿Dónde se había metido? Su hedor todavía lo envolvía todo, pero parecía haber desaparecido. Volví a buscarlo por el jardín sin atreverme a salir de la piscina. El hombro me escocía; lo palpé sin apretar. Soplé. Me miré las manos, la luz de la luna que inundaba el jardín me permitía verlas manchadas de sangre. Me mareé al verla y se me fue la cabeza. Caí dentro de la piscina, no me sentí capaz de levantarme. Sentí dolor al respirar, mis conductos nasales se llenaron de agua, y mis pulmones comenzaron a inundarse. De golpe aquello dejó de ser mi realidad. Reviví toda mi vida, vi a mi familia, recordé a toda la gente que había amado, la vi a ella. Entonces una voz inundó mi mente.

— ¿Quieres vivir? —decía la voz.

Volví a ver a Numera, me rodeaba con sus cálidos brazos mientras me besaba.

—Te amo, nunca te olvidaré —le susurré al oído.

Se apartó de mí, sonriendo al mismo tiempo que le caían unas lágrimas por las mejillas. No me soltó la mano hasta dar un último paso hacia atrás. Luego desapareció. La voz volvió a preguntarme.

— ¿Deseas vivir? —La voz lo inundaba todo. Me encontraba solo rodeado por una luz que no me permitía ver nada, su resplandor era demasiado fuerte.

—No quiero morir, no quiero morir si no es para encontrarme con ella. —Sentí que tiraban del hilo que tan bien defines en tu autobiografía.

Volví a la realidad. Sentí un dolor en el pecho debido al agua que había tragado. De nuevo el escozor en mis conductos nasales. Recuperé la vista. El hedor había desaparecido, no me sentí en peligro, sin embargo me alarmó lo que vi. Yo me encontraba tumbado sobre el suelo del jardín. Un hombre rubio parecía estar lamiendo mi hombro. Sentí placer al notar su lengua y sus labios sobre mi piel. Quería hablar, preguntarle quién era, pero no pude articular palabra. Me estaba muriendo. Apartó sus labios de mí donde había lamido y se acercó más a mi cara, apoyando la cabeza sobre la húmeda tierra del jardín. Sus labios casi podían tocar mi oreja.

—Cuando despiertes ya habrá desaparecido el dolor —me susurró con un extraño acento.

No mentía, el dolor menguó y desapareció. La oscuridad no tardó en inundarlo todo. Y después, cuando abrí los ojos, ya no me encontraba en el jardín, sino sobre el frio suelo de la habitación central de mi finca. La luz del sol acechaba, la sentí.

Le vi por primera vez, le vi de pie, mirando a través de la puerta abierta; vestía una túnica corta, a media rodilla. Pude ver sus pantorrillas sin un solo pelo, no como las mías. Parecía venir de Grecia. Su piel era aún más blanca y pura que sus vestimentas. Se giró para poder mirarme. Su sonrisa era radiante. Extendió sus brazos y se tumbó a mi lado para poder abrazarme.

—Sentus —dijo— mi amado Sentus —su voz me llenaba. Dejé de sentir dolor, el dolor que nunca iba a desaparecer, el dolor por perderla.

Incliné la cabeza para poder verle. Sus ojos parecían brillar con luz propia. Llevaba el pelo rubio largo hasta medio hombro. Debía medir más de metro noventa, una estatura poco común en aquella época. Su cuerpo era fibroso, igual que ahora. Sixto era, y es, indescriptible. No se puede captar todo lo que es, todo lo que puede representar para nosotros, con palabras.”

Sentus hizo otra pausa. Me conmovió la desgracia que había vivido, hizo que me sintiera afortunado de haber vivido placenteramente junto a mi hermana Kristin, mi sobrino y de haber tenido a Micke y a Carol tan cerca como les había tenido. En realidad, nunca me había sentido solo en vida.

Suspiró, me recordó a Sixto el día que me había contado su historia, bueno parte de ella, ya que estaba seguro que en tres mil años una persona puede recopilar miles de historias.

Pareció no querer seguir con su relato. Sentí lastima, quería saber más sobre él. Lo que deseaba saber en realidad era cómo llegó a ser el líder de los vampiros de la gruta. Pero no me atrevía a preguntar. Volvió a sonreírme al igual que lo había hecho cuando llegué a su guarida.

— ¿Y bien? —me preguntó, pretendiendo saber si mi opinión sobre él había cambiado.

Aquella conexión que sentí en aquel momento me hizo desear poder quedarme a su lado por la eternidad.

Le devolví la sonrisa, pero negué con la cabeza.

—Sigo deseando matarte —le respondí casi flirteando.

Hizo una mueca, dejó su boca entreabierta y arqueó las cejas a modo de sorpresa. Pude ver sobresalir sus colmillos de entre sus labios. Después estalló en carcajadas. Reaccioné también riendo como si hubiera contado un chiste. Sin embargo sabía bien que no mentía. Se encogió de hombros del mismo modo que solía hacer yo.

—Lo acepto — dijo mirándome a los ojos como si siguiera intentando conquistarme — En realidad ya estoy algo harto de vivir — añadió — tan solo prométeme una cosa, que no ocurrirá en mi guarida y que no me harás sufrir demasiado — concluyó.

Asentí con la cabeza a modo de respuesta. Luego volví a sonreír por lo normal que parecía nuestra conversación.

— ¿Cómo enloqueciste? — le pregunté después —. Me refiero a ¿cuál fue la razón? a si notaste cuando todo se iba... a la mierda, y al fin te rendías. — Quería dejar bien claro a qué me refería.

Volvió a sonreír. Luego dejó caer su mirada al suelo como si tuviera que meditar o prepararse psicológicamente para poder hablar del tema y mantenerse como le veía, o sea no volverse loco de nuevo. Sopló. Parecía suponerle un gran esfuerzo tener que hablar del tema.

—Está bien —dijo— Si tanto te interesa, te lo contaré.

—Ocurrió después de novecientos años junto a Sixto — dijo perdiendo su mirada sobre mi hombro, como si con aquel gesto pudiera retroceder cientos de años. Continuó:

“Nos encontrábamos en Egipto. Sixto siempre se ausentaba durante varias semanas, para aquel entonces yo vivía más solo que acompañado. Jamás supe a qué se debía tanto ir y venir. Sin duda, Sixto tenía una buena razón. Ahora sé que perseguía algo. Ser su compañero siempre fue muy duro. Guardaba tantos secretos...

Todo parecía ir bien, en realidad jamás me importó que nunca quisiera contarme nada, pero me sentía desolado ante tal abandono. Siempre que no dejara de quererme creí que todo seguiría yendo bien. Parece increíble que su amor fuera suficiente para vivir.

Recuerdo exactamente el día y el momento en que enloquecí, recuerdo cómo me miró, recuerdo que fue la primera vez que abrió parte de su mente para mí.

Como ya he dicho nos encontrábamos en Egipto. Jamás supe el nombre del lugar exacto, simplemente que era un lugar pobre y que a nosotros nos veían como extranjeros extremadamente ricos.

Aquel día desperté y para mi sorpresa se encontraba a mi lado. Había esperado a que despertase, al igual que hacía al principio. Verle, al abrir los ojos, me alegró de una manera exagerada. Le sonreí, completamente feliz. Él me respondió afectuoso como siempre que se encontraba a mi lado.

— ¡Ya lo tengo! —Exclamó al mismo tiempo que me abrazaba— ¡Le hemos encontrado! ¿Sabes qué significa esto? —me dijo más animado que de costumbre.

Por supuesto no tenía ni la más mínima idea de a qué se refería, pero me contagió la alegría y no me separé de él en todo el día.

Nos trasladamos bien lejos de allí, esta vez quiso que le acompañara; de nuevo soy incapaz de especificarte a dónde nos dirigimos. Como de costumbre no me contó nada y yo después de casi mil años, me había acostumbrado a no preguntar.

Aterrizamos en medio de lo que parecía ser un combate de guerra. Estábamos rodeados de cadáveres. El olor era tan desagradable que me habría tapado la nariz como si fuera un mortal. Pero no me atreví a hacerlo por cómo podría haber reaccionado él. Siempre había sido muy duro con todo lo que fuera mi aprendizaje. Así que intenté respirar por la boca mientras caminábamos entre un millar de cadáveres por campo abierto. Sixto se movía a velocidad vertiginosa sin apenas rozar el suelo. Yo, en cambio, parecía un novato a su lado.

De repente, mientras intentaba imitar los movimientos de mi compañero torpemente, noté algo que me elevaba con fuerza. Nos encontrábamos en un campo de minas antipersonas. Sixto saltó y me envolvió entre sus brazos. Me apartó de la bola de tierra y chapa que comenzaba a envolverme. Caímos entre unos matorrales. El paisaje había cambiado, la vegetación era más espesa y había copas de árboles sobre nuestras cabezas. Me separé de la protección de Sixto. Me dirigió una mirada furiosa.

“No puedo creer que no lo hayas visto venir” me dijo decepcionado sin hablar. Después negó con la cabeza y me dedicó una afectuosa sonrisa, parecía que nada iba a hacerle enfadar aquel día. Aún no sabía ni a dónde nos dirigíamos ni cuál era la razón por la que se encontraba tan feliz, pero si aquello significaba que no iba a enfadarse conmigo, me era más que suficiente. Dobló su brazo, apoyando su mano sobre su cintura para que me cogiera. Hice lo propio y caminamos tranquilamente bajo aquel frondoso bosque.

Hacía algún tiempo que el miedo a que se alejara de mí y me abandonara, se había intensificado tanto, que casi me parecía imposible que aquello pudiera estar ocurriendo. Pero me sentía feliz y deseé que aquella felicidad no desapareciera jamás.

—Ya hemos llegado — anunció Sixto haciendo que le soltara el brazo cortésmente.

Nos encontrábamos en un pequeño pueblo, donde únicamente había cuatro casas de madera maciza y un establo repleto de caballos. Miré hacia el cielo estrellado que nos envolvía; ya hacía rato que habíamos dejado atrás el bosque y ahora volvíamos a encontrarnos en campo abierto pero, a diferencia de la última vez, se podía respirar tranquilidad. Mientras miraba las estrellas, oí a Sixto golpear la puerta de madera que se encontraba a sólo unos pasos de mí. Tocó tres veces y esperó a que le abrieran. Me mantuve de pie mirando e intentando adivinar qué era lo que hacía. Abrieron la puerta. La cálida luz del interior de la casa pareció golpearme la vista. El hombre que allí se encontraba pareció sorprenderse mucho de ver a Sixto.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó el hombre.

—Vengo a buscar las respuestas que en su día rechacé —contestó Sixto.

Vi cómo el hombre asentía con la cabeza y daba un paso hacia delante. Dejó la cálida luz tras él. Bajo la luz de la luna pude ver de quién se trataba realmente, era uno de los nuestros y no un humano como me había parecido al principio.

—De acuerdo —dijo aquel ser, volviendo a iluminarse con la cálida luz de lo que me pareció un fuego de una chimenea. Me envolvió un olor a leña quemada. Aspiré para que aquel olor penetrara bien dentro de mí. — Pero quiero que me prometas que han terminado tus experimentos con muertos; quiero que jures que al fin, has aprendido que el único modo de resucitar a los muertos es del modo en que lo hacemos nosotros.

Sixto asintió con la cabeza.

Viendo aquella imagen, algo despertó dentro de mí. Lo vi claramente. Sixto había recordado algo y yo, por accidente, lo había visto. El escritor notó que algo ocurría en mi interior. Se giró para poder mirarme, luego se acercó con pasos lentos pero firmes.

Él era el culpable de todo.

El día de mi muerte humana, el día en que había perdido a Numera. Sixto había creado al monstruo que encontré en casa tras ir a buscar el ultimo fascículo del escritor en la antigua Roma.

Sentí que todo me daba vueltas. Deseé apartarme de él y de todos sus secretos. Estar a su lado dejaba de ser un alivio. Dejé de tocar con los pies en el suelo. Me dispuse a apartarme de allí a velocidad alarmante, pero él no me lo permitió. Se había acercado a mí mientras leía mi mente.

—Lo siento — se disculpó, si bien, más que una disculpa, para mí fue una confesión. Le odiaba. Deseaba matarle.

Me abalancé sobre él sorprendiéndole. Clavé mis colmillos en su cuello. Bebí su sangre, necesitaba ver la verdad.

Él era como tú, había estado experimentando con cadáveres y su triunfo fue mi desgracia.”

Concluyó. Después volvió a fijar su mirada en mí. No se veía capaz de contarme nada más sobre su separación de Sixto. Asentí con la cabeza para confirmar que me quedaba conforme con lo que me había contado.

—Cuando reúnas coraje, o hayas ordenado las ideas, llámame y termina de contarme tu historia —le pedí.

— ¿De verdad sigues queriendo matarme? —volvió a preguntar, dedicándome de nuevo aquella sonrisa. Volví a asentir con la cabeza mientras le devolvía la sonrisa.

—Pero antes tienes que contarme muchas cosas — le recordé. Parecíamos jóvenes humanos; aquella cálida conversación me recordó tanto a mi añorado Micke.

Me despedí de Sentus besándole y deseando quedarme a su lado durante más tiempo, pero tenía que regresar a mi guarida para poder pensar en lo ocurrido aquella noche. Así que me marche ansiándole al igual que él me ansiaba a mí.

viernes, 23 de octubre de 2015

Capitulo 7 / Segunda parte



7




Venecia.

En los años que me había dedicado a vagar como un alma en pena, habían sucedido varios sucesos paralelos a mí, los cuales habían hecho que Sentus tuviera que acabar refugiándose allí. Habíamos compartido ciudad de refugio y no había sido capaz de detectarlo. Me sentí débil ante aquella idea.

Paseé hasta llegar ante Santa María de la Salute. Me senté ante ésta arrepintiéndome de haber vuelto a separarme de Sixto. Solo llevaba lejos de él unas tres horas y ya le añoraba tanto... Mientras me enterraba a mí mismo pensando en lo desgraciado que era, alguien se me acercó y se sentó a mi lado. Ella, Elisabeth, de nuevo se encontraba a mi lado. Intenté leer en su mente, esperando descubrir si Sixto y los demás la habían acompañado, pero me fue imposible.

La abracé, buscando consuelo entre sus brazos. Su calor humano me reconfortaba y me hacía recordar el sabor que hace que me pierda por las noches, el sabor que hacía que ella dejase de ser ella y fuera únicamente aquel sabor.

Sentados ante el pequeño muelle que se encuentra ante mi catedral preferida, la besé en los labios, la besé en las mejillas, en el cuello hasta sentir de nuevo el latir de su corazón. Y Elisabeth dejó de ser Elisabeth y pasó a ser aquello que tanto ansío, aquello que me hace delirar, lo único que me reconforta ante la idea de estar muerto, y que cada vez que pruebo me convierte un poco más en un monstruo.

Cuando paré, la joven únicamente pudo dejarse caer hacia atrás y respirar con extrema debilidad. La miré mientras relamía las últimas gotas que quedaban en mis labios. Entonces mordí mi labio inferior hasta hacerlo sangrar. Y la besé para que sorbiera de mí. Aceptó mis besos, tentando a duras penas hasta que encontró mi labio herido; succionó al tiempo que me abrazaba el cuello. La rodeé con mis brazos y nos elevamos para dirigirnos hacia mi guarida en Murano.



Fuimos amantes de cuerpo y sangre durante tres noches seguidas. Como siempre, al llegar el amanecer, yo caía rendido ante la voluntad del sol.

Al despertar el tercer día, la vi, de pie, ante mí. Aún no había anochecido, me extrañó despertar cuando la luz del sol todavía entraba por la ventana de la habitación. En una mano sostenía mi libro recientemente publicado y en la otra una jeringuilla. Había estado leyendo, pude verlo en su mente. Sonreí mientras veía cómo se clavaba la aguja y extraía sangre. Después se acercó y me la inyectó en el cuello.

Aún no había llegado el anochecer, y gracias a su sangre me estaba despertando.

— En el libro, omitía este detalle de la sangre. ¿cómo lo has sabido? — hablé con debilidad.

— Sixto lo sabía. — respondió, repitiendo la operación una vez más.

Después de repetir aquella acción cuatro o cinco veces me desperté por completo, al tiempo que ella mareada caía de rodillas al suelo. Yo, enérgico como me sentía, me levanté de un salto para no dejar que se hiciera daño. La cogí entre mis brazos, parecía delirar, darme su sangre la había debilitado, no podía mantenerse en pie. Cogí la jeringuilla con la que me había traspasado su sangre y extraje de la mía. Luego le pinché cuidadosamente en el brazo y se la inyecté. Abrió los ojos, entonces sonrió. Sus ojos parecían haber cambiado o quizá me lo pareció a mí. La abracé. ¿Elisabeth era un nuevo prototipo de vampiro? ¿Resistiría un ser humano la mezcla de su sangre con la nuestra?

Entonces comenzó a convulsionarse entre mis brazos. Creí que moriría, y me arrodillé a su lado. Al fin cesaron los espasmos. Se quedó tumbada en el suelo, dormida. La cogí en brazos y la deposite sobre el mullido colchón con mucho cuidado. Pensé en esperar a que despertara allí, a su lado, para ver cuál era el resultado de haberle inyectado mi sangre. Aquella idea se me antojaba interesante, pero en aquel momento de luz lo que quería era ir a encontrarme con Sentus.